El Atlas, las montañas de los Hombres Libres (vídeo)

El término “bereber” está en la actualidad muy extendido y utilizado, pero muchos lo consideran despectivo; deriva de la palabra “bárbaro”, el nombre que utilizaban los conquistadores romanos para asignar a todo aquel que no vivía bajo su cultura. En realidad, el nombre original de esta etnia es Amazigh, en plural Imazighen, que significa “hombres libres”. Ellos prefieren llamarse así.

Curioso nombre para un pueblo que a lo largo de su historia han visto cómo romanos, árabes, franceses y españoles ocupaban sus tierras. Habitaron todo el norte de África, desde Egipto hasta la costa atlántica, durante miles de años, mucho antes de la llegada de los árabes (en el siglo VII). Debido a la presión de las distintas colonizaciones se vieron obligados a huir a algunas de las zonas más inhóspitas e inaccesibles de los actuales Marruecos y Argelia. Establecieron poblados en las abruptas montañas del Atlas, en el Rif o en el desierto. Y sólo de esta forma han conseguido mantener algunas de sus antiguas costumbres: una lengua propia, siguen organizados en tribus, algunas comidas (como el cous-cous, el tagine, la sopa harira o el pan amazigh), la mujer como base de la unidad familiar…

He decidido dedicar mi último vídeo a Azdour (tío y sobrino), al simpático dueño del Refugio Tazaghârt y sus hijos, a los niños de Azib Tamsoult con los que estuvimos jugando toda una tarde… y, en definitiva, a todo el pueblo amazigh. Con ello, quiero reivindicar el reconocimiento y el respeto de esta etnia. A pesar de la existencia de numerosas asociaciones en todo el Norte de África que defienden la identidad amazigh, ésta continúa siendo marginada y folclorizada por las autoridades, quienes imponen la arabización. Según la constitución actual, Marruecos —donde podrían vivir más de 20 millones de imazighen— es un país árabe y no se hace ninguna referencia a la identidad o el idioma amazigh; en Argelia no reciben los enormes beneficios que proporcionan recursos naturales tan preciados como el petróleo o el gas que se encuentra en sus territorios; los gobiernos han ilegalizado muchos de los partidos políticos amazigh y sus asociaciones…

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P.D.: Aún conservo la tarjeta de visitas que me dio Azdour. Sé que cuando regrese a las montañas marroquíes volveré a dormir en su albergue y contrataré a Azdour y Ramona. Os lo recomiendo. Si queréis poneros en contacto con ellos para organizar vuestro viaje, hacerlo a través de su página web (http://www.marruecos-excursiones.com) o, mejor, llamarle a su teléfono (+212 6 71 37 16 43). Dadles recuerdos de mi parte.

462 Palabras

Tengo que quitarme del magnesio

De nuevo estoy aquí, a más de diez metros del suelo, con las manos untadas de magnesio y pensando cuál va a ser el siguiente movimiento. He encontrado una presa para mi mano izquierda. Es pequeña, pero puede servir. Me aferro a ella sin dudarlo y, cuando muevo el pie derecho, me caigo repentinamente. No me lo esperaba. Por suerte, la última chapa estaba cerca. Además, Estrada me está asegurando y ha conseguido frenar inmediatamente la caída. Nos reímos. Escalar y pasarlo bien son nuestras únicas pretensiones de hoy. Lo demás, da igual.

Será por el magnesio, igual hemos esnifado demasiado ―en la mayoría de las ocasiones, sin querer, claro―. O quizás sea por el radón, ese elemento radiactivo tan raro que, al parecer, emite el granito. Yo que sé. Lo cierto es que la escalada es muy adictiva. Los fabricantes de material ―unos tipos sin escrúpulos― deberían colocar algunas fotografías en sus cuerdas o cintas exprés advirtiéndolo. Me ofrezco voluntario a que me fotografíen; debajo tendrían que poner algo como “Escalar es inherentemente peligroso. Precaución, podrían acabar como el tipo de la foto”. Desde luego, yo no compraría algo que llevara mi careto.

Ya he terminado la vía. Como siempre, descanso unos minutos sujeto en el descuelgue. Los pies de gato me aprietan, pero pienso que se está bien aquí. O, por lo menos, se está mejor que dentro de una oficina llena de ordenadores, papeles y aire acondicionado. Desde aquí arriba puedo detenerme en detalles en los que, hasta ahora, ni siquiera me había fijado. Observo el color del agua del Pantano de Peñarroya, un azul turquesa que parece sacado de un catálogo de viajes. Si en vez de encinas hubiese palmeras, creería que estoy a unos pocos metros del mar Caribe. También reparo en una pequeña bandada de jilgueros que revolotean desorganizados entre unos cardos. Me gustan sus plumajes; más colores: rojo, amarillo, negro, blanco, marrón…

Miro de reojo a una línea de parabolts cercana y muy bonita. En los alrededores hay cerca de noventa vías: pequeñas fisuras, placas muy técnicas, desplomes… Cómo resistirse a la tentación. Tengo ganas de más. Este es pequeño paraíso para nuestras embotadas mentes, pero, sin duda, un infierno para los maltratados dedos de los que estamos enganchados… «¡Pablo! ¿Te bajo o qué? ¡Yo también quiero escalar!». Las exigencias de Estrada son razonables. Muy pronto, el sofocante sol del verano manchego nos dará de lleno y tendremos que buscar la sombra en otro sector. Además, mientras subía, no he parado de gritar lo bonita que es la vía. Ahora le toca a mi amigo disfrutarla.

Los minutos pasan demasiado rápido. Ya deberíamos estar en el coche, de vuelta a casa, y no nos hemos dado cuenta hasta ahora. El subidón del magnesio, supongo. Tengo cita con el fisioterapeuta ―por lo de mi rodilla, cómo no, aún sigue molestándome― dentro de veinte minutos. Corremos entre las encinas en calzoncillos, con los pantalones en la mano. Como la temperatura era demasiado alta, decidimos bañarnos en el pantano y aún tenemos la ropa interior mojada. Estrada me pregunta algo preocupado qué hacemos si nos cruzamos con alguien: «¿Qué vamos a hacer? ¡Pues saludarle!».

578 Palabras