La contradicción del alpinismo

Me he ganado más de una colleja cariñosa de mis amigos. Muchas veces mientras hablamos mis ojos se me van inconscientemente a alguna fachada cercana y pienso que podría escalarla. A veces estoy tan concentrado que ni siquiera les escucho, y ellos lo saben. Saben que mi mano está apoyada en la pared buscando algún agarre sólido para mis dedos y, aunque sigo parado en el mismo sitio, mi mente está a varios metros del suelo intentando sacar el paso clave. Así, el período de tiempo que transcurre entre escalada y escalada es menos aburrido.

Ayer estuve durmiendo en el Refugio-vivac de la Caldera. No es un sitio muy confortable para pasar la noche, pero supongo que nada puede serlo a más de tres mil metros. La puerta estaba rota y apenas la pude cerrar, el frío viento entraba congelándome. El Refugio es lo suficientemente grande para que no pueda calentarlo mi cuerpo (y lo suficientemente pequeño como para que se llene del olor de los calcetines humeantes y malolientes de algún montañero…).

Esa noche estaba completamente solo, en mi sitio. No sé por qué, pero siempre coloco mi saco de dormir en la parte izquierda. Supongo que es una de esas manías tontas que, a ojos de un psicólogo, podrían significar que estoy loco, desequilibrado… ¡o vete tú a saber qué!

Estaba allí después de haber subido el Veleta, el Cerro de los Machos y el Puntal de la Caldera, tres tresmiles, abriendo huella en solitario. A cada paso que daba me hundía, a veces, hasta la rodilla. Si Jon Sanz hubiese estado diría que esa mañana pude disfrutar de «la montaña verdadera, tal y como es en la naturaleza, sin ser transformada por el hombre».

Lo último que quería era seguir despierto. Quería cerrar los ojos y no volverlos a abrir hasta que los rayos del sol volvieran a calentar la atmósfera, calzarme los crampones descansado y comenzar a andar. Sin embargo, intuía que iba a ser una noche muy larga. Me puse toda la ropa que tenía y aún así tenía frío. Me levanté varias veces y me puse a hacer flexiones para entrar en calor.

Mientras tanto, no podía evitar pensar en “la vida normal”. En mi casa estaría tumbado en un blando colchón, calentito por los radiadores y mi grueso edredón de plumas, a unos pasos del frigorífico donde sólo tengo que abrirlo para poder comer lo que quiera. O quizás podría estar con mis amigos, visualizando en la fachada de cualquier casa una ruta que en realidad no existe y que me llevaría a la ventana del segundo piso.

En mi pueblo creía que necesitaba escalar más que nada, pero entonces, cuando por fin había logrado escapar del aire enrarecido por cientos de tubos de escape, del cómodo asfalto y las tranquilizadoras ondas de la cobertura telefónica, lo único que quería era volver abajo. Es la contradicción del alpinismo. Sin embargo, y por fortuna, ese pensamiento dura poco.

De nuevo salió el sol. La temperatura rozaba los cero grados, pero no había ni una sola nube en el cielo. Al fondo se veía otro continente: África. Los días claros de Sierra Nevada tienen esa particularidad, se pueden distinguir perfectamente las montañas del Rif, en Marruecos. Algo menos de 200 kilómetros separan la arena del desierto del incesante y gélido viento de las cumbres que, aunque ahora más calmado, azotaba continuamente mi careto. Dos mundos totalmente distintos.

El desayuno lo compusieron un par de barritas energéticas asquerosas y las “sobras” de la cena de ayer, suficiente. Seguí avanzando por mi camino, que no es el de nadie más, solo y abriendo mi propia huella en la nieve; totalmente libre. Sin ceda el paso, limitaciones de velocidad, líneas continuas o intermitentes… Allí arriba no hay reglas, pero claro, tampoco hay señales triangulares advirtiendo los tramos peligrosos. ¿Ese es el precio de la libertad? Puede que no sea tan inútil esto de escalar montañas.

713 Palabras

De cómo escapar del canto de la sirena más bella

Lo más difícil es entender una montaña de 8.000 metros, valorarla y tenerla en la cabeza. Un ochomil no se sube con las piernas, se sube con la cabeza. […] Una montaña es algo que tú llevas en tu interior, si eres incapaz de asumirla, nunca podrás escalarla. […] Cuando voy a una montaña grande, lo primero que hago es intentar comunicarme con ella, verla, sentirla y dejar que entre en mi. Para intentar realizar una actividad más o menos difícil lo primero que hay que hacer es concentrarse en la parte psicológica, el entendimiento con la montaña. Si no consigues eso, no puedes hacer nada.

Una vez asumido ese reto en tu mente, hay que hacerlo físicamente. […] Si físicamente estás bien te podrás enfrentar a la montaña: tú y ella, para mí, el juego más limpio de todos.

Jordi Tosas

En los últimos días un montón de medios de comunicación se han interesado por mi proyecto. No surgió de la noche a la mañana, le di forma tras meses de reflexiones. Lo llamé “Al Otro Extremo del Desafío”, y con él pretendo organizar varias expediciones relacionadas con la montaña. En una de ellas, la más exigente, intentaría subir el Cho Oyu, la sexta montaña más alta del mundo.

Creo que yo no elijo las montañas que quiero escalar, si no que son ellas las que me eligen a mí. Me gusta pensar en ellas como unas sirenas, con una voz tan dulce que, si las oyes, no puedes escapar de ellas y, a veces, pueden llegar a ser igual de mortales.

El Cho Oyu me había llamado, y aunque sé que tanto él como yo podemos esperar, dije en una entrevista que lo iba a intentar escalar el año que viene. Sé que estoy preparado para hacerlo, pero realmente no es la “progresión lógica” de la que hablan los manuales de alpinismo. Lo dije porque un ochomil vende.

Yo por lo menos lo admito. Si soy sincero, he dejado de escalar para mí. Lloré. No me gusta la presión, voy a las montañas porque allí soy libre y al escalar para los demás esa libertad se esfuma. Me preguntaba si en las altas cumbres, el único lugar donde todavía me podía sentir realmente libre, ya no lo era, dónde podría serlo.

Tenía las mejillas empapadas por mis lágrimas. Por un momento pensé en acabar con todo lo que he conseguido: las entrevistas, las conferencias, el blog, el programa de televisión… todo el proyecto. No pude hacerlo. Recuerdo que tuve una conversación conmigo mismo. Una parte de mí intentaba convencer a la otra de que “escalar para los demás” no es tan malo. Me pregunté qué era lo que quería y no sabía responder.

Necesitaba escalar. Necesitaba que el aire frío me azotase la cara. Elegí las montañas de la Sierra de Guadarrama. Me até bien fuerte los cordones de mis botas y empecé a correr. Llegué a una primera cima, pero no fue suficiente, necesitaba más tiempo para pensar. Bajé a toda prisa y subí otra montaña, y luego otra…

Llevaba la mochila prácticamente vacía. Algo de ropa de abrigo, un poco de agua, una barrita energética del Carrefour de las que tan poco me gustan y un pequeño botiquín muy básico era el único lastre que tenía que llevar colgado en la espalda. No me pesaba nada y podía permitirme ir realmente rápido.

De repente paré en seco. Había llegado a una conclusión, ya no tenía por qué seguir. Por primera vez en horas dejé de mover las piernas. Me senté en el frío suelo e insulté en voz alta al Cho Oyu. No quería saber nada de él. Me desahogué con una piedra y miré al cielo: las nubes se estaban juntando demasiado deprisa y el viento cada vez soplaba con más violencia. Era hora de volver a mi cómodo sofá, de hacer el hueco de mi culo todavía más grande mientras contemplo asqueado la campaña electoral y las demás cosas “de aquí abajo” en la televisión.

Hoy ya le he pedido perdón miles de veces. Nunca me había pasado nada parecido con una montaña, ni siquiera había hecho algo así con una persona, y eso que hay algunas a las que odio de verdad. No sé si la Diosa Turquesa habrá aceptado mis disculpas. Aún en la época del iPhone y demás cacharros, no se puede hablar con ella a través de un e-mail o por teléfono, hay que ir más allá. Lo único que sé es que ya no está en mi artificial agenda del 2012, ahora está en mi corazón.

842 Palabras

Conferencia de ‘Al Otro Extremo del Desafío’

Con motivo de la I Competición de Escalada de Valdepeñas (Ciudad Real), que se organiza desde el Club-Asociación Tyto Alba, se realizará una conferencia a cargo de Pablo Moraga, joven alpinista que está embarcado actualmente en su proyecto “Al Otro Extremo del Desafío”. Va a estar cargada de anécdotas y podréis ver imágenes de sus tres últimas expediciones. No os la perdáis el Martes 15 de Noviembre a las 19:30h en el Centro de Juventud.

82 Palabras