Santo Domingo

Debe tener mi edad, o quizás es un poco más joven. Ha subido al escenario junto a otras tres chicas. El presentador le pregunta si tiene novio. Responde que no mientras el numeroso público parece enloquecer por momentos. Tendrá que bailar una conocida canción dominicana: un reggaetón que ya había escuchado en otras ocasiones durante este viaje. Si lo hace mejor que las demás chicas, ganará una gorra y una cerveza gratis. Parece nerviosa. Los potentes altavoces comienzan a escupir la música. La muchacha se dirige al centro del escenario y comienza bailar. De pronto, olvida su timidez. Se coloca de espaldas, se agacha, mueve el trasero hacia arriba y hacia abajo. El público enfebrece. Cuando su falda deja entrever su ropa interior algunos hombres están tan excitados que se llevan las manos a la cabeza. Aplauden y gritan. Es la favorita. Todo parece indicar que se llevará el premio. El presentador anuncia que el espectáculo se prolongará hasta la madrugada…

He cenado no demasiado lejos de este escenario, en un rincón más tranquilo. Por algo menos de dos euros compré una bandera dominicana ―un plato muy habitual en República Dominicana: habichuelas, arroz blanco y, en ocasiones, algo de carne―. Comí mientras atardecía. El Mar Caribe parecía una gigantesca plancha de color plomizo. En el horizonte unos gigantescos barcos avanzaban con lentitud. Este paisaje me recordó que estoy terriblemente lejos. Sentía vértigo. Las olas se hinchaban y rompían sonoramente contra unas rocas. Los niños aprovechaban la brisa para lanzar sus cometas. Me mostraron cómo las habían fabricado utilizando bolsas de basura y algunos palitos. Estaban unidas con largos hilos blancos que los chicos acortaban y alargaban con asombrosa habilidad. Jugué con ellos durante un largo rato.

Tengo sueño. Anoche salí por ahí y continúo cansado. Un finlandés, un noruego, un alemán, un español y dos americanas consiguieron convencerme. Les conocí en el albergue donde me alojo ―uno de esos sitios con habitaciones compartidas y baños al final del pasillo―. Cogimos un taxi hacia la Avenida Venezuela ―nos chivaron que se trata una calle muy popular entre los universitarios dominicanos; durante los fines de semana, los estudiantes acuden en masa―. Entramos en varias discotecas. Los altavoces inundaban con su música todos los locales. Bachatas y merengues. Arrastré mis zapatillas manchadas de barro por las pistas de baile durante horas. Éramos los únicos extranjeros y no pasábamos desapercibidos. Esta mañana, mis nuevos amigos me aseguraron que tienen lagunas en la memoria. No conseguían recordar algunos detalles. Demasiado alcohol. Hablaban con la voz ronca y los ojos entornados. Parecían sonámbulos. Bromeaba con ellos: «yo, sin embargo, tardaré mucho tiempo en olvidar este viaje…».

La chica ha desaparecido del escenario. Ahora, dos tipos cantan y bailan encima de la plataforma. De vez en cuando lanzan gritos excitados. Uno de ellos se ha tirado al suelo y su compañero mueve la cintura frenéticamente como si le estuviese haciendo el amor. No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Compruebo si continúa el bulto de la cartera en los bolsillos de mis pantalones. Por si las moscas. Después de acostumbrarme a la vida a marcha lenta de las comunidades de montañeses con las que he estado coexistiendo, el ritmo de una ciudad como Santo Domingo consigue anestesiarme. Decido que ha llegado la hora de regresar al albergue. Emprendo el camino de vuelta. Mañana un avión me llevará a los Estados Unidos y me asaltan sentimientos contradictorios. Miro por última vez el mar pesado y turbulento. Camino despacio. La música se disuelve entre las sucias callejuelas.

630 Palabras

Historias de piratas

Una pequeña cala sin nombre. Península de Samaná (República Dominicana).

Atardece. El agua de color turquesa palidece lentamente, como si no quisiera ser aspirada por la oscuridad. Una luz sesgada se arrastra lánguidamente entre los altos cocoteros ―sus troncos delimitan esta pequeña calita de arena blanca; curvos y delgados, parecen ideados por el arquitecto más excéntrico―. Cierro los ojos mientras escucho el suave oleaje y la brisa se enreda en mi pelo. No hace falta demasiado esfuerzo para imaginar a los viejos piratas rondando estas calas, playas y cabos que me rodean. Botines, asaltos, cañones disparando contra navíos y carabelas cargadas de oro. Pieles curtidas por el sol y las salpicaduras de agua salada. Nombres capaces de provocar temor a los marineros. Historias repletas de aventuras como aquellas que se abrían paso en mi imaginación de niño.

Extiendo el saco de dormir sobre la arena. Antes de acostarme escribo algunas páginas en mi cuaderno de viajes. De vez en cuando, la luz de mi linterna sorprende a pequeños cangrejos tan blancos como la arena. Caminan de lado, nerviosos y con las pinzas levantadas como si estuviesen reclamando una explicación por mi presencia. Millones de estrellas giran sobre las hojas de los cocoteros. Danzan brillantes en el cielo, acompañando a la música de las olas. Este espectáculo salvaje y bello suscita, sin embargo, una melancolía singular. Dentro de unos días tendré que abandonar República Dominicana. El visado que aquel policía selló en mi pasaporte está a punto de caducar. Ha pasado casi un mes. El barro de los caminos recorridos pesa bajo mis pies.

Aún queda mucho por hacer. El objetivo que me ha guiado hasta aquí es difícil de conseguir: ayudar a mis amigos en su lucha por conseguir un futuro mejor. Pero no puedo darles la espalda. El calor de aquellas personas ocultan el cansancio y las dificultades. Trato de amplificar un mensaje que, en realidad, nunca ha tenido suficiente voz.

Amanece. Los rayos de sol más madrugadores acarician el agua. La marea crece y borra en la arena mis huellas descalzas. Un pelícano busca su desayuno; sobrevuela las olas y se lanza en picado cuando encuentra un objetivo. Por un momento olvida su aspecto torpe y pesado. Observo sus piruetas mientras preparo la mochila. «Es hora de partir, chaval», me repito. Relleno los escasos huecos vacíos con mi material de montaña y de fotografía. Viajar solo no es fácil, pero los fantasmas que me acompañaban unas semanas atrás han desaparecido. Ya no se burlan de mí. Cuando el ruidoso avión acelere a través de la pista de despegue y su tren de aterrizaje se levante del asfalto, tan sólo me acompañará el agradable recuerdo de las personas que he conocido en este país.

Durante los próximos meses continuaré mi largo viaje por todo el mundo. Acompáñame a descubrir desiertos, selvas o las montañas más altas. Hazlo a través de las redes sociales (Facebook: “Al Otro Extremo del Desafío”; Twitter “@alotroextremo”) o mi página web (“www.pablomoraga.com”). Gracias, lectores, por permitirme compartir este camino con vosotros.

552 Palabras

Una aventura en República Dominicana

Es tan alto que podría ser un buen jugador de baloncesto. Ni siquiera sentado en aquella pequeña silla de plástico podía disimular su estatura. Todos le conocen como Padre. Así, a secas. O Padre Cristian. Fue ordenado sacerdote hace cinco años. Sin embargo, no suele llevar alzacuellos ni trajes oscuros. No es demasiado práctico vestir así en estas comunidades ―pueblos entre montañas, escondidos en una de las zonas más recónditas de República Dominica―. Una bombilla colgaba del techo e iluminaba débilmente la pequeña habitación. Encima de la mesa, mi libreta y mis cámaras. «Numerosos maestros asignados por el gobierno para dar clase en estas comunidades ni siquiera acudían a las escuelas. Algunos faltaban durante meses. Uno de ellos pasó un año entero sin presentarse. Y, mientras, recibían sus correspondientes sueldos. Esta situación provocó una deserción escolar masiva. Los chicos dejaron la escuela para dedicarse a tareas agrícolas. Durante mucho tiempo traté de denunciarlo. Visité a distintas autoridades. Incluso conseguí llevar este caso ante el Ministerio de Educación. Presentamos el problema y propusimos soluciones. Sin embargo, no hicieron nada ―Cristian apenas podía contener las lágrimas, titubeaba y me pidió disculpas―. Peleamos mucho pero no obtuvimos resultados. Por eso decidimos actuar. No podíamos quedarnos con los brazos cruzados».

Tengo la sensación de que los enormes brazos de Cristian nunca han estado detenidos. En los últimos años han coordinado numerosos proyectos en El Ingenito y las comunidades de los alrededores. Han intentado ofrecer alternativas al cultivo tradicional para evitar la deforestación masiva y mostrar otros métodos para conseguir recursos económicos, reconstruyeron viviendas destrozadas, levantaron bibliotecas y centros de madres, reforestaron bosques…

El Centro Educativo-Vocacional Aventura es, quizás, su proyecto más ambicioso. Se trata de un internado en el que acogen a los niños que tienen que caminar varias horas para llegar allí ―no hay carreteras asfaltadas, tan sólo caminos de tierra destrozados por las fuertes lluvias―. Les traen los lunes y regresan a sus casas los viernes. Algunos lo hacen montados en la parte de detrás del todoterreno ranchera de Cristian; otros, sobre una mula. Actualmente acuden cincuenta y cuatro estudiantes, cuatro profesores y cinco padres que colaboran con las tareas domésticas y el comedor. «Es un gran desafío, una aventura ―me dijo Cristian―. Apenas tenemos todavía unas pocas aulas y dormitorios, algunos de los chicos reciben sus clases en el comedor, nuestra cocina muy pequeña… Pero, durante dos años, esos niños han recibido una educación de calidad y todos los días han podido comer tres veces al día. Requiere muchísimo esfuerzo, pero lo hacemos con entusiasmo. Quizás algún día podré ver a esos muchachos graduarse».

Tuve una larga entrevista con el Padre Cristian. Se trata de un cura diferente. Muy pocas personas conocen tan bien como él estas comunidades. A lo largo de varias horas hablamos sobre situaciones muy difíciles de comprender, proyectos frustrados y algunas alegrías. «Tenemos la sensación de que el Gobierno ha abandonado esta región ―me explicó―. Pero el espíritu de lucha y superación de estas gentes pueden cambiar las cosas. Las personas que viven aquí nos han acogido muy bien y realmente nos empujan. Tienen esperanza, son optimistas. Y yo también». Mientras hablaba, observé sus botas de trabajo recubiertas del polvo de los caminos y los agujeros que asomaban en su camiseta a la altura de los hombros. En los alrededores de la casita algunos niños jugaban corriendo de un lado a otro. «Sinceramente ―añadió―, creo que estas comunidades no están en un callejón sin salida».

636 Palabras