Hornos de Segura

Eran las siete de la mañana de un domingo y no había ni un alma en la calle. Me encontraba en Hornos, aunque entonces ni lo sabía, para mí simplemente era “el pueblo donde habíamos dormido”, uno de esos a los que sólo se puede llegar a través de estrechas carreteras llenas de curvas en los que es mejor no pensar qué pasaría si ocurriese un accidente. A veces, un simple viaje por carretera puede llegar a ser más peligroso que cualquier montaña.

Es un pequeño pueblo, tanto que no puedes correr muy rápido porque te saldrías de él. Está rodeado de pequeñas huertas y olivares donde los rabilargos acuden masivamente buscando alimento. Son unos pájaros muy curiosos que sólo se pueden ver aquí y en el extremo oeste de Asia. En el resto del mundo no hay ni uno, y todavía no se sabe por qué ambas poblaciones están tan separadas. Mientras que cada vez más británicos, alemanes y estadounidenses vienen de sus países sólo para verlos, aquí son espantados con el garrote de los agricultores.

Solamente una ruidosa moto consiguió interrumpir la tranquilidad del pueblo. Encima de ella viajaba un chaval, de quizás dos o tres años más que yo, con su chándal de los sábados marca “Adidos” y el casco en la mano izquierda, no fuera a estropear la cresta que, por cierto, había conseguido aguantar derecha toda la noche. Deduje por su cara que había sido una noche bastante larga para él… o muy guapa, según las motivaciones.

Unos cazadores marchaban con una sonrisa de oreja a oreja a toda prisa cargados con sus potentes armas. Charlaban con acento andaluz animosamente sobre sus anécdotas en otras cacerías: que si una vez pillé a un jabalí así de grande, que si en esta finca hay tantas perdices… Desgraciadamente, otro año más ha comenzado la temporada de caza.

Cuando los cazadores subieron todos sus perros en un estrecho remolque y vio que ya no había peligro, un gato se me acercó maullando. Como tenía collar y no parecía tener ninguna enfermedad peligrosa me agaché y le acaricié. Él, lejos de mostrarse tímido o defenderse arañándome con sus garras mi careto, empezó a ronrronear. Me gustan los animales, hay algunos que me caen mejor que muchos humanos, y éste parecía “buena gente”. Será porque soy un burro…

Después me fui a desayunar, tenía hambre. El estómago me daba puñetazos desde dentro pidiéndome que lo llenase y yo no soy quien para desobedecerle. Si hay que comer, se come. Me tomé un par de tostadas de oliva con tomate en el único bar que me encontré abierto.

Con un plato así delante las cosas se ven de mejor manera. Incluso llegué a pensar que, después de todo, no es tan malo madrugar. Por supuesto, hoy he cambiado de opinión; el desagradable timbre del despertador ha sonado a las ocho de la mañana, tenía que prepararme para ir al instituto. Creo que estaba soñando con alguna montaña…

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Las estrellas

No podía dormir. A mi lado estaba Pablo dando vueltas pero sorprendentemente sobado. Mi tocayo nunca había dormido tan alto, pero ahí estaba, haciéndolo a pierna suelta. Le había llamado varias veces, flojito para no despertar a los demás, y no me había respondido. Le envidiaba, y no precisamente de una forma sana, pero al día siguiente me confesó que había pasado una noche casi tan mala como la mía.

Estábamos a más de tres mil metros de altura en el Refugio-vivac de la Caldera, en mitad de Sierra Nevada. Intenté mirar la hora en mi móvil pero no lo encontré. Aún así tenía la seguridad de que era muy tarde, hecho nada aconsejable para quien pretende madrugar.

Decidí darme una vuelta. Antes de acostarme había dejado la linterna frontal “a mano”, pero tampoco la encontré, supongo que estaría con el móvil. Salí del saco caliente a ciegas y tras dar dos pasos tropecé con algo. Todavía no sé qué era, pero el estruendo que provoqué fue enorme. Me detuve unos segundos esperando a que alguien se acordase de mi familia, pero nada, lo único que se escuchaba eran los mismos ronquidos que nos habían estado acompañando toda la noche. ¡Ufff, menos mal! Es curioso, siempre es “el tío que ronca” el primero que consigue dormirse en los refugios, parece ser que la Ley de Murphy no entiende de alturas. No todo va a ser bueno…

Cuando por fin logré salir me recibió una violenta ráfaga de vientro helado. Me subí la cremallera del plumas hasta arriba y miré al cielo. Hacía tiempo que no veía brillar tanto las estrellas. Las había por todas partes y no faltaba ni una: la Estrella Polar, “El carro”, Casiopea, Orión, la desordenada Vía Láctea… Incluso llegué a ver alguna estrella fugaz. El espectáculo era tremendamente bello. ¿Habrá montañas por ahí arriba? Si es así yo quiero subirlas.

Estuve a punto de despertar a Pablo, pero al final no lo hice. «Imagínate si le sienta mal, no quiero que me pegue, estoy seguro de que “me puede”. Me gusta ver las estrellas, pero en el cielo, no en mi cabeza», pensé. Así que en silencio y con cuidado de no tropezarme con nada más, volví a mi saco de dormir. Además, empezaba a tener frío.

Al día siguiente nos fuimos al Mulhacén. Era la primera vez que mi amigo Pablo subía una montaña. La última parte le pareció dura, pero a un ritmo lento y constante lo consiguió e hicimos cumbre juntos. Cansado, casi me manda a la mierda cuando le propuse subir también la Alcazaba. Entonces él ni lo intuía, pero ahora también está enganchado, le gustó. ¡Mira que se lo advertí! Ya estamos pensando en la siguiente.

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