Un día, una montaña

«Me gusta este lugar. He crecido aquí. Me siento como en casa», me dice Coco mientras observamos cómo su hermana pequeña y una amiga recogen flores y corretean de un lado a otro. Hablamos sentados encima de una roca grande. Nos rodea un prado realmente bucólico. Hay agua por todas partes; desde aquí podemos oír el rumor de algún río cercano. Algunos metros más adelante está la cabaña Malaesti, un pequeño refugio de montaña donde dormiremos esta noche. La brisa de la tarde juega con el humo blanco de la chimenea. Incluso en agosto, las temperaturas pueden llegar a ser bajísimas durante las noches despejadas.

La primera vez que Crina Coco Popescu (18 años, Rașnov, Rumanía) conoció estas montañas tenía seis años. Entonces escalar solamente se trataba de un juego divertido. Y de esta forma alcanzó la cima del Pico Omu (2.505 metros). Se trataría de la primera de una larga lista de montañas. Cuando tan sólo contaba con nueve años viajó a Nepal para conocer la cordillera del Himalaya: «Vi amanecer desde la cima del Kala Pattar. Todavía recuerdo emocionarme cuando el sol salió detrás de la cima del Everest. Y entonces pude ver las demás montañas: el Nuptse, el Lhotse… Fue muy especial. Realmente no sé cómo describirlo. Esta experiencia marcó definitivamente mi vida».

Coco Popescu es fotografiada por su hermana -Geta- en los alrededores del refugio de montaña Malaesti.

Durante su última expedición a la Antártida se convirtió en la única mujer que ha escalado el volcán más alto de cada continente. Y ahora el Everest (8.848 metros) es la única cima que le resta para completar el proyecto conocido como “Las Siete Cimas”, que consiste en ascender la montaña más alta de cada continente. «Hace dos años intenté escalar el Everest. Todo parecía ir bien. Pero cuando alcancé el campo base, empecé a notar algunas molestias cerca del estómago. Cada día el dolor aumentaba y decidí acudir a un médico. Me diagnosticaron apendicitis, es decir, tenían que operarme inmediatamente. Seguidamente regresamos a Katmandú, la capital de Nepal. Sin embargo, en el hospital me aseguraron que no podían intervenirme. Por suerte al día siguiente pude volar a Bucarest. Fue muy duro».

Desde entonces Coco no ha regresado al Himalaya. Ha estado preparándose para acceder a la universidad y no ha encontrado suficientes patrocinadores. Asegura que, de momento, «es muy difícil conseguir apoyos en Rumanía».

El refugio de montaña Malaesti se encuentra en las montañas Bucegi, en el corazón de los Cárpatos de Rumanía.

“7 Munti din Gradina Carpatilor” (“Las Siete Montañas del Jardín de los Cárpatos”) es su nuevo proyecto. Se trata de un circuito a través del cual se asciende la montaña más alta de cada región de Rumanía. En los últimos meses ha ascendido con niños y adultos algunas de las cimas más significativas. De esta forma pretende acercar las montañas de su país a las personas de la calle. Hasta ahora nadie ha conseguido escalar todas estas montañas en tan sólo una semana ―es decir: un día, una montaña― y las razones parecen obvias: la mayoría están separadas por cientos de kilómetros de carretera; son unas ascensiones difíciles, con muchos metros de desnivel; el tiempo puede empeorar en cualquier momento… Sin embargo este es, precisamente, el objetivo de mi viaje. Del 16 al 23 de agosto intentaremos ascender todas las montañas del exigente circuito.

Columna publicada el lunes 26 de agosto de 2013 en el periódico “La Tribuna de Ciudad Real”. Acompáñanos en este viaje a través de Facebook (“Al Otro Extremo del Desafío”) o Twitter (“@alotroextremo”).

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Rumanía: el viaje continúa

Atardece en las Lagunas de Ruidera. Las sombras se alargan y la brisa trae aromas refrescantes. Las cascadas se precipitan con risotadas de alegría. Decenas de animales llenan el paisaje de colores, aleteos y cantos. El intenso color turquesa del agua se volverá cada vez más oscuro y, finalmente, las lagunas oscurecerán con el abrazo de la noche. Estos caminos, saltos de agua y bosques me han visto crecer. Aquí aprendí a comprometerme con el lenguaje de la Naturaleza. Sé dónde suele anidar este o aquel ave, o dónde acuden a beber los animales. Pero la magia de este lugar aún me sobrecoge. Me gusta el olor a romero, los reflejos de los árboles en el agua, el vuelo del aguilucho lagunero o los carrizos meciéndose con la brisa.

Mi perro Marqués me observa alegre mientras preparo mi mochila. Sus ojos grandes y marrones parecen hablarme. Sabe que voy a comenzar un viaje y quiere acompañarme. Ha cogido su correa con los dientes y la ha dejado a mi lado, en el suelo. Pero en esta ocasión partiré solo. Mi equipaje se reduce a una mochila pequeña: unas zapatillas, ropa de abrigo, mis cámaras, una libreta pequeña y dos libros. Conozco esta sensación: la comezón de partir y la nostalgia de marchar muy lejos de casa son sentimientos tan contradictorios como punzantes. Por suerte, la nostalgia desaparece pronto —quizás se trate de un mecanismo de autoprotección—. La brújula apunta hacia una dirección nueva.

Dentro de unos días un avión me llevará a Bucarest, la capital de Rumanía. Allí me está esperando mi amiga Crina Coco Popescu. Tiene mi edad (18 años), pero ya ha ascendido el volcán más alto de cada continente. Su historial de expediciones es sorprendente: escaladas en la Antártida y en el Círculo Polar Ártico, en los Andes, en el Himalaya… Y ahora intentaremos ascender juntos las siete montañas más altas de Rumanía en tan sólo una semana. Coco lo describió así en un correo electrónico: “Hasta ahora nadie lo ha conseguido; es una auténtica locura. ¿Te parece un proyecto interesante?”.

Busco en el bolsillo de mi pantalón un papel arrugado donde apunté el número y la hora de mi vuelo. Detrás de la ventana, las banderas de oración tibetanas se mueven despacio. La suave brisa dibuja líneas curvas en el agua de la laguna. Un autillo, escondido en alguna encina cercana, repite su silbido corto y seco con un ritmo lento. Un avión deja una estela blanca en el cielo y me imagino allí arriba, dentro de ese aparato, a punto de aterrizar en una ciudad extraña, el ajetreo de un aeropuerto, la sensación de desconcierto que produce caminar a miles de kilómetros de casa. Es hora de partir otra vez. El primero de mis viajes, en realidad, se ha convertido en el único. De algún modo, nunca he regresado del todo.

Este viaje forma parte de mi proyecto “Al Otro Extremo del Desafío 2013”, una serie de expediciones por todo el mundo relacionadas con el mundo de la montaña. Cada lunes durante las próximas semanas os contaré esta nueva aventura a través del periódico “La Tribuna de Ciudad Real”. Además, podéis acompañarme en Facebook (“Al Otro Extremo del Desafío”) y Twitter (“@alotroextremo”).

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