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El Aneto como alternativa a compuestos lisérgicos

Hice una escala de veinticuatro horas en los Estados Unidos. Conocí Miami Beach. Ocean Road. Chiringuitos sofisticados. Ropa cara, etiquetas, zapatos de marca. Cócteles de colores, las últimas canciones americanas. Después de vivir durante tanto tiempo con una mochila al hombro en remotas zonas rurales, observaba fascinado las amplias avenidas de aquella ciudad. Me veía reflejado en la carrocería brillante de los coches. Necesitaba reunir fuerzas para reconocer que aquel rostro tostado por el sol me pertenecía. Parecía un náufrago.

A principios de marzo comenzaba la temporada alta. Era el Spring Break y miles de estudiantes universitarios procedentes de todo el país estaban allí. A lo largo de las próximas semanas se sucederían fiestas y conciertos. Los alojamientos más baratos estaban a rebosar. Ocupé la última cama libre de un albergue donde vendían, junto a la recepción, dos botellas de cervezas por un dólar o camisetas con el eslogan «What happens in the beach, stays in the beach». Un salvadoreño ―el encargado de repartir las habitaciones― trataba de ponerme al día cuando un tipo interrumpió nuestra conversación. «Tíos, ¿dónde está la playa?», dijo un estudiante de veinte-y-pocos, mientras imaginaba kilómetros de arena blanca y chicas con bikinis. El recepcionista le contestó, con normalidad: «Chaval, ni tú ni yo somos lo suficiente cool para ir a un sitio así».

«Florida. The Sunshine State», presumían las matrículas de los vehículos. Allí, el agua del océano Atlántico era realmente transparente. Unas olas suaves rompían contra la arena blanca. Las cimas de los rascacielos flirteaban con un cielo totalmente despejado. Los socorristas vigilaban las playas desde torres de madera. Parecía un mundo hecho a medida. Por un momento imaginé a una especie de sastre ―normalmente viste camisas de colores y cosas por el estilo, es un tipo estrafalario y genial― tomando medidas con una gigantesca cinta métrica, pensando en cada detalle, colocando los edificios o las palmeras.

Otro avión. Las pantallas indicaban 7.349 kilómetros hasta el destino. El espacio desfilaba detrás de las ventanillas. Mientras el inmenso Boeing 767 giraba sobre la ciudad, reflexionaba sobre los detalles que la velocidad tecnológica nos impide conocer. Miraba el paisaje como quien trata de identificar un rostro en una multitud. Observaba cómo los grandes edificios y las calles cuadriculadas se desvanecían mansamente. Era de noche y casi todos los pasajeros que estaban sentados a mi alrededor dormían. Con el paso del tiempo, este ambiente ―todas esas personas sentadas sin hablar, el calor de sus cuerpos rellenando el escaso espacio libre, la luz de algún ordenador reflejada en una de las ventanas…― ha comenzado a parecerme extrañamente reconfortante.

Algunas horas más tarde llegué a los Pirineos. Aún soy capaz de recordar los detalles con nitidez. Eran las seis de la mañana. Los altavoces escupían la voz ronca de Extremoduro mientras el coche avanzaba en la oscuridad. El termómetro marcaba varios grados bajo cero. La luna bañaba a las montañas recubiertas de nieve con una luz espectral; al fondo del valle, las cumbres más altas se recortaban en la penumbra. A un lado de la carretera un cartel nos dio la bienvenida: entrábamos en Benasque. Nuestros esquís de montaña sobresalían por encima de los asientos traseros. «Buenos días, Pablo ―dijo finalmente mi amigo Lorenzo con tono irónico―. ¿Preparado?». Respondí con una mueca. Tenía la sensación de que los últimos días se habían sucedido demasiado rápido. Como si hubiese dado un enorme salto sin red. Detrás de la ventana aún paseaban las imágenes de mi viaje. Lorenzo cantaba fatal.