Guayota
Publciado por Pablo Moraga - 18/08/12 a las 03:08:16 pmCreo que el mar está furioso. Motivos no le faltan, desde luego. Un cartel indica que hoy el baño es demasiado peligroso y está terminantemente prohibido. Las olas golpean insistentemente y con fuerza unos torreones de roca que sobresalen del agua. A veces son tan grandes que la espuma cubre totalmente las oscuras formaciones rocosas que, en realidad, es lava solidificada.
El volcán Teide está muy cerca, escondido detrás de una densa capa de nubes. No puedo verlo, pero sé que está allí, en el sur, como siempre, rozando los cuatro mil metros de altura, poderoso y tímido a la vez. Ciertamente, hoy su nombre provoca mucho menos temor que el que le dieron los guanches, los verdaderos nativos de la isla de Tenerife. Es la castellanización de Echeyde, la morada de Guayota el maligno, el mismo infierno; ellos debieron ver alguna de sus numerosas erupciones: ríos de lava destruyéndolo todo a su paso, columnas de humo que tapaban el sol, toneladas de rocas incandescentes que eran escupidas del mismo centro de la tierra…
Quería recorrer esta isla de costa a costa, de norte a sur, pasando por la cima del Teide. Pretendía completar los más de sesenta kilómetros y ocho mil metros de desnivel acumulado en el menor tiempo posible, sin ningún medio mecánico, corriendo y en solitario. Era un objetivo ambicioso, sí, pero creía que podía conseguirlo.
En estos últimos días lo he intentado en dos ocasiones. Antes de ayer empecé a caminar a las 23:00 en la Playa del Socorro, completamente de noche. Estaba motivado, así que avanzaba bastante rápido. Desde que comencé, para mí el mundo había quedado reducido a los dos o tres metros que la linterna frontal lograba iluminar. Todo era muy simple: tan sólo tenía que dar un paso detrás de otro e intentar controlar la respiración, algo alterada por el esfuerzo. Mi única compañía eran unas abundantes arañas con unas patas delgadísimas y enormes, del tamaño de la palma de mi mano, que se cruzaban por delante en el camino. De vez en cuando, podía ver unos ojos brillantes que parecían mirarme fijamente y que, al acercarme, se desvanecían en la absoluta oscuridad sin dejar rastro alguno, como en un extraño juego del escondite.
Tras cruzar un pequeño pueblo y en cuestión de minutos me vi envuelto en una densa niebla que no me dejaba ver nada más allá de mis narices. Sabía que con tan poca visibilidad y sin mapas —sólo tenía la descripción de la ruta que un tipo había publicado en Internet— sería difícil encontrar el camino correcto, pero seguí avanzando. Craso error: me perdí. Estuve caminando durante horas sin saber dónde estaba. Aquello era un laberinto de caminos en los que orientarse era prácticamente imposible. Menos mal que pude llegar a una aldea…
Hago estiramientos mientras el sol se esconde poco a poco detrás del horizonte, en el agitado océano. Los turistas pasean tranquilos a mi alrededor, disfrutando de la agradable temperatura. Tengo las piernas muy cargadas porque anoche volví a intentar completar la travesía. Después de confundirme de camino en, al menos, otras dos ocasiones, llegué hasta la “Fuente de Pedro”. A pesar de todo había logrado superar más de mil metros de desnivel positivo en apenas un suspiro. Según había leído, en menos de cinco minutos debería pasar al lado de una antena enorme, pero no sabía por dónde continuar. Justo enfrente salía un camino que llegaba hasta un pequeño huerto y, a la derecha, otro que descendía justo en la dirección contraria —por si acaso, lo seguí durante más veinte minutos, hasta que me convencí de que por allí no era—; no había más opciones.
Me di la vuelta. El cronómetro seguía encendido, pero me daba igual. No quería seguir allí. Estaba cansado de correr solo y en la total oscuridad por esos polvorientos y confusos caminos, pero tampoco quería volver a la ciudad. Descendí hasta un claro desde donde la frondosa arboleda se abría y me tumbé en el suelo. El cielo estaba cuajado de estrellas y parecía que esa noche brillaban con más intensidad de la normal. Me di cuenta de que, en ese momento, me apetecía, en vez de seguir subiendo, contarlas una a una. Y así hice. De vez en cuando alguna estrella fugaz me distraía y perdía la cuenta, tenía que empezar de nuevo… Solamente pude llegar a contar ciento cuarenta y tres. Después, me fui a dormir a mi hotel en el Puerto de la Cruz. Guayota aún me está esperando allí arriba, muy cerca de ellas.
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buenas, soy de socuéllamos y hago montaña en todas sus facetas, tengo 22 años y creo q seria bueno, crear un equipo de tecnificación de alpinismo. seria un buén sitio donde conocernos todos los castellano-manchegos que hacemos montaña. y ganar nivel todos juntos. pero seria interesante gente que ya haga alpinismo. como lo ves? un saludo
Comentario por manuel — 1 septiembre 2012 #