por

Quién (creo que) soy

Me piden que me presente a mí mismo. En las entrevistas que hacen los periódicos, en las oficinas, incluso en algunas redes sociales. También debería poner quién soy en mi blog, me dijeron desde Desnivel hace algún tiempo. Es muy importante, al parecer, para que la gente se sitúe. Así que hoy intentaré solucionar esta tarea pendiente. Eso sí: tengo que hacerlo bien. No vale cualquier cosa. Necesito encontrar las palabras adecuadas…

Emprendo un viaje peligroso: en esta ocasión el destino no es un lugar físico, sino una certeza.

Subo montañas (y luego bajo montañas), pero no soy alpinista. Esta palabra ―alpinista― me queda demasiado grande. Si me la pongo por encima, sobresale por todas partes.

Vaya por Dios. O por quien sea.

Continúo buscando. Me ofrecen varias palabras por el camino. Sin embargo, ninguna me gusta.

Así que pienso (espero que merezca la pena el esfuerzo) que quizás lo mejor es prescindir de ayuda. Prefiero continuar solo. Alguna palabra habrá, digo yo, que me siente bien.

Decido comprobar qué tal me queda la de periodista. Pero nada, tampoco cuela.

También intento ponerme la de guía de montaña, pero entonces alguien me dice que, para eso, necesito ser primero alpinista.

Vuelvo a empezar.

Ya he probado con varias y no hay manera. Qué difícil es esto de presentarse a uno mismo. Más de lo que esperaba, desde luego. Pero tengo que conseguirlo.

Finalmente encuentro en un rincón lleno de polvo, amontonadas, las palabras que me gustan:

Apasionado de la Naturaleza. Viajero empedernido. Narrador de historias.

Objetivo conseguido, creo. Al menos ya tengo lo suficiente para poder iniciar el regreso. Pero antes necesito descansar un poco; buscar las palabras adecuadas es agotador, y uno tiene sus limitaciones. Encuentro una roca que parece un buen lugar para sentarse.

Repaso mi biografía:

Cuando apenas era un renacuajo prefería ―al contrario que los demás chavales de mi edad― buscar bichos antes que jugar al fútbol  y cosas por el estilo. Era capaz de permanecer horas dentro de un escondite, con mis cámaras y mis trípodes, completamente inmóvil y en silencio, esperando a que pasara algún animal ―mi favorito era el martín pescador―. Desde pequeño mi relación con la Naturaleza ha sido muy intensa.

Me doy cuenta de que el número de países que he visitado supera mi edad. He vivido durante un tiempo en unas remotas comunidades rurales de República Dominicana. He cruzado un par de veces la frontera árabe-israelí sin pasaporte. Una noche, en una discoteca de Beijing, terminé bailando delante de cientos de estudiantes que trataban imitarme. Esto último fue divertido…

He escalado montañas en cuatro continentes. Recorrí selvas, glaciares, desiertos. Cuando sólo tenía 16 años, ascendí por primera vez el Mont Blanc. Con 18 viajé al Himalaya.

Recuerdo haber sobornado para conseguir visados de países en guerra ―tengo en mi habitación balas de Kalashnikov, el arma que más odio, un souvenir de este tipo de viajes―. Lo último ha sido algo más de dos meses en Uganda y República Democrática del Congo.

Me pongo algo triste al recordar los compañeros que murieron. Si tuviese un vaso cerca ―de colacao, pues los lectores de este blog ya conocen que nunca bebo alcohol― brindaría por ellos. He compartido cuerda y kilómetros con gente excepcional. He entrevistado a decenas de personas que decidieron compartir un poco de sus vidas conmigo. Y sí: tengo amigos repartidos por todo el mundo.

He dejado muchos momentos en el tintero. Pero aún así no es mala mili, concluyo…

Y entonces caigo en la cuenta ―¡ahí va!― de que acabo de encontrar la respuesta. Regreso corriendo, no vaya a ser que se me olvide, para teclearlo en el ordenador:

«Mi nombre es Pablo Moraga Torres y soy… soy lo que he vivido, naturalmente.»