Huida al Magreb (segunda parte)

Ramón Morillas —cuatro veces campeón del mundo en paramotor y récord mundial de altitud y distancia— tocaba la guitarra y cantaba mientras el numeroso público aplaudía. Detrás de mí un tipo marcaba el ritmo golpeando con fuerza una mesa de madera. Era el punto y final de la conferencia que habían realizado en Granada Christian Ravier, Simón Elías y Martín Elías. Mientras asciendo por las calles que llevan al barrio del Albaicín recuerdo divertido esta imagen. Las historias de estos tres alpinistas están llenas de tipos duros fumando y bebiendo en los bares a pie de las montañas, escaladas capaces de provocar tiritonas en las piernas del más tenaz y cordilleras inexploradas situadas a miles de kilómetros de casa. Tener referentes así, ayuda. Las espectaculares fotografías de Christian Ravier y los comentarios de los hermanos Elías —acompañados con su buen humor característico— han conseguido que la tarde pasase rápida.

Ahora camino despacio a través del barrio de El Albayzín. Las callejuelas son tan estrechas que cuando los coches pasan tengo que refugiarme en el interior de algún portal. Las casas y sus fachadas recubiertas de cal forman un laborioso laberinto que desemboca en el mirador de San Nicolás. Desde allí, las inconfundibles torres de la Alhambra irrumpen anaranjadas entre la penumbra. Al fondo, miles de luces de la moderna ciudad de Granada tintinean llenas de vida. Es una de las tarjetas postales más conocidas. Las parejas y los turistas se hacen fotografías. Varios grupos de jóvenes charlan animosamente con un marcado acento. Unos chicos intentan explicar a dos turistas despistadas que, en su opinión, éste es uno de los paisajes más bellos de Europa; como las turistas no consiguen entenderles, repiten una y otra vez las mismas palabras en inglés y español mientras alzan la voz.

A pesar de ser una zona muy turística, se respira un ambiente apacible. Sopla una suave y fresca brisa. Las ramas de unos arbolitos dejan entrever una luna luminosa y redonda. La silueta del Veleta —la segunda montaña más alta de Sierra Nevada, una flecha puntiaguda y oscura que señala infatigablemente hacia el Este— se recorta sobre el cielo. Un tipo empieza a tocar una guitarra con una pierna adelantada sobre el pequeño muro; rasguea las cuerdas y golpea la madera del instrumento marcando un ritmo de rumba. Estoy a punto de comenzar un viaje difícil, pero todos los fantasmas que me rondaban ya han desaparecido. Lo han hecho de una forma tan silenciosa que ni siquiera lo había notado hasta ahora. El peso de mi mochila dejó de molestarme y el miedo fue sustituido una vez más por el irrefrenable deseo de conocer nuevos lugares.

He contado el número de países que he recorrido y la cifra supera mi edad; ya van veinticinco. Una vida itinerante me ha llevado a cruzar decenas de fronteras durante los últimos años. Continuamente, lugares y personas aparecen y desaparecen para convertirse en parte del pasado. A menudo intento reagrupar el desorden sin mucho éxito. Algunas mañanas, al despertar, necesito unos segundos para comprender dónde estoy: una tienda de campaña situada en mitad de un glaciar, un autobús destartalado y repleto de pasajeros en algún país lejano, la terminal de un aeropuerto internacional…

Pero ahora, aquella sensación se ha esfumado. Desde este mirador de San Nicolás soy capaz de comprender en qué lugar me encuentro y las dimensiones del viaje que pretendo realizar las próximas semanas. Echo un último vistazo a las bellísimas torres de la Alhambra y la silueta de Sierra Nevada; detrás de todo aquello se extiende África durante ocho mil kilómetros y una voz ronca e interior me anima a recorrer sus caminos. Tan sólo unos días después cruzaré en un barco la estrecha franja de mar que separa Europa con el Magreb. Suspiro recordando las palabras de Arturo Pérez Reverte dirigidas a Gervasio Sánchez, dos viejos lobos que han retratado con cámaras y micrófonos conflictos bélicos de todo el mundo: «¿No será, Gerva, que ya no sabes hacer otra puta cosa más que ir e ir e ir?».

738 Palabras

Huida al Magreb (primera parte)

Cuando regresé a casa estaba aturdido. La mayoría de mis amigos ya habían marchado a otras ciudades para continuar sus estudios en la universidad. Los niños ya no paseaban por las calles con sus bicicletas y sin camiseta. Los vencejos —esas aves oscuras que todas las tardes llenaban el cielo de mi pequeña ciudad con sus ágiles piruetas aéreas y sus silbidos— habían comenzado su viaje hacia el sur. Y a pesar de todo, me costó trabajo comprender que el verano estaba a punto de terminar. En tan sólo un mes he intentado hablar y comprender tres idiomas, he ascendido decenas de montañas y he recorrido miles de kilómetros. Mientras trataba de repasar todo lo que había ocurrido en los últimos treinta días me invadía una incómoda sensación de desconcierto. Julio Cortázar decía que el jet lag se debe a que el alma es más lenta que los aviones. A menudo, los modernos medios de transporte trasladan nuestros cuerpos a una velocidad mayor a la que estamos preparados y, en ocasiones, pueden provocar vértigo.

Sin embargo, tan sólo unos días después he comenzado otro viaje. Me alejo de casa inexorablemente mientras el autobús avanza hacia el sur. El pequeño espacio entre asientos que me corresponde se llena de dudas; me encojo para intentar caber en él, pero mis fantasmas consiguen avanzar a una mayor velocidad. Todavía no sé qué pasará durante las próximas semanas. Ésta será una expedición cargada de incógnitas. En esta ocasión no tengo ningún compañero y mi mochila, cargada de material de escalada, no logra tranquilizarme. Recuerdo las palabras de Javier Campos: «el viaje como necesidad tiene algo que mezcla lo terapéutico con lo patológico».

En la amplia ventana se reflejan las líneas intermitentes de la carretera. El aspecto del paisaje ha cambiado durante los últimos kilómetros; la llanura terrosa y amarillenta ha dado paso a un bosque que cada vez es más denso. Ahora, encinas y quejigos redondeados se suceden con velocidad detrás del cristal. Decido continuar la lectura de una recopilación de algunos de los relatos de Jack London. Los textos son tan trepidantes que consiguen mitigar mis dudas. Leo con atención la historia de Tom King. Su edad y tantos años trabajando como boxeador profesional le han mermado la salud. Hace meses que no combate y su mujer y sus hijos están hambrientos. Camina despacio hacia el cuadrilátero. Si gana, podría pagar sus deudas y aún le quedaría algo; si pierde, no cobrará nada. London escribe: «Tom King había dejado todo lo que tenía [su familia y una habitación vacía] para hundirse en la noche y conseguir comida para su compañera y los cachorros, no como un obrero moderno que acude a la planta industrial, sino al antiguo modo primitivo y animal: luchando por ella».

Jack London fue marinero, vagabundo, buscador de oro, corresponsal de guerra y escritor. Al igual que ocurrió durante su intrincada vida, en sus narraciones la acción discurre repetidamente por los escenarios más insólitos: noches árticas, atolones tropicales, suburbios obreros, desolados paisajes nevados… Sus experiencias, añadidas a su encendida imaginación, le sirvieron para escribir textos con una intensidad que pocos autores han conseguido transmitir.

Mientras leo sus relatos el tiempo transcurre rápido. De pronto, los campos inabarcables de olivos son sustituidos por un paisaje urbano. El autobús está a punto de alcanzar Granada. Por encima de los edificios aparece la oscura silueta de las montañas de Sierra Nevada. Guardo el libro en la mochila y me entretengo identificando el nombre de las cimas más altas. Las he recorrido tantas veces que no me es difícil reconocerlas. Dentro de una semana cruzaré el Estrecho de Gibraltar en un barco, pero, hasta entonces, me quedaré en esta ciudad. Mi huida hacia el Norte de África comenzará aquí.

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