“Nepal: el país de los Himalayas” (avance del documental)

A principios de abril dirigimos nuestros pasos a la cordillera del Himalaya. Desde entonces aquellas vivencias, sus gentes, sus paisajes y sus montañas forman parte de nosotros. Éste es el avance del documental que grabé durante esos días. Acompáñanos a descubrir “Nepal, el país de los Himalayas”:

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59 Palabras

Rumbo al Oeste: de Bucarest a Madrid en autobús

Son las cinco menos cuarto de la mañana. Aún es de noche. Matei y yo conducimos a través de las calles de Bucarest. Las aceras están vacías de personas y en la carretera tan sólo nos cruzamos con algunos taxis. El tranvía sigue funcionando y puedo ver las siluetas oscuras de algunos pasajeros a través de sus amplias ventanas. Estas son mis últimas horas en la ciudad y estoy nervioso; a partir de ahora continuaré mi viaje solo y tengo un nudo en el estómago. Noto una sensación parecida a la de comenzar una escalada difícil. Esta misma tarde, mientras escribía en la mesa de trabajo de Matei ―mi compañero me ha ofrecido su casa durante los últimos días―, un avión cruzó el cielo detrás de la ventana. El aparato giraba despacio mientras ganaba altura y dejaba atrás los edificios de Bucarest. A esa altitud los pasajeros probablemente distinguían la ciudad como si se tratara de una minuciosa maqueta. Enseguida las cuadriculadas calles de la capital darían paso a una extensa llanura donde distintos cultivos se alternan entre pequeñas poblaciones alargadas, construidas a lo largo de las carreteras. Así ven Rumanía por última vez la mayoría de los turistas que visitan el país. Mi visión, sin embargo, será muy distinta: regresaré a casa en un autobús.

Mis intenciones de conocer la parte oculta, la zona “prohibida” de Bucarest, no han dado sus frutos. Llegué a la ciudad con una actitud mental semejante a la de un explorador. Sin embargo, tan sólo he encontrado calles y edificios grises, construidos durante la dictadura de Ceaușescu. La capital de Rumanía ―con una extensión y población similares a Barcelona― es muy distinta al resto del país. Mientras arrastraba mis pies por sus calles repletas de tráfico y personas, seguía pensando en las montañas de los Cárpatos. A menudo me refugiaba en una pequeña pastelería turca del centro donde hacen unos dulces deliciosos o buscaba en las librerías algo para leer en inglés. Añoraba las montañas rodeadas de bosques, los apacibles pastos y los pueblos pequeños. Así que cuando vi por primera vez el autobús que me llevará a Madrid, me sentí en parte aliviado.

En el autobús hay otras treinta personas. No queda ningún asiento libre. Todos son de nacionalidad rumana y soy el único que viaja solo. Algunos están acompañados por sus parejas, hay familias con niños y otros parecen sólo amigos. Avanzamos despacio hacia el Oeste. Todavía tendrán que pasar tres días para alcanzar el bullicio de la capital española. Poco a poco consigo hablar con algunos de ellos. Jorge es el primero en contarme su historia. Trabaja en una chatarrería junto a su socio y sus dos hijos. Lleva más de siete años viviendo en Vicálvaro (Madrid): «En Rumanía apenas ganaba doscientos euros al mes y no era suficiente. Trabajaba muy duro en la agricultura, todos los días, sin descanso, y mi sueldo era miserable. Así que en 1997 me fui a Turquía». Jorge estuvo en el país árabe hasta 2004 y después estuvo trabajando en Italia. Sin embargo, nunca se ha sentido tan a gusto como en España. Tiene un contrato indefinido de trabajo, está ahorrando para construir una casa en las afueras y es feliz junto a su familia. Ángel, su hijo más pequeño, está sentado encima de sus rodillas mientras hablamos. Acaba de cumplir tres años y su padre me cuenta, sonriente, que ha nacido en Madrid. La mayoría de las historias que he escuchado son muy similares: todos decidieron salir de su país buscando un sueldo mejor y, quienes lo han conseguido, no quieren regresar a Rumanía.

Tras cincuenta y nueve horas, cruzar seis países distintos y recorrer cuatro mil kilómetros de carretera, llegamos a Madrid. Me despido de Jorge con un fuerte apretón de manos y choco los cinco con Madalin ―un chico de diez años―. Deseo suerte a Lionel y a su familia, que trabajarán los próximos meses en Tomelloso (Ciudad Real). Bromeo otra vez con Claudio y me dirijo a los demás hablando en rumano: «¡La revedere! ¡Mulțumesc!» (“¡Adiós! ¡Muchas gracias!”). En mi libreta guardo sus testimonios mientras esperan el momento oportuno para salir a la luz en algún medio de comunicación. Viajo en el Metro con la impresión de que la bellísima cordillera de los Cárpatos y mis compañeros seguirán en mi memoria durante mucho tiempo. Me encuentro cansado, pero también estoy contento. Muy pronto estaré en casa, entrenando y saliendo a menudo a las montañas, contando los días que me quedan para partir otra vez, con la mochila en los hombros, hacia nuevos países…

Esta expedición forma parte del proyecto “Al Otro Extremo del Desafío 2013”. Gracias a la colaboración de “AMS Componentes y Suministros Eléctricos”, “Talleres Josán Motor” y la tienda “El Rincón de la Montaña” he podido viajar hasta Rumanía para ascender la montaña más alta de cada región de ese país en tan sólo siete días. Nuestro equipo se ha convertido en el primero en conseguirlo. Acompáñanos en Facebook y Twitter

933 Palabras

Supervivencia en el extranjero: algunas palabras útiles en rumano

He intentado transcribir fonéticamente con nuestro alfabeto las palabras en rumano de este post. Cualquier parecido con su correcta escritura es pura coincidencia; la gramática rumana es muy compleja y totalmente desconocida para mí. Mis profesores han sido Geta y Madalin —dos chicos de diez años—. Estos pequeños amigos han tenido la paciencia de enseñarme una por una todas estas frases. Geta apenas sabe unas pocas palabras en inglés (en su colegio le han enseñado solamente alemán) y nos comunicábamos dibujando o mediante gestos. Madalin lleva más de seis años viviendo en Madrid y es capaz de conversar castellano. Mientras ellos hablaban, yo apuntaba todo en mi pequeña libreta de viaje:

“Buna-ziua”: Hola

“La revedere”: Adiós

“Buna diminacha”: Buenos días

“Buna seara”: Buenas tardes

“Noapte buna”: Buenas noches

“Che fat? Bine, forte bine”: ¿Qué tal? Bien, muy bien

“Mulchumesc”: Muchas gracias

“Cu plachere”: De nada

“Cum te tiama? Ma quien Pablo”: ¿Cómo te llamas? Me llamo Pablo

“Bate palma!”: ¡Choca los cinco!

“Cut costa? Costa cinch lei”: ¿Cuánto cuesta? Cuesta cinco leis.

“Eu nu maneng carne”: No como carne

“Branza”: Queso. La mayoría de los quesos de Rumanía son de oveja, tiernos, con una consistencia blanda y salados.

“Mamaliga”: Polenta. Una especie de puré elaborado con harina de maíz. A menudo se sirve con nata agria o con queso. Es uno de los platos tradicionales de Rumanía.

“Palinca”: Bebida alcohólica muy fuerte y popular en Rumanía; muchas familias destilan su propia “palinca” en casa

“Bere”: Cerveza. En Rumanía puedes encontrar multitud de marcas distintas. Algunos supermercados tienen varios pasillos solamente con latas y botellas de cerveza. Las botellas de dos litros son muy populares

“Unde e Piata Universitati?”: ¿Dónde está la Plaza de la Universidad?

“Vorbiti in englesa?”: ¿Hablas inglés?

“Excuse, pot se us fak o passe?”: Perdona, ¿puedo hacerte una fotografía?

“Nu inteleg. Doar estiú puchina romuna”: No le entiendo. Sólo sé hablar un poco rumano

364 Palabras

Siete días en el jardín de los Cárpatos

A ambos lados de la carretera aparecen montículos de paja acumulados en desiguales pirámides. Los amplios pastos se extienden a través de suaves colinas hasta que alcanzan una hilera de árboles puntiagudos. Más al fondo distinguimos un denso bosque. Los últimos rayos de sol se cuelan entre las nubes como columnas de oro. Ha llovido durante toda la mañana y la hierba húmeda brilla con esta luz cálida. Estamos contentos; volvemos a Rașnov ―una pequeña ciudad en el centro de Rumanía― después de escalar siete montañas en siete días. En tan sólo una semana hemos alcanzado la cima más alta de cada una de las regiones de este país. Ovidiu Popescu, Dor Geta Popescu, Matei Buta y yo somos las primeras personas en conseguirlo. Del 16 al 23 de agosto hemos ascendido más de quince mil ochocientos metros de desnivel positivo y recorrido cerca de mil quinientos kilómetros en un minúsculo coche cargado de comida y material de montaña.

La carretera está llena de baches y Geta y yo corremos el riesgo de ser aplastados en cualquier momento por una inestable columna de mochilas que sobresale del maletero. Geta es la hermana de Crina Coco Popescu. Sólo tiene diez años pero es una escaladora genial. La semana que viene representará a Rumanía en el campeonato europeo de escalada. Siempre quiere jugar y a veces pienso que su energía es inagotable. Ovidiu ―su padre― conduce el coche y Matei ―un fotógrafo profesional que me ayudará a contar esta historia― está sentado en el asiento del copiloto. Hemos caminado juntos durante una semana a través de bosques encantados donde viven los duendes, prados alpinos donde pacen las ovejas junto a perros y sus pastores, cimas escondidas entre las nubes…

De izquierda a derecha: Pablo, Geta y Ovidiu durante la ascensión del Pico Moldoveanu (Vârful Moldoveanu). Con 2.544m, es la montaña más alta de Rumanía. Fotografía: Matei Buta.

En el lado derecho de la carretera circula con lentitud un carro de madera tirado por un caballo. Encima está sentado un anciano con un sombrero y unos pantalones de pana demasiado grandes para su tamaño. Tengo la impresión de que el carro ha sido confeccionado manualmente por su dueño. La crin del caballo está ornamentada con un gigantesco geranio de un color rojo intenso. Éste aún es un medio de transporte habitual en Rumanía. Los apacibles montañeses de esta región de los Cárpatos observan montados en sus precarios carros cómo los ayuntamientos y los centros públicos muestran orgullosos la bandera de la Unión Europea junto a la rumana. Detrás del cristal de la ventana del coche aparecen ancianas con la piel extremadamente arrugada y con un pañuelo anudado en la cabeza, campesinos con cargados con afiladas guadañas en el hombro, pequeños puestecitos en los que puedes comprar hortalizas… Este extenso país tan sólo cuenta con poco más de quinientos kilómetros de autopista; el resto son estrechas carreteras nacionales que serpentean a través de numerosos pueblos y algunos de los paisajes más bellos de Europa.

Matei comienza a cantar una canción tradicional rumana que hemos escuchado muchas veces durante los últimos días. Los demás le acompañamos riéndonos. El coche sigue avanzando mientras celebramos el feliz desenlace de nuestro último proyecto. Mis compañeros regresan a sus casas y yo comenzaré la segunda parte de mi viaje. En unos días me dirigiré a Bucarest, la capital de Rumanía. Pasaré unos días en esa ciudad y después volveré a España en autobús. La próxima semana recorreré más de tres mil kilómetros en tres días y atravesaré seis países diferentes. Mi intención es conocer mejor y mostraros cómo es el viaje que tantas personas ya han realizado buscando un trabajo y nuevas oportunidades.

Geta Popescu en una de las cimas del proyecto. Tan sólo tiene diez años, pero ya ha ascendido montañas como el Ararat (5.165 m) y participa en competiciones de boulder y escalada. Fotografía: Matei Buta.

Columna publicada el lunes 2 de septiembre de 2013 en el periódico “La Tribuna de Ciudad Real”. Acompáñanos en este viaje a través de Facebook (“Al Otro Extremo del Desafío”) o Twitter (“@alotroextremo”).

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