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Un juego peligroso

Dani se había tumbado en el suelo, sobre un pasto almohadillado. La hierba, después de permanecer oculta durante varios meses bajo la nieve y el hielo, todavía tenía un color ocre. Echó un vistazo instintivo a su alrededor y cerró sus párpados durante unos segundos. Comenzó a notar cómo el sol le devolvía el calor que había perdido mientras escalaba. Los rayos recorrían las cicatrices de antiguas heridas en la mejilla y en la frente, o las arrugas que le crecían alrededor de sus ojos cuando sonreía. Suspiró profundamente y tuvo la sensación de que era la primera vez que descansaba realmente desde hacía meses. Al fin podía detenerse en detalles como las pequeñas florecillas que ya habían comenzado a crecer entre la hierba. También escuchó el leve zumbido de algunos insectos. El mundo se había reducido a la pequeña porción de tierra que sus sentidos podían abarcar.

Fue entonces cuando lo vio: Manu avanzaba a lo lejos con una pesadez inusitada. Todavía en el suelo, Dani advirtió cómo su compañero tropezó varias veces. Le sorprendieron sus movimientos torpes. Descendía con lentitud, como si cada paso le supusiese un esfuerzo terrible.

Los dos amigos no se dijeron nada hasta que estuvieron juntos. Aún en la claridad radiante del mediodía, los ojos grandes y marrones de Manu parecían terriblemente preocupados. Dani no necesitó demasiado tiempo para reconocer aquella expresión: ya la había visto en otras ocasiones, en los ojos de otras personas. De pronto regresaron algunos recuerdos que creía haber olvidado. Y en seguida comprendió que había ocurrido algo grave.

«Una avalancha. Una avalancha enorme», repetía Manu. Cayó a través de la misma canal por la que habían descendido. Trajo consigo piedras, bloques de hielo gigantescos. Si ambos amigos hubiesen tardado unos pocos minutos más, probablemente habrían quedado sepultados. Manu y Dani estuvieron a punto de picar sus billetes.

Hubo un silencio. Permanecieron inmóviles durante un tiempo hasta que, de pronto, Dani comenzó a lanzar maldiciones. Su voz sonaba quebrada. Y entonces levantó la mirada para observar de nuevo a su compañero. Manu estaba sentado sobre unas piedras. Parecía en estado de shock. No reaccionó a los gritos de Dani. Nada, ni siquiera un leve movimiento. Tenía las rodillas encogidas y miraba inmutablemente a la hierba que crecía sobre el suelo.

Aquella mañana Manu y Dani ascendieron una montaña difícil en los Pirineos aragoneses. Otra de tantas, en realidad, pues habían compartido la misma cuerda en numerosas ocasiones. A pesar de que todavía la primavera era muy fría escalaron con el mínimo material. Tenían una mochila para los dos: un poco de ropa de abrigo, algo de agua y poco más. Calzaban unas zapatillas deportivas.

Conocían las reglas, claro: sabían que aquello se trataba de un juego peligroso. A Dani le gustaba parafrasear ―en las conferencias sobre alpinismo que hacía de vez en cuando para sobrevivir, junto a hogueras en todo el mundo, durante las noches de vivacs, dentro de una fría tienda de campaña colocada en algún glaciar remoto, en los bares con sus amigos― al alpinista y escritor Simón Elías: «No nos engañemos ―solía decir mientras subía el tono de voz y miraba a su público, buscando los ojos de éstos―, en las montañas también hay normas, como en cualquier ciudad. Están impuestas por la Naturaleza: las avalanchas, las tormentas, etc. Cosas así, supongo que ya estáis al corriente. Son reglas mucho más severas porque no te amonestan o te ponen una multa, sino que te quiebran una pierna o te matan. Sin embargo, a mí me parecen mucho más cercanas y más comprensibles de lo que son las normas de la sociedad de hoy en día».

Dani se dirigió a su amigo: «Necesito largarme de aquí. Manu, venga tío, vámonos ya». Manu no respondió.

Las normas. Los peligros. Los amigos que habían dejado sus vidas en otras montañas. Los ten mucho cuidado, por favor, de sus familiares y de las personas que más querían. Dani tuvo la sensación de que conocía cuáles eran los pensamientos exactos de su compañero. Por un momento creyó conocer todos los detalles que estaban ocurriendo en su cabeza. Una mariposa con las alas blancas revoloteó muy cerca de ellos. Soplaba una brisa suave y silenciosa, que traía consigo los olores de cientos de plantas. Era un mañana luminosa, sin nubes, la atmósfera parecía cristalina. Manu y Dani sabían que practicaban un juego peligroso. Pero aquel día ninguno de los dos amigos estaba dispuesto a morir.