Una cresta con tu nombre

El rumor del río Ésera se cuela entre las callejuelas y las casas de piedra. Campo parece un pueblo fantasma. Apenas unas semanas atrás, esquiadores procedentes de todos los puntos cardinales llenaban los pueblos del valle de Benasque con los colores de sus llamativas ropas, pero ahora las calles escuchan en silencio el murmullo de la primavera. Los gorriones revolotean de un lado a otro, por los tejados, con pajitas colgándoles del pico. Algunos llevan diminutos gusanos u otros insectos para alimentar a sus crías. Parecen tener prisa. Sus pequeños apenas pesan unos pocos gramos y ni siquiera están cubiertos con plumas. Son frágiles, indefensos. Permanecen recostados en los nidos, escondidos entre las tejas oscuras de una casa cercana. Cuando alguno de los padres se aproxima, pían con energía. Muy pronto tendrán alas suficientemente fuertes para volar y dejarán atrás su lecho confortable, cuidadosamente almohadilladlo con suaves plumas y hierba seca.

El material de escalada aún tintinea colgado de nuestros arneses. Un vecino saluda afectuosamente a Álex. Tiene sesenta o setenta años. “¡Para cuenta no te fatigas mal!”, le dice con un profundo acento oscense. Está hablando patués. Tengo que detenerme y analizar despacio las palabras para comprender su significado. Apenas unas pocas personas todavía conversan con esta antiquísima lengua. Tan sólo de vez en cuando los lugareños mezclan algunas palabras en patués con el castellano. Actualmente se trata de una lengua en recesión. Dentro de unos años quizás desaparezca por completo. Probablemente las laderas de esta zona de los Pirineos dejarán de escuchar aquel idioma que los montañeses han empleado durante siglos.

La noche cae algunas horas más tarde. Miles de estrellas se abren paso entre nubes abultadas. La luna resplandece sobre la silueta del Turbón, esa montaña mágica donde las brujas crean terribles tormentas, donde tienden sus ropas las hadas y donde se esconden los diablillos y los duendes. Busqué mi libreta en el interior de una mochila revuelta. Cogí un lápiz y empecé a escribir:

«El día anterior hablamos por teléfono. Acababa de regresar del Himalaya. ¿Te acuerdas? Quedamos en que volveríamos a vernos pronto. Ambos desconocíamos que, en apenas unas horas, comenzarías un viaje muchísimo más largo. Me hubiese gustado compartir alguna escalada más contigo, volver a esquiar juntos o, simplemente, charlar tranquilos mientras paseábamos con tu perro Norte… Has marchado para siempre y es difícil asumirlo. Hoy, João, Álex y yo hemos escalado una nueva vía: una cresta de cuatrocientos metros en las orillas del río Ésera, en el corazón de los Pirineos, en aquellas montañas donde nos conocimos y fraguamos nuestra amistad. Probablemente nunca antes ha sido escalada y queremos dedicártela. Ahora tiene tu nombre; es “La Cresta de Jaime”. Un fortísimo abrazo, amigo. Descansa. Te echamos de menos»

Alejandro Echart (izquierda) y João García (derecha) durante la apertura de la “Cresta de Jaime”.

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