Escaladas en casa

L. y yo hemos subido el volumen del viejo radiocasete y nos esforzamos en cantar todo lo peor que podemos. Mientras, nuestro amigo E. se encarga de conducir. La carretera se extiende durante kilómetros como una rectísima línea de asfalto oscuro, entre viñedos y otros campos de cultivo. El trigo ha comenzado brotar dotando al paisaje de un color lleno de vitalidad. Estamos contentos ante la perspectiva de compartir otro día escalando juntos. Durante las próximas horas dejará de importarnos cualquier otra cosa que no sea reírnos de nuestro compañero mientras resopla en un paso difícil, sudar unos minutos después con el mismo movimiento o contar chistes. Quizás eso es lo mejor de la escalada: poder olvidar todo lo demás y sentir la complicidad con aquel que está en el otro extremo de la cuerda. Seguimos avanzando y los eufóricos gritos de mis amigos acompañan a la música, a todo volumen. Sonrío feliz: después de pasar algunos meses vagabundeando de una montaña a otra, he regresado a casa.

El paisaje es un conjunto de líneas rectas: la carretera, el horizonte, los dibujos que crean los aviones en el cielo… todo parece estar esbozado con una precisión milimétrica. Un pastor barrigudo, ataviado con unos gruesos pantalones de pana, un bastón de madera con el mango curvo y una boina coronando su cabeza, pasea a un lado del arcén. Una pareja de garcillas bueyeras persiguen a su numeroso rebaño. Son las mismas aves ―blancas, con unas patas largas y amarillentas― que estamos acostumbrados a ver en las fotografías sobre la fauna del interior de África. Suelen acompañar a los grandes mamíferos, cazando a los insectos que éstos dejan al descubierto con su paso. Aquí, en La Mancha, las cabras han sustituido a los ñus o a los elefantes. Estas amplias llanuras, en vez de llenarse con el imponente rugido de un león, lo hacen con el del motor de un tractor John Deere.

F. es un tipo peculiar. Sus desgatados pies de gato han estado en todas partes. Algunos dicen que ha escalado todas la vías de Ciudad Real. Es una de las personas más fanáticas que conozco. Es un apasionado de la escalada deportiva y sabe transmitir ese entusiasmo a los demás. Nos ha recomendado una ruta muy dura que probamos una y otra vez. Nos duelen las yemas de los dedos y notamos cómo los músculos de los brazos se agotan cada vez más rápido. El sol avanza hacia la tarde lentamente en un cielo completamente despejado. Las sombras se alargan creando dibujos de ensueño. Las paredes de roca por las que tratamos de ascender se han llenado de colores cálidos: las placas de colores anaranjados y amarillentas, las pequeñas fisuras… Un numeroso grupo de cigüeñas que descansaba en una laguna cercana se ha levantado y vuela muy cerca de nosotros.

Algunas horas más tarde recogemos las cuerdas y el material. Es de noche y el haz de nuestras linternas frontales iluminan las mochilas. Los mosquetones y las cintas exprés tintinean. Las luces de un cercano pueblecito sonríen cálidamente. La luna es tan delgada como el extremo de una uña. En un momento dado apagamos las linternas para observar las estrellas y decidimos emprender el camino de vuelta a oscuras. Aun en la penumbra, los ojos de mis compañeros parecen brillar con intensidad. En realidad, no hemos conseguido encadenar ninguna vía realmente difícil. Hemos empleado hasta el último gramo de fuerza que teníamos y E. tiene una profunda herida en uno de sus dedos. Sin embargo, todos regresamos al coche contentos. Cuando coloco la última mochila en el maletero, suspiro y permanezco unos segundos inmóvil. L. me ha estado observando durante todo este tiempo y se adelanta a mis pensamientos: «Como empieces con mariconadas te vuelves andando, eh», añade con un tono aparentemente firme. Qué haría sin estos amigos.

692 Palabras

Una noche difícil

Es Nochevieja. Los altavoces escupen con fuerza la música contra las paredes. Dentro de la carpa que han montado para la ocasión en este pueblo de Ciudad Real, una masa apretujada de vestidos y trajes se mueven con dificultad. E. ha aparecido de repente entre la multitud. Le he distinguido tras un tipo que bailaba oscilando el vaso de su cubata peligrosamente por encima de los demás y un grupo de chicas muy guapas. Apenas unas horas antes estábamos en Sierra Nevada. A pesar de que nos separaban unos pocos metros de cuerda, no era capaz de distinguirle: una cortina blanca se disponía entre nosotros. Las montañas rugían con fiereza. El viento levantaba la nieve y nos la lanzaba mientras tratábamos de descender prácticamente a ciegas. Estábamos agotados después de realizar una escalada difícil. Ahora, la situación no ha mejorado demasiado. A estas alturas de la jugada ambos sabemos que las faldas cortas y los tipos con vasos de plástico y un alto estado de embriaguez son bastante más peligrosos.

E. aún conserva la marca de las gafas de sol en su cara. Su rostro todavía denota la actividad de una semana esquiando y escalando en Sierra Nevada. Tiene las mejillas enrojecidas. Sus ojos siguen reflejando el brillo de la nieve. Avanza desconcertado mientras los focos se encienden y se apagan al son de la música. Su imagen tiene más que ver con aquellos cuerpos sin fuerzas y zarandeados por el viento en los que nos habíamos convertido durante esta mañana que con la vitalidad desenfrenada de la mayoría de las personas que nos rodean. Yo, sin embargo, supongo me he acostumbrado a cambiar rápidamente de una situación a otra: recorrer cientos de kilómetros en unas pocas horas y alternan ambientes tan distintos entre sí en poco tiempo se ha convertido en algo habitual. Tengo una corbata azul alrededor de mi frente; unos minutos antes había recordado las palabras de mi amigo P.: «No hay mejor forma de comenzar un año que haciendo el capullo». Desconozco cualquier otro detalle sobre mi aspecto.

He pasado los últimos días del año durmiendo en algún parking, en la parte de detrás del coche de E. Su vehículo no es excesivamente grande, pero él insistía en que entraríamos los dos. Extendimos los asientos y sobre ellos colocamos nuestros sacos de dormir. Por encima de nosotros estaban los esquís y parte del material de montaña. No demasiado lejos de mi cabeza humeaban nuestras botas malolientes. En realidad, apenas cabíamos. Todas las noches, E. sostenía que acercándome más a él podría estirarme; hice caso omiso a sus indicaciones: E. nunca ha pasado tantos días seguidos en una montaña y no sabía cómo podría reaccionar. Finalmente me habitué a dormir encogido. Intentaba no moverse demasiado por temor a ser aplastado por dos pares de esquís de travesía ―en cualquier momento podrían caérsenos encima; en esta ocasión, bromeábamos, tener unas tablas ligeras no es un capricho para ascender más rápido, sino un requisito fundamental para sobrevivir―.

En las esquinas de la carpa se acumulan vasos de plástico rotos, bufandas de cotillón con muchos colores y objetos que nadie sabe cómo han llegado hasta aquí: varias narices de payaso, la plantilla de un zapato… En el suelo hay charcos de bebidas alcohólicas. Centenares de personas bailan y hablan entre ellos. El chaval del cubata ha derramado finalmente parte del contenido de su vaso sobre su chaqueta oscura. Mientras, en el exterior el sol se despereza poco a poco. Los tonos violáceos del cielo se transforman en colores más cálidos. Las chicas regresan a sus casas tratando de mantener el equilibrio sobre largos tacones. Algunas realizan auténticas piruetas para evitar caer. La noche ha terminado dando paso a otro año más. Camino tremendamente cansado después de tantas horas sin dormir. Mi mochila me acompaña ―y, dentro de ella, la arena del desierto, el viento de las altas cumbres del Himalaya y el barro de las selvas tropicales―. Intento hacer un balance de los últimos meses, reagrupar el desorden. Pienso en E. y todos los amigos con los que he compartido alguna vez el camino. Ahora la calle está completamente vacía. Tan sólo escucho mis pasos. Este paisaje urbano, gris, solitario, parece triste; sin embargo, sonrío mientras continúo caminando.

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