Airbus A-321

Un diminuto mando en nuestro asiento controla una pequeña pantalla individual que permite a cada viajero entretenerse de diversas formas; desde escuchar el Corán —sólo tengo que darle a “OK” donde pone “Holy Quran/Radio”― hasta disfrutar de la última película del cine jordano. Además, en cada momento nos sitúa dónde se encuentra el avión, su recorrido, la altitud, temperatura exterior… y la localización de la Meca.

Para alguien acostumbrado a los grandes espacios abiertos, resulta verdaderamente frustrante estar limitado por las paredes del avión. Llevado por un absurdo deseo de hacer algo, selecciono una película al azar: mientras se suceden los créditos, una mujer con un hiyab despierta a su numerosa familia habitación por habitación. Por la luz que entra por las ventanas, parece que todavía es muy temprano. En cada cama duermen, como mínimo, dos personas. Ninguna de ellas se libra de un fuerte manotazo a través de las sábanas.

El último al que despierta es un tipo de unos cuarenta y pico años. Lo hace mediante un suave beso en la mano. Supongo que es su marido y que debe tener un puesto importante en su trabajo a juzgar por su uniforme —recubierto con numerosas medallas― y, sobre todo, por su mala uva; ha pillado al más pequeño de sus hijos viendo unos dibujos animados con los pies encima de la mesa y le está regañando. No tengo ni idea de qué le dice, pero por si acaso me reincorporo en el asiento dejando mi espalada totalmente recta. Oír a alguien reñir en árabe impresiona.

Viven en la que podría ser cualquier ciudad musulmán. Las calles están llenas de coches de, por lo menos, veinte o treinta años. Por el aspecto de los vehículos, estoy seguro de que la mayoría no pasarían la ITV en cualquier país occidental. El tráfico es continuo y casi caótico, las motos adelantan a los coches por cualquier lado a toda velocidad, la gente pita…

Más tarde se descubre que el tío de las medallas trabaja en una cárcel. Muy serio, comenta algo con sus compañeros. Los otros no le interrumpen, simplemente asienten, y cuando termina salen disparados hacia una oscura y sucia celda. Está llena de hombres con la tez mucho más morena que el resto. Algunos están tumbados sobre la mugre y otros sentados. Visten con roídos tejidos de tonos marrones y la mayoría presenta oscuras y pobladas barbas. El protagonista de la película vuelve a gritar algo, la verdad es que se le da realmente bien, e inmediatamente empiezan una brutal paliza, porras, patadas y puñetazos incluidos.

Mayada es una adolescente de quince o dieciséis años. Al contrario que su madre, no utiliza hiyab ni oculta su rostro. Su largo pelo rizado le cae a ambos lados de la cabeza. Enciende el ordenador. Como fondo de pantalla utiliza una foto de Cristiano Ronaldo, que sonríe con los brazos cruzados y la camiseta del Real Madrid. Se ha escapado del colegio para chatear por el Facebook con un tal Mando.

De repente alguien abre la puerta de la habitación donde se encuentra. Es su abuela. Viste un niqab oscuro sin adornos y anda encorvada torpemente. Es ciega, y con una mano blande de izquierda a derecha un largo bastón de madera. A su paso, va destrozando todo lo que su bastón alcanza. Con la otra mano, sostiene un radio-casete a todo volumen. Mayada se asusta y se le cae la mochila al suelo. La anciana se alerta con el ruido producido, piensa que hay un ladrón y se defiende gritando y dando bastonazos al aire.

Justo en la parte más interesante, la pantalla se vuelve oscura. Una azafata cruza el pasillo del avión advirtiendo en inglés a los pasajeros que debemos levantar la bandeja del asiento y ponernos los cinturones. Estamos a punto de aterrizar. En las últimas cuatro horas hemos recorrido más de 3.700 kilómetros. Ya hemos llegado a Aqaba, una de las ciudades más importantes de Oriente Medio y, desde luego, una de las más turísticas de Jordania. Por las ventanillas del avión, aparecen los edificios de decenas de hoteles de lujo mezclados con las torres de numerosas mezquitas. En esa ciudad pasaremos los primeros días de este viaje…

761 Palabras

Pura vida

Iñaki Ochoa de Olza descubrió el Himalaya con veintidós años. Había abandonado la carrera de filosofía porque, a su juicio, la universidad reflexionaba poco sobre un sistema social del que no le gustaba ser esclavo. Cuando se lo dijo a su familia, no se sorprendieron. Al salir de casa, en una ocasión, su madre estaba asomada en el balcón y le vio encaminarse en dirección contraria a la univerdad; se dirigía hacia los muros de la Ciudadela de Pamplona. Allí, a pesar de las prohibiciones, todas las tardes se llenan de personajes con los antebrazos hiperdesarrolados y las manos llenas de magnesio. Son escaladores. Conviene no acercarse mucho a ellos, por si las moscas.

Era 1990. Le ofrecieron un hueco en una expedición al Kanchenjunga. Entonces trabajaba los fines de semana en una pequeña pizzería. Sin patrocinadores de ningún tipo, sólo pudo pagar el precio del viaje gracias a un préstamo de sus padres. Ni él ni ninguno de sus compañeros pudieron llegar a la cima, pero esa montaña marcaría un punto de no retorno en su vida: “Allí desperté. No sabía que estaba dormido, pero sin embargo había abierto los ojos de par en par a un mundo nuevo que sólo conocía por lo que había leído. Me di cuenta de que pertenezco sin remedio a esas gentes, a esos valles y a esas montañas, y que mi vida ya no tendría el mismo sentido sin ellas”.

Estuvo entrenando durante un año con la mente puesta sólo en una cosa: intentar escalar el Everest sin oxígeno. Para prepararse físicamente corría, escalaba o esquiaba todos los días. Además, recorrió varias veces los trescientos kilómetros que separan su casa de los Pirineos en bicicleta, subía alguna montaña corriendo y volvía de nuevo a Pamplona pedaleando; “luego admitió que igual se había pasado”, comenta su hermano Dani. Iñaki ya estaba enganchado, necesitaba visitar otra vez ese rincón de Asia donde las montañas son tan grandes que ningún pájaro puede volar sobre ellas: “lo de escalar en el Himalaya es como las drogas, aunque, de momento, legal”.

No comprendía el consumismo. Vestía con ropa “de rastrillo, regalada, heredada, encontrada o cosas peores”. Cuando veía a las señoras pegándose y tirándose de los pelos para entrar las primeras en un centro comercial en rebajas, creía que pertenecía a otro planeta: “si mi madre o mi novia quieren llevarme de tiendas, tienen que esposarme primero, preferentemente de pies y manos. Y sedarme”. Como en la película Trainspotting, se preguntaba por qué debía elegir una familia, un televisor grande que te cagas, compact disc, lavavajillas y abrelatas eléctricos. “No tengo un trabajo estable y ni siquiera pienso en ello. Al revés, un contrato de trabajo fijo o convertirme en funcionario figuran entre mis peores pesadillas. Prefiero pasar con lo justo, vivir sin lujos. Mis únicos vicios confesables son las zapatillas de correr y el colacao con magdalenas”.

Cuando Iñaki escuchó por primera vez el proverbio sánscrito que reza “mejor vivir un día como un tigre que cien años como un cordero”, no pudo más que hacerlo suyo y con él vivió el resto de su vida. Más de treinta expediciones al Himalaya le consagraron como un alpinista profesional. Menuda palabrota. “¿Hacerme alpinista profesional, yo? Se me antojaba cansada y arriesgada la vida de alguien así. Pensaba que serlo suponía creerse más y mejor que otros por escalar montañas. Pero mi visión había cambiado después de conocer a algunos de ellos”. No fue sencillo ir de puerta en puerta, y más aún con los pelos que gastaba, explicando su proyecto: escalar las catorce montañas más altas de la Tierra. Los despachos es un terreno en el que es difícil moverse, bastante más que muchas montañas, pero al final consiguió patrocinadores.

Era un tipo capaz de subir ochomiles sin parar, del tirón, desde el campo base hasta la cima en cuestión de horas. Algunos lo llaman estilo exprés o non-stop. Otras palabrotas. Iñaki no buscaba ningún récord. Tampoco le importaba despertar la admiración de nadie: “no tengo ninguna intención de pasar a la historia del alpinismo. Bastante tengo si el alpinismo llega a ser parte de mi historia”. Para él, simplemente era una manera de escalar “sin molestar mucho, sin incordiar, sin utilizar muchos medios tecnológicos y, si puede ser, sin matarse mucho; cuanto antes suba, antes bajaré”. Sabía que a más de siete mil metros, cuanto menos tiempo estés, mejor; es una altura no compatible con la vida.

La vida. Pura vida. Eso es lo que Iñaki andaba buscando en las montañas. “Si he de ser sincero, sé que las montañas sólo son la más hermosa de las excusas. En realidad, lo que yo sueño no tiene nada que ver con ellas. Mis sueños sólo son desgarrados anhelos de amor y libertad”. Iñaki escalaba huyendo de ese sucedáneo de vida que nos proporciona la sociedad del bienestar: “la escalada ha rescatado mi vida de las garras de una existencia burguesa, mediocre o insignificante, o todo ello a la vez. Esta vida, que yo mismo he elegido, me llena profundamente. Subir montañas no lo considero peligroso o duro. Duro es ir a la obra todas las mañanas. Peligroso es el colesterol, el hastío, los centros comerciales, la violencia, la sociedad no elegida, nuestra clase política, los cánones de belleza aceptados, la burocracia… Las montañas no son peligrosas, la vida la vamos a perder tarde o temprano, con montañas o sin ellas”.

P.D.: Las declaraciones de Iñaki han sido extraídas de su libro ‘Bajo los cielos de Asia’ y de la presentación pública del documental ‘La Voz de Iñaki’ en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid el pasado 24 de mayo.

1,057 Palabras

Las pizzas de Bruno

En este rincón de los Alpes hay días que nieva y hace mal tiempo. Otros no. O por lo menos eso es lo que nos han asegurado los lugareños. La verdad es que desde que llegamos al pequeño refugio no hemos visto lucir el sol. Esta mañana parecía que el tiempo había mejorado un poco e intentamos hacer cima. Estuvimos a punto de conseguirlo, pero nos dimos la vuelta a casi cuatro mil metros de altitud. Desde luego, era lo más prudente, aunque aquí abajo no lo parezca.

En el valle, el tiempo se ha mantenido estable durante todo el día. Los turistas pasean tranquilos con camisetas de manga corta y vaqueros mientras nosotros tiritamos de frío. La nieve que la violenta tormenta levantaba y estampaba contra nuestro cuerpo ya se ha derretido y estamos empapados. A pesar de las promesas de los fabricantes, nuestra modernas chaquetas dejaron de ser impermeables hacía mucho tiempo.

Cuando llegamos al albergue ni siquiera nos duchamos. Ya hemos recibido suficiente agua por hoy. Nos secamos como podemos, nos cambiamos de ropa y salimos disparados al restaurante de enfrente. Construir un restaurante o un bar cerca de alguna montaña frecuentada es un negocio redondo —casi como montar un estanco delante de un instituto—, y más todavía si el encargado de hacer las pizzas es Bruno.

Conocí a Bruno la primera vez que vine a este pequeño pueblo de Suiza*, con Ida y Jon Sanz. Es un tipo italiano joven, de unos veinte-y-pico-años. Está trabajando aquí, pero asegura que no por mucho tiempo: tiene un jefe, algo que no le gusta nada. En cuanto pueda se va a marchar a su pueblecito natal, cerca de Nápoles, para montar una pequeña pizzería y tener una familia. Mezcla palabras en italiano con alguna en español, pero le entendemos perfectamente. Dice que es su sueño.

Además, se siente raro en este país. Aquí los supermercados no muestran en sus puertas cajas llenas de cigarrillos libres de impuestos como en Andorra, pero estoy seguro de que si lo hiciesen, a diferencia del país de los Pirineos, no los rodearían de candados para evitar que sean robados. Y encima tienen secciones exclusivas de comida vegana; este es un lugar desconcertante y siniestro.

Comemos sin parar. Por primera vez en todo el viaje, algunos de mis compañeros dejan de hablar. Tenemos hambre, y se nota. Bruno se da cuenta y nos pregunta qué actividad hemos hecho. Asegura que es capaz de adivinarlo con tan solo observar los restos de comida que se dejan sus clientes, pero nuestro caso le ha desconcertado y cree que venimos de alguna vía durísima. Le explicamos que, en realidad, no hemos salido de la ruta normal de un “sencillo” cuatromil cercano y que aunque las dificultades técnicas no eran excesivas, hemos tenido que darlo todo. Tanto esfuerzo físico y psicológico nos ha dejado los estómagos vacíos.

Tenemos la ropa secándose encima de un radiador y unas pizzas enormes y aún humeantes en nuestra mesa. Ahora mismo, quizás nuestra opinión no sea precisamente la más objetiva, pero todos coincidimos en que pocas veces hemos probado algo tan rico y sabroso.

Comemos hasta que empezamos a sudar frío, y después seguimos haciendo lo mismo hasta que alguien pregunta aún con la boca llena «bueno, ¿y mañana qué?». En el bote todavía nos queda dinero para tres días, cuatro como mucho, y volver a casa en coche. Tarde o temprano, tenía que salir el tema. Rápidamente, como un acto reflejo, suelto al aire mi sugerencia: «el Dom ese parece muy bonito, se merece una visita, ¿no?». Apenas nos ha dado tiempo para reflexionar, pero los demás parecen conformes. Ya tenemos plan, volvemos a la montaña. No tenemos remedio.

* No he querido mencionar el nombre del pueblo suizo. Ni siquiera Bruno se llama así. Prefiero preservar el anonimato de nuestro amigo pizzero.

689 Palabras

Bájame una estrella

Detrás de la ventana aún llueve. Me reconforto pensando que las rocas están mojadas, demasiado como para poder escalar, y que no es prudente ir con estas condiciones a Sierra Nevada o a Guadarrama, a las que suelo llamar mis montañas con una familiaridad que a veces creo demasiado osada.

Además, el médico me ha dicho que tengo que descansar. Tengo la rodilla chunga. Nada grave, o al menos eso espero, pero cada vez que pregunto me dan un diagnóstico distinto. El último es que una de mis piernas es más larga que la otra. Al parecer, es un problema muy común, pero normalmente no tiene mayores consecuencias si no llevas una vida demasiado activa. Los kilómetros corriendo a las espaldas y la alergia al sofá me han pasado factura, pero en seguida me recuperaré y estaré de nuevo en las montañas.

Aprovecho este fin de semana en casa para organizar los próximos viajes. Mi proyecto de “Al Otro Extremo del Desafío 2012” sigue adelante. La situación actual hace que sea muy complicado encontrar patrocinio* y muchas de las expediciones que quería hacer las he tenido que aplazar, pero todavía no he tirado la toalla. Este verano quiero ir al Himalaya, a una montaña muy alta y muy fría con la que he estado soñando mucho tiempo, y volveré a República Dominicana cumpliendo una promesa que hice. Cosas mías.

Encima de mi mesa aún sigue el libro “Bájame una estrella”, de Miriam García Pascual. Su portada tiene dos cicatrices que no sé exactamente cuándo aparecieron. Es el libro que me llevé a Marruecos. Lo compré algunas semanas antes, pero no quise empezarlo hasta que no estuviera en las montañas. Leí la primera página en Azib Tamsoult, después de haberme pasado la tarde jugando con unos niños bereberes, y lo terminé en el Refugio del Toubkal.

Al poco tiempo de escribirlo, Miriam quiso marchar al Himalaya. Supongo que no podía hacer otra cosa siendo pájaro. Se había propuesto escalar el Meru, una montaña con más de 6.000 metros de altura y de gran dificultad técnica. Pocos sospechaban entonces que nunca volvería de aquel viaje. Sin embargo, dejó uno de los libros más bellos que jamás se han escrito sobre montaña. Es realmente bueno, y a pesar de ello ha sido todo un éxito. Este pequeño diario de no más de sesenta y cinco páginas ya tiene siete ediciones. Veinte años después de su primera publicación, aún hoy sigue siendo uno de los libros más vendidos de la Editorial Desnivel.

Nada de alpinistas elevados a la categoría de héroes, súper-hombres indestructibles luchando contra una Naturaleza feroz, recias barbas, grandes gestas, congelaciones, dedos amputados o muertos. Nada de eso. Y es que Miriam prefería hablar de la mirada de un niño, de los sonidos como el crujido del crampón sobre la nieve o de un ratón que nadie supo cómo había subido hasta el largo dieciséis.

Dejo a un lado la calculadora, el ordenador con un montón de datos y cifras, el conversor de divisas… y comienzo a leerlo de nuevo:

«[…] Y a veces sueño con una casita en el campo y un príncipe azul. Pero en el fondo sé que no puedo; me falta valor para afrontar la vida cotidiana, la rutina de un trabajo o el compromiso de un amor. Nací pájaro y miro con envidia a la gente que es feliz en tierra, como el rebeco mira con nostalgia el vuelo de las águilas. […] El precio de ser pájaro es la esclavitud del viento»

* Quiero agradecer a “AMS Suministros y Componentes Eléctricos” su colaboración. Si no fuese por su inestimable apoyo, nuestra última aventura en las montañas marroquíes no podría haberse hecho realidad. Sin embargo, para futuros proyectos, necesitamos el apoyo de otras empresas.

689 Palabras