Los refugios de montaña

En Góriz, el refugio de montaña más frecuentado de los Pirineos (y situado en uno de sus rincones más especiales… a pesar de todo), estuve hablando con una de esas personas que me hacen pensar que no hay tantos imbéciles integrales como parece en los telediarios. Viajó hasta Nepal para realizar un sencillo trekking y se quedó allí durante tres años para ayudar a los demás. Se presentó en la puerta de un destartalado orfanato de Kathmandú ofreciéndose como voluntario y utilizó todos sus ahorros para reformarlo. Gracias a su colaboración, hoy en día es uno de los mejores orfanatos de la capital nepalí.

Recuerdo que tenía la barba más poblada que he visto nunca y era enorme; medía casi dos metros y cada brazo era tan grande como mi tronco. Decía que estaba contento de haber podido ayudar tanto, pero que todavía le quedaba mucho por hacer. Kathmandú es una ciudad enorme, y hay un montón de niños huérfanos. “Existen algunas ONG’s que están haciendo una labor formidable ―continuaba―. Pero el dinero que consiguen muchas de ellas no llega a Nepal, se queda por el camino. Desgraciadamente es así, y nadie quiere hablar sobre esto. Esas organizaciones no son la solución, son el problema del país”.

Los refugios de montaña son, desde luego, unos sitios curiosos. En una ocasión, en los Alpes, nos encontramos a un japonés que no sabía dónde estaba su guía de montaña. Había quedado con él a mediodía, pero ya era la hora de la cena y todavía no había aparecido. Apenas sabía hablar inglés, pero nos explicó como pudo que estaba muy enfadado, y que el Monte Fuji es, al parecer, una montaña muy bonita.

El más divertido de todos fue el que visité en Rumanía (a pesar de los esfuerzos de mis compañeros todavía no soy capaz de pronunciar su nombre correctamente). Como estaba acompañado por mi amiga Coco Popescu, una auténtica celebridad en su país, todo el mundo se acercaba a saludarnos. Nada más llegar, el dueño me ofreció lo que según él era “un remedio infalible contra el frío” y, ni corto ni perezoso, me bebí el vaso entero. Era un licor de fabricación casera que creo que podría ser más útil para limpiar heridas que para el consumo humano. Mientras sentía cómo mi estómago ardía y se me escapaba alguna que otra lágrima, el refugiero no paraba de reír diciéndome: “¡¡Welcome to Romania!!”. Aquella noche nos acostamos tardísimo.

En otro refugio de los Pirineos ―no me acuerdo de su nombre, perdonad mi mala memoria― conocí a un tipo que me aseguraba que sólo merecía la pena salir a escalar “cuando eres capaz de liarte un cigarrillo ahí afuera”. Lo que sí recuerdo es que aquel día algunas ráfagas superaron los cien kilómetros por hora y la sensación térmica era bajísima. Vamos, la montaña en estado puro. Al entrar al comedor todavía tenía todo el cuerpo recubierto de nieve. Yo y mi compañero parecíamos unos cubitos de hielo con piernas. Y mientras intentábamos hacer volver el calor a nuestro cuerpo, el tipo en cuestión se acercó y empezó a hablar con nosotros.

No nos dijo su edad, pero parecía mayor. Tendría unos cincuenta años, o unos cuarenta muy trabajados. Había escalado algunas vías en los Alpes que el simple hecho de oír sus nombres nos hacían temblar (¿o era por el frío que aún teníamos?). Ahora, en invierno, decía que siempre que puede ―y si el viento o el frío no le impide fumar a gusto, claro― se va a escalar en hielo normalmente solo: “Total, pa’ la mierda de seguros que se suelen meter… Prefiero ir sin cuerdas”.

Nos invitó a unas cervezas, pero le dije que no, que no bebo (yo soy más de Colacao y galletas de dinosaurios). Mirando fijamente a mi compañero, muy serio, preguntó: “¿Oye, éste no será un maricón de esos, no?”. Todavía hoy, cada vez que quedamos para escalar, nos seguimos riendo de lo que nos dijo “aquel tipo del refu… sí, hombre: ¡cuando lo de la tormenta!”.

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Queremos más

Ya nos hemos puesto el arnés en el coche. Lorenzo lleva una cuerda y Pablo, mi tocayo, otra. Yo subiré una mochila con algo de ropa de abrigo, tres linternas frontales y agua. Tenemos el resto del material colgando: mosquetones, cintas, fisureros, algunos friends… Mientras corremos por las estrechas callejuelas de Olvena, tintinean como los cencerros de un ganado enloquecido. Cuando nos ven, los señores mayores cruzan de acera. Y me parece que hasta los gatos nos miran mal.

Pronto oscurecerá y no podemos perder más tiempo: aún nos esperan más de trescientos metros de escalada. Esta tarde queremos hacer la Cresta de la Cruz. Es una arista sencilla pero espectacular, de esas que merecen la pena. El primer día, desde la carretera, ya nos llamó la atención.

Hace menos de una hora estábamos en clase. Y las chaquetas que guardamos en la mochila aún siguen empapadas de la nevada que nos cayó ayer a tres mil metros de altura. El ritmo de los últimos meses está siendo frenético. La semana pasada estuve escalando en roca sin camiseta y tiritando de frío en un vivac cubierto de escarcha. Y entre tanto tenemos que estudiar cosas como que el origen del ancóneo es el epicóndilo lateral del húmero. El tiempo pasa muy rápido y los kilómetros se suceden sin control…

«¡¡Dame verde!!». Los gritos de Pablo rebotan en las paredes de la garganta. No quiere drogas, claro, sólo me está pidiendo más cuerda. O al menos eso creo. A él le ha tocado el primer largo de la cresta. Trescientos o cuatrocientos metros más abajo vemos correr el río Ésera. Estos días ha estado lloviendo muchísimo y baja con fuerza. Es el mismo río que setenta kilómetros más arriba destrozó la pista forestal que queríamos cruzar hace unos días.

Íbamos siete personas en el mismo todoterreno. A mí me metieron en el maletero; soy el más pequeño, el más compacto, tenía todas las papeletas para terminar allí. Lo que ninguno nos esperábamos es que reventaría una de las ruedas. Yo no vi nada, estaba demasiado ocupado en evitar que siete mochilas de cuarenta litros de capacidad se me cayeran encima, pero le hicimos un buen tajo. Y, por supuesto, mientras la cambiábamos empezó a llover a mares.

He escalado el siguiente largo y aviso a mis compañeros que ya pueden continuar. Unos minutos después por fin consigo verles. Mientras caminan por el vértice de la cresta ―un estrechísimo pasillo que separa dos precipicios de centenares de metros― sus ojos sonríen. Y los míos también. Estoy en la montaña, en la Naturaleza, y me acompañan unos buenos amigos. Además, de momento, tenemos algo que comer y para taparnos del frío… No necesitamos nada más.

Está oscureciendo y sopla una brisa gélida, pero se puede soportar. Al mismo tiempo que recojo las cuerdas de mis compañeros, recuerdo la salida de este último fin de semana. En el glaciar del Aneto el viento era tan fuerte que me desequilibraba y tenía que detenerme para mantenerme en pie. Las ráfagas, que superaban los 70 km/h, levantaban la nieve y la estrellaba contra nuestras caras mientras Lorenzo gritaba: «¡¡Cómo mola el alpinismo!!». A cada paso que dábamos nos hundíamos en la nieve hasta la rodilla, a veces hasta la cintura, y las ganas de vivaquear, de pasar una noche a la intemperie a dos mil metros, disminuían.

Al empezar el curso los lugareños se quejaban de que hacía demasiado calor; luego llegaron las fuertes lluvias y los caminos se llenaron de miles de hojas de todos los colores; y ahora las montañas más altas están cubiertas de blanco… Cuando me he dado cuenta han pasado demasiadas cosas. Ya llevamos aquí dos meses. Y todavía queremos más.

Un abrazo muy rápido desde los Pirineos.

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