La evolución

Unos metros más arriba veo brillar el siguiente parabolt. La vía va por aquí, eso seguro, ¿pero cómo sigo? La roca es prácticamente lisa y no hay donde agarrarse. Me relajo e intento buscar alguna presa con la mano derecha. ¡No hay nada! Sólo encuentro unos minúsculos granos, casi microscópicos, de cuarzo a los que me aferro sin dudarlo, pero no es suficiente. No me queda otra que confiar en que mis pies de gato aguanten sin resbalar. La roca es como una lija y estoy seguro de que si me caigo, me voy a encender como una cerilla. Esperándome lo peor aguanto durante unos segundos la respiración y tiro p’arriba… ¡Lo he conseguido, he pasado la parte más difícil de la vía!

Las pequeñas regletas y los cristales han destrozado mis yemas, pero tengo que continuar. Es la primera vez que escalo en granito, donde la adherencia lo es todo, y me cuesta. No tiene nada que ver con la cuarcita de Moral de Calatrava o a la caliza del Pantano de Peñarroya, donde escalo habitualmente. Los seguros alejados y la ausencia de agarres requieren mucha más concentración y equilibrio. Mola, es lo que se llama un “fliñe”, una mezcla entre flipar y jiñar.

De repente una lagartijilla me adelanta superando sin aparente esfuerzo los mismos pasajes que hace unos segundos tanto me hicieron sudar. Qué ridículo le debo parecer subido en “su roca”. No sé en qué estaría pensando, pero me la imagino riéndose de mí, cargado con cuerdas, seguros, arnés… y ella a pelo. Dicen que los humanos estamos en la cúspide de la evolución, que somos muy superiores al resto de los seres vivos, pero lo dudo mucho.

Unos metros más abajo, en el suelo, están Juan, David y Sergio. Juan, que ahora se encarga de asegurarme atento a mis movimientos, ha sido quien me ha invitado a venir. Nos conocimos hace casi un año en Pirineos, en el Valle de Benasque, cuando coincidimos en un curso de alpinismo en una semana en la que nos hizo un tiempo de perros. Por el contrario, a David y a Sergio les conozco desde hace sólo unas pocas horas en el coche de Juan, pero ya les considero amigos.

Ellos también se han dado cuenta de la presencia del pequeño reptil y empiezan a dejar correr su imaginación. Mientras sigo subiendo oigo cosas como «¿No te gustan las arañas? Las muy capullas se pueden fabricar su propia cuerda. Molaría ser como ellas, ¡nos ahorraríamos una pasta!» o «¿Quién quiere “la Play” pudiendo volar como los pájaros?». Las conversaciones pueden ser bastante raras un día de escalada.

P.D.: ¡Gracias a Sergio por las fotos!

483 Palabras

Vuelta a la rutina

Es septiembre y acaba de comenzar un nuevo curso, Segundo de Bachillerato. Todavía con los pantalones cortos, símbolo indiscutible de las vacaciones de verano ‒a mí parecer cada vez más cortas‒, voy cada mañana, casi arrastrándome, al instituto. Nunca me ha gustado madrugar.

El ambiente está tenso. Desde la primera hora, todavía con los ojos legañosos y bostezando, todos los profesores nos ametrallan constantemente con lo de que este es un año crucial, que tenemos que estudiar mucho… Vamos, lo mismo de siempre, pero ahora con las pruebas de acceso a la universidad cerca.

Ya ha pasado más de un mes de nuestra aventura en los Alpes y aún así, de vez en cuando, apoyado sobre mi soso y viejo pupitre verde, recuerdo algunos momentos. Todavía me sigo riendo con “lo de los flanes”. Esa noche nos tocaba hacer la cena y habíamos comprado unos flanes a los que les íbamos a echar nata por encima. «¡Es el postre perfecto! Fácil de hacer, le gusta a todo el mundo y es muy resultón, podemos decir que le hemos dado a la nata la forma del Cervino», pensábamos, tan prácticos como siempre.

Pero nuestros dulces flanes habían desaparecido. Manuel los dejó en el frigorífico que compartíamos con todo el albergue y cuando anocheció ya no estaban… ¡Nos lo habían robado! En un principio creíamos que era una broma de los nuestros, pero tras varias duras y serias interrogaciones nos quedamos sin esa hipótesis y sin postre. Estuvimos por los menos dos días mirando sospechosamente a todos los huéspedes del albergue hasta que, tras sacar unas latas del frigorífico, nos dimos cuenta de que estaban “al fondo del todo”.

También recuerdo con cierta nostalgia el día que hicimos cumbre en el Mont Blanc. En la calle los termómetros marcan ahora 37ºC y hace sol, pero en aquella ocasión la temperatura bajó de los -30ºC, soplaba un viento endiablado, la visibilidad era nula, todo se nos congelaba en cuestión de segundos… Pero lo conseguimos. Muy poca gente pudo subir aquel día. Aunque no se veía nada, no pudimos disfrutar de las vistas, fue espectacular.

El desagradable estruendo del timbre es prácticamente el único que me hace volver a la realidad. ¡Nos vamos! Por suerte, hoy es viernes y tengo dos días de descanso. Me voy a una pequeña escuela de escalada deportiva cerca de casa, en Moral de Calatrava. Mentalmente repaso el material que tengo que preparar: pies de gato, cintas, cuerda… No quiero que me falte nada.

Escalar no es sólo subirse a una piedra, es romper con esa rutina tan poco me gusta, mirarla a la cara y desafiarla. Con las manos manchadas de magnesio, la respiración alterada por el esfuerzo de un paso difícil y a varios metros del suelo, me siento libre. En ese momento sólo pienso en el siguiente movimiento. A veces, como mucho, también en lo lejos que está la última chapa. Cuando estoy ahí arriba todo lo demás no importa. Por un momento no formo de ese rebaño que nos hace a todos iguales.

Pero luego no me queda otra que volver al redil. Qué pena que en seguida lleguen los lunes. Nadar contra corriente no es fácil.

576 Palabras

Taller de vídeo en montaña con Emilio Valdés

La noche anterior lo habíamos planificado todo para poder estar en la Librería Desnivel antes de las cinco de la tarde, pero los estúpidos imprevistos y los errores de última hora provocados por las prisas hicieron, una vez más, que nada saliera como esperábamos. Ya llegaba quince minutos tarde cuando tuvimos que parar a echar gasolina a la furgo.

Lo aproveché para estirar un poco las piernas después de estar casi dos horas sentado sin poder moverme. Me parecía que los números del contador de los surtidores avanzaban muy lentos, mucho más de lo habitual. Mientras me impacientaba inútilmente, se acercó el gasolinero, ya entrado en años:

— ¡Hola! ¿Qué tal?
— Bien, gracias −le digo mientras me estrecha la mano efusivamente, como si nos conociéramos de toda la vida−.
— ¿A dónde vais, a Madrid?
— Sí.
— Menudo sitio, pero tú no eres de allí, ¿verdad?
— No, yo soy de un pueblo de Ciudad Real…
— ¡Pues seguro que allí se vive mejor!

Tiene razón, Madrid es un lío.

Para sorpresa mía, la entrada a la ciudad no estaba demasiado colapsada, pero luego el GPS nos quiso meter en un barrio residencial y tuve que bajarme del coche y empezar a correr por las estrechas calles cercanas a la Plaza de Santa Ana, el Barrio de las Letras. Aún con prisa, me iba fijando en todos los detalles: una pequeña peluquería abandonada desde hace años cuyos dueños no se quebraron los cascos al ponerle el nombre, “Peluquería Cabello”; una señora mayor con zapatillas de fieltro que manoseaba todas las ciruelas en la puerta de una frutería hasta que se decidió por una y se la metió en el bolsillo; pintadas y carteles anunciando manifestaciones…

Cuando yo aceleraba, la mochila se movía por todos lados, pero tenía que darme prisa porque me estaban esperando. Creo que ese día conseguí llegar a la Librería Desnivel en tiempo récord, toda una hazaña. Correr cargado esquivando a los despistados guiris con enormes mapas arrugados dispuestos a no perderse ni una esquina de la capital no es fácil, requiere mucha técnica y experiencia. Por suerte, soy un profesional en esto, siempre llego tarde a todo.

Crucé la librería y, al final, donde las paredes están garabateadas con las firmas de alpinistas de la talla de Doug Scott, Walter Bonatti, Reinhold Messner o Simone Moro me encontré a ocho personas sentadas rodeando una cámara de vídeo. ¡Justo lo que iba buscando! Uno de ellos era Emilio Valdés, el cámara del famoso programa de televisión “Desafío Extremo”, y estaba impartiendo un taller de filmación en montaña.

Emilio es todo un referente, no en vano se ha convertido en uno de los profesionales del vídeo de montaña más reputados de España. Durante dos tardes nos estuvo enseñando las técnicas, trucos y consejos para grabar en las peores condiciones. Estos últimos años ha hecho con Jesús Calleja más de cuarenta expediciones en las que les han pasado de todo.

Si tenéis la oportunidad de apuntaros a algún taller suyo hacedlo, no os vais a arrepentir. Yo he aprendido un montón y, además, el buen rollo está asegurado. Abajo tenéis una foto de cómo terminamos el curso…

P.D.: ¡Gracias a Alfonso por las fotos!

588 Palabras