Viajar en Metro y otros deportes de riesgo

Este fin de semana ha sido de los buenos. El sábado llegué a Madrid muy temprano en un autobús y sin ningún plan en concreto. Al poco tiempo ya tenía colocado un arnés en la cintura: un par de llamadas fueron suficientes para animar a unos amigos. El madrugón (y, en el caso de mis compañeros, la resaca) da igual cuando alguien te propone escalar. La conversación telefónica apenas duró un minuto.

El domingo quedé con Álvaro para ir juntos al Peñalara. Mi amigo vive en un piso de una calle céntrica de Madrid y, a pesar de que es un buen tipo, nunca antes había subido ninguna montaña. Hasta entonces creía que un “quebrantahuesos” es lo que te puede hacer un portero de discoteca un sábado por la noche y que no había cuestas más altas que la del aparcamiento del Mercadona. Pero la ascensión fue pan comido comparado con los problemas de aquí abajo. Por unos minutos perdimos el tren de cercanías que teníamos que coger, así que estuvimos dos horas esperando al siguiente. A la vuelta nos metimos en un tren que nos hubiera llevado a Segovia si no preguntamos al revisor: «chicos, el que va a Madrid es el del andén de enfrente, y sale dentro de unos segundos». Y, cuando todo parecía que iba a terminar sin más incidentes, me di cuenta de que había perdido mi billete. Tuvimos que saltar —yo y mi mochila-armario ropero— un torniquete mientras el guarda hablaba con una señora mayor. Menos mal que supimos tomárnoslo con humor. Insisto, Álvaro es muy buen tipo.

Mi amigo volvió a su casa y yo decidí visitar al centro de Madrid. Me metí en el Metro, en un vagón repleto de gente que me llevaría hasta la Puerta del Sol. Me abrí paso entre centenares de personas que entraban y salían de las numerosas tiendas que hay por los alrededores. Jack Sparrow chocaba los cinco con una monja. Unas turistas japonesas se hacían una foto con un Mickey Mouse gigante. Decidí alejarme rápidamente por si se acercaba algún otro personaje de dibujos animados. Leí que en una ocasión Minnie Mouse y Dora la Exploradora se enzarzaron en una pelea en este mismo lugar. Bob Esponja y Patricio tuvieron que separarles.

—«¡¡Cuidado, amigo!!»—, alguien se ha dirigido a mí con un extraño acento. Estaba tan absorto por el surrealista espectáculo que casi piso unas gafas de sol amontonadas en el suelo, encima de una sucia sábana. Como dice Álvaro, “si quieres ver algo así tienes dos opciones: chutarte todas las drogas que puedas encontrar en el armario del cuarto de baño de un pensionista de 80 años, o pasear un rato por el centro de Madrid; ambas son igual de letales”. Tú eliges.

Hoy he vuelto a la montaña. Me apetecía estar bien lejos del “mundanal ruido”. Para ello elegí subir el Peñalara a través de la arista de los Claveles. Me até fuerte los cordones de mis zapatillas y empecé a correr. Primero lo hacía entre un denso bosque, luego a través praderas aún verdes, bordeando pequeños lagos de montaña… Saludé a más vacas, pinzones, colirrojos y buitres leonados que personas. Conforme iba ganando altura el terreno era cada vez más abrupto. Mi “camino” seguía por el vértice de la arista; a veces bastante afilada, a veces más ancha… Allí arriba se estaba bien, desde luego, no tenía prisa en volver al asfalto, pero apenas empleé un par de horas para completar toda la ruta. Estaba de nuevo en Cotos y tenía que coger otro tren para volver. Me sentía agotado físicamente, sí, pero lleno hasta los topes de esa energía tan especial que sin duda desprenden las montañas. O, por lo menos, con la suficiente para aguantar una semana más en el… ¿mundo civilizado?

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