Vida nómada: a la deriva

Solté mi pesado petate dejándolo caer en el suelo de la entrada y me senté en el sillón. Estaba tremendamente agotado. Permanecí así, inmóvil, durante un largo rato. Eché un vistazo a mi alrededor: los libros rodeando el televisor; mis pies de gato en el otro sofá, encima de un montón de mosquetones y cintas exprés; un mapa extendido sobre la mesa; el calendario con la fotografía de dos alpinistas progresando por una arista de nieve… “Supongo que he llegado a casa”, pensé. Aquel pequeño piso de Madrid no se parecía en nada a mi verdadero hogar, donde viven mis padres, mi hermana, mi gato y mi perro. Pero, por lo menos, lo que me rodeaba resultaba familiar. Sin moverme del sofá podía verme reflejado en la pantalla oscura del televisor y noté que había adelgazado demasiado. El vecino gritaba algo, parecía enfadado pero no lograba entender qué decía. Encendí mi ordenador portátil y repasé las imágenes que había grabado en Nepal. Al visualizar los vídeos no pude evitar una punzada de tristeza. Ni siquiera había abandonado el Himalaya hace unas pocas horas, pero ya echaba de menos aquellas montañas salvajes.

Después de un mes de viaje nada ha cambiado lo más mínimo. Mis amigos siguen demasiado ocupados estudiando los exámenes de su carrera, el abuelo que vive en el 3ºD sigue meando todos los días sobre las once y cuarto de la noche ―estas paredes son tan delgadas que dejan oírlo todo―, la vecina de arriba continúa arrojando sus colillas al patio interior… Todo sigue igual. El rocódromo del barrio también, claro. En realidad, se trata de unas cuantas presas de resina y madera pegadas en el muro de un puente. Las pinturas de los grafitis lo han estropeado y ya no se puede escalar. A los sin-techo les parecía un lugar acogedor y el ayuntamiento colocó una valla para evitar que durmieran allí, pero alguien la rompió con unas tenazas. También parece ser un buen lugar para hacer botellón los días de lluvia y ahora el suelo está lleno de botellas de cerveza vacías.

En mi cartera encontré billetes de cuatro países: los coloridos riales de Qatar, los impecables euros, algún que otro dólar y las desgastadas rupias de Nepal. En los bolsillos de mis pantalones todavía guardaba algunas entradas de los monumentos de la ciudad de Katmandú. En las últimas veinticuatro horas había recorrido más de 9.000 kilómetros. Sin embargo, tenía la sensación de haber viajado aún más lejos. Desorientado, me conecté a Internet para publicar la última crónica que he escrito y colgar en mi página web algunas fotografías. Tras treinta días sin conseguir una conexión decente, lo primero que leí en Twitter es que A. se acaba de duchar. Al parecer, le ha sentado muy bien.

Doblé y recogí con cuidado las khatas que me han regalado en el Valle del Khumbu. Se tratan de unos pañuelos de seda blanca que colocábamos alrededor de nuestros cuellos. Simbolizan la pureza y la compasión. Nos los ofrecieron varios sherpas, viejos amigos de Jõao, mientras nos deseaban buena suerte en la montaña. Finalmente no pudimos completar las escaladas que pretendíamos llevar a cabo, pero ha sido una experiencia inolvidable. Lo importante no es alcanzar cimas sino todo lo demás; compartir el camino con unos buenos amigos, estar lejos de las normas de las ciudades, jugar con los sonrientes niños sherpas, disfrutar de aquella Naturaleza tan salvaje… En realidad las montañas sólo son las más hermosas de las excusas. Una profunda sensación de melancolía volvió a sacudir mi cuerpo. Entonces comprendí que nada me retenía en aquella ciudad. Nada me hacía replantearme organizar de nuevo el petate y salir aprisa de allí. Tenía que continuar mi viaje. Algunas horas más tarde tenía otro billete de avión en mis manos…

696 Palabras

Hasta pronto, Himalaya

El sol está a punto de desvanecerse detrás del horizonte repleto de edificaciones. Un grupo de jóvenes monjes charlan alegres. Los peregrinos encienden velas de mantequilla. Las calles circundantes están llenas de monasterios y el sonido de platillos, golpes de tambores y cuernos tibetanos se mezclan con las graves y monótonas voces de decenas de monjes recitando mantras. El viento mece suavemente las banderas de oración, esparciendo por todos los rincones las oraciones que están escritas en ellas, bendiciendo y protegiendo a todos los seres vivos de los alrededores. Éste es un lugar especial. Estamos en la estupa de Bodhnath, el centro de la comunidad tibetana y budista en Nepal, uno de los escasos escondrijos sosegados de Katmandú. Esta ciudad se mueve a un ritmo frenético, demasiado rápido para alguien que, como nosotros, ha estado durante todo un mes caminando despacio, disfrutando de cada paso, saboreando la quietud de las montañas salvajes.

Detalle de la estupa de Boudhanath (fotografía: Alejandro Echart)

Más tarde entramos en un diminuto restaurante. Ni siquiera tienen carta y, para dirigirnos al comedor, tenemos que cruzar la cocina, donde dos mujeres se afanan en aplastar la masa de los deliciosos momos. Allí sorprendemos a una pareja de adolescentes. Comían juntos en una esquina discreta, escondidos del bullicio de la calle. La chica es muy guapa; tiene una tika roja ―un pequeño punto que se unta en la frente; supone una señal de protección para los que lo reciben― y un vestido largo, de seda, azul y morado. El chico lleva un pantalón vaquero ajustado y un peinado moderno. Y ambos se han quedado, al vernos, rojos como un tomate; en Nepal existe una ley no escrita que impide que chicas y chicos puedan relacionarse antes del matrimonio.

Niños sherpas en el Valle del Khumbu (fotografía: Alejandro Echart)

Como si imitasen a los coches de la ciudad, tradición y modernidad transitan a unos escasos centímetros una de la otra. A veces parece que están a punto de chocar, pero nunca ocurre nada. En Katmandú los carteles de “wi-fi gratis” y las tiendas de marcas de deporte de montaña se mezclan entre estupas, templos hindúes y multitud de símbolos religiosos. Los rostros arrugados de los nepalís más ancianos, las largas y canosas barbas de los sadhus ―ascetas hindúes que han abandonado su trabajo y su hogar para iniciar una búsqueda espiritual― o las mujeres confeccionando bellísimos collares de caléndulas, son un eficaz imán para las cámaras de los numerosos mochileros europeos y americanos. Antiquísimas costumbres y las últimas tendencias occidentales se mezclan en las mismas calles polvorientas y abarrotadas, mientras el sonido de cientos de claxon te obligan a moverte.

La ‘ruta normal’ del Island Peak, una montaña de más de seis mil metros que utilizamos para comprobar nuestro estado de aclimatación a la altura (fotografía: Alejandro Echart)

Nuestra expedición está a punto de terminar; muy pronto un avión nos llevará a casa. Finalmente nos despedimos del Himalaya sin conseguir nuestros objetivos principales; una infección intestinal y el mal tiempo nos han impedido completar una travesía inédita a través del Macizo del Ama Dablam y alcanzar la cima de una montaña que tan sólo se ha escalado en tres ocasiones. Sin embargo, no nos sentimos fracasados ni derrotados. Ninguna de estas emociones aparecen en nuestros corazones, plenos de energía y fuerzas renovadas. Durante estas semanas nos hemos topado de bruces con nuestros sueños, que vagaban, desde hace mucho tiempo, entre esas montañas mágicas.

624 Palabras

Nuru vuelve al Everest

Nuru marchará mañana al campo base del Everest. Durante los próximos tres meses trabajará en la montaña más alta del planeta. Una expedición comercial le ha contratado como porteador. Ha sido seleccionado para instalar cuerdas fijas y campamentos a más de ocho mil metros de altura, abrir huella, portear botellas de oxígeno… Si tiene una oportunidad, intentará alcanzar la cima; sabe que así conseguirá un sueldo mayor. Está decidido, necesita ese dinero. En apenas veinticuatro horas se unirá a los cientos de sherpas que ya se encuentran en esa montaña. Su padre está muy enfermo; los médicos le han detectado un cáncer en los riñones y permanece, desde hace varias semanas, entubado en una camilla del hospital de Katmandú. Si no acepta este trabajo, no podrá pagar el costosísimo tratamiento.

Anoche le ayudamos a desempolvar y seleccionar su vetusto material de escalada. Mientras tanto, no dejaba de pensar en su mujer y sus dos hijas. Les prometió que no volvería a escalar, que no volvería a trabajar en un ochomil. Este padre de familia de Pangboche, un pueblecito nepalí situado a más de 3.900 metros de altura, sabe que la montaña es peligrosa. El marido de su hermana mayor murió en el Ama Dablam, su segundo hermano se quedó para siempre en el Manaslu… y él mismo estuvo a punto de perder su vida en el Cho Oyu. Tan sólo tiene veintisiete años, pero ha estado once ocasiones en la cima de una montaña de más de ocho mil metros. Ha escalado el Everest (8.848 m) cinco veces, el Cho Oyu (8.201 m) cuatro y el Manaslu (8.163 m) dos. Además, ha alcanzado la cima del Baruntse (7.220 m) en diez ocasiones.

En una ocasión salvó el pellejo de un conocido ochomilillista español. Al parecer, se encontraba tan agotado que era incapaz de descender por sus propios medios. Nuru no lo dudó un instante: inmediatamente lo cargó a hombros hasta que pudo encontrar ayuda. Sus piernas y sus pulmones son fortísimos a pesar de que nunca ha entrenado para ello. Su historial es increíble, pero nunca ha salido en ninguna revista. Si buscas su nombre en Google, no encontrarás nada; es un gran alpinista anónimo. Jamás le han hecho una entrevista y le divierte que yo tenga tantas preguntas para él; me responde a cada una con su sonrisa habitual y sincera, mientras sujeta en brazos a su hija más pequeña.

Nuru se levanta todas las mañanas muy temprano para buscar a sus yaks. A veces, tiene que andar durante horas. Hoy los ha encontrado pastando en un prado a cinco mil metros de altura. Mientras cuida de los animales, su mujer se encarga de cocinar y atender a los turistas que duermen en su lodge ―muchos de ellos necesitan más cuidados que su segunda hija, de sólo cinco años―. Su hija mayor tiene once años y todos los días camina por encima de los cuatro mil metros para ir a la escuela; su clase está a una altitud superior que la mayoría de las cimas más altas de Europa. A mediodía suelen comer todos juntos copiosos platos de dhal-bat (arroz con salsa de lentejas) o patatas asadas. De noche, cuando las temperaturas se desploman por debajo de los cero grados, intentan retener el calor reuniéndose en torno a su chimenea, donde el fuego se aviva gracias a los excrementos de yak. Nuru me asegura que es muy feliz. Lleva una vida sencilla y tranquila en un lugar difícil. Durante los próximos meses echará de menos a su familia.

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