Los sherpas del Everest

Ocurrió en el Everest. Durante la madrugada del 18 de abril, una avalancha gigantesca sepultó a varios escaladores. Eran hombres nepalís ―la mayoría sherpas― que trabajaban colocando cuerdas fijas o abasteciendo los campamentos de altura. A día de hoy se han confirmado al menos trece fallecidos; otras tres personas permanecen ocultas bajo toneladas de nieve y hielo. En distintas páginas webs pueden leerse los nombres de las víctimas; algunos habían escalado el Everest en varias ocasiones, había guías de montaña experimentados con certificación de la UIAGM, porteadores y cocineros. Todos, en definitiva, estaban haciendo su trabajo. Las redes sociales no han tardado en reaccionar. Incluso varios medios de comunicación no especializados han recogido el desafortunado accidente. Todos coinciden en que es la tragedia más grave que ha ocurrido en aquella montaña.

Los helicópteros y el personal de rescate han dejado de rastrear la zona. Según han informado algunos periódicos nepalís (The Kathmandu Post, The Himalayan Times…), los miembros del equipo de búsqueda decidieron descender al campo base. Las autoridades descartan toda posibilidad de hallar con vida a las tres personas desaparecidas. Además, tras las últimas nevadas, permanecer en el lugar del accidente era demasiado peligroso. Las expediciones que trataban de ascender el techo del mundo están consternadas. Dicen que es el «Black Everest Year».

El Everest (8.848 m) es la montaña más alta del planeta. En la vertiente nepalí aparece como una gigantesca y oscura pirámide, rodeada de espectaculares farallones de hielo.  (Fotografía: Alejando Echart.)

Durante estos días tristes he recordado a algunos amigos sherpas. La historia de Sonam Dorji Sherpa, por ejemplo, todavía me estremece. Vive en un antiguo lodge de Pangboche, un puñado de casas situadas a 3.900 metros de altitud. Sus pequeñas habitaciones ya no reciben a los turistas; su mujer y él mismo construyeron otro edificio más grande hace dos años. Le conocí una tarde de abril del 2013. Detrás de las ventanas del viejo comedor, las afiladas aristas del Ama Dablam jugaban con las nubes. En el centro, una estufa que se encendía con excrementos de yaks calentaba la habitación. Una de las paredes estaba plagada de fotografías. Entre ellas, en seguida reconocí a mi amigo João Garcia. También distinguí la sonrisa de Sonam, envuelta en un mono de plumas, en la cima del Everest ―lo ha escalado en cinco ocasiones―. Había otros escaladores, con rasgos sherpas, a los que no conocía; eran familiares que habían fallecido en la montaña. «Las montañas son muy peligrosas…», sentenció con un gesto amargo. Sonam ha estado en once ocasiones sobre la cima de una montaña de ochomil metros. Durante su última expedición sufrió un accidente en el Manaslu. «Desde entonces me dedico a alquilar yaks a las expediciones que van al Everest o a cualquier otra montaña. También gestiono un lodge. No gano tanto dinero como antes, pero prometí a mi mujer que no volvería a escalar», me explicó.

Desafortunadamente, las estadísticas confirman las palabras de Sonam. Según Desnivel.com 87 sherpas han fallecido en el Everest entre 1922 y 2013. No se conoce el número exacto de cuántos perecieron en las montañas de los alrededores.

João Garcia entrega nuevas fotografías a Sonam. El portugués y el sherpa se conocen desde hace años. (Fotografía: Alejandro Echart.)

Hoy, miembros del Gobierno de Nepal ―entre ellos Sushil Koirala, el Primer Ministro― se han reunido urgentemente con algunos representantes de los sherpas que trabajan en el Everest. Los sherpas exigen mejores seguros, salarios más altos y cuantiosas indemnizaciones para las familias de los fallecidos en este último accidente. Si no se llevan a cabo estos cambios, debaten la posibilidad de abandonar la montaña esta temporada. En consecuencia, más de trescientos escaladores extranjeros que pretenden ascender el Everest tendrían grandes dificultades para conseguirlo. Ang Tshering Sherpa ―presidente de la Nepal Mountaineering Association― y algunos de los empresarios más influyentes del país han ofrecido al Gobierno un ultimátum de siete días.

A estas alturas de la jugada, desengañémonos: subir el techo del mundo se ha convertido en un gran negocio. No hay marcha atrás. Los sherpas, los empresarios y los alpinistas, por lo tanto, tienen derecho a mostrar sus cartas; al menos, espero que se trate de un juego limpio y justo.

758 Palabras

Una casa de piedra

Coloqué algunos troncos en la chimenea. La madera crepitó al recibir el abrazo del fuego. Observé el paisaje a través de una de las ventanas: había dejado de llover. Las gotas de agua se deslizaban lentamente en los cristales. Las nubes paseaban por el cielo con la serenidad de quien ha terminado un trabajo difícil. Las montañas, recubiertas de nieve, reaparecieron detrás de la niebla. Los rayos del sol formaban columnas de oro. La hierba de los pastos brillaba contenta, humedecida por el rocío. La Naturaleza estallaba de alegría. Un ruido inesperado interrumpió mis reflexiones. Primero unas llaves, luego el sonido de las bisagras. Oí cómo alguien abría la puerta. Al momento, David entró en la habitación.

Mis botas de esquí estaban secándose junto a la chimenea. Las pieles de foca todavía colgaban del tendedero. David me dirigió una sonrisa cómplice, amistosa y socarrona al mismo tiempo. Es un tipo larguirucho, un buen compañero, que conocí un par de años atrás. Combate su falta de experiencia en la montaña con una motivación envidiable. Consiguió graduarse en una ingeniera de las complicadas, pero un día lo dejó todo para subir montañas. Muy metódico con su entrenamiento, ha conseguido realizar escaladas realmente difíciles en poco tiempo. Desde hacía algunas semanas compartíamos el alquiler de una casa en los Pirineos con otros tres amigos: Matías, Lorenzo-de-Huesca y Lorenzo-Logroño (o Lorenzo-Lobezno, por su patillas).

Soy un cocinero pésimo; por suerte, durante aquellos días conseguí sobrevivir con algunos espaguetis. Las botas de esquí malolientes se acumulaban rodeando el calor de la chimenea, junto a las chaquetas o los pantalones empapados. No teníamos demasiadas normas, salvo aquella que me prohibía tajantemente escuchar canciones dominicanas cerca de mis compañeros. Recuerdo de aquellos días el olor a bosque que se filtraba a través de las ventanas, o las conversaciones hasta las tantas. Desayunos rápidos en la penumbra de la madrugada. Amaneceres que, mientras avanzábamos hacia alguna montaña entumecidos por el frío, nos acariciaban con la ternura de la mano de un ser querido. La complicidad con ese amigo que estaba atado en el otro extremo de la cuerda.

Aquella tarde, los rayos del sol recorrían los sofás, las mesas con libros y el material de montaña. El cielo luminoso y azul se extendía sobre las habitaciones. Las sombras bailaban entre nuestros cachivaches mientras avanzaba el día. Lorenzo-Logroño consultaba la predicción meteorológica con el móvil y David afilaba sus crampones. Al día siguiente escalaríamos juntos. Eché otro vistazo al paisaje, en constante movimiento, que había detrás de nuestras ventanas. Subir montañas se ha convertido en un juego divertido, pensé. Si no fuese por las quejas de mis amigos, habría puesto una de esas bachatas dominicanas a todo volumen.

501 Palabras

El Aneto como alternativa a compuestos lisérgicos

Hice una escala de veinticuatro horas en los Estados Unidos. Conocí Miami Beach. Ocean Road. Chiringuitos sofisticados. Ropa cara, etiquetas, zapatos de marca. Cócteles de colores, las últimas canciones americanas. Después de vivir durante tanto tiempo con una mochila al hombro en remotas zonas rurales, observaba fascinado las amplias avenidas de aquella ciudad. Me veía reflejado en la carrocería brillante de los coches. Necesitaba reunir fuerzas para reconocer que aquel rostro tostado por el sol me pertenecía. Parecía un náufrago.

A principios de marzo comenzaba la temporada alta. Era el Spring Break y miles de estudiantes universitarios procedentes de todo el país estaban allí. A lo largo de las próximas semanas se sucederían fiestas y conciertos. Los alojamientos más baratos estaban a rebosar. Ocupé la última cama libre de un albergue donde vendían, junto a la recepción, dos botellas de cervezas por un dólar o camisetas con el eslogan «What happens in the beach, stays in the beach». Un salvadoreño ―el encargado de repartir las habitaciones― trataba de ponerme al día cuando un tipo interrumpió nuestra conversación. «Tíos, ¿dónde está la playa?», dijo un estudiante de veinte-y-pocos, mientras imaginaba kilómetros de arena blanca y chicas con bikinis. El recepcionista le contestó, con normalidad: «Chaval, ni tú ni yo somos lo suficiente cool para ir a un sitio así».

«Florida. The Sunshine State», presumían las matrículas de los vehículos. Allí, el agua del océano Atlántico era realmente transparente. Unas olas suaves rompían contra la arena blanca. Las cimas de los rascacielos flirteaban con un cielo totalmente despejado. Los socorristas vigilaban las playas desde torres de madera. Parecía un mundo hecho a medida. Por un momento imaginé a una especie de sastre ―normalmente viste camisas de colores y cosas por el estilo, es un tipo estrafalario y genial― tomando medidas con una gigantesca cinta métrica, pensando en cada detalle, colocando los edificios o las palmeras.

Otro avión. Las pantallas indicaban 7.349 kilómetros hasta el destino. El espacio desfilaba detrás de las ventanillas. Mientras el inmenso Boeing 767 giraba sobre la ciudad, reflexionaba sobre los detalles que la velocidad tecnológica nos impide conocer. Miraba el paisaje como quien trata de identificar un rostro en una multitud. Observaba cómo los grandes edificios y las calles cuadriculadas se desvanecían mansamente. Era de noche y casi todos los pasajeros que estaban sentados a mi alrededor dormían. Con el paso del tiempo, este ambiente ―todas esas personas sentadas sin hablar, el calor de sus cuerpos rellenando el escaso espacio libre, la luz de algún ordenador reflejada en una de las ventanas…― ha comenzado a parecerme extrañamente reconfortante.

Algunas horas más tarde llegué a los Pirineos. Aún soy capaz de recordar los detalles con nitidez. Eran las seis de la mañana. Los altavoces escupían la voz ronca de Extremoduro mientras el coche avanzaba en la oscuridad. El termómetro marcaba varios grados bajo cero. La luna bañaba a las montañas recubiertas de nieve con una luz espectral; al fondo del valle, las cumbres más altas se recortaban en la penumbra. A un lado de la carretera un cartel nos dio la bienvenida: entrábamos en Benasque. Nuestros esquís de montaña sobresalían por encima de los asientos traseros. «Buenos días, Pablo ―dijo finalmente mi amigo Lorenzo con tono irónico―. ¿Preparado?». Respondí con una mueca. Tenía la sensación de que los últimos días se habían sucedido demasiado rápido. Como si hubiese dado un enorme salto sin red. Detrás de la ventana aún paseaban las imágenes de mi viaje. Lorenzo cantaba fatal.

636 Palabras