Un día cualquiera en El Ingenito

Cada día, los rayos de sol se desparraman a sus anchas en El Ingenito. Se acomodan sobre las pieles oscuras de estas gentes y despiertan los colores alegres ―azul claro, amarillo, verde…― de las fachadas de sus casitas. Los niños más pequeños acuden uniformados a la diminuta escuela. Un grupo de muchachos juegan a las cartas bajo un árbol frondoso. Algunas mujeres desgranan guandules ―las semillas de estos arbustos se utilizan en numerosos platos dominicanos y su cultivo es la base de la economía de la zona―. De vez en cuando, alguna moto destartalada y ruidosa rasga momentáneamente la quietud de este pequeño poblado. Pero las nubes de polvo que levantan con su paso se asientan de nuevo en la carretera sin asfaltar rápidamente. Como si cada una de esas motas tuviesen su lugar establecido y temiesen una terrible reprimenda. En unos segundos, todo regresa a la normalidad. Al momento, el murmullo del río San Juan humedece el ambiente. Los gallos continúan saludando el nuevo día con su cacareo. Gallinas, pavos y algún que otro pato doméstico buscan infatigablemente algo que comer.

Estas personas han aprendido a arañar jirones a la vida con muy poco. (Más tarde me enteraré de que los últimos tres años han sido complicados. Las cosechas fueron malas y la mayoría de las familias acumulan deudas. Aunque suelen ser positivos, viven una situación económica muy difícil.) El reloj y sus inquietas manecillas parecen objetos inútiles. Detrás de las abruptas montañas que ocultan a El Ingenito existen grandes ciudades, edificios, corbatas y zapatos con tacones. Sin embargo, tengo la sensación de que todo aquello forma parte de una gigantesca obra de teatro. El mundo se ha reducido a este puñado de casitas de madera y sus tablones desiguales.

Hace unos días ascendí el Pico Duarte. Se trata de una montaña de 3.087 metros de altitud: la más alta de República Dominicana y todo el Caribe. Vidal, una mula, dos perros y unas cuantas pulgas me acompañaron. Las pulgas cambiaron su residencia recientemente ―dejaron a un lado una caseta de madera a más de dos mil metros de altitud por mi cabeza―; los demás viven habitualmente en El Ingenito. Caminamos completamente solos. No se ve muy seguido a un individuo internarse por aquellos senderos*. En ocasiones, la vegetación era tan espesa que apenas podíamos avanzar. Durante tres días recorrimos cerca de cien kilómetros de caminos, rodeados de extensos pinares y bosques lluviosos. Aunque a mí no me parece demasiado rápido, Vidal asegura que normalmente se suele tardar el doble. La noticia ha circulado velozmente y todo el poblado parece asombrado.

Conocí a Vidal en 2011. Me ha ofrecido su casa, su comida y su amistad sincera durante todo el tiempo que permanezca en este poblado. Observo a mi buen amigo explicando las anécdotas de nuestra ascensión a unos vecinos. Su gorra deshilachada, sus chanclas con el color desgastado por el sol y las arrugas que le crecen alrededor de los ojos cuando sonríe. Siempre le acompaña un machete largo que se coloca alrededor del pantalón. A menudo, bromeó con él diciéndole que tiene aspecto de pirata, un viejo lobo de mar que dejó atrás su barco para internarse en una isla inhóspita y salvaje.

*Existen cinco rutas para ascender el Pico Duarte. Dos de ellas son muy populares ―La Ciénaga y Mata Grande―. Unas tres mil personas llegan a la cima cada año. Nosotros completamos la ruta menos frecuentada.

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Un nuevo viaje: República Dominicana

“Sea Ulises tu guía
al viajar por tu vida, compañero.
Tapona tus oídos contra toda sirena,
átate al duro mástil de tu barca
y, obediente a tu brújula secreta,
pon rumbo a la aventura irrenunciable:
el viaje hacia ti mismo”

José Luis Sampedro

El vuelo AA69 de American Airlines con destino a Miami está a punto de aterrizar. El piloto hace girar el avión sobre sí mismo. El inmenso aparato se inclina sobre su ala derecha y los pasajeros pueden observar por primera vez los Estados Unidos de América. A través de las ventanillas contemplan un paisaje yermo, polvoriento, prácticamente desértico. Numerosas nubes redondeadas y diminutas ―«desde aquí parecen motas de algodón», reflexiona uno de los pasajeros― proyectan sus sombras sobre este paisaje. Al fondo, el océano Atlántico se extiende como un inmenso lienzo de color azul oscuro hasta recortarse con el horizonte. Las crestas espumosas de las olas aparecen y desaparecen. Una azafata interrumpe mis reflexiones a través de la megafonía. Coloco la mochila ―en esta ocasión, mi única compañía― en el portaequipajes y me abrocho el cinturón de mi asiento. Después de más de nueve horas de viaje podremos, por fin, tomar tierra.

Cientos de pasajeros esperan su turno en los controles junto a banderas estadounidenses. Relleno numerosos documentos y los policías me hacen preguntas sobre mi equipaje. Un aparato me escanea las huellas dactilares de ambas manos. Fotografían los iris de mis ojos. Comprueban mi nacionalidad y sellan mi pasaporte una y otra vez. Finalmente he alcanzado mi primer destino; las exageradas medidas de seguridad y las banderas, que aparecen por todas partes, no dejan lugar a dudas. Sin embargo, hay algo que consigue desconcertarme. Camino a través de interminables pasillos señalizados con letreros en inglés y en castellano. La mayoría de los empleados se dirigen a mí en español. La megafonía del aeropuerto lanza avisos en ambos idiomas. Los datos oficiales muestran que más del sesenta por ciento de la población de Miami es de origen hispano o latino. Probablemente, aseguran, el porcentaje real es aún mayor.

Tan sólo paso unas pocas horas en esta ciudad. De madrugada tomo otro avión hacia República Dominicana. Detrás de la nueva ventanilla el paisaje es completamente diferente. Miles de luces refulgen en las cuadriculadas calles de Miami. Las casas son pequeñas. Los coches circulan entre ellas. El Boeing 737 avanza ruidosamente mientras repaso mentalmente mi situación. Dedicaré el próximo mes a explorar los bosques, selvas y cimas de una de las zonas más recónditas del Caribe. Me dirijo a un lugar donde los niños más pequeños nunca han visto a una persona blanca. Allí, cargar la batería de un ordenador portátil es una rareza casi imposible de conseguir. Pero en El Ingenito ―conocí aquella zona hace tres años― los mangos son dulces y los abrazos más sinceros.

Acompáñame a descubrir algunos de los rincones más aislados de República Dominicana. Los senderos embarrados de la selva, las animadas calles de sus ciudades y, sobre todo, las personas que allí viven. Puedes hacerlo a través de las redes sociales (Twitter: “@alotroextremo”; Facebook: “Al Otro Extremo del Desafío”) o en mi página web (www.pablomoraga.com). Además, cada lunes publicaré una crónica en La Tribuna de Ciudad Real.

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