Huida de la ciudad

Las suelas de mis zapatillas dejan sus huellas en el suelo húmedo. La quietud de este bosque me conmueve. Aquí nada me inquieta, nada me incomoda. Cierro los ojos y siento cómo el aire, fresco y limpio, cargado de aromas familiares, recorre todo mi cuerpo. Cada bocanada me hace sentir más vivo que nunca. Recorro a pie el trayecto que separa el pueblo de Benasque a Cerler. De esta forma, pretendo despertar mis piernas antes de un largo entrenamiento en la estación de esquí. Camino a través de unos antiquísimos senderos, rodeados de avellanos y abedules. Ahora la mayoría de estos árboles han perdido su follaje, y, a través de un caótico entramado de ramas vacías de hojas, puedo distinguir las sombras huidizas de los carboneros, de los herrerillos, de los pinzones y de tantos otros pajarillos. Me pregunto qué pensarán cuando ven sobresalir detrás de mi espalda mis largos esquís de travesía. Este pensamiento me divierte, de igual modo que me lo hace creer que, como estas aves, aquí tengo total libertad para vagar, correr o descansar a mi voluntad.

Los últimos dos meses he estado viviendo en Madrid. La lesión de mi rodilla derecha no parecía remitir y durante todo ese tiempo estuve yendo a una clínica médica de la federación de montaña: si me quería recuperar, tenía que dejar de escalar. Echaba de menos la montaña, el canto de los pinzones en el valle, el silbido del águila real, el susurro del viento o la luz de la luna llena… ¿Dónde están en esa ciudad? ¿Se han perdido entre el asfalto, los edificios que cortan el cielo como cuchillos o toda esa marabunta que ignora los ojos del mendigo que duerme en la calle? Cuatro millones de personas se mueven diariamente entre todo aquello, y me sentía solo. Madrid es una ciudad demasiado gris. Todo era tan predecible: sabía cuáles eran las paradas de Metro donde se suben o bajan más personas, sabía las horas en las que los vagones estaban más llenos… Para la mayoría, allí la vida se sirve en idénticas dosis de veinticuatro horas. Todo está dentro de unos parámetros, de unos horarios, envuelto en una aparente exagerada seguridad y confort. ¡Hasta las escaleras se mueven solas! Me encerraba en mi piso, leía, escribía y comía fatal. Esperaba ansioso a que el médico me dejase, por fin, huir lejos de todo aquello.

Cuando me dieron el alta, no sentí alegría. Todo lo contrario: estaba tremendamente preocupado. Todavía no me podía creer que estuviese preparado para escalar. Había estado esperando durante mucho tiempo ese momento y, cuando llegó, quería evitarlo desconfiado. Aquella noche apenas pude dormir. Cuando sonó el despertador me levanté de la cama de golpe, sin remolonear. Todavía recuerdo todo con absoluta nitidez: la ropa perfectamente doblada en la silla, el material colocado en mi mochila… Después de algo más de una hora de viaje en tren, la intensa luz que reflejaba las montañas nevadas entraba en el vagón a través de las amplias ventanas. Estaba llegando al Puerto de Cotos, en Guadarrama. Una pareja de corzos paseaban tranquilos entre los árboles. Los pinos se elevaban decenas de metros sobre el suelo como en un decorado de Jurassic Park. Los pelos de las piernas se me erizaban de la emoción. Los problemas de mi rodilla se me olvidaron. ¡El simple hecho de ver las montañas me hacía tan feliz! Mi cuerpo aparentemente seguía sentado en su asiento, pero sabía que, en realidad, estaba en alguna de esas cumbres. Porque las montañas no se suben solamente con la fuerza de los brazos y las piernas.

Cómo echaba de menos la montaña, sus colores, su música… ¡su magia! Durante las semanas siguientes las salidas a la Sierra de Guadarrama o a La Pedriza se sucedieron: virajes en el manto blanco o bailando sobre la roca, guardando cada momento en el corazón o compartiéndolos con unos buenos amigos… ¡Qué más da! Todas las mañanas salía a la montaña a hacer alguna actividad. Los entrenamientos eran cada vez más intensos: mi cuerpo había perdido la forma física que había ganado a pulso durante años, y quería recuperarla. La energía que he encontrado en esas montañas ―y la que ahora busco en los Pirineos― me será de gran ayuda durante las próximas semanas. Muy pronto, un avión me llevará al Himalaya…

797 Palabras

Una noche en el centro de Madrid

“Una ayuda para comprar un Ferrari y un chalet en Marbella”, escribe un mendigo en una caja de cartón vacía. Él y un perro pequeño se protegen del intenso frío que hace en la calle recogidos debajo de una manta. Está cerca de un concurrido Corte Inglés de Madrid. Cientos de personas entran y salen de las tiendas; la mayoría intentan esquivar su mirada… Me estoy acercando al centro de la ciudad. Allí, en la Plaza del Sol, he quedado con unos amigos. Han leído mi post Viajar en Metro y otros deportes de riesgo, y pretenden que esta noche me reconcilie con la ciudad. Pero, de momento, el contraste de la opulencia de los comercios con la barba larga y descuidada del mendigo, observándolo todo desde el suelo, me provoca unas incontenibles ganas de vomitar.

Una manifestación pide sus ahorros a una conocida entidad bancaria. Parecen realmente enojados, y son una multitud. En una de las pancartas aparece dibujado un tipo encorbatado a punto de prenderse en una hoguera: “Botín, este será tu fin”, reza. En otras escriben rimas como “Todo huele mal en este tribunal” o “Somos gente honrada, no queremos cabronadas”. Desde el famoso movimiento del 15-M, la Plaza del Sol es un lugar para las reivindicaciones. No muy lejos de allí, otro grupo de personas piden “justicia para las víctimas del franquismo”. Ya tienen la voz ronca de tanto gritar y sobresalen entre la marabunta con varias banderas republicanas enormes. La mayoría peinan canas y llevan boinas para resguardarse del frío. Uno de ellos porta una pancarta en una mano y una muleta en la otra. En ninguna de estas dos manifestaciones encuentro a alguien que tenga menos de treinta años; protestar en la calle ya no es sólo cosa de jóvenes con rastas, pendientes o crestas: el país entero está irritado.

Cuando se acerca la policía a ver qué pasa, varios vendedores ambulantes levantan su cargamento y salen apresuradamente en la dirección contraria. Su color de piel y sus marcados rasgos faciales delatan su procedencia africana. Para moverse con velocidad han diseñado una ingeniosa sábana con un cordón en cada esquina que convergen en el centro; colocan su material en el medio de forma que, cuando tiran de los cordones, la sábana se convierte rápidamente en un saco fácil de transportar. Mezclados entre la multitud, sin detenerse, miran continuamente hacia atrás. Uno de ellos, el que parece más joven, sonríe mostrando unos dientes enormes y tan blancos como los de un anuncio de dentífricos; este juego parece divertirle. Ni siquiera ha pasado un minuto, pero la pareja de policías se ha dado la vuelta y los manteros ya han vuelto a extender su material (CD’s y DVD’s piratas, exactas falsificaciones de sudaderas y bolsos de marcas muy caras…) en el suelo.

Mientras escribo todo esto en mi pequeña y maltratada libreta, que me ha acompañado desde las selvas de República Dominicana hasta lo más profundo del desierto jordano, una mujer latinoamericana me llama la atención:

― Hola joven, ¿cómo te llamas?

― ¿Yo? Pablo ―respondo mirándola confuso y divertido a la vez.

― ¡Ay, qué bien! ¡Igual que el apóstol Pablo! Vamos a rezar un poco por tu almita, ¿quieres?

― Es que así… en frío… ―apenas me da tiempo a responder.

― Tranquilo, hijo ―me dice con un tono suave―, sólo tienes que repetir lo que yo digo…

Por suerte, en ese momento llega mi amiga S. y salgo corriendo hacia ella como un niño perdido y asustado que ha encontrado a su madre.

Varias horas más tarde mis amigos me llevan a una enorme discoteca cerca de Moncloa, pero el portero no nos deja entrar. Al ver su pinganillo, M. se acercó diciéndole: ― “Oye, perdona, tú que estas escuchando la radio, ¿cómo va el Atleti?”. Cientos de universitarios acaban de terminar los exámenes de su primer cuatrimestre y han salido para celebrarlo. Ésta es una de las discotecas más famosas de la ciudad y, en apenas unos minutos, se ha formado una cola enorme a su alrededor. Lo observo todo desde una esquina, intentanto mantenerme al margen. Simón Elías asegura que “los alpinistas somos completamente inútiles por debajo de los dos mil metros”. Yo, fuera de las montañas, mi hábitat natural, soy un tipo tímido, qué le vamos a hacer. M. y J. me llaman a gritos y hacen gestos con los brazos para que me acerque. Acto seguido, me presentan a unas chicas como si fuese el protagonista del anuncio de Fanta de hace unos años (http://youtu.be/iXWZQGOOgj8):

― ¡Sí, claro! ¿Cómo no podéis a acordaros de él? ¡Es muy famoso! Es el chico de pelo rizado…

La música traspasa las paredes de la discoteca y se oye en la calle. Los chavales esperan su turno para entrar en el local hablando reagrupados en círculos. Algunos llevan vasos enormes de plástico rellenados con alguna bebida alcohólica. Unas extranjeras caminan tambaleándose sobre unos tacones demasiado altos. Soy el único que mira hacia arriba: por encima de las farolas, por encima incluso de los altos edificios, el cielo nocturno de la ciudad se extiende inmenso como una cúpula totalmente oscura, negra, sin la luz ni la magia de las estrellas.

925 Palabras

Aventuras urbanas

Desde hace unas semanas he cambiado mi residencia de los Pirineos por Madrid. En esta ciudad intento organizar la logística para los viajes de este año, y no es nada fácil. En el primero de ellos queremos ascender varias montañas de más de seis mil metros en el Tíbet-China. Apenas han sido escaladas en una o dos ocasiones, algunas nunca han tenido un humano en su cima y, si buscas sus nombres en Google, no aparece ningún resultado. Las descubrí en un viejo mapa y conseguir algo de información sobre estas montañas fue tan difícil como lo está siendo convencer a las autoridades para que nos dejen escalar en paz. En la embajada china nos exigen pagar unos permisos excesivamente caros, uno por montaña. Este hecho nos obligará a realizar la aclimatación a la altitud en Nepal. Y, a pesar de que insisto en que somos unos buenos chicos y que nos portaremos bien, dicen que deberemos estar acompañados en todo momento por un oficial de enlace. En fin, todo son obstáculos. En esta ocasión, si logramos cruzar la frontera y alcanzar la base de la montaña, el resto nos parecerá pan comido.

Álvaro se ríe de mis problemas. Desde luego, creo que es lo más inteligente. Mejor tomárselo con humor. Para entender mejor a esos personajes de la embajada decide llevarme al barrio chino de Madrid. “Aclimatarse a la altitud es importante, pero también lo tendrás que hacer culturalmente, ¿no?”, me dice. La verdad es que tiene razón: el avión viaja a menudo demasiado rápido, a una velocidad desconcertante; el cuerpo necesita una adaptación más lenta, y pasear por estas calles es lo único legal que puede ofrecerme para ello mi amigo Álvaro.

En el barrio madrileño de Usera los edificios son bajos, de dos, tres y cuatro plantas. No hay ni dragones ni farolillos en las calles, pero, al parecer, la mitad de los comercios de esta zona pertenecen a personas con pasaporte chino. La otra mitad, suponemos, son negocios regentados por ecuatorianos, venezolanos, dominicanos… Aquí, la mezcolanza de culturas es apabullante: entre una carnicería llena de ristras de morcillas y una empresa de envío de paquetería a República Dominicana, encontramos una peluquería destacada con letras chinas. Es enorme y su amplia cristalera permite ver desde la calle numerosos clientes y trabajadores, todos con rasgos asiáticos. Comprendemos que estamos en un lugar extraño cuando ya no sólo desconocemos el significado de las grafías de los carteles de la calle, sino que tampoco entendemos aquellos escritos con letras occidentales. En una tienda cercana venden yerba campesino, yerba kurupi, algarrobina, jumbo yet… Ni Álvaro ni yo tenemos la más remota idea de qué son todos esos productos.

En este barrio tengo la impresión de estar en varios continentes al mismo tiempo. ¿Esto es China? ¿He vuelto a República Dominicana? ¿Los Andes estarán cerca? ¿Aquello no huele como la cocina de mi amigo Ahmed? En las paredes, varios anuncios impresos en letras chinas casi han tapado por completo un póster en el que aparece sonriente Francisco Mayorga (candidato a la presidencia ecuatoriana) informando no-sé-cuántas promesas electorales, algunos carteles de una discoteca en la que suenan bachatas, cumbias, merengues… Y, no muy lejos de allí, encontramos otra peluquería de caballeros tímidamente destacada con letras árabes (tuve que abrir la puerta del diminuto local y asomarme al interior para verificar que lo era). La sensación de confusión, de pérdida, aquello que buscaba sofocar, no hace sino aumentar.

De pronto empieza a nevar. Instintivamente, mi amigo y yo miramos hacia arriba, hacia el cielo gris plomizo, para ver cómo caen los copos. Son pequeños, y ni siquiera consiguen cuajar en el suelo, pero han creado una gran expectación en toda la calle. Cerca de nosotros, la dependienta de “Glamour Latino” (¡donde se pueden comprar los “auténticos vaqueros colombianos levanta colas”!) parece realmente emocionada. Es joven y guapa, como si hubiera salido de un catálogo de viajes al Caribe. Rápidamente, se da cuenta de que su reacción nos ha llamado la atención y se dirige a nosotros, algo tímida: “Es la primera vez que veo nevar… Allá, en mi República Dominicana, nunca nieva. ¡Es tan lindo!”

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