¡Me voy a los Alpes!

Los Alpes presumen de tener las montañas más altas de Europa Occidental. Allí, en los casi cinco mil metros el Mont Blanc, el punto culminante de la cordillera, fue donde nació el alpinismo. Hoy en día, no hay probablemente ningún montañero que no haya deseado escalar allí. ¡Y nosotros también!

Nuestro siguiente viaje va a ir de paisajes sobrecogedores, glaciares milenarios, rutas míticas, duras ascensiones… todo esto es lo que nos espera en los Alpes. Salimos dentro de muy poco. Entre esas montañas vamos a pasar dos semanas agotadoras con varios objetivos y, como siempre, mientras tanto os intentaré escribir las crónicas que iré publicando en este blog.

Primero nos dirigiremos a la zona del Valais. En siete días queremos ascender tres cuatromiles: el Bishorn, el Weissmies y el Lagginhorn. No son picos tan altos como el Mont Blanc, pero sí más técnicos y solitarios… ¡la montaña en su estado puro! La sensación de compromiso es absoluta. Recorreremos técnicas crestas, aristas de roca y glaciares vacíos.

Después nos desplazaremos a Chamonix, en Francia, donde completaremos nuestra aclimatación a la altura con la ascensión del Mont Blanc du Tacul (4.248 m.) y salidas de varios días por la espectacular zona del Mer de Glace.

Y, para terminar, subiremos el mítico Mont Blanc. De las altas montañas del mundo es la más ascendida. ¡El pasado verano su cumbre ha sido el objetivo de una media de trescientas personas al día! Vamos a grabar toda esta masificación. Sus rutas más frecuentadas atraen a cada año a miles de personas y algunas de ellas no están lo suficientemente preparadas. Solamente en el macizo del Mont Blanc se llevan a cabo más 700 rescates anuales y todos los años muere alguien.

Va a ser un viaje muy, muy exigente. Para llevar a cabo este programa es imprescindible tener una buena forma física y ahora lo que me toca es entrenar, entrenar y entrenar… En los próximos días os contaré más cosas, ahora mismo estoy preparando la mochila, todavía me quedan muchas montañas que subir por aquí.

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El veranito

Ya es oficialmente verano, y se nota. Por fin estoy de vacaciones, no tengo que ir al instituto, en el campo ya han segado el trigo y tengo que salir a correr, como muy temprano, a las ocho y media de la tarde si no quiero evaporizarme por el camino (bueno, también podría madrugar, pero…).

Por mucho que la quiera alargar, la temporada de corredores y ascensiones con nieve ya se ha terminado. Es verano y las altas temperaturas de esta ola de calor sahariano que no deja dormir a todo el país está acabando con la nieve que todavía quedaba a tres mil metros en Sierra Nevada. Allí, poco a poco van ganando terreno los verdes borreguiles y las duras plantas endémicas, que no se pueden ver en ningún otro lugar del mundo.

Ahora toca, en vez de llenar los guantes de mocos, mancharme las manos de magnesio. Este verano tengo que apretar duro, todavía soy bastante patoso en la roca y quiero ponerme al día. Voy a guardar ya los piolets y los crampones en el armario, pero no van a coger mucho polvo, ¡dentro de muy poco los vamos a utilizar en un nuevo viaje que estoy preparando!

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República Dominicana V

Os escribo ya desde mi casa. Acabo de llegar, los párpados me pesan más de lo habitual y todavía no me he acostumbrado al calor seco de La Mancha. Encima, el zumbido del ventilador del ordenador me adormila todavía más, así que intentaré seré breve.

Al final, tampoco he podido bucear en cuevas. Se trata de la modalidad de buceo más técnica que existe y hay que estar muy bien preparado para hacerlo. Su práctica requiere encontrarse en las mejores condiciones: si algo no sale bien no tienes escapatoria directa a la superficie.

Hace unos días pillé un buen trancazo y con la mucosidad nasal no podía compensar bien los oídos. Debido al peso del agua, en inmersión aumenta la presión sobre la cara externa del tímpano, que se deforma hacia el oído medio, y, si no se hace nada para evitarlo, esta deformación produce primero incomodidad, luego dolor y finalmente puede llegar a la rotura del tímpano.

Para evitarlo, normalmente se utiliza la maniobra de Valsalva, que consiste en pinzarse las ventanas de la nariz con los dedos para impedir la salida de aire y, con la boca cerrada, soplar con más o menos fuerza para enviar aire a presión hacia el oído medio… precisamente, lo que no puedo hacer. Esta sencilla maniobra se vuelve tremendamente complicada con mocos.

A pesar de todo, hice una inmersión en mar abierto a poca profundidad. Para ello, tuve que pasar unas pruebas en la piscina del hotel. Como no paraba de toser, el instructor me preguntó varias veces si me encontraba bien y yo siempre decía que sí, por temor a que me prohibieran ponerme una botella de submarinismo en la espalda.

Una lancha de madera nos dejó en mitad del arrecife y nos tiramos al agua. Los primeros minutos, muy tenso, apenas me separaba del instructor. No descartaba terminar la inmersión antes de lo previsto; sabía que todos los manuales desaconsejan bucear resfriado a cualquier profundidad, pero todo salió bien.

Cuando llegamos al fondo me pude relajar y disfruté muchísimo. Lo que vimos fue precioso. Entre corales y esponjas, se acercaban decenas de peces de todos los colores para que les diésemos de comer. Los había por todas partes y se arremolinaban sin ningún miedo entre nosotros.

Mucho más tímidos, los peligrosos peces leones nos observaban cerca de sus agujeros. Este no es su hábitat natural, fue introducido de forma accidental en el Mar Caribe y hoy en día se considera casi una plaga. Su picadura es muy venenosa: algunas víctimas han experimentado respuestas sistemáticas como náusea, mareos, músculos débiles, falta de respiración, hipertensión y dolor de cabeza.

Todavía no quería subir a la superficie, pero el aire de las botellas se nos acababa. Buceando entramos en un nuevo mundo completamente distinto al que estamos acostumbrados, descubrimos cosas que normalmente permanecen ocultas a nuestros sentidos, y engancha. Allí abajo, como en la montaña, se ven las cosas de otra manera. Hace tiempo leí que “los buceadores viven entre dos mundos, el de la realidad cotidiana y el de la realidad sumergida”.

Fue el final perfecto para un espectacular viaje. No he podido subir el Pico Duarte ni tampoco bucear en cuevas, pero ha merecido mucho la pena. Ahora me voy a descansar, no quiero quedarme dormido con la cabeza en el teclado, y mañana sigo con mis entrenamientos… ¡Dentro de muy poco me espera un nuevo viaje!

P.D.: Crónica escrita el 26.05.2011, debido a problemas técnicos, nos ha sido imposible publicarla antes.

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