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Historias de piratas

Una pequeña cala sin nombre. Península de Samaná (República Dominicana).

Atardece. El agua de color turquesa palidece lentamente, como si no quisiera ser aspirada por la oscuridad. Una luz sesgada se arrastra lánguidamente entre los altos cocoteros ―sus troncos delimitan esta pequeña calita de arena blanca; curvos y delgados, parecen ideados por el arquitecto más excéntrico―. Cierro los ojos mientras escucho el suave oleaje y la brisa se enreda en mi pelo. No hace falta demasiado esfuerzo para imaginar a los viejos piratas rondando estas calas, playas y cabos que me rodean. Botines, asaltos, cañones disparando contra navíos y carabelas cargadas de oro. Pieles curtidas por el sol y las salpicaduras de agua salada. Nombres capaces de provocar temor a los marineros. Historias repletas de aventuras como aquellas que se abrían paso en mi imaginación de niño.

Extiendo el saco de dormir sobre la arena. Antes de acostarme escribo algunas páginas en mi cuaderno de viajes. De vez en cuando, la luz de mi linterna sorprende a pequeños cangrejos tan blancos como la arena. Caminan de lado, nerviosos y con las pinzas levantadas como si estuviesen reclamando una explicación por mi presencia. Millones de estrellas giran sobre las hojas de los cocoteros. Danzan brillantes en el cielo, acompañando a la música de las olas. Este espectáculo salvaje y bello suscita, sin embargo, una melancolía singular. Dentro de unos días tendré que abandonar República Dominicana. El visado que aquel policía selló en mi pasaporte está a punto de caducar. Ha pasado casi un mes. El barro de los caminos recorridos pesa bajo mis pies.

Aún queda mucho por hacer. El objetivo que me ha guiado hasta aquí es difícil de conseguir: ayudar a mis amigos en su lucha por conseguir un futuro mejor. Pero no puedo darles la espalda. El calor de aquellas personas ocultan el cansancio y las dificultades. Trato de amplificar un mensaje que, en realidad, nunca ha tenido suficiente voz.

Amanece. Los rayos de sol más madrugadores acarician el agua. La marea crece y borra en la arena mis huellas descalzas. Un pelícano busca su desayuno; sobrevuela las olas y se lanza en picado cuando encuentra un objetivo. Por un momento olvida su aspecto torpe y pesado. Observo sus piruetas mientras preparo la mochila. «Es hora de partir, chaval», me repito. Relleno los escasos huecos vacíos con mi material de montaña y de fotografía. Viajar solo no es fácil, pero los fantasmas que me acompañaban unas semanas atrás han desaparecido. Ya no se burlan de mí. Cuando el ruidoso avión acelere a través de la pista de despegue y su tren de aterrizaje se levante del asfalto, tan sólo me acompañará el agradable recuerdo de las personas que he conocido en este país.

Durante los próximos meses continuaré mi largo viaje por todo el mundo. Acompáñame a descubrir desiertos, selvas o las montañas más altas. Hazlo a través de las redes sociales (Facebook: “Al Otro Extremo del Desafío”; Twitter “@alotroextremo”) o mi página web (“www.pablomoraga.com”). Gracias, lectores, por permitirme compartir este camino con vosotros.