El hielo es una tontería

Solté mi pesado petate sobre uno de los asientos. El golpe provocó un gran estruendo, pero éste fue amortiguado por el ruido del Metro. Avanzábamos a través de un túnel oscuro. Eran la una y media de la madrugada y estaba tremendamente agotado. El exterior apenas estaba iluminado por unos pocos focos; una pared gris aparecía y desaparecía con velocidad detrás de las ventanas. En el cristal se reflejaba un hombre mayor que desprendía un intenso hedor a alcohol y miraba a su alrededor como si acabase de despertar de un coma vegetal. Tan sólo había otras dos personas más; un chico joven con el pelo largo y recogido por una cinta que practicaba con una guitarra y un señor ecuatoriano. El resto del tren estaba completamente vacío. Busqué en el interior de la mochila algo para comer, pero solamente encontré unos guantes mojados. Tan sólo unas horas antes había estado escalando en hielo a más de quinientos kilómetros. La ropa húmeda y una herida profunda en la mejilla me hicieron recordar el motivo de mi cansancio.

T. es menuda y atlética. Hablamos por primera vez el pasado viernes. Conoció a mi amigo R. durante un máster y éste le invitó a pasar unos días esquiando o escalando con nosotros. Su relación empezó cuando R. se presentó a sí mismo delante de toda la clase: «veréis, he estudiado derecho y soy licenciado en educación física, pero no me acuerdo de nada». Puedo imaginármelo: un tipo diciendo algo así, vestido con pantalones anchos y una chaqueta de montaña en mitad de una clase enorme, rodeado de estudiantes universitarios y sus apuntes encima de las mesas. La mata de pelo oscura y desordenada de mi amigo en seguida llamó la atención de T.: «de todos mis compañeros, él es el más salvaje».

T. y yo habíamos escalado algunas de las líneas de hielo más bonitas que he hecho nunca. En los Pirineos encontramos durante días las condiciones ideales para escalar con nuestros piolets. Aquella mañana estuvimos en el Valle de Benasque hasta el mediodía. Después, cogimos su coche corriendo hacia el Sur; ella tenía una reunión de trabajo en Zaragoza y yo no me podía permitir perder un autobús. T. condujo muy por encima del límite de velocidad con tan sólo uno de los focos del vehículo funcionando. Me pidió que le liase algún que otro cigarrillo, pero al comprobar mi inutilidad para estos asuntos decidió encargarse ella misma. «A pesar de que me gusta la montaña y tal, yo soy más de Cola Cao y palitos de chocolate», le decía mientras observaba cómo extendía el tabaco sobre el papel y adelantaba a un par de camiones al mismo tiempo. Después hacer cosas así, tratar de escalar carámbanos helados es un juego de niños.

Cuando llegué a casa, observé durante unos segundos mi rostro en un espejo. Unas horas después tendría que dar una conferencia delante de más de cien personas; apenas podía permitirme dormir lo suficiente para descansar. Mientras me cepillaba concienzudamente los dientes aprecié las mejillas aún enrojecidas por el sol y el viento frío, las marcas de antiguas cicatrices, la nueva herida, el pelo largo y aplastado después de pasar tanto tiempo con el casco en la cabeza… Y entonces sonreí al recordar aquello que escribió Simón Elías —las palabras de este tipo casi siempre son geniales, joder— tres años atrás: «El balance es bueno: estoy vivo. Una afirmación difícil de mantener en ciertos negocios».

(He tenido que posponer mi viaje al Norte de África. En Algeciras una llamada telefónica cambió todos mis planes. La voz distorsionada por el altavoz traía consigo malas noticias. Así que cuando colgué ya había tomado la decisión de iniciar el camino de vuelta. Volveré a intentar realizar aquella huida al Magreb durante los próximos meses. Habrá una tercera parte de mi relato, pero aún tendrá que pasar algún tiempo para poder compartirlo con vosotros.)

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