Soy un “gallina”

Llego a la cima jadeando. No hay nadie más. Sin querer, ahuyento a un pequeño acentor alpino que sale volando asustado, o sorprendido de lo que nos cuesta a los humanos subir sus montañas. Todavía con el pulso alterado por el esfuerzo, hago algunos estiramientos aprovechando el vértice geodésico (también conocido como el-mojón-cemento-cómo-se-llame-de-las-cimas). Tengo la respiración tan acelerada que apenas puedo contar los segundos que permanezco en cada postura. La última subida ha sido de las duras.

No muy lejos de aquí está la ciudad de Madrid. Escondida tras una capa grisácea, puedo distinguir algunos de los edificios más altos. Hoy es viernes y todavía es muy temprano, seguro que están llenos de trajes, corbatas y tacones, las calles a rebosar de coches… No puedo evitar un escalofrío. Me pongo en marcha de nuevo. Mientras tanto, intento pensar en otra cosa: si hay algo más estúpido que subir una montaña, eso es subir una montaña corriendo, ¿o no?

Justo entonces recibo un SMS. ¡Vaya por Dios! ¿Aquí también hay cobertura? Lo abro solamente porque leo que me lo ha enviado uno de mis amigos. Son noticias de “allí abajo”. Al parecer, ayer estuvieron en la Cervezada de Ciudad Real. Dicen que se van a acostar ahora mismo y que les ha pasado de todo. El lunes en el instituto me contarán anécdotas en las que aparecen cubos —de esos que son de plástico, azules y con el asa metálica― llenos de zumo de cebada, conducción extrema para evitar los controles de la policía por caminos polvorientos y, por lo menos bajo los efectos del alcohol, laberínticos… Si no fuese por ellos, los findes sin salir al monte serían insoportables.

Sonrío y sigo corriendo. No tengo ninguna prisa, estoy justo donde quiero estar, en la montaña, pero necesito entrenar. Dentro de unos días me voy al Atlas marroquí. Una vez más, he usado la excusa de la escalada para poder conocer nuevos lugares, y encima ha vuelto a colar. Nos vamos a salir de los caminos habituales, por eso de llevar la contraria a los demás. Además, intentaremos abrir una nueva vía o, por lo menos, subiremos por una ruta que no tenemos noticia de que alguien la haya hecho; tampoco nos importa mucho, ¡qué más da!

Termino el día escalando en La Pedriza. El tímido sol del atardecer pinta el característico granito de naranja. Le he cogido el gustillo a esto de la escalada en adherencia. Sin prisa, evitando hacer mucho ruido y sin estrés, voy alejándome del suelo. Ahora los buitres, en vez de esperar para llenar sus buches conmigo, parece que sólo me miran perplejos, sin saber para qué sirven los cacharros metálicos que hemos taladrado en la roca o qué es esa cuerda que llevo atado a la cintura.

Desde el suelo, con las dos patas delanteras apoyadas sobre la roca, mi perro Marqués también está atento a todos los movimientos. Por mi parte, sólo intento disfrutar del momento. Los alejes entre las chapas me dan miedo, pero no tanto como la ciudad. Supongo que soy un gallina. Me anclo en el descuelgue y aviso a los de abajo que me voy a quedar aquí un rato. Los pies de gato, casi tres tallas menores que mi calzado de calle, me aprietan, pero no quiero bajar. Sé que pronto tengo que volver al asfalto, donde, como el acentor alpino o los buitres, no entiendo nada.

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