La vida del estudiante

Es muy temprano todavía. No sé si serán las cinco o las seis de la mañana, pero ya hemos desayunado. El menú de hoy ha consistido en un par de onzas de chocolate con un trozo de pan que sobró ayer. Debemos racionar la comida para los próximos días. El sol aún no ha salido por el horizonte, pero ya puedo ver con claridad las montañas que me rodean. A mi derecha está el Aragüells, uno de esos gigantes de más de tres mil metros. Y a mi izquierda unas chovas realizan acrobacias aéreas entre los bloques de una afilada arista. Desde aquí también puedo distinguir cómo las hojas de los árboles del valle, cientos de metros más abajo, están cambiando de color. Durante estos días los frondosos bosques pirenaicos son amarillos, y rojos, y ocres…

No me apetece salir del saco de dormir todavía. Aquí dentro se está bien. Las estrellas bajo las que hemos dormido desaparecieron hace tiempo, pero la luna aún sigue allí arriba. De vez en cuando las nubes la tapan, aunque luego vuelve a asomarse. Intento empaparme de este ambiente tranquilo. Me imagino que si ahora estuviese en una ciudad, alguien ya me habría pitado con su coche para que me apartase, o me habría intentado robar, o estaría convenciéndome de las ventajas de apuntarse a no-sé-qué-secta. Qué suerte tienen las chovas por vivir aquí. Estos pajarracos negros son listos, sin duda.

Sergio ha decidido irse a dar una vuelta antes de bajar. Es un apasionado de la escalada en hielo de Granada. Curiosa afición, desde luego, para alguien que vive tan cerca de Marruecos. Está harto del calor, necesita frío, y pronto. Los dos vivimos en Graus desde hace cuatro semanas, estudiando para conseguir el título de guía de montaña. Por la mañana vamos a clase y por la tarde nos escapamos a escalar o a correr, siempre se nos ocurre algún plan en el recreo.

La tarde anterior estuve corriendo con algunos amigos: Santi y David ―unos fortísimos corredores de ultra trails―, Pablo y Joao. Este último es uno de los mejores himalayistas del mundo. Estoy aprendiendo un montón con él. Me encanta escuchar las anécdotas de sus expediciones, y tiene cientos de ellas. Me ha contado cómo escaló el Broad Peak en una expedición de sólo diez días; cómo superó los casi cuatro mil metros de desnivel que separan la cima del Annapurna de su campo base en tres días ―nadie lo ha hecho tan rápido como él―; o cómo recuperó unas tiendas robadas que había dejado en el Campo IV del Lhotse con tan sólo una llamada telefónica.

Soy el benjamín de la clase, pero he hecho buenos amigos. Me siento muy integrado. Todos estamos allí por nuestra pasión a la montaña. Los bichos raros nos entendemos bien. Intentamos algo que para muchos es una quimera: vivir por y para la montaña. Pensamos que trabajar sin comodidades y con sueldos bastantes bajos merece la pena. Para nosotros es suficiente observar su sonrisa al terminar una jornada o el fuerte y sincero abrazo de alguien que hasta hace unas horas era un completo desconocido. La pasión todavía sigue siendo el motor de nuestros pasos, aunque ya no tengamos edad para esto. O puede que hayamos leído demasiado a Gaston Rébuffat.

Mi compañero Sergio ha vuelto. Dice que ya ha visto el sendero por donde tenemos que continuar. En realidad, es una pedrera, un caos de bloques de granitos sueltos, pero está marcado con hitos. Recogemos el material y nos ajustamos nuestras mochilas. Aún tenemos un día más antes de que continúen las clases. Esta noche volveremos a dormir bajo un techo de estrellas, en las orillas de un pequeño ibón rodeado de montañas enormes.

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