La llamada de lo salvaje

Jack London ejerció numerosos oficios lo largo de su intrincada vida. Fue buscador de oro, marino, pescador, contrabandista… También es conocido por ser un prolífico escritor. En uno de sus más libros más leídos —The Call of the Wild (“La Llamada de los Salvaje”)— recrea la historia de Buck, un enorme y acomodado perro mestizo que fue llevado a los parajes más inhóspitos y salvajes de Alaska; “lo habían arrancado de repente del corazón de la civilización para echarlo al de las cosas salvajes”. Guardando las distancias, algo así debieron sentir mis amigos cuando oíamos el rugido viento por encima de nuestras cabezas. Aquella fría noche estábamos vivaqueando bajo las estrellas a más de dos mil ochocientos metros de altura, en Sierra Nevada. Sin ningún tipo de tienda de campaña lo único que nos protegía del fuerte viento era un pequeño pero resistente muro de rocas que nosotros mismos habíamos construido. Para ellos, ésta era su primera experiencia en la alta montaña…

Anto fue el primero en poder dormirse. Aún no sabemos cómo lo hizo, pero a los cinco minutos de parar de hablar ya estaba roncando. Sospechamos que tiene algún pariente cercano ruso. A Santi tampoco le costó trabajo conciliar el sueño. Estrada y yo, mientras tanto, estábamos demasiado ocupados tiritando de frío. Mis piernas estaban tan frías que parecían dos pedazos de madera ajenos al cuerpo. Ni siquiera tenía un saco de dormir ya que, en su lugar, me había subido un pequeño saco-sábana, un trasto muchísimo más ligero y compacto pero que apenas abriga. Desde luego, no me esperaba una noche romántica al aire libre, pero pensaba que si vestía un chaleco de plumas y aislaba bien el suelo podría entrar en calor fácilmente.

No dijimos nada, pero ambos nos incorporamos a la vez. Mis ojos ya estaban acostumbrados a la oscuridad y pude ver la cara de mi amigo con facilidad. Estrada temblaba sin parar, me miraba con los ojos entre-abiertos mientras intentaba envolver todo su cuerpo dentro del saco de dormir. Me reí. Los dos estábamos hecho polvo, necesitábamos dormir, pero allí estábamos, congelados entre gigantes de más de tres mil metros. Nosotros y nuestro vivac apenas significábamos un diminuto e insignificante obstáculo para el viento.

Había luna llena. Daban ganas de aullar. Todo en cuanto nos rodeaba había adquirido un tono azulado: los dibujos que el viento creaba a su capricho en el agua de una laguna, miles de líneas curvas que me recordaban a aquellas que había visto en la arena de los desiertos en Jordania o Marruecos; un par de voluminosos caballos que pastaban tranquilos en la orilla, muy cerca de nosotros; la silueta de algún pajarillo que revoloteaba de una piedra a otra. Relucían con una belleza excepcional, fuera de la imaginación de alguien que nunca ha salido de las ciudades, esos lugares en los que sus gentes se empeñan en llenarlos de farolas y sus feas y artificiales luces amarillentas. A lo lejos un caballo se asustó y empezó a correr; podíamos oír su elegante y potente trote, el sonido de una cascada cercana, el incesante rugido del viento… “Tío, qué bonito”, me dijo Estrada. En ese momento supe que el viaje había merecido la pena. “¡¡Auuuuuuuuuuuhh!!”, aullé, no pude resistirme.

Estábamos congelados y no pudimos dormir en toda la noche, pero éramos libres. Ya no pertenecíamos al asfalto, ni a la complicada burocracia, ni al consumismo irracional, ni a la voluntad de los políticos… El centro comercial más cercano estaba a muchos kilómetros (y metros de desnivel) de allí. Entonces pertenecíamos a la montaña, al viento, a las estrellas y a la luna. Formábamos parte de la inmensidad de aquella Naturaleza tan salvaje. Durante esos días alcanzamos las cimas del Mulhacén, del Mulhacén II y del Veleta, pero esto es lo de menos. Lo que nunca olvidaremos será esa sensación de vida que sólo puede encontrarse cuando somos nosotros mismos quienes decidimos el camino. Y cuando, además, puedes compartir tus pasos con buenos amigos… Soy un tipo afortunado.

739 Palabras

Guayota

Creo que el mar está furioso. Motivos no le faltan, desde luego. Un cartel indica que hoy el baño es demasiado peligroso y está terminantemente prohibido. Las olas golpean insistentemente y con fuerza unos torreones de roca que sobresalen del agua. A veces son tan grandes que la espuma cubre totalmente las oscuras formaciones rocosas que, en realidad, es lava solidificada.

El volcán Teide está muy cerca, escondido detrás de una densa capa de nubes. No puedo verlo, pero sé que está allí, en el sur, como siempre, rozando los cuatro mil metros de altura, poderoso y tímido a la vez. Ciertamente, hoy su nombre provoca mucho menos temor que el que le dieron los guanches, los verdaderos nativos de la isla de Tenerife. Es la castellanización de Echeyde, la morada de Guayota el maligno, el mismo infierno; ellos debieron ver alguna de sus numerosas erupciones: ríos de lava destruyéndolo todo a su paso, columnas de humo que tapaban el sol, toneladas de rocas incandescentes que eran escupidas del mismo centro de la tierra…

Quería recorrer esta isla de costa a costa, de norte a sur, pasando por la cima del Teide. Pretendía completar los más de sesenta kilómetros y ocho mil metros de desnivel acumulado en el menor tiempo posible, sin ningún medio mecánico, corriendo y en solitario. Era un objetivo ambicioso, sí, pero creía que podía conseguirlo.

En estos últimos días lo he intentado en dos ocasiones. Antes de ayer empecé a caminar a las 23:00 en la Playa del Socorro, completamente de noche. Estaba motivado, así que avanzaba bastante rápido. Desde que comencé, para mí el mundo había quedado reducido a los dos o tres metros que la linterna frontal lograba iluminar. Todo era muy simple: tan sólo tenía que dar un paso detrás de otro e intentar controlar la respiración, algo alterada por el esfuerzo. Mi única compañía eran unas abundantes arañas con unas patas delgadísimas y enormes, del tamaño de la palma de mi mano, que se cruzaban por delante en el camino. De vez en cuando, podía ver unos ojos brillantes que parecían mirarme fijamente y que, al acercarme, se desvanecían en la absoluta oscuridad sin dejar rastro alguno, como en un extraño juego del escondite.

Tras cruzar un pequeño pueblo y en cuestión de minutos me vi envuelto en una densa niebla que no me dejaba ver nada más allá de mis narices. Sabía que con tan poca visibilidad y sin mapas —sólo tenía la descripción de la ruta que un tipo había publicado en Internet— sería difícil encontrar el camino correcto, pero seguí avanzando. Craso error: me perdí. Estuve caminando durante horas sin saber dónde estaba. Aquello era un laberinto de caminos en los que orientarse era prácticamente imposible. Menos mal que pude llegar a una aldea…

Hago estiramientos mientras el sol se esconde poco a poco detrás del horizonte, en el agitado océano. Los turistas pasean tranquilos a mi alrededor, disfrutando de la agradable temperatura. Tengo las piernas muy cargadas porque anoche volví a intentar completar la travesía. Después de confundirme de camino en, al menos, otras dos ocasiones, llegué hasta la “Fuente de Pedro”. A pesar de todo había logrado superar más de mil metros de desnivel positivo en apenas un suspiro. Según había leído, en menos de cinco minutos debería pasar al lado de una antena enorme, pero no sabía por dónde continuar. Justo enfrente salía un camino que llegaba hasta un pequeño huerto y, a la derecha, otro que descendía justo en la dirección contraria —por si acaso, lo seguí durante más veinte minutos, hasta que me convencí de que por allí no era—; no había más opciones.

Me di la vuelta. El cronómetro seguía encendido, pero me daba igual. No quería seguir allí. Estaba cansado de correr solo y en la total oscuridad por esos polvorientos y confusos caminos, pero tampoco quería volver a la ciudad. Descendí hasta un claro desde donde la frondosa arboleda se abría y me tumbé en el suelo. El cielo estaba cuajado de estrellas y parecía que esa noche brillaban con más intensidad de la normal. Me di cuenta de que, en ese momento, me apetecía, en vez de seguir subiendo, contarlas una a una. Y así hice. De vez en cuando alguna estrella fugaz me distraía y perdía la cuenta, tenía que empezar de nuevo… Solamente pude llegar a contar ciento cuarenta y tres. Después, me fui a dormir a mi hotel en el Puerto de la Cruz. Guayota aún me está esperando allí arriba, muy cerca de ellas.

831 Palabras

La Escuela Juvenil de Montaña en Gredos

Es verano en Gredos. Ahora, la montaña muestra una cara más amable. A pesar de la elevada altitud, las temperaturas pueden llegar a ser muy altas. Las lagunas están rodeadas de verdes pastos donde pasean tranquilas, ajenas de todo, las cabras montesas y los piornos colorean de amarillo las laderas. Las estéticas y encajonadas líneas de hielo, que buscaban su camino ayudadas por la gravedad entre paredes verticales durante el invierno, han desaparecido completamente. Los agrestes riscos, agujas y cumbres que recortan el cielo —casi siempre azul— ya no son tan blancos, sino más bien grises; un gris terroso lleno de placas, fisuras, chimeneas, diedros… El Circo de Gredos ha dejado de ser ese gran templo donde reinaban el silencio y el frío. Atrás han quedado aquellos cortos y gélidos días en los que estas montañas eran el territorio exclusivo de recios alpinistas (y algún que otro pisa-praos como yo). Durante estos meses los caminos son frecuentados por chavales caminando con chanclas y bañadores empapados después de darse un chapuzón en las pozas, campamentos cristianos cantando canciones de misa en las cimas, monjas con el hábito manchado de sudor o jubilados fortísimos subiendo a velocidades de vértigo.

Tranquilos, observamos cómo anochece en la terraza del Refugio Elola. Pronto, el sol dejará de calentar. Muchos ya están dentro de sus tiendas de campaña. Otros están ultimando sus vivacs; colocan más piedras para protegerse del viento, se empeñan en aislar del húmedo suelo sus sacos de dormir… El Refugio también está lleno. Ya puedo oler la comida de su cocina.

Unos meses antes, muy cerca de aquí, en la carretera que une la población de Hoyos del Espino con La Platafoma, oí hablar por primera vez sobre la “Escuela Juvenil de Montaña de Castilla-La Mancha”. Recuerdo que habíamos estado todo el fin de semana en el Circo de Gredos, escalando en hielo. Pedro llevaba encendidos los faros de su coche. Las últimas luces del atardecer apenas dejaban ver las numerosas curvas de la carretera. Al fondo, cada vez más lejos, el sol se escondía tras la silueta del Almanzor. Conversábamos sobre escaladas, de futuros proyectos y experiencias pasadas. Yo nombraba montañas remotas y muy, muy altas. Él alguna que otra apertura y, sobre todo, un proyecto que le rondaba por su cabeza desde hacía mucho tiempo: organizar una serie de actividades en montaña dirigidas para los más jóvenes.

No ha sido fácil, pero hoy su proyecto es una realidad. De hecho, estamos aquí por él. Esta misma mañana hemos subido el Almanzor con quince chicos y chicas que nunca habían hecho nada parecido. No es una montaña sencilla; para alcanzar su punto más alto han tenido que superar muchos metros de desnivel y, cuando ya casi podían tocarlo, unas trepadas fáciles —III, como mucho— pero muy expuestas. Y, aún así, tienen fuerzas para gastar bromas. Más tarde, a la hora de dormir, aparecerían unas ranas dentro del saco de dormir de las chicas. Muy sospechoso, ¿verdad?

En todo momento hemos estado acompañados por tres guías de montaña —Pedro, Carlos y Luismi— a los que intento ayudar en todo lo que puedo. Estos días me están enseñado que su trabajo, aunque duro, también es muy gratificante. Hoy me anticipé al grupo para montar un pasamanos con la cuerda cerca de la cima. Así, los alumnos han podido cruzar con total seguridad esos pasajes donde un pequeño tropezón tendría unas cosecuencias fatales. En dos tandas, han subido uno por uno acompañados por alguno de nosotros. Había quienes eran capaces de adelantar a las lagartijas, incluso en las zonas más difíciles. Otros, sin embargo, se asustaban un poco y les teníamos que animar. Da igual, estos últimos eran los que más sonreían en la cima.

Uno de los guardas del refugio se ha acercado para avisarnos que nuestra cena ya está lista. Está barriendo la entrada con los dedos aún manchados de magnesio y las manos marcadas de heridas; al parecer, hoy ha estado probando con un compañero una fisura muy dura… Interrumpimos un momento nuestra conversación para entrar al comedor. Ahora, delante de nuestros platos, los chicos hablan sobre cómo les ha parecido el día. Algunos de ellos no han hecho cima, prefirieron darse la vuelta antes, y han estado buscando bichos cerca de la laguna. Dicen que han visto un montón de ranas, sapos de un considerable tamaño y un par de salamandras. Se parten de risa cada vez que nos confiesan que habían pensado recoger cagarrutas de cabra para ofrecérnoslas: “tomad este chocolate, está muy bueno, seguro que estáis hambrientos…”. Lo han pasado bien. Hoy han vivido de verdad. Y de eso se trata. Subir hasta el punto más alto no es tan importante.

857 Palabras