Mont Blanc, 4.810 metros

Mentalmente, en silencio, no paro de repetírmelo: «Me encantaría estar en su cima, pero si no subo no pasa nada, si las condiciones no son buenas otra vez será…». Intento autoconvencerme de ello, pero no lo llego a conseguir. El Mont Blanc es un sueño que lleva demasiado tiempo en mi cabeza. Por su ruta normal, no es una ascensión muy interesante desde el punto de vista alpinístico. Todas las montañas son bonitas, pero ésta podría pasar desapercibida entre los cientos de agujas de roca que la rodean o las imponentes paredes del Grand Capuchin o de las Grandes Jorasses. Pero su cumbre es mítica, no hay ninguna más alta en Europa Occidental y en torno a ella giran las primeras páginas de la historia del alpinismo.

Creemos que la tormenta que nos alcanzó en el Mont Blanc du Tacul va a durar muchos días. Los ánimos están por los suelos. Sin embargo, Jon llega con buenas noticias; según el último parte meteorológico, va a mantenerse una pequeña ventana de buen tiempo de dos días. Tenemos que aprovecharla, quizás sea nuestra única oportunidad. Estamos aclimatados, fuertes y, ahora, muy motivados.

Al día siguiente nos toca madrugar. Creo que esa noche apenas dormí nada, y cuando por fin conseguí conciliar el sueño sonó el despertador. Casi sonámbulo, mientras que me lavo la cara no puedo evitar pensar en los 1.400 metros de desnivel positivo con mochilas de más de 17 kilos a la espalda que nos esperan. El peso es lo que peor llevo, pero tenemos que subir, además del material habitual, tiendas, sacos, esterillas… porque el Refugio de Goûter está lleno. Pero ya no hay vuelta atrás, nos vamos.

De nuevo, subimos en un teleférico, luego un tren cremallera, nos ajustamos bien las mochilas y comenzamos a andar. ¡Cuánto han cambiado estas montañas desde que Jacques Balmat y Michael-Gabriel Pacard pisaron por primera vez en la historia la cima del Mont Blanc en 1786! Entonces las altas cumbres eran consideradas lugares malditos, sitios vedados para los seres humanos donde habitaban demonios, brujas, dragones y seres espantosos.

Como la predicción meteorológica no es la mejor, llamamos varias veces al teléfono del Refugio con la esperanza de que alguien haya cancelado su estancia asustado por el mal tiempo. Hablamos con ellos y, efectivamente, tenemos sitio para dormir. ¡Genial! Decidimos dejar parte del material en el Refugio Tête Rousse, justo antes de cruzar uno de los tramos más comprometidos de la ruta: la bolera.

Se trata de un lugar que está continuamente expuesto a la caída de piedras. Se llama así porque nosotros, las personas, al pasar hacemos de bolos. Y, además, no es recomendable ir demasiado rápido, el camino es muy estrecho y si pierdes el equilibrio tienes una caída de 500 metros hasta un glaciar. Todos los años alguien pierde la vida allí y, en lo que llevamos de temporada, ya han fallecido dos personas.

Si quieres subir el Mont Blanc por esta ruta tienes que cruzar la bolera, hacer una trepada de 700 metros (pero con pasos de, como mucho, II grado…) y pasar una noche en el Refugio de Goûter. No hay más remedio.

El Refugio es “una pequeña sucursal del infierno en el cielo”. Cuando el tiempo es bueno son muchas las personas que quieren subir el Mont Blanc y siempre está lleno. Te puedes encontrar a gente durmiendo en los sitios más insospechados: en los servicios, encima de las mesas del comedor…

Hoy, sin embargo, debido a las pésimas predicciones del tiempo no tiene muchos huéspedes. Es que tenemos mucha… ¿suerte?

Al día siguiente nos levantamos a la una de la mañana. Da pereza, pero no nos queda otra, la jornada de hoy va a ser muy larga. Apenas acabamos de desayunar y ya estamos preparados para andar, pero no somos los únicos. Todavía es completamente de noche y vemos las luces de decenas de linternas frontales se mueven nerviosas buscando el material. Es curioso, todos se arremolinan en el mismo sitio, y no caben.

Nosotros decidimos salir del Refugio. Hace frío, pero no sopla nada de viento. La luna brilla, el cielo está claro y se ven miles de estrellas… ¿tendremos hoy buena suerte con el tiempo? Nos ponemos los crampones, encendemos las linternas frontales y empezamos a andar. Primero un paso, luego otro… entonces nadie podía sospechar que el tiempo iba a cambiar tan radicalmente.

Empieza a clarear, todavía no ha salido el sol pero ya se distinguen las siluetas de las montañas. De repente un viento endemoniado empieza a sacudirnos. La sensación térmica disminuye considerablemente, llegamos a los -30ºC. Ni siquiera podemos parar a descansar, si lo hacemos nos arriesgamos a convertirnos en un cubito de hielo.

Seguimos subiendo, pero ahora una densa niebla no nos deja ver nada. La nieve fresca, la que ha caído estos días atrás, es levantada violentamente por el viento. La huella, al abrirla, es desintegrada inmediatamente. Cuando nos damos cuenta, estamos recubiertos de una gruesa capa de hielo.

Conforme subimos el viento aumenta. Vemos a la gente darse la vuelta. Tengo la sensación de que cada vez hace más frío. Me cuesta mucho avanzar. Incluso me empiezan a doler los dedos de los pies y tengo miedo de que mi cuerpo decida olvidarse de ellos para enviar más sangre a los órganos vitales. Creo que no puedo más, pero Jon dice que estamos a menos de 50 metros de la cima.

Ahora vamos por una estrechísima arista de nieve, casi haciendo funambulismo. Si una ráfaga de viento me tirase tendría una caída de 1.000 metros sin que nada me parase. Intento concentrarme de nuevo: primero un paso, luego otro…

Y de pronto, veo a mis compañeros levantar el piolet y gritar. ¡Lo hemos conseguido! No me lo puedo creer, estamos en la cima del Mont Blanc, a 4.810 metros de altura. Acaba de hacer realidad un sueño y no lo puedo evitar, empiezo a llorar como una magdalena. No pasamos mucho tiempo allí arriba, nos hicimos una foto y bajamos corriendo, hacía demasiado frío, pero fueron unos minutos realmente intensos.

Esta última montaña supone el fin de nuestra aventura en los Alpes en la que, por cierto, hemos conseguido todos nuestros objetivos a pesar de que las condiciones no han sido, ni de lejos, las mejores. En estas dos semanas hemos subido cinco picos de más de cuatro mil metros. Estamos cansados, pero tremendamente satisfechos… Ya estamos pensando en la siguiente, ¡muy pronto nos veremos en otra emocionante aventura!

P.D.: ¡Muchas gracias por las fotos!

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Hoy me he hecho un hombre

Es 2 de agosto, mi cumpleaños, cumplo diecisiete años. Hoy tenemos que hacer algo, pero Jon está preocupado. A pesar de que hace un sol radiante la cima del Mont Blanc está totalmente cubierta de nubes, mal presagio. Según los habitantes de la zona eso indica cambio de tiempo, pero la predicción meteorológica es buena. Nos comentaron que se mantendría una ventana de buen tiempo de, por lo menos, dos días. ¡Suficiente como para intentar el Mont Blanc du Tacul! No hay nada más que hablar ni pensar; subimos.

Las montañas de Chamonix, las del macizo del Mont Blanc, son totalmente distintas que las de Suiza. Aquí hay muchas más personas y todo está muy masificado. Es un lugar muy turístico, hay teleféricos por todos lados. Uno de ellos, quizás el más famoso, es el de la Aiguille du Midi. En apenas unos minutos sube a todo el mundo que tenga el bolsillo lo suficientemente ligero para pagar los casi 50 euros que cuesta el viaje desde los 1.100 metros de Chamonix hasta los 3.842.

Es un lugar curioso, donde se mezclan los turistas comodones que en su vida han escalado nada parecido a una montaña con los alpinistas “de verdad”. Apretujados en un misma cabina se juntan niños, montañeros con sus equipos ultra-ligeros de último modelo, turistas quemados por un sol que a estas alturas no tiene piedad de nadie… ¿Es esto lo que iba buscando? Miro el altímetro, parece que es el lugar, estamos muy altos, pero lo tengo muy claro: esto no es alpinismo.

Nos han metido en una cabina en la que ya no cabe ni un alfiler. Intento hacerme un hueco y, con un poco de cara dura, llego hasta la ventana. Consigo asomarme y lo que veo es sobrecogedor: el inmenso muro de la Aiguille du Midi. No puedo evitar el deseo de verme escalando allí, en la misma montaña que años atrás despertó la imaginación de alpinistas de la talla de Gaston Rébuffat o George Mallory.

De repente todo el mundo se mueve a la vez. Unos codazos me hacen volver a la realidad, estamos llegando. Cada golpe que recibo hace que aumenten las ganas de ponerme los crampones. Nuestro objetivo de hoy es dormir al Refuge des Cosmiques, donde, por fortuna, no llegan todos los turistas. Un glaciar lleno de grietas y una estrecha arista de nieve separa el privilegiado mirador de la Aiguille du Midi del Refugio.

Cuando llegamos vemos que la predicción meteorológica ha cambiado. El marrón va a entrar antes de lo previsto, al mediodía del día siguiente, y encima se prevé que sea muy gordo. Rápidamente cambiamos de estrategia. Decidimos levantarnos muy temprano, a las dos de la mañana, para intentar esquivar la tormenta.

Y así lo hacemos, pero cuando abrimos la puerta del Refugio preparados para alcanzar la cima del Mont Blanc du Tacul empieza a caer un fuerte granizo, ¡la predicción se ha vuelto a equivocar! Está clarísimo, la tormenta se ha adelantado, pero aún así decidimos subir.

El viento no paraba de azotarnos. De vez en cuando sopló alguna ráfaga que consiguió tirarme al suelo. La sensación térmica era bajísima. Yo casi no podía ni hablar, tenía todos los músculos de la cara medio congelados y vocalizar cualquier cosa suponía un esfuerzo enorme. Avanzar con esas condiciones es tremendamente fatigoso. Javi nos aseguró que las pruebas de acceso al Grupo de Operaciones Especiales del Ejército no son tan duras como lo que hemos hecho… ¡hoy me he hecho un hombre!

Y a pesar de todo lo conseguimos. No se veía nada, una densa niebla nos envolvió cuando llegamos a la cumbre, pero ha merecido la pena. Ese día fuimos los únicos que hicimos cima en el Mont Blanc du Tacul, de 4.247 metros. El resto de las cordadas decidieron darse la vuelta… ¡y el Refugio estaba prácticamente lleno!

Cuando volvemos al Refugio preparamos las mochilas para bajar rápidamente al valle, pero nos paran los pies. ¡El teleférico no funciona! Hace demasiado viento para ponerlo en marcha y, encima, cruzar la arista es muy peligroso. Están cayendo rayos continuamente y es muy fácil que uno nos haga chamusquina atraído por los piolets, los mosquetones… ¡No nos queda otra que quedarnos en el Refugio, la tormenta nos ha atrapado!

Observamos el último parte meteorológico y, cuando teníamos asumido que nos podíamos haber quedados aislados completamente sin poder movernos de allí por lo menos durante tres días, se abrió un claro en el cielo. Tan sólo duró unos minutos, pero el refugiero llegó en seguida corriendo y nos animó para que lo aprovecháramos. No lo dudamos y en muy poco tiempo estábamos metidos de nuevo en el teleférico.

Y ahora ya estamos, por fin, en Chamonix, a salvo en nuestras camas del albergue cutrón, pero barato, donde estamos alojados… Voy a ver si consigo que salgamos a celebrarlo.

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Un día recio

Ya había abierto los ojos cuando el despertador de mi móvil empezó a sonar. Es hora de levantarse. A mi lado, estirándose, está Antonio. Juntos escalamos el Mulhacén hace ya tres años. Para ambos esa fue nuestra primera cumbre seria. En seguida hice muy buenas migas con él, pero no nos habíamos vuelto a ver desde entonces. Ni siquiera sabíamos que íbamos a coincidir aquí. ¡Ayer me quedé flipando cuando lo vi!

A nuestra derecha, todavía dormido, está Manuel, un empedernido devorador de libros de montaña. Aunque nunca nos habíamos visto en persona, hemos hablado muchas veces a través del Foro Montañero de Nevasport.

En una esquina ya se está cambiando de ropa Javi. Ha sido el último en enrrolarse a nuestra “expedición”. Llevaba mucho tiempo preparándose para este viaje, lo iba a hacer con dos chicos que conoció en Internet, pero le dejaron tirado en el último momento. Casi se queda sin poder venir.

A Jon ya le conocéis. Ahora está abajo, buscando no-sé-qué-cosa en su mochila. La habitación es tan estrecha que ni siquiera caben nuestros petates.

Creo que el otro Javi, el de Huelva, sigue en las literas de arriba con César y Miguel. Con Javi me puedo pasar horas y horas hablando sobre montañas: del Eiger, del Everest, del K2, del Picu Urriellu… Da igual, él se conoce todas las historias. Estoy seguro de que entre los dos nos hemos visto todos los vídeos sobre alpinismo que hay en Internet.

Miguel y César destacan por su optimismo y su inagotable buen humor. Cuando hablo con ellos estoy todo el tiempo riendo y son, además, unos cracks de la montaña, tienen cientos de anécdotas de sus aventuras.

Sólo falta Juanma, que está con su familia durmiendo en un camping cercano. Juntos vamos a escalar en los próximos días si todo sale bien dos montañas de más de cuatro mil metros de altitud: el Mont Blanc du Tacul y el mismísimo Mont Blanc.

Estamos en Chamonix, según dicen, la capital mundial del alpinismo. Ojalá se equivoquen. Si eso fuese cierto el mundo de la montaña estaría en proceso de “aburguesamiento”. Aquí todo cuesta un pastón. Necesitas ser muy rápido y grandes dosis de ingenio si quieres dormir bajo techo sin tener que pedir un préstamo al banco. Nosotros lo hacemos en el albergue más cutre en varios kilómetros a la redonda, pero no lo llevamos mal.

Bostezando, todavía con los ojos legañosos, bajo con mis compañeros a desayunar lo que compramos anoche en el supermercado. La señora que regenta el albergue acaba de llegar y pasa a saludarnos. «”Bonjourgh”» le decimos, intentando imitar el típico acento francés mientras nos cuenta uno a uno señalando con el dedo. La noche anterior dormimos en una habitación tan pequeña que, para que nos cambiase, le dije que éramos un grupo de diez personas (¡en realidad somos ocho!) y que apenas teníamos espacio.

A todos nos pareció una buena idea, ninguno habíamos pensado que luego tendríamos que pagar el alojamiento de dos huéspedes que, en realidad, no existen. Conseguí que nos transladase a la habitación contigua, no mucho más grande, pero ahora ha descubierto mi engaño. Parece que se ha mosqueado. Nos dice algo en francés que no llegamos a entender y se va, creemos, a planear una venganza.

Antes de ayer estuvimos en la Mer de Glace, uno de los glaciares más largos de Europa. La mayor parte del grupo acababa de llegar de España y sus cuerpos todavía no estaban aclimatados a la altura como el de Jon o el mío, que ya llevábamos una semana aquí. Así que decidimos tomárnoslo con calma, como “día relax”.

El tren cremallera de Montenvers nos dejó a un paso del glaciar, pero para acceder al mismo primero hay que bajar doscientos metros por unas empinadas escaleras de hierro corroídas por el óxido no aptas para personas con vértigo. Fue divertido, pero allí está prohibido perder el equilibrio: si te caes, te matas.

Cuando llegamos al glaciar lo primero que nos sorprendió fueron las grietas, las hay por todos lados. Algunas son lo bastante estrechas como para salvarlas de un salto, pero hay otras, en cambio, que miden más de diez metros de ancho y doscientos metros de profundidad. Cuando te asomas a una de ellas ni siquiera ves el fondo, sólo inexpugnables paredes de hielo hielo vivo, el más resbaladizo, de un bello y casi irreal azul.

El agua de fusión corría con furia por innumerables canales. Creaba un inquietante rumor que resonaba a lo largo de todo el glaciar y que engrandecía todavía más las montañas que nos rodeaban. Estábamos acordonados por decenas de imponentes agujas de roca y montañas tan míticas como el Dru o la Aiguille Verte. Y, al fondo, desafiando a los alpinistas más atrevidos, la impresionante pared de las Grandes Jorasses.

Queríamos dormir en el Refugio d’Envers des Aiguilles, pero no había prisa. Practicamos técnicas de encordamiento y rescate glaciar, caminábamos lento y cada cinco minutos parábamos para quemar las tarjetas de memoria de nuestras cámaras. La verdad es que necesitaba un día así, en las últimas cuarenta y ocho horas había estado en la cima de dos cuatromiles y apenas había tenido tiempo para descansar.

Pero las cosas no salieron tal y como pensábamos. El camino, que según el mapa nos debería dejar en el Refugio, ¡no existía! ¿Nos habríamos perdido? Observando el terreno descubrimos unas huellas cerca de donde debería estar ese camino y decidimos seguirlas. Sin embargo, a los pocos metros, nos dimos cuenta de que nos habíamos metido en una ratonera. Todo se movía, el terreno estaba muy descompuesto y no paraban de caernos piedras enormes. Estábamos en un sitio, definitivamente, muy peligroso.

Llamamos al Refugio y nos dijeron que la cartografía está equivocada: en los últimos años el glaciar había retrocedido tanto que el paisaje ha cambiado totalmente y hace poco un derrumbamiento tapó completamente el camino. ¡Y César estaba por ahí arriba! Antes de llamar, decidió subir para buscar un lugar seguro.

Decenas de piedras caían constantemente, y algunas nos pasaron rozando. Estábamos todo el tiempo en tensión, muy atentos, como la pendiente era muy pronunciada bajaban a mucha velocidad. No podíamos esperar a César allí durante mucho tiempo, así que decidimos bajar al glaciar sin él.

Se nos hacía tarde y no teníamos el material suficiente para pasar una noche a la intemperie. Teníamos que llegar a cualquier otro refugio como fuese y el más cercano era el Refugio de Requin, que se veía a lo lejos en lo alto de un gigantesco cortado.

Incluso un helicóptero de los servicios de rescate se acercó varias veces para comprobar si estábamos bien. Ese día nos sentimos observados. Creemos que todo el mundo en varios kilómetros a la redonda se enteró de que un grupo de nueve españoles se había perdido. ¡La que liamos!

Al cabo de un rato llegó César reventado, casi sin fuerzas. Debido al esfuerzo enorme que acababa de realizar había sufrido una fuerte bajada de tensión y apenas podía avanzar. Estaba completamente empapado de sudor y tenía frío. Tenía muy mal aspecto, pero aún así, despacio, seguía al grupo. César es un alpinista muy fuerte.

Perdimos mucho tiempo buscando el camino, pues cientos de grietas nos cortaban el paso constantemente. Algunas estaban tan juntas que entre una y otra sólo había un estrechísimo pasillo de hielo por el que no teníamos más remedio que pasar. En una ocasión estuvimos a punto de cruzar uno que se derrumbó; caminábamos todos directo a él cuando Miguel, que iba el último, descubrió otro camino que le daba más confianza. Le hicimos caso, nos dimos la vuelta y a los cinco segundos se oyó un gran estruendo. El hielo había cedido cayendo en una profunda grieta.

Tras una larga caminata por el glaciar llegamos al inicio de una vía ferrata: unas escaleras, travesías aéreas, más escaleras, un camino y, por fin, llegamos al Refugio. La gente que estaba alojada nos animaba desde la terraza. «¡On y va, on y va!», gritaban mientras se reían de nosotros cuando nos vieron llenos de polvo y todavía con cara de susto.

Entonces teníamos las pulsaciones con el ritmo de un tambor masai y no éramos del todo conscientes, pero estábamos en un sitio alucinante. No podías moverte, fueses donde fueses enseguida te topabas con una enorme aguja de roca. Allí no llegan los senderistas, se aburrirían. Es un sitio para escaladores, un refugio totalmente distinto a los que yo he conocido. Había muy buen rollo y pronto nos hicimos amigos de la refugiera y sus compañeros.

Decían que iban a subir el Dent du Requin al día siguiente, una aguja de roca de 3.422 metros muy escarpada por todas sus vertientes, pero aún así no tenían ganas de acostarse pronto. Así que después de cenar estuvimos un buen rato con ellos riendo y haciéndonos fotos. Fue un día completo, muy recio. Creo que esa noche todos dormimos muy bien…

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