Marrakech

Cruzar la Plaza Jamma el Fna es, cuanto menos, complicado. Miles de personas se dan cita en este lugar diariamente. Aquí se desarrolla frenéticamente la vida pública de Marrakech tanto de día como de noche. Dos cuentacuentos gritan y se maldicen en árabe rodeados de un apretado corro de hombres con chilabas oscuras que se desternillan sin poder parar. Están unidos espalda con espalda con una cuerda y no saben cómo desatarse. Uno de ellos tiene unas orejas de burro en la cabeza, que no son otra cosa que las suelas recortadas de unas gastadas chanclas.

Mientras tanto, los domadores de monos sacan de unas viejas jaulas a sus animales que salen disparados sin dudarlo hacia el hombro de algún transeúnte despistado. Después de llevarse un buen susto, algunos se hacen una foto con ellos a cambio de varios dirhams. Los hay también más sutiles, claro. Decenas de personajes intentan captar la atención de los turistas: limpiadores de zapatos, malabaristas, domadores de serpientes, músicos, curanderos, tatuadoras de henna…

La actividad es continua durante todo el día. Quizás disminuye algo durante los rezos. Como un reloj, la llamada a la oración se hace cinco veces al día por un muecín desde un balcón de la Mezquita Koutobia. El Salat Al Fayr, la “oración del alba”, se reza al amanecer. Los graves registros del muecín inundan toda la ciudad antes de que salga el sol. «Al∙lâh lo ha decretado así», y no son pocos los musulmanes que se levantan de sus camas o dejan todo lo que están haciendo para rezar. Repiten una y otra vez todos los días «la oración es mejor que el sueño», recitan fragmentos del Corán y elogian a Al∙lâh.

En las primeras tiendas del zoco puedes comprar con la misma facilidad y muy pocos euros todo lo que quieras, desde chilabas, babuchas y pañuelos tuareg, hasta viagra o unos dientes nuevos, los hay de todas las formas y tamaños. Eso sí, no es fácil caminar a un buen ritmo entre cientos de comerciantes gritando «Mira amigo, más barato que Ryanair», «Entra, sólo mirar», «Prisa mata, amigo» o «¿Español…? ¡Andreita cómete el pollo, coño!»…

Hagas lo que hagas, mira atrás antes, lo más probable es que haya uno o dos motoristas intentando adelantarte. Cristóbal y yo creemos que la federación de montaña no cubre un atropello en estas callejuelas. En realidad, está prohibido circular con motos por aquí, pero son tantos que saben que la policía no puede controlar a todos. Si quieren, que se queden con el número de la matrícula. Al parecer la mayoría ni siquiera tienen papeles.

El humo de miles de motos y coches se mezclan con el de los numerosos puestos de comida. Todavía nadie lo ha estudiado, pero estoy seguro que pasar unos días en Marrakech tiene el mismo efecto que fumar una caja de cigarrillos a la vez. Estos laberínticos callejones huelen a monóxido de carbono, especias fuertes y, según qué rincones, a meados, curiosa combinación.

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Mi País de Nunca Jamás

No tengo muy claro por qué estoy aquí, a más de tres mil metros, intentando dormir al lado de una pareja de polacos que no paran de roncar. Alguna vez he dicho que todo esto del “alpinismo” es una huida y, al mismo tiempo, una búsqueda; huyo cobardemente de la vida en la ciudad buscando el contacto con la Naturaleza. Este es mi País de Nunca Jamás. Aquí sé que puedo vivir, vivir de verdad. La montaña me ha regalado algunos de los mejores momentos que recuerdo. También he pasado algunos muy duros, pero este estilo de vida me llena profundamente. Lo único que hago es seguir a mi corazón…

Bueno, al corazón y a los mapas. Mientras yo escribo estas líneas, Cristóbal está estudiando concienzudamente la cartografía. Mañana intentaremos subir el Ras. Os lo digo muy flojo, no vaya a ser que ese montañón de más de cuatro mil metros se ofenda, pero es nuestro “plan B”. En realidad, deberíamos estar preparando el material para abrir una nueva vía en otro pico. Nuestro programa escrito en casa, bajo un techo, sentados tranquilamente delante del ordenador, lo dejaba bien claro. Sin embargo dicha ruta está orientada al Este, es decir, desde muy temprano le da el sol y la nieve está muy blanda. Hace demasiado calor. No nos parece prudente meternos en una ruta técnica y de 900 metros muy verticales hundiéndonos hasta la ingle. Tardaríamos demasiado tiempo, y en este tipo de escaladas velocidad es sinónimo de seguridad.

Esta habitación está llena de gente muy dispar, y supongo que cada uno tendrá sus diferentes motivos para estar aquí, todos igual de válidos. En las literas de arriba duermen una pareja de vascos con los que hemos estado hablando durante la cena. Sólo llevan tres días aquí, pero han aprovechado bien el tiempo. Esta mañana, por ejemplo, han hecho una vía de diez largos en roca. Se han negado rotundamente a utilizar una mula. Tienen tres petates enormes llenos de material de escalada que han porteado hasta aquí ellos solos. Puede parecer que están fuertes, pero juegan con ventaja: son de Bilbao, así cualquiera.

Las americanas todavía tienen sus sacos de dormir en la mano. Son muy simpáticas, pero no tienen ni idea de montaña. Mientras miraba los croquis de unas bonitas goulottes cercanas, me preguntaron sorprendidas si yo escalaba “esas cosas” y comenzamos a hablar. Al parecer, ésta es su primera experiencia en montaña y mañana van a intentar subir el Toubkal. Están en buena forma, van con un guía marroquí y han alquilado crampones y piolet, seguro que lo consiguen. Esta misma mañana hemos visto a unos tipos en zapatillas y vaqueros intentando subir la misma montaña, aunque no sabemos cómo han terminado.

En la habitación contigua se oyen gritos y risas. Son los tipos que han llegado esta mediodía en helicóptero, les han dejado en la cima del Toubkal y lo han bajado esquiando. Lo llaman “heliski”, últimamente se está poniendo muy de moda. Eso sí, sale caro. Azdour nos contaba alucinando que cada uno había pagado 1.000 euros por día. Notamos que algunos de ellos están un poco mosqueados, el mal tiempo no deja volar al helicóptero y tienen que bajar a la “civilización” andando. Ahora mismo hay un mulero subiéndoles unas botas desde Imlil. Está claro que, por mucho que pagues, la montaña siempre hace lo que le da la gana; qué tía.

Crónica escrita el 31 de marzo de 2012 en el Refugio del Toubal (Louis Netler). Ese día habíamos subido el Toubkal (4.167 metros) por su ruta normal. Se trata de la montaña más alta del Norte de África. A pesar de que subimos grabando un programa para la televisión y Cristóbal se encontraba mal (tenía un fuerte catarro) tardamos mucho menos de lo que dicen las guías. Llegamos los primeros a la cima y pudimos disfrutarla completamente solos.

Al día siguiente subimos el Ras, otra montaña de más de cuatro mil metros (4.083 metros). No vimos a nadie más en toda la ascensión. Casi todos los visitantes de la cordillera del Atlas se acumulan únicamente en la ruta normal del Toubkal, dejando kilómetros y kilómetros de montañas prácticamente solitarias. Debido a las malas condiciones de la nieve, decidimos no intentar subir el cercano Timesguida (4.089 metros).

773 Palabras

Las montañas de Azdour

Ya llevo varios días perdido entre estas grandes montañas y, la verdad, no tengo muchas ganas de encontrarme, o por lo menos de momento. Hemos estado caminando durante horas, desde antes de salir el sol, por tortuosas sendas muy poco frecuentadas. Es la única manera de llegar al pequeño poblado de Azib Tamsoult. En el mapa que llevamos sólo está representado con unos minúsculos puntos, pero aquí viven una decena de familias imazighen, o bereberes, como queráis. El término “bereber” está en la actualidad muy extendido y utilizado, pero muchos lo consideran despectivo; deriva de la palabra “bárbaro”, el nombre que utilizaban los conquistadores romanos para asignar a todo aquel que no vivía bajo su cultura.

En realidad, el nombre original de esta etnia es amazigh, en plural imazighen, que significa “hombres libres”. Ellos prefieren llamarse así. Es, desde luego, un nombre curioso para un pueblo que a lo largo de su historia ha visto cómo romanos, árabes, franceses y españoles ocupaban sus tierras. Habitaron todo el norte de África, desde Egipto hasta la costa atlántica, durante miles de años, mucho antes de la llegada de los árabes (en el siglo VII), pero la presión de las distintas colonizaciones les obligó a huir a algunas de las zonas más inhóspitas e inaccesibles de los actuales Marruecos y Argelia. Establecieron poblados en las abruptas montañas del Atlas, en el Rif o en el desierto. Y sólo de esta forma han conseguido mantener algunas de sus antiguas costumbres: una lengua propia, siguen organizados en tribus, determinadas comidas (como el cous-cous, el tagine, la harira o el pan amazigh), la mujer como base de la unidad familiar…

 

Azdour, nuestro mulero (y, desde hace unos días, nuestro nuevo amigo), es uno de ellos. Viste unos vaqueros descoloridos, zapatillas de deporte y una chaqueta de plumas sin mangas de Tommy Hilfiger que no se quita nunca; da igual que esté caminando bajo el sol o parado en nuestro pequeño refugio a más de dos mil metros. Es un chaval alto, de rasgos alargados y sonrisa fácil. Tiene veinte años y lleva trabajando con las mulas desde que tenía seis, quizás cinco, no lo recuerda muy bien. Estas montañas, algunas con más de cuatro mil metros, son el jardín de su casa. Ya ha perdido la cuenta de las veces que ha subido el Toubkal, la montaña más alta de esta cordillera y de todo el norte de África.

Nos comenta que no son muchos los turistas que vienen a visitar este pequeño poblado. La mayoría prefieren centrar sus esfuerzos en el cercano Toubkal. Excepto algún que otro curioso que se acerca tras fotografiar las cercanas Cascadas d’Irhoulidene, los extranjeros no son muy habituales por aquí. Así que, mientras que otros pueblos ―como Imlil― han podido crecer considerablemente en los últimos años gracias al turismo, los de AzibTamsoult siguen dependiendo de la agricultura y el pastoreo de subsistencia.

Escondiéndose de sus padres, unos niños se acercan curiosos. Como mucho tendrán doce años, pero dos de ellos ya no van al colegio. No pueden jugar durante mucho tiempo con sus amigos porque tienen que ayudar a sus familias. Se han pasado el día cuidando de las cabras, y ahora que está anocheciendo, es hora de devolverlas a su redil.

Una vez han cumplido con su trabajo nos ofrecen un té. En unos minutos encienden una hoguera en el suelo y calientan una vieja tetera. A uno de ellos les llama la atención mis gafas de sol y se las presto. Le coloco la capucha de su desgastada sudadera y al mirarse en la pantalla de mi cámara comenta que se parece a Cristiano Ronaldo; por lo que se ve, en este aislado rincón del mundo también han oído hablar del Real Madrid y del Barcelona, les encanta el fútbol.

No conocen otro idioma que no sea el suyo, y nosotros todavía no dominamos el árabe ni mucho menos el tamazight ―la lengua amazigh que se habla en esta zona―, así que les decimos “shokran” (gracias) con una sonrisa y nos tomamos el té que nos ofrecen, a pesar de que vemos flotar en el vaso un par de pelos negros de cabra. Cristóbal lo prueba primero y al ver la cara que pone no puedo resistirme a preguntarle:

― ¿Qué tal? La suciedad que tiene el vaso y los pelos seguro que son proteínas o algo así. Vamos, de algo nos servirán para la escalada de mañana, ¿no?

Crónica escrita el 30 de marzo de 2012 durante nuestra aproximación al Toubkal. Lo hicimos por el Collado n’Tadat, pasando por el Refugio de Tazaghârt. Para ello, empleamos dos días. En el primero, apoyados por una mula que nos ayudó a portear el material de escalada y nuestro amigo Azdour, salimos de Imlil y dormimos en AzibTamsoult. El segundo día Cristóbal y yo estuvimos completamente solos explorando las montañas al suroeste del macizo del Toubkal, superando numerosos corredores, rapelando, sin rastro de alguna señal humana, sin huellas (¡tuvimos que abrir nuestra traza en la nieve hundiéndonos hasta la ingle!) y con una cartografía que deja bastante que desear. Resultó una jornada larguísima y agotadora.

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