Bajas presiones en el Mulhacén

No sé qué hacer. Estoy metido en mi saco con la mirada clavada en el techo. En el Refugio-vivac de la Caldera sólo quedo yo y dos tipos que charlan animosamente con acento argentino. Hace un tiempo que había perdido el hilo de su conversación. Con el segundo porro sus reflexiones habían dejado de ser coherentes. Mientras que uno habla el otro da una calada, cierra los ojos, expulsa el humo y luego se lo pasa a su compañero, quien vuelve a repetir meticulosamente el mismo ritual.

Furiosas ráfagas de viento helado golpean constantemente en Refugio, y el ruido que provoca es terrorífico. No paro de pensar en mis compañeros. Joan y Martín están allí afuera, escalando la Cara Norte del Mulhacén. Yo les iba a acompañar, pero no me pareció lo más prudente. Habíamos consultado en casa el parte meteorológico, la tormenta no estaba prevista hasta la tarde-noche, pero las nubes estaban evolucionando demasiado rápido, la visibilidad disminuía por minutos…

Aún así de madrugada nos pusimos los crampones y empezamos a andar. Las nubes todavía nos dejaban ver la cima del Mulhacén iluminada por la casi fantasmal luz del alba. Le pedí clemencia, pero me respondió con una todavía más violenta ráfaga de viento que nos animó a aligerar el paso. «¡¡Vamos espartanos!!», grité a mis compañeros.

Apenas habían pasado diez minutos y ya había perdido la sensibilidad en los dedos, los tenía como de cartón-piedra. Respiré profundo y tomé una decisión: «Yo me voy al Refugio, no lo aguanto más. Vosotros hacer lo que queráis, pero a mí no me mola como se está poniendo la cosa. Todo esto me recuerda a mi ascensión al Mont Blanc, y ya lo pasé bastante mal entonces. Tomad todo el material que tengo en el arnés y mi mochila. Tened mucho cuidado. Nos vemos luego».

Anoche habíamos decidido subir sólo con dos mochilas que nos iríamos turnando con el mínimo de material para ir mucho más ligeros y rápidos. Una de ellas era la mía, así que se la di a Martín y me marché al Refugio.

Han pasado ya muchas horas de todo esto. Hace unos minutos había subido al Collado del Ciervo ya que desde allí creía que iba a poder ver a mis amigos. Las nubes se despejaron por unos minutos y pude observar toda la Cara Norte del Mulhacén. Achiné los ojos e inspeccioné toda la ruta. Puse especial atención a la parte alta, por donde creía que deberían estar. No vi nada. En seguida las nubes volvieron a tapar toda la pared y seguir allí, en el collado, era ridículo.

La tormenta está empeorando. No puedo quedarme aquí parado más tiempo. El camino de vuelta transcurre durante casi todo el tiempo a más de tres mil metros y es muy expuesto al viento. Quiero irme ya, pero eso supondría dejar solos a Joan y Martín. Ellos tienen GPS, abrigo suficiente y comida de sobra, pero si les pasase algo…

Me levanto de golpe y meto todo lo que encuentro en la mochila de Martín. La lleno hasta que no cabe nada más. Estoy seguro de que pesa más de quince kilos, pero en este momento me da igual. Pido a los argentinos un papel y un lápiz. En un principio no me entienden y se lo tengo que repetir. Sin decirme nada uno de ellos se levanta y me da ambas cosas. Quiero dejar una nota a mis compañeros. Me voy.

Me odio por lo egoísta de mi decisión, pero ya la he tomado. Vuelvo a subir por última vez al Collado del Ciervo, pero es inútil. No se ve nada, las nubes han tomado toda la montaña. Me guardo la brújula y el mapa debajo de mi chaqueta y me preparo para sufrir. La montaña me escupe trozos de hielo arrancados del suelo por el viento. Volví a gritar.

«¡¡Vamos espartanoooooos!!»

709 Palabras

Un fin de semana en Londres

Hace mucho viento. Nunca había visto el cartel del pub The Eight Bells moverse tanto. Las farolas iluminan con una tenue luz amarilla los sucios y grises ladrillos de las casas, que contrastan con las alegres y cortas minifaldas de las londinenses. Todas van al pub, que parece ser el único sitio con vida en kilómetros, y lo digo casi literalmente; entre las casas y un parque donde juegan los niños por la tarde, está el cementerio.

El camarero anuncia a gritos que va a tener que cerrar muy pronto, lo obliga la ley. Sin embargo, no parece importarle a nadie. Todo el local huele desde hace horas a cerveza y estoy seguro de que algunos tienen tanto alcohol en su sangre que podría utilizarse para curar heridas. Es viernes, y aquí es costumbre al salir del trabajo dirigirse al pub más cercano.

Londres es una ciudad extravagante, o por lo menos lo es más que mi pueblo. Un buen sitio para comprobarlo es Covent Garden. Allí los espectáculos callejeros se suceden uno detrás de otro, ininterrumpidamente, hasta que empieza a llover. Un tipo con el pelo teñido de azul que hacía trucos de magia fue sustituido por otro que pasaba todo su cuerpo a través de una raqueta de tenis sin cuerdas mientras contaba chistes. Mi favorito era uno que interaccionaba con los transeúntes. Le sacó brillo a la cabeza de un calvo con un trapo que tenía en el bolsillo, abrazaba a las chicas, controlaba la circulación de las personas con su silbato, se tiraba al suelo simulando un ataque al corazón delante de las parejas que paseaban tranquilamente… Cualquiera que anduviese cerca ajeno a su función pasaba a ser su víctima.

Os recomiendo pasar un rato allí. A mí me ha servido para reconciliarme con la palabra “espectáculo”, hoy en día tan desprestigiada. Y es que todavía hay algunos que la utilizan para nombrar esa basura que la gente con mucho dinero quieren que nos traguemos en la tele.

Otro sitio que no os podéis perder en Candem. Nada más salir del metro dragones, robots, marcianos y unas zapatillas gigantes empotradas en las de las fachadas de las tiendas, avisan al visitante de que no se está en un mercadillo al uso. En las primeras tiendas todavía se pueden ver horteras tazas de porcelana con fotos de la monarquía británica mezclados con cachimbas y todo lo necesario para comprobar su correcto funcionamiento in situ; conforme te vas adentrando en ellas van más al grano. Puedes encontrar desde porros empaquetados de fábrica en cajas de plástico como si fuesen un juguete, hasta lo último en estética gótica para la nueva temporada de primavera 2012. En unos pocos metros pasas de oír alguna canción en directo de Bob Marley a ruidosas guitarras y gritos guturales. Y todo ello mezclado con los intensos olores de los puestos de comida tailandesa, india, etíope…

Si, como yo, no bebéis, ni fumáis, entrenáis y, aún así, os gusta la montaña, no podéis dejar la ciudad sin castigar vuestros músculos en alguno de sus parques. Los hay por todas partes y son enormes. Cuando las nubes dan un respiro a la ciudad y dejan salir el sol, los parques se llenan de gente. No todos los londinenses se pasan las mañanas de los sábados tumbados en la cama, intentando superar las inevitables resacas de las pintas, algunos también salen a correr.Las numerosas ardillas corren de un lado a otro en busca de comida entre elegantes gentlemans a los que sólo les falta una taza de té en la mano. Mientras tanto, señoras con el pelo canoso y recogido como si se tratasen de coles grisáceas gracias a la ayuda de varios kilos de laca, pasean con perros tan pequeños que ni siquiera les llegan a los tobillos. De vez en cuando conviene parar un rato para cerciorarse de que no estás en un decorado de la película Mary Poppins.

704 Palabras

“La Araña” IV, WI3+, 130 m.

Estamos en el primer largo de La Araña. Yo me encargo de asegurar a Diego, que está unos metros más arriba colocando un friend en una fisura de la roca. Es la primera vez en mucho tiempo que escala una cascada de hielo de primero. Hace unos años sufrió una peligrosa caída en otra vía cercana, picó suelo y se rompió un tobillo. Bajó con muchas dificultades al Refugio Elola y tuvo que ser evacuado en helicóptero desde allí. La lesión era mucho más grave de lo que creía, le operaron en el hospital de Toledo. Sin embargo, ahora ya está totalmente recuperado y va a por todas. Pedro mientras tanto le va dando indicaciones a mi lado. El estado del hielo no es el mejor, casi nos podemos ver reflejados en él. Es difícil clavar los piolets, estalla a cada golpe y continuamente nos están cayendo trozos del mismo. Hay que andarse con cuidado. Hace poco me había caído uno bastante gordo en todo el careto, justo en el entrecejo. Unas gotas de sangre deslizan por mi nariz…

A lo lejos veo el refugio donde hemos pasado la noche, minúsculo comparado con los picos que lo rodean. Algunos piensan que dormir en mitad de la montaña es algo idílico e incluso romántico, nada más lejos de la realidad. Hoy al despertarme lo primero que he oído ha sido un buen pedo. Todavía no había amanecido y mi habitación estaba llena de personas roncando a las que no conocía de nada. Intenté salir corriendo, allí quedaba menos oxígeno que a ocho mil metros.

Al poco tiempo oímos gritar a Diego que ha montado una reunión. Ya podemos subir, y menos mal porque me estaba quedando más helado que las cascadas. La temperatura, aquí, en la sombra, donde todavía no calienta los rayos del sol, debe rondar los cinco grados bajo cero. Los primeros metros son fáciles, pero en seguida entramos en calor. Nada más comenzar nos encontramos con un pequeño resalte de roca que superamos prácticamente sin problemas. terreno mixto (nieve, hielo y roca) deja paso a una bella pared de hielo.

Sólo faltan unos pocos metros para la salida, pero no puedo más. Estoy terminando el segundo largo. El hielo me parece más vertical de lo que realmente es. Lo intento con todas mis fuerzas, pero los piolets nunca se clavan lo suficiente. No sé lo que me pasa, de repente me siento totalmente agotado, empiezo a encontrarme realmente mal*. A cada golpe me doy en los nudillos y el hielo estalla directo a mi cara. Todo este titánico esfuerzo no sirve de nada. Voy de segundo, así que me quedo unos minutos colgado descansando. Cuando por fin puedo salir de allí me siento en el frío suelo cubierto de nieve, resoplando. Mis compañeros me comentan que la cascada es mucho más difícil y dura de lo habitual mientras me ofrecen su comida. Todavía tengo el pulso acelerado y las manos me tiemblan.

Salimos por la Canal Oculta, quizás la forma más rápida de volver al Refugio. Se trata de un corredor encajonado de no más de 50 grados de inclinación. Guardamos las cuerdas en la mochila y lo subimos cada uno a nuestra bola. La salida del mismo es espectacular, por fin nos da el sol y puedo pararme sin tiritar a contemplar el paisaje. Unos buitres leonados vuelan muy cerca de nosotros, ¿lo hacen demasiado bajo o somos nosotros los que estamos muy altos? Le pregunto a Pedro por los nombres de las montañas que vemos y me los va diciendo uno a uno: el Ameal de Pablo, El Perro que Fuma, Los Hermanitos, el Almanzor… Decenas de picos, centenares de vías posibles. Todavía me encuentro mal, pero mientras miro a mi alrededor pienso que podría ser peor. Seguro que más de uno ahora estará en un centro comercial. Espero que no. Quién sabe, pero puede que incluso haya gente que esté viendo la caja tonta. Intento respirar tranquilo y pienso que, después de todo, “esto de las montañas sí merece la pena”.

* Dos días más tarde, cerca de casa, saldría a correr y volvería a sentirme igual. Incluso vomité. Asustado, me dirigí al médico, quien me aseguró que tenía un virus. Al parecer, ese fue el causante de mi malestar. Qué oportuno…

P.D.: ¡Gracias Pedro por tus fotos!

782 Palabras

¡Al Otro Extremo del Desafío en los Alpes!

Al Otro Extremo del Desafío 1×01 – ‘Alpes, cuatromiles en Suiza’

En este primer capítulo de los dos que vamos a dedicar a nuestro viaje a los Alpes intentaremos escalar tres montañas de más de cuatro mil metros de altitud: el Bishorn, el Weissmies y el Lagginhorn. Unas temperaturas inusualmente bajas y el mal tiempo no nos van a poner las cosas nada fácil…

Al Otro Extremo del Desafío 1×01 – ‘Alpes, cuatromiles en Suiza’

Al Otro Extremo del Desafío 1×02 – ‘Alpes, el Mont Blanc’

¡Seguimos en los Alpes! En el anterior capítulo subimos tres picos de más de cuatro mil metros de altitud en la parte suiza y ahora intentaremos escalar el Mont Blanc du Tacul y el mítico Mont Blanc, la montaña más alta de Europa Occidental.

Al Otro Extremo del Desafío 1×02 – ‘Alpes, el Mont Blanc’

154 Palabras