Aeropuertos: Doha (Qatar)

Debería estar en el aeropuerto de Nueva Delhi. Sin embargo, aquellas luces que se ven detrás del amplio ventanal, son los edificios de Doha, la capital de Qatar. Al fondo, puedo distinguir el alminar de una mezquita cargada de luces rojas, un edificio gigantesco azul, y otro verde. Millones de bombillas llenan la oscuridad de la noche. Se trata de una ciudad grande y moderna. Su población no para de crecer allí donde antes no había nada. Los edificios y hoteles de lujo se levantan encima de una tierra mermada y pobre en recursos, en mitad del desierto. Incluso los alimentos básicos son importados y la única forma de obtener agua potable para toda su población es desalinizar la del mar. Pero la riqueza de la zona proviene, en realidad, del subsuelo, donde este país guarda una de las mayores reservas de petróleo y gas natural del mundo. Con sus petrodólares, los qataríes se afanan en revestir de asfalto el árido desierto.

Unos asientos por delante de donde nos encontramos se han sentado un grupo de ancianos con el traje tradicional beduino. Visten una túnica hasta los pies de un blanco inmaculado y un kufiya rojo y blanco enrollado en la cabeza. Uno de ellos está tumbado en el suelo. Se ha arropado totalmente debajo de una manta marrón y tan sólo puedo intuir su silueta. A su lado, también en el suelo, un bastón de madera y unas sandalias desgastadas viejas. Me fijo en el resto: todos tienen la piel arrugada, marcada por el sol y el paso de los años. Quizás durante su juventud fueron nómadas, hombres sin tierra y sin más posesiones que aquellas que confiaban a los lomos de sus camellos. Hoy, esta forma de vida itinerante ha desaparecido por completo en Qatar. Junto a uno de los ancianos se ha quedado dormida, encima de su maleta, una chica surcoreana. Es bastante joven, tiene el pelo teñido, unas medias ajustadas y unas botas que parecen pesar el doble de su cuerpo. Está tumbada de tal manera que tememos que, en cualquier momento, puede partirse en dos. Sin embargo, sigue profundamente dormida, totalmente ajena al bullicio del aeropuerto y a su incómoda postura.

Este aeropuerto se ha convertido en los últimos años en la puerta de Asia. Lo utilizan numerosos vuelos procedentes de América y Europa para realizar escalas. La mezcolanza de culturas es apabullante. Echo un vistazo a mi alrededor y es difícil adivinar en qué punto de nuestro planeta estoy. El avión me podría haber dejado en cualquier otro lugar. Un hombre con rasgos indios, una larga y canosa barba y un pañuelo enrollado en la cabeza, busca un enchufe para cargar su teléfono móvil. Una mujer tapada detrás de un burka está comprando un caro perfume de Dior. Un grupo de inmigrantes nepalíes ―la mayoría de los trabajadores de limpieza del aeropuerto proceden de Nepal o de la India― se desternillan en la puerta de los servicios…

Me acompañan Álex Echart, Rubén de La Cruz y Lorenzo J. Martínez. Jõao García, el quinto componente de la expedición, se unirá a nosotros más tarde. Compartiremos el próximo mes en las montañas del Himalaya. Queremos completar una travesía circular al Macizo del Ama Dablam a través de unos collados difíciles y solitarios. Apenas hemos encontrado información sobre ellos y, probablemente, no han sido escalados durante años.

A nuestro lado se han sentado un par de austriacos que marchan al Cho Oyu, una montaña de más de ocho mil metros. Los dos son enormes; rozan los dos metros de altura y cada uno de sus brazos es tan grande como todo mi tronco. Además, visten igual: la misma mochila, la misma camiseta azul ―impoluta, por supuesto―, los mismas pantalones… Incluso tienen el mismo modelo de reloj. Y claro, ambos son tan altos como rubios. Su aspecto deja a nuestra expedición a la altura del betún. En lo que a estética se refiere, somos un auténtico desastre: cada uno tenemos un corte de pelo distinto, vestimos totalmente diferentes, nuestras alturas también difieren… Tenemos, eso sí, “camisetas de expedición”, pero las hemos guardado en nuestro petate. Rubén tenía varias iguales en casa y decidió traerse cinco; en cada una de ellas aparece un bebé ―con pañal y chupete― boxeando y, en su trasero, escritas con letras rojas: “MAGISTERIO DE EDUCACIÓN FÍSICA, 2003-2006”.

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