Una aventura en República Dominicana

Es tan alto que podría ser un buen jugador de baloncesto. Ni siquiera sentado en aquella pequeña silla de plástico podía disimular su estatura. Todos le conocen como Padre. Así, a secas. O Padre Cristian. Fue ordenado sacerdote hace cinco años. Sin embargo, no suele llevar alzacuellos ni trajes oscuros. No es demasiado práctico vestir así en estas comunidades ―pueblos entre montañas, escondidos en una de las zonas más recónditas de República Dominica―. Una bombilla colgaba del techo e iluminaba débilmente la pequeña habitación. Encima de la mesa, mi libreta y mis cámaras. «Numerosos maestros asignados por el gobierno para dar clase en estas comunidades ni siquiera acudían a las escuelas. Algunos faltaban durante meses. Uno de ellos pasó un año entero sin presentarse. Y, mientras, recibían sus correspondientes sueldos. Esta situación provocó una deserción escolar masiva. Los chicos dejaron la escuela para dedicarse a tareas agrícolas. Durante mucho tiempo traté de denunciarlo. Visité a distintas autoridades. Incluso conseguí llevar este caso ante el Ministerio de Educación. Presentamos el problema y propusimos soluciones. Sin embargo, no hicieron nada ―Cristian apenas podía contener las lágrimas, titubeaba y me pidió disculpas―. Peleamos mucho pero no obtuvimos resultados. Por eso decidimos actuar. No podíamos quedarnos con los brazos cruzados».

Tengo la sensación de que los enormes brazos de Cristian nunca han estado detenidos. En los últimos años han coordinado numerosos proyectos en El Ingenito y las comunidades de los alrededores. Han intentado ofrecer alternativas al cultivo tradicional para evitar la deforestación masiva y mostrar otros métodos para conseguir recursos económicos, reconstruyeron viviendas destrozadas, levantaron bibliotecas y centros de madres, reforestaron bosques…

El Centro Educativo-Vocacional Aventura es, quizás, su proyecto más ambicioso. Se trata de un internado en el que acogen a los niños que tienen que caminar varias horas para llegar allí ―no hay carreteras asfaltadas, tan sólo caminos de tierra destrozados por las fuertes lluvias―. Les traen los lunes y regresan a sus casas los viernes. Algunos lo hacen montados en la parte de detrás del todoterreno ranchera de Cristian; otros, sobre una mula. Actualmente acuden cincuenta y cuatro estudiantes, cuatro profesores y cinco padres que colaboran con las tareas domésticas y el comedor. «Es un gran desafío, una aventura ―me dijo Cristian―. Apenas tenemos todavía unas pocas aulas y dormitorios, algunos de los chicos reciben sus clases en el comedor, nuestra cocina muy pequeña… Pero, durante dos años, esos niños han recibido una educación de calidad y todos los días han podido comer tres veces al día. Requiere muchísimo esfuerzo, pero lo hacemos con entusiasmo. Quizás algún día podré ver a esos muchachos graduarse».

Tuve una larga entrevista con el Padre Cristian. Se trata de un cura diferente. Muy pocas personas conocen tan bien como él estas comunidades. A lo largo de varias horas hablamos sobre situaciones muy difíciles de comprender, proyectos frustrados y algunas alegrías. «Tenemos la sensación de que el Gobierno ha abandonado esta región ―me explicó―. Pero el espíritu de lucha y superación de estas gentes pueden cambiar las cosas. Las personas que viven aquí nos han acogido muy bien y realmente nos empujan. Tienen esperanza, son optimistas. Y yo también». Mientras hablaba, observé sus botas de trabajo recubiertas del polvo de los caminos y los agujeros que asomaban en su camiseta a la altura de los hombros. En los alrededores de la casita algunos niños jugaban corriendo de un lado a otro. «Sinceramente ―añadió―, creo que estas comunidades no están en un callejón sin salida».

636 Palabras

Un día cualquiera en El Ingenito

Cada día, los rayos de sol se desparraman a sus anchas en El Ingenito. Se acomodan sobre las pieles oscuras de estas gentes y despiertan los colores alegres ―azul claro, amarillo, verde…― de las fachadas de sus casitas. Los niños más pequeños acuden uniformados a la diminuta escuela. Un grupo de muchachos juegan a las cartas bajo un árbol frondoso. Algunas mujeres desgranan guandules ―las semillas de estos arbustos se utilizan en numerosos platos dominicanos y su cultivo es la base de la economía de la zona―. De vez en cuando, alguna moto destartalada y ruidosa rasga momentáneamente la quietud de este pequeño poblado. Pero las nubes de polvo que levantan con su paso se asientan de nuevo en la carretera sin asfaltar rápidamente. Como si cada una de esas motas tuviesen su lugar establecido y temiesen una terrible reprimenda. En unos segundos, todo regresa a la normalidad. Al momento, el murmullo del río San Juan humedece el ambiente. Los gallos continúan saludando el nuevo día con su cacareo. Gallinas, pavos y algún que otro pato doméstico buscan infatigablemente algo que comer.

Estas personas han aprendido a arañar jirones a la vida con muy poco. (Más tarde me enteraré de que los últimos tres años han sido complicados. Las cosechas fueron malas y la mayoría de las familias acumulan deudas. Aunque suelen ser positivos, viven una situación económica muy difícil.) El reloj y sus inquietas manecillas parecen objetos inútiles. Detrás de las abruptas montañas que ocultan a El Ingenito existen grandes ciudades, edificios, corbatas y zapatos con tacones. Sin embargo, tengo la sensación de que todo aquello forma parte de una gigantesca obra de teatro. El mundo se ha reducido a este puñado de casitas de madera y sus tablones desiguales.

Hace unos días ascendí el Pico Duarte. Se trata de una montaña de 3.087 metros de altitud: la más alta de República Dominicana y todo el Caribe. Vidal, una mula, dos perros y unas cuantas pulgas me acompañaron. Las pulgas cambiaron su residencia recientemente ―dejaron a un lado una caseta de madera a más de dos mil metros de altitud por mi cabeza―; los demás viven habitualmente en El Ingenito. Caminamos completamente solos. No se ve muy seguido a un individuo internarse por aquellos senderos*. En ocasiones, la vegetación era tan espesa que apenas podíamos avanzar. Durante tres días recorrimos cerca de cien kilómetros de caminos, rodeados de extensos pinares y bosques lluviosos. Aunque a mí no me parece demasiado rápido, Vidal asegura que normalmente se suele tardar el doble. La noticia ha circulado velozmente y todo el poblado parece asombrado.

Conocí a Vidal en 2011. Me ha ofrecido su casa, su comida y su amistad sincera durante todo el tiempo que permanezca en este poblado. Observo a mi buen amigo explicando las anécdotas de nuestra ascensión a unos vecinos. Su gorra deshilachada, sus chanclas con el color desgastado por el sol y las arrugas que le crecen alrededor de los ojos cuando sonríe. Siempre le acompaña un machete largo que se coloca alrededor del pantalón. A menudo, bromeó con él diciéndole que tiene aspecto de pirata, un viejo lobo de mar que dejó atrás su barco para internarse en una isla inhóspita y salvaje.

*Existen cinco rutas para ascender el Pico Duarte. Dos de ellas son muy populares ―La Ciénaga y Mata Grande―. Unas tres mil personas llegan a la cima cada año. Nosotros completamos la ruta menos frecuentada.

Acompáñame a través de las redes sociales Twitter (“@alotroextremo”) y Facebook (“Al Otro Extremo del Desafío”). Además, cada lunes publicaré una crónica sobre este viaje en La Tribuna de Ciudad Real.

652 Palabras

Un nuevo viaje: República Dominicana

“Sea Ulises tu guía
al viajar por tu vida, compañero.
Tapona tus oídos contra toda sirena,
átate al duro mástil de tu barca
y, obediente a tu brújula secreta,
pon rumbo a la aventura irrenunciable:
el viaje hacia ti mismo”

José Luis Sampedro

El vuelo AA69 de American Airlines con destino a Miami está a punto de aterrizar. El piloto hace girar el avión sobre sí mismo. El inmenso aparato se inclina sobre su ala derecha y los pasajeros pueden observar por primera vez los Estados Unidos de América. A través de las ventanillas contemplan un paisaje yermo, polvoriento, prácticamente desértico. Numerosas nubes redondeadas y diminutas ―«desde aquí parecen motas de algodón», reflexiona uno de los pasajeros― proyectan sus sombras sobre este paisaje. Al fondo, el océano Atlántico se extiende como un inmenso lienzo de color azul oscuro hasta recortarse con el horizonte. Las crestas espumosas de las olas aparecen y desaparecen. Una azafata interrumpe mis reflexiones a través de la megafonía. Coloco la mochila ―en esta ocasión, mi única compañía― en el portaequipajes y me abrocho el cinturón de mi asiento. Después de más de nueve horas de viaje podremos, por fin, tomar tierra.

Cientos de pasajeros esperan su turno en los controles junto a banderas estadounidenses. Relleno numerosos documentos y los policías me hacen preguntas sobre mi equipaje. Un aparato me escanea las huellas dactilares de ambas manos. Fotografían los iris de mis ojos. Comprueban mi nacionalidad y sellan mi pasaporte una y otra vez. Finalmente he alcanzado mi primer destino; las exageradas medidas de seguridad y las banderas, que aparecen por todas partes, no dejan lugar a dudas. Sin embargo, hay algo que consigue desconcertarme. Camino a través de interminables pasillos señalizados con letreros en inglés y en castellano. La mayoría de los empleados se dirigen a mí en español. La megafonía del aeropuerto lanza avisos en ambos idiomas. Los datos oficiales muestran que más del sesenta por ciento de la población de Miami es de origen hispano o latino. Probablemente, aseguran, el porcentaje real es aún mayor.

Tan sólo paso unas pocas horas en esta ciudad. De madrugada tomo otro avión hacia República Dominicana. Detrás de la nueva ventanilla el paisaje es completamente diferente. Miles de luces refulgen en las cuadriculadas calles de Miami. Las casas son pequeñas. Los coches circulan entre ellas. El Boeing 737 avanza ruidosamente mientras repaso mentalmente mi situación. Dedicaré el próximo mes a explorar los bosques, selvas y cimas de una de las zonas más recónditas del Caribe. Me dirijo a un lugar donde los niños más pequeños nunca han visto a una persona blanca. Allí, cargar la batería de un ordenador portátil es una rareza casi imposible de conseguir. Pero en El Ingenito ―conocí aquella zona hace tres años― los mangos son dulces y los abrazos más sinceros.

Acompáñame a descubrir algunos de los rincones más aislados de República Dominicana. Los senderos embarrados de la selva, las animadas calles de sus ciudades y, sobre todo, las personas que allí viven. Puedes hacerlo a través de las redes sociales (Twitter: “@alotroextremo”; Facebook: “Al Otro Extremo del Desafío”) o en mi página web (www.pablomoraga.com). Además, cada lunes publicaré una crónica en La Tribuna de Ciudad Real.

590 Palabras

Escaladas en casa

L. y yo hemos subido el volumen del viejo radiocasete y nos esforzamos en cantar todo lo peor que podemos. Mientras, nuestro amigo E. se encarga de conducir. La carretera se extiende durante kilómetros como una rectísima línea de asfalto oscuro, entre viñedos y otros campos de cultivo. El trigo ha comenzado brotar dotando al paisaje de un color lleno de vitalidad. Estamos contentos ante la perspectiva de compartir otro día escalando juntos. Durante las próximas horas dejará de importarnos cualquier otra cosa que no sea reírnos de nuestro compañero mientras resopla en un paso difícil, sudar unos minutos después con el mismo movimiento o contar chistes. Quizás eso es lo mejor de la escalada: poder olvidar todo lo demás y sentir la complicidad con aquel que está en el otro extremo de la cuerda. Seguimos avanzando y los eufóricos gritos de mis amigos acompañan a la música, a todo volumen. Sonrío feliz: después de pasar algunos meses vagabundeando de una montaña a otra, he regresado a casa.

El paisaje es un conjunto de líneas rectas: la carretera, el horizonte, los dibujos que crean los aviones en el cielo… todo parece estar esbozado con una precisión milimétrica. Un pastor barrigudo, ataviado con unos gruesos pantalones de pana, un bastón de madera con el mango curvo y una boina coronando su cabeza, pasea a un lado del arcén. Una pareja de garcillas bueyeras persiguen a su numeroso rebaño. Son las mismas aves ―blancas, con unas patas largas y amarillentas― que estamos acostumbrados a ver en las fotografías sobre la fauna del interior de África. Suelen acompañar a los grandes mamíferos, cazando a los insectos que éstos dejan al descubierto con su paso. Aquí, en La Mancha, las cabras han sustituido a los ñus o a los elefantes. Estas amplias llanuras, en vez de llenarse con el imponente rugido de un león, lo hacen con el del motor de un tractor John Deere.

F. es un tipo peculiar. Sus desgatados pies de gato han estado en todas partes. Algunos dicen que ha escalado todas la vías de Ciudad Real. Es una de las personas más fanáticas que conozco. Es un apasionado de la escalada deportiva y sabe transmitir ese entusiasmo a los demás. Nos ha recomendado una ruta muy dura que probamos una y otra vez. Nos duelen las yemas de los dedos y notamos cómo los músculos de los brazos se agotan cada vez más rápido. El sol avanza hacia la tarde lentamente en un cielo completamente despejado. Las sombras se alargan creando dibujos de ensueño. Las paredes de roca por las que tratamos de ascender se han llenado de colores cálidos: las placas de colores anaranjados y amarillentas, las pequeñas fisuras… Un numeroso grupo de cigüeñas que descansaba en una laguna cercana se ha levantado y vuela muy cerca de nosotros.

Algunas horas más tarde recogemos las cuerdas y el material. Es de noche y el haz de nuestras linternas frontales iluminan las mochilas. Los mosquetones y las cintas exprés tintinean. Las luces de un cercano pueblecito sonríen cálidamente. La luna es tan delgada como el extremo de una uña. En un momento dado apagamos las linternas para observar las estrellas y decidimos emprender el camino de vuelta a oscuras. Aun en la penumbra, los ojos de mis compañeros parecen brillar con intensidad. En realidad, no hemos conseguido encadenar ninguna vía realmente difícil. Hemos empleado hasta el último gramo de fuerza que teníamos y E. tiene una profunda herida en uno de sus dedos. Sin embargo, todos regresamos al coche contentos. Cuando coloco la última mochila en el maletero, suspiro y permanezco unos segundos inmóvil. L. me ha estado observando durante todo este tiempo y se adelanta a mis pensamientos: «Como empieces con mariconadas te vuelves andando, eh», añade con un tono aparentemente firme. Qué haría sin estos amigos.

692 Palabras

Una noche difícil

Es Nochevieja. Los altavoces escupen con fuerza la música contra las paredes. Dentro de la carpa que han montado para la ocasión en este pueblo de Ciudad Real, una masa apretujada de vestidos y trajes se mueven con dificultad. E. ha aparecido de repente entre la multitud. Le he distinguido tras un tipo que bailaba oscilando el vaso de su cubata peligrosamente por encima de los demás y un grupo de chicas muy guapas. Apenas unas horas antes estábamos en Sierra Nevada. A pesar de que nos separaban unos pocos metros de cuerda, no era capaz de distinguirle: una cortina blanca se disponía entre nosotros. Las montañas rugían con fiereza. El viento levantaba la nieve y nos la lanzaba mientras tratábamos de descender prácticamente a ciegas. Estábamos agotados después de realizar una escalada difícil. Ahora, la situación no ha mejorado demasiado. A estas alturas de la jugada ambos sabemos que las faldas cortas y los tipos con vasos de plástico y un alto estado de embriaguez son bastante más peligrosos.

E. aún conserva la marca de las gafas de sol en su cara. Su rostro todavía denota la actividad de una semana esquiando y escalando en Sierra Nevada. Tiene las mejillas enrojecidas. Sus ojos siguen reflejando el brillo de la nieve. Avanza desconcertado mientras los focos se encienden y se apagan al son de la música. Su imagen tiene más que ver con aquellos cuerpos sin fuerzas y zarandeados por el viento en los que nos habíamos convertido durante esta mañana que con la vitalidad desenfrenada de la mayoría de las personas que nos rodean. Yo, sin embargo, supongo me he acostumbrado a cambiar rápidamente de una situación a otra: recorrer cientos de kilómetros en unas pocas horas y alternan ambientes tan distintos entre sí en poco tiempo se ha convertido en algo habitual. Tengo una corbata azul alrededor de mi frente; unos minutos antes había recordado las palabras de mi amigo P.: «No hay mejor forma de comenzar un año que haciendo el capullo». Desconozco cualquier otro detalle sobre mi aspecto.

He pasado los últimos días del año durmiendo en algún parking, en la parte de detrás del coche de E. Su vehículo no es excesivamente grande, pero él insistía en que entraríamos los dos. Extendimos los asientos y sobre ellos colocamos nuestros sacos de dormir. Por encima de nosotros estaban los esquís y parte del material de montaña. No demasiado lejos de mi cabeza humeaban nuestras botas malolientes. En realidad, apenas cabíamos. Todas las noches, E. sostenía que acercándome más a él podría estirarme; hice caso omiso a sus indicaciones: E. nunca ha pasado tantos días seguidos en una montaña y no sabía cómo podría reaccionar. Finalmente me habitué a dormir encogido. Intentaba no moverse demasiado por temor a ser aplastado por dos pares de esquís de travesía ―en cualquier momento podrían caérsenos encima; en esta ocasión, bromeábamos, tener unas tablas ligeras no es un capricho para ascender más rápido, sino un requisito fundamental para sobrevivir―.

En las esquinas de la carpa se acumulan vasos de plástico rotos, bufandas de cotillón con muchos colores y objetos que nadie sabe cómo han llegado hasta aquí: varias narices de payaso, la plantilla de un zapato… En el suelo hay charcos de bebidas alcohólicas. Centenares de personas bailan y hablan entre ellos. El chaval del cubata ha derramado finalmente parte del contenido de su vaso sobre su chaqueta oscura. Mientras, en el exterior el sol se despereza poco a poco. Los tonos violáceos del cielo se transforman en colores más cálidos. Las chicas regresan a sus casas tratando de mantener el equilibrio sobre largos tacones. Algunas realizan auténticas piruetas para evitar caer. La noche ha terminado dando paso a otro año más. Camino tremendamente cansado después de tantas horas sin dormir. Mi mochila me acompaña ―y, dentro de ella, la arena del desierto, el viento de las altas cumbres del Himalaya y el barro de las selvas tropicales―. Intento hacer un balance de los últimos meses, reagrupar el desorden. Pienso en E. y todos los amigos con los que he compartido alguna vez el camino. Ahora la calle está completamente vacía. Tan sólo escucho mis pasos. Este paisaje urbano, gris, solitario, parece triste; sin embargo, sonrío mientras continúo caminando.

778 Palabras

El hielo es una tontería

Solté mi pesado petate sobre uno de los asientos. El golpe provocó un gran estruendo, pero éste fue amortiguado por el ruido del Metro. Avanzábamos a través de un túnel oscuro. Eran la una y media de la madrugada y estaba tremendamente agotado. El exterior apenas estaba iluminado por unos pocos focos; una pared gris aparecía y desaparecía con velocidad detrás de las ventanas. En el cristal se reflejaba un hombre mayor que desprendía un intenso hedor a alcohol y miraba a su alrededor como si acabase de despertar de un coma vegetal. Tan sólo había otras dos personas más; un chico joven con el pelo largo y recogido por una cinta que practicaba con una guitarra y un señor ecuatoriano. El resto del tren estaba completamente vacío. Busqué en el interior de la mochila algo para comer, pero solamente encontré unos guantes mojados. Tan sólo unas horas antes había estado escalando en hielo a más de quinientos kilómetros. La ropa húmeda y una herida profunda en la mejilla me hicieron recordar el motivo de mi cansancio.

T. es menuda y atlética. Hablamos por primera vez el pasado viernes. Conoció a mi amigo R. durante un máster y éste le invitó a pasar unos días esquiando o escalando con nosotros. Su relación empezó cuando R. se presentó a sí mismo delante de toda la clase: «veréis, he estudiado derecho y soy licenciado en educación física, pero no me acuerdo de nada». Puedo imaginármelo: un tipo diciendo algo así, vestido con pantalones anchos y una chaqueta de montaña en mitad de una clase enorme, rodeado de estudiantes universitarios y sus apuntes encima de las mesas. La mata de pelo oscura y desordenada de mi amigo en seguida llamó la atención de T.: «de todos mis compañeros, él es el más salvaje».

T. y yo habíamos escalado algunas de las líneas de hielo más bonitas que he hecho nunca. En los Pirineos encontramos durante días las condiciones ideales para escalar con nuestros piolets. Aquella mañana estuvimos en el Valle de Benasque hasta el mediodía. Después, cogimos su coche corriendo hacia el Sur; ella tenía una reunión de trabajo en Zaragoza y yo no me podía permitir perder un autobús. T. condujo muy por encima del límite de velocidad con tan sólo uno de los focos del vehículo funcionando. Me pidió que le liase algún que otro cigarrillo, pero al comprobar mi inutilidad para estos asuntos decidió encargarse ella misma. «A pesar de que me gusta la montaña y tal, yo soy más de Cola Cao y palitos de chocolate», le decía mientras observaba cómo extendía el tabaco sobre el papel y adelantaba a un par de camiones al mismo tiempo. Después hacer cosas así, tratar de escalar carámbanos helados es un juego de niños.

Cuando llegué a casa, observé durante unos segundos mi rostro en un espejo. Unas horas después tendría que dar una conferencia delante de más de cien personas; apenas podía permitirme dormir lo suficiente para descansar. Mientras me cepillaba concienzudamente los dientes aprecié las mejillas aún enrojecidas por el sol y el viento frío, las marcas de antiguas cicatrices, la nueva herida, el pelo largo y aplastado después de pasar tanto tiempo con el casco en la cabeza… Y entonces sonreí al recordar aquello que escribió Simón Elías —las palabras de este tipo casi siempre son geniales, joder— tres años atrás: «El balance es bueno: estoy vivo. Una afirmación difícil de mantener en ciertos negocios».

(He tenido que posponer mi viaje al Norte de África. En Algeciras una llamada telefónica cambió todos mis planes. La voz distorsionada por el altavoz traía consigo malas noticias. Así que cuando colgué ya había tomado la decisión de iniciar el camino de vuelta. Volveré a intentar realizar aquella huida al Magreb durante los próximos meses. Habrá una tercera parte de mi relato, pero aún tendrá que pasar algún tiempo para poder compartirlo con vosotros.)

723 Palabras

Huida al Magreb (segunda parte)

Ramón Morillas —cuatro veces campeón del mundo en paramotor y récord mundial de altitud y distancia— tocaba la guitarra y cantaba mientras el numeroso público aplaudía. Detrás de mí un tipo marcaba el ritmo golpeando con fuerza una mesa de madera. Era el punto y final de la conferencia que habían realizado en Granada Christian Ravier, Simón Elías y Martín Elías. Mientras asciendo por las calles que llevan al barrio del Albaicín recuerdo divertido esta imagen. Las historias de estos tres alpinistas están llenas de tipos duros fumando y bebiendo en los bares a pie de las montañas, escaladas capaces de provocar tiritonas en las piernas del más tenaz y cordilleras inexploradas situadas a miles de kilómetros de casa. Tener referentes así, ayuda. Las espectaculares fotografías de Christian Ravier y los comentarios de los hermanos Elías —acompañados con su buen humor característico— han conseguido que la tarde pasase rápida.

Ahora camino despacio a través del barrio de El Albayzín. Las callejuelas son tan estrechas que cuando los coches pasan tengo que refugiarme en el interior de algún portal. Las casas y sus fachadas recubiertas de cal forman un laborioso laberinto que desemboca en el mirador de San Nicolás. Desde allí, las inconfundibles torres de la Alhambra irrumpen anaranjadas entre la penumbra. Al fondo, miles de luces de la moderna ciudad de Granada tintinean llenas de vida. Es una de las tarjetas postales más conocidas. Las parejas y los turistas se hacen fotografías. Varios grupos de jóvenes charlan animosamente con un marcado acento. Unos chicos intentan explicar a dos turistas despistadas que, en su opinión, éste es uno de los paisajes más bellos de Europa; como las turistas no consiguen entenderles, repiten una y otra vez las mismas palabras en inglés y español mientras alzan la voz.

A pesar de ser una zona muy turística, se respira un ambiente apacible. Sopla una suave y fresca brisa. Las ramas de unos arbolitos dejan entrever una luna luminosa y redonda. La silueta del Veleta —la segunda montaña más alta de Sierra Nevada, una flecha puntiaguda y oscura que señala infatigablemente hacia el Este— se recorta sobre el cielo. Un tipo empieza a tocar una guitarra con una pierna adelantada sobre el pequeño muro; rasguea las cuerdas y golpea la madera del instrumento marcando un ritmo de rumba. Estoy a punto de comenzar un viaje difícil, pero todos los fantasmas que me rondaban ya han desaparecido. Lo han hecho de una forma tan silenciosa que ni siquiera lo había notado hasta ahora. El peso de mi mochila dejó de molestarme y el miedo fue sustituido una vez más por el irrefrenable deseo de conocer nuevos lugares.

He contado el número de países que he recorrido y la cifra supera mi edad; ya van veinticinco. Una vida itinerante me ha llevado a cruzar decenas de fronteras durante los últimos años. Continuamente, lugares y personas aparecen y desaparecen para convertirse en parte del pasado. A menudo intento reagrupar el desorden sin mucho éxito. Algunas mañanas, al despertar, necesito unos segundos para comprender dónde estoy: una tienda de campaña situada en mitad de un glaciar, un autobús destartalado y repleto de pasajeros en algún país lejano, la terminal de un aeropuerto internacional…

Pero ahora, aquella sensación se ha esfumado. Desde este mirador de San Nicolás soy capaz de comprender en qué lugar me encuentro y las dimensiones del viaje que pretendo realizar las próximas semanas. Echo un último vistazo a las bellísimas torres de la Alhambra y la silueta de Sierra Nevada; detrás de todo aquello se extiende África durante ocho mil kilómetros y una voz ronca e interior me anima a recorrer sus caminos. Tan sólo unos días después cruzaré en un barco la estrecha franja de mar que separa Europa con el Magreb. Suspiro recordando las palabras de Arturo Pérez Reverte dirigidas a Gervasio Sánchez, dos viejos lobos que han retratado con cámaras y micrófonos conflictos bélicos de todo el mundo: «¿No será, Gerva, que ya no sabes hacer otra puta cosa más que ir e ir e ir?».

738 Palabras

Huida al Magreb (primera parte)

Cuando regresé a casa estaba aturdido. La mayoría de mis amigos ya habían marchado a otras ciudades para continuar sus estudios en la universidad. Los niños ya no paseaban por las calles con sus bicicletas y sin camiseta. Los vencejos —esas aves oscuras que todas las tardes llenaban el cielo de mi pequeña ciudad con sus ágiles piruetas aéreas y sus silbidos— habían comenzado su viaje hacia el sur. Y a pesar de todo, me costó trabajo comprender que el verano estaba a punto de terminar. En tan sólo un mes he intentado hablar y comprender tres idiomas, he ascendido decenas de montañas y he recorrido miles de kilómetros. Mientras trataba de repasar todo lo que había ocurrido en los últimos treinta días me invadía una incómoda sensación de desconcierto. Julio Cortázar decía que el jet lag se debe a que el alma es más lenta que los aviones. A menudo, los modernos medios de transporte trasladan nuestros cuerpos a una velocidad mayor a la que estamos preparados y, en ocasiones, pueden provocar vértigo.

Sin embargo, tan sólo unos días después he comenzado otro viaje. Me alejo de casa inexorablemente mientras el autobús avanza hacia el sur. El pequeño espacio entre asientos que me corresponde se llena de dudas; me encojo para intentar caber en él, pero mis fantasmas consiguen avanzar a una mayor velocidad. Todavía no sé qué pasará durante las próximas semanas. Ésta será una expedición cargada de incógnitas. En esta ocasión no tengo ningún compañero y mi mochila, cargada de material de escalada, no logra tranquilizarme. Recuerdo las palabras de Javier Campos: «el viaje como necesidad tiene algo que mezcla lo terapéutico con lo patológico».

En la amplia ventana se reflejan las líneas intermitentes de la carretera. El aspecto del paisaje ha cambiado durante los últimos kilómetros; la llanura terrosa y amarillenta ha dado paso a un bosque que cada vez es más denso. Ahora, encinas y quejigos redondeados se suceden con velocidad detrás del cristal. Decido continuar la lectura de una recopilación de algunos de los relatos de Jack London. Los textos son tan trepidantes que consiguen mitigar mis dudas. Leo con atención la historia de Tom King. Su edad y tantos años trabajando como boxeador profesional le han mermado la salud. Hace meses que no combate y su mujer y sus hijos están hambrientos. Camina despacio hacia el cuadrilátero. Si gana, podría pagar sus deudas y aún le quedaría algo; si pierde, no cobrará nada. London escribe: «Tom King había dejado todo lo que tenía [su familia y una habitación vacía] para hundirse en la noche y conseguir comida para su compañera y los cachorros, no como un obrero moderno que acude a la planta industrial, sino al antiguo modo primitivo y animal: luchando por ella».

Jack London fue marinero, vagabundo, buscador de oro, corresponsal de guerra y escritor. Al igual que ocurrió durante su intrincada vida, en sus narraciones la acción discurre repetidamente por los escenarios más insólitos: noches árticas, atolones tropicales, suburbios obreros, desolados paisajes nevados… Sus experiencias, añadidas a su encendida imaginación, le sirvieron para escribir textos con una intensidad que pocos autores han conseguido transmitir.

Mientras leo sus relatos el tiempo transcurre rápido. De pronto, los campos inabarcables de olivos son sustituidos por un paisaje urbano. El autobús está a punto de alcanzar Granada. Por encima de los edificios aparece la oscura silueta de las montañas de Sierra Nevada. Guardo el libro en la mochila y me entretengo identificando el nombre de las cimas más altas. Las he recorrido tantas veces que no me es difícil reconocerlas. Dentro de una semana cruzaré el Estrecho de Gibraltar en un barco, pero, hasta entonces, me quedaré en esta ciudad. Mi huida hacia el Norte de África comenzará aquí.

684 Palabras

“Nepal: el país de los Himalayas” (avance del documental)

A principios de abril dirigimos nuestros pasos a la cordillera del Himalaya. Desde entonces aquellas vivencias, sus gentes, sus paisajes y sus montañas forman parte de nosotros. Éste es el avance del documental que grabé durante esos días. Acompáñanos a descubrir “Nepal, el país de los Himalayas”:

[youtube]http://youtu.be/Qo5XbwK5xF4[/youtube]

59 Palabras

Rumbo al Oeste: de Bucarest a Madrid en autobús

Son las cinco menos cuarto de la mañana. Aún es de noche. Matei y yo conducimos a través de las calles de Bucarest. Las aceras están vacías de personas y en la carretera tan sólo nos cruzamos con algunos taxis. El tranvía sigue funcionando y puedo ver las siluetas oscuras de algunos pasajeros a través de sus amplias ventanas. Estas son mis últimas horas en la ciudad y estoy nervioso; a partir de ahora continuaré mi viaje solo y tengo un nudo en el estómago. Noto una sensación parecida a la de comenzar una escalada difícil. Esta misma tarde, mientras escribía en la mesa de trabajo de Matei ―mi compañero me ha ofrecido su casa durante los últimos días―, un avión cruzó el cielo detrás de la ventana. El aparato giraba despacio mientras ganaba altura y dejaba atrás los edificios de Bucarest. A esa altitud los pasajeros probablemente distinguían la ciudad como si se tratara de una minuciosa maqueta. Enseguida las cuadriculadas calles de la capital darían paso a una extensa llanura donde distintos cultivos se alternan entre pequeñas poblaciones alargadas, construidas a lo largo de las carreteras. Así ven Rumanía por última vez la mayoría de los turistas que visitan el país. Mi visión, sin embargo, será muy distinta: regresaré a casa en un autobús.

Mis intenciones de conocer la parte oculta, la zona “prohibida” de Bucarest, no han dado sus frutos. Llegué a la ciudad con una actitud mental semejante a la de un explorador. Sin embargo, tan sólo he encontrado calles y edificios grises, construidos durante la dictadura de Ceaușescu. La capital de Rumanía ―con una extensión y población similares a Barcelona― es muy distinta al resto del país. Mientras arrastraba mis pies por sus calles repletas de tráfico y personas, seguía pensando en las montañas de los Cárpatos. A menudo me refugiaba en una pequeña pastelería turca del centro donde hacen unos dulces deliciosos o buscaba en las librerías algo para leer en inglés. Añoraba las montañas rodeadas de bosques, los apacibles pastos y los pueblos pequeños. Así que cuando vi por primera vez el autobús que me llevará a Madrid, me sentí en parte aliviado.

En el autobús hay otras treinta personas. No queda ningún asiento libre. Todos son de nacionalidad rumana y soy el único que viaja solo. Algunos están acompañados por sus parejas, hay familias con niños y otros parecen sólo amigos. Avanzamos despacio hacia el Oeste. Todavía tendrán que pasar tres días para alcanzar el bullicio de la capital española. Poco a poco consigo hablar con algunos de ellos. Jorge es el primero en contarme su historia. Trabaja en una chatarrería junto a su socio y sus dos hijos. Lleva más de siete años viviendo en Vicálvaro (Madrid): «En Rumanía apenas ganaba doscientos euros al mes y no era suficiente. Trabajaba muy duro en la agricultura, todos los días, sin descanso, y mi sueldo era miserable. Así que en 1997 me fui a Turquía». Jorge estuvo en el país árabe hasta 2004 y después estuvo trabajando en Italia. Sin embargo, nunca se ha sentido tan a gusto como en España. Tiene un contrato indefinido de trabajo, está ahorrando para construir una casa en las afueras y es feliz junto a su familia. Ángel, su hijo más pequeño, está sentado encima de sus rodillas mientras hablamos. Acaba de cumplir tres años y su padre me cuenta, sonriente, que ha nacido en Madrid. La mayoría de las historias que he escuchado son muy similares: todos decidieron salir de su país buscando un sueldo mejor y, quienes lo han conseguido, no quieren regresar a Rumanía.

Tras cincuenta y nueve horas, cruzar seis países distintos y recorrer cuatro mil kilómetros de carretera, llegamos a Madrid. Me despido de Jorge con un fuerte apretón de manos y choco los cinco con Madalin ―un chico de diez años―. Deseo suerte a Lionel y a su familia, que trabajarán los próximos meses en Tomelloso (Ciudad Real). Bromeo otra vez con Claudio y me dirijo a los demás hablando en rumano: «¡La revedere! ¡Mulțumesc!» (“¡Adiós! ¡Muchas gracias!”). En mi libreta guardo sus testimonios mientras esperan el momento oportuno para salir a la luz en algún medio de comunicación. Viajo en el Metro con la impresión de que la bellísima cordillera de los Cárpatos y mis compañeros seguirán en mi memoria durante mucho tiempo. Me encuentro cansado, pero también estoy contento. Muy pronto estaré en casa, entrenando y saliendo a menudo a las montañas, contando los días que me quedan para partir otra vez, con la mochila en los hombros, hacia nuevos países…

Esta expedición forma parte del proyecto “Al Otro Extremo del Desafío 2013”. Gracias a la colaboración de “AMS Componentes y Suministros Eléctricos”, “Talleres Josán Motor” y la tienda “El Rincón de la Montaña” he podido viajar hasta Rumanía para ascender la montaña más alta de cada región de ese país en tan sólo siete días. Nuestro equipo se ha convertido en el primero en conseguirlo. Acompáñanos en Facebook y Twitter

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