Mucha, muchisma nieve

Jon, Ida y yo estamos sentados en un rincón del comedor mirando por la ventana. Allí hemos pasado prácticamente todo el día. No hay mucho más que hacer en el Refugio Almagallerhütte, a 2.894 metros. Afuera no para de nevar y no se ve nada, todas las montañas están tapadas por unas densas nubes. Sabíamos que estaba previsto mal tiempo, pero no tanto.

Observo al resto de los huéspedes. Todos tienen la misma cara de aburridos. Como yo, supongo que estarán deseando salir afuera y escalar algo, cualquier cosa, pero con estas condiciones es imposible. Vuelvo a asomarme por la ventana y…

― ¡Mirad, parece que se está despejando!
― ¡Sí, sí! ¡Es más, creo que hasta puedo distinguir la silueta del Dom!

Ya es la tercera o la cuarta vez que despertamos a todo el Refugio con nuestros eufóricos gritos. Hemos conseguido que todos estén mirando por la ventana, otra vez, en vano. En apenas un par de minutos las nubes lo vuelven a cubrir todo. Pero la esperanza es lo último que se pierde…

Esta mañana debíamos haber subido el Weissmies, otra montaña de más de cuatro mil metros, pero ha amanecido un día horrible. Ni siquiera lo hemos intentado. Lo único que hemos hecho hoy ha sido dejar un depósito de material a medio camino para poder subir más rápido cuando mejore el tiempo.

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La boca se me abre constantemente, casi me quedo dormido con los auriculares puestos encima de la mesa. Ya no sabemos qué hacer. En una estantería hay un montón de manoseadas revistas de montaña. Ya hace tiempo que hojeamos todas. Están en alemán y, expepto Ida, no entendemos ni papa, pero las fotos son entretenidas.

Al día siguiente amanece un día espectacular. No hay ni una sola nube en el cielo, pero todo está cubierto de un manto blanco. Hace mucho frío, pero por lo menos no sopla el viento. Nos miramos y parece que los tres lo tenemos claro: ¡subimos! Tiritando, con las manos entumecidas, nos atamos los cordones de las botas, nos ajustamos las mochilas y empezamos a andar.

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No queremos subir el Weissmies por su “ruta normal”, sino por su arista sureste. Una estrecha cresta de roca afilada como un cuchillo de casi dos kilómetros y setecientos metros de desnivel. No es muy difícil, sólo tiene algunas trepadas de III grado, pero con nieve la cosa cambia, ahora todo está muy resbaladizo. Si te caes a la izquierda te matas, si te caes a la derecha también… A ambos lados el vacío es impresionante.

Los tres estamos atados a la misma cuerda, pero no ponemos seguros intermedios, vamos en ensamble. Solamente nos aseguramos en los pasos más complicados. Es una arista tan grande que hacerla a largos no es prudente, tardaríamos demasiado, pero si uno de nosotros se cae podría arrastrar al resto. Un mal paso, un tropezón, sería fatal. Para salvarle tendríamos que tragar saliva y jugárnosla tirándonos al vacío en el otro lado de la arista.

Encontramos un pequeño lugar seguro y paramos para descansar un par de minutos. Hecho un vistazo hacia atrás y me doy cuenta de que somos la única cordada en la arista. El resto ha decidido subir por unas palas de nieve mucho más fáciles que hay a la izquierda de la misma. Normal, las condiciones de nuevo no son, ni de lejos, las mejores. En la foto de abajo podéis comparar la arista en condiciones normales (a la izquierda) y como nos la encontramos en nuestra ascensión (a la derecha):

Continuamos. Estamos encima de un bloque de tres metros que tenemos que destrepar, pero parece fácil. Primero va Ida y resbala. Jon estaba preparado, la conseguimos frenar a tiempo. Todos los agarres están congelados, la roca está cubierta por una fina capa de hielo y no hay manera de bajar por ahí. Decidimos montar un rápel, pero para ello tenemos que colgarnos de una roca que no sabemos si resistirá nuestro peso… ¡no nos queda otra! Tragamos saliva y uno a uno, con mucho cuidado, vamos bajando.

Unas cuantas trepadas más y ya vemos la cima. De ella sólo nos separa una estrechísima arista de nieve, estamos a muy pocos metros, pero no hay que bajar la guardia. Es el último esfuerzo, concentrados damos un paso, luego otro… ¡y llegamos a la misma cumbre del Weissmies!

Nos la encontramos llena de gente. Se trata de una montaña muy frecuentada, pero todos la han subido por su ruta normal. Nos felicitamos unos a otros, hemos pasado de estar en la más absoluta soledad a sentirnos en una multitud. Decidimos retiranos un poco y sentados empezamos a disfrutar del espectáculo. Estamos rodeados de montañas enormes por todos lados, aquí los desniveles son brutales. Este lugar es increíble.

Tenemos que irnos. Todavía no estamos a salvo, la cima es tan solo la mitad del camino. La bajada la hacemos por la ruta normal, un glaciar larguísimo lleno de grietas y seracs, enormes bloques de hielo muy inestables que en cualquier momento se te pueden caer encima, y entonces no lo cuentas… Es un sitio tan bonito como peligroso.

Cuando llegamos al Refugio Weissmies Hutte, hablamos con algunas de las cordadas que también han hecho cima. ¡Pero no se pueden creer que hemos hecho la arista entera! La mayoría piensa que les estamos tomando el pelo. Les tuvimos que enseñar las fotos para que nos tomaran en serio.

Entre risas cenamos y nos vamos a la cama pronto. Aún nos queda el Lagginhorn, una montaña muy, muy fría y comprometida. Todas sus rutas requieren algo de experiencia. Hace tan solo una semana murió en la misma montaña un alpinista alemán, cerca de la cima resbaló y no sobrevivió a la caída.

Al día siguiente nos toca madrugar mucho. Estaba tan cansado que cuando suena el despertador decido quedarme cinco minutos más en la cama y me quedo completamente dormido. ¡Menos mal que Jon subió a ver qué me pasaba! Al parecer él e Ida llevan esperándome un buen rato…

Intento desayunar fuerte, pero a estas horas todo se me hace bola y tiro la toalla. Con el estómago prácticamente vacío y una barrita de chocolate en el bolsillo de la chaqueta por si las moscas (luego se derritió y fue todo una odisea comérselo), empezamos a andar. ¡Nuestro segundo cuatromil en menos de veinticuatro horas!

La nieve, que hasta el momento no había hecho más que complicarnos las anteriores ascensiones, ahora nos ha puesto las cosas más fáciles. El tramo de la cresta más difícil está totalmente cubierto por la nieve y para superarlo sólo tenemos que calzarnos los crampones y andar. Así, sin muchos problemas, llegamos a su pequeña cima… ¡Ya os contaré más detalles en otro momento!

Y, sin descansar, nos hemos ido a Chamonix, en Francia. Mañana comenzará la segunda parte de nuestra aventura en los Alpes. En los próximos días subiremos el Mont Blanc de Tacul y el mismísimo Mont Blanc, de 4.810 metros de altitud, el pico más alto de Europa Occidental. ¡Estad atentos porque todavía nos queda mucha montaña!

P.D.: ¡Muchas gracias a Jon por las fotos!

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¡El ultra trail del Bishorn!

¡Estoy en Saas-Ground, un pueblo en mitad de los Alpes Suizos! Para llegar hasta aquí he recorrido más de 1.600 kilómetros dentro de un coche lleno de cacharros para las dos próximas semanas en las que intentaré subir cinco montañas de más de cuatro mil metros.En esta ocasión me acompaña Ida, una chica alemana, y, como en tantas otras, Jon Sanz.

Hace dos días comenzó nuestra aventura. Ascendimos al Refugio Tracuit, a 3.256 metros. Buscábamos conseguir una buena aclimatación a la altura y practicar las técnicas de progresión por glaciares y rescate en grietas (muy importantes en estas montañas).

La zona es espectacular, pero hace mucho frío. Las temperaturas han bajado de forma muy pronunciada la última semana. ¡Justo cuando me había acostumbrado al calor de La Mancha! Jon, que viene aquí cada año para escalar, nos comentó que en esta época del año no recuerda haber pasado tanto frío, es completamente inusual. Ya han tenido que rescatar a varias personas y hace tres días dos alpinistas han muerto en el macizo del Mont Blanc por el frío.

Estoy seguro de que, en altura, nunca hemos estado por encima de los 0ºC. Dentro del mismo refugio hacía 9ºC, la misma temperatura que puede hacer un día normal en invierno en Manzanares, mi pueblo. Hasta que conseguí acostumbrarme estuve todo el tiempo con el gorro y los guantes puestos incluso en la cama.

A lo que nunca me acostumbraré es al olor de los servicios. No en todos, pero en algunos refugios una tarea tan simple como hacer tus necesidades se vuelve bastante complicado. ¡Los WC despiden un tufo! Allí arriba más te vale que ser rápido.

Pero siempre merece la pena. Todos los días se repetía la misma historia, por la tarde siempre nos envolvía una densa niebla que no nos dejaba ver apenas unos metros, pero por la mañana las vistas desde el Refugio eran increíbles: cientos de montañas preciosas por todos lados, el impresionante y vertical Dent Blanche, nieves perpetuas….

Y encima, está al lado del glaciar que da acceso al Bishorn, una montaña enorme de 4.135 metros… ¡Nuestro primer objetivo! Las condiciones de la montaña no eran, ni de lejos, las mejores, pero había que intentarlo.

Estos días ha nevado mucho y las grietas del glaciar están tapadas. Las hay por todas partes y son muy peligrosas. Normalmente en esta época se ven a simple vista y lo único que hay que hacer es esquivarlas. Ahora es muy fácil pisar cerca de una y que la nieve que las tapa no aguante nuestro peso. Vamos encordados, pero es muy difícil sacar a un compañero que se haya caído en una y, sobre todo, tremendamente fatigoso.

¡Pero lo hemos conseguido! Un guía de otro grupo y sobre todo Jon, que creo que es familia de Ueli Steck, se han tenido que currar casi toda la huella, algo bastante fatigoso, pero aún así subimos muy rápido. Adelantamos a todas las cordadas que iban delante y llegamos los primeros a la cima. ¡Fue brutal! Estuvimos solos en la cima durante un rato haciendónos decenas de fotos, mirases por donde mirases las vistas eran realmente espectaculares. Ha sido la cima más bonita de la que he hecho hasta ahora.

Y esto, como sabéis, sólo acaba de empezar, cuando vuelva a tener acceso a Internet os contaré lo que nos seuceda… ¡No os lo perdáis!

P.D.: ¡Las fotones que ilustran este post son de Jon!

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