por

Una casa de piedra

Coloqué algunos troncos en la chimenea. La madera crepitó al recibir el abrazo del fuego. Observé el paisaje a través de una de las ventanas: había dejado de llover. Las gotas de agua se deslizaban lentamente en los cristales. Las nubes paseaban por el cielo con la serenidad de quien ha terminado un trabajo difícil. Las montañas, recubiertas de nieve, reaparecieron detrás de la niebla. Los rayos del sol formaban columnas de oro. La hierba de los pastos brillaba contenta, humedecida por el rocío. La Naturaleza estallaba de alegría. Un ruido inesperado interrumpió mis reflexiones. Primero unas llaves, luego el sonido de las bisagras. Oí cómo alguien abría la puerta. Al momento, David entró en la habitación.

Mis botas de esquí estaban secándose junto a la chimenea. Las pieles de foca todavía colgaban del tendedero. David me dirigió una sonrisa cómplice, amistosa y socarrona al mismo tiempo. Es un tipo larguirucho, un buen compañero, que conocí un par de años atrás. Combate su falta de experiencia en la montaña con una motivación envidiable. Consiguió graduarse en una ingeniera de las complicadas, pero un día lo dejó todo para subir montañas. Muy metódico con su entrenamiento, ha conseguido realizar escaladas realmente difíciles en poco tiempo. Desde hacía algunas semanas compartíamos el alquiler de una casa en los Pirineos con otros tres amigos: Matías, Lorenzo-de-Huesca y Lorenzo-Logroño (o Lorenzo-Lobezno, por su patillas).

Soy un cocinero pésimo; por suerte, durante aquellos días conseguí sobrevivir con algunos espaguetis. Las botas de esquí malolientes se acumulaban rodeando el calor de la chimenea, junto a las chaquetas o los pantalones empapados. No teníamos demasiadas normas, salvo aquella que me prohibía tajantemente escuchar canciones dominicanas cerca de mis compañeros. Recuerdo de aquellos días el olor a bosque que se filtraba a través de las ventanas, o las conversaciones hasta las tantas. Desayunos rápidos en la penumbra de la madrugada. Amaneceres que, mientras avanzábamos hacia alguna montaña entumecidos por el frío, nos acariciaban con la ternura de la mano de un ser querido. La complicidad con ese amigo que estaba atado en el otro extremo de la cuerda.

Aquella tarde, los rayos del sol recorrían los sofás, las mesas con libros y el material de montaña. El cielo luminoso y azul se extendía sobre las habitaciones. Las sombras bailaban entre nuestros cachivaches mientras avanzaba el día. Lorenzo-Logroño consultaba la predicción meteorológica con el móvil y David afilaba sus crampones. Al día siguiente escalaríamos juntos. Eché otro vistazo al paisaje, en constante movimiento, que había detrás de nuestras ventanas. Subir montañas se ha convertido en un juego divertido, pensé. Si no fuese por las quejas de mis amigos, habría puesto una de esas bachatas dominicanas a todo volumen.