República Dominicana IV

Ya estoy de nuevo en mi hotel de cinco estrellas. Esto parece un país distinto, creado por y para los turistas. Está totalmente aislado de lo que realmente es República Dominicana. La mayoría de sus huéspedes vuelven sin haber salido del complejo hotelero, aquí encuentran todo lo que venían buscando: playas paradisiacas, discotecas, comida en abundancia a todas horas, cócteles gratis de todos los colores, clases de merengue…

Ayer me tuve despedí del pueblo de El Ingenito. Como carece de carretera asfaltada, contratamos a un lugareño para que me bajase en moto. Menuda experiencia, yo con otras dos personas en la misma moto, por un camino tortuoso de tierra y, por supuesto, sin casco hasta llegar a la Presa de Sabaneta, donde empieza el asfalto. Allí me estaba esperando Germán con otra moto para llevarme a San Juan de la Maguana.

En San Juan, con más de 129.000 habitantes, no hay edificios, sólo casitas pequeñas en las que vive gente muy humilde, pero que por lo menos cuentan con luz eléctrica, agua corriente y la mayoría de las calles asfaltadas. Me encanta, es uno de los sitios más auténticos donde he estado: motos haciendo ruido por todos lados y ningún casco; bachatas, merengues y algún que otro reggaeton sonando a todo volumen; las fachadas de las casas pintadas con colores llamativos y rótulos anunciando cada negocio; burros, gallinas y pavos en mitad de la calle… ¡incluso he llegado a ver subidos hasta diez niños en el mismo maletero de un coche en marcha!

No he podido pasar mucho tiempo en esta ciudad. Hoy, nada más levantarme Yeisson me ha dado una vuelta rápida en moto para que la vea y sin entretenernos mucho más hemos tomado la carretera rumbo al hotel. El camino de vuelta, el mismo que el de la ida, es espectacular. ¡Casi seis horas en coche cruzándonos prácticamente todo el país!

Todos los pueblos por los que pasábamos tenían por lo menos dos o tres badenes. Aquí los llaman “guardias acostaos” y cuanto más altos sean, mayor rango tienen. No sabéis la cantidad de “generales” con los que nos encontramos.

En ellos, aprovechando que hay que reducir la velocidad del coche, se pasan el día esperando niños, la mayoría mucho más pequeños que yo, para vender alimentos típicos cultivados en la zona. Casi no hay badén en el que no se te acerque alguien con plátanos, guineos, una especie de tortas, guandules, dulces típicos caseros… Yeisson me comentó que aquí puedes adquirir productos hasta 10 veces más baratos que en cualquier supermercado de la capital.

También vimos a los inmigrantes haitianos. Al oeste de la República Dominicana, en la misma isla, está Haití, cuya situación es aún más precaria. Según Intermón Oxfam, el 1% tiene más de la mitad de la riqueza del país y aproximadamente el 70% de la población vive en la pobreza. Es increíble lo distintas que son las cosas entre un país y otro, separados únicamente por una ridícula frontera.

Se caracterizan por tener la piel mucho más oscura que los dominicanos —tienen que tenerla para que aquí los llamen “los morenos”— y son contratados con sueldos bajísimos para los trabajos más duros. Nunca los he pillado sentados, siempre con un machete enorme en la mano cortando cañas y amontonándolas en remolques gigantescos que se llenan hasta arriba.

Viven como pueden en “bateyes”, unas comunidades rurales perdidas entre cultivos normalmente de caña, guandules o arrozales que se extienden durante kilómetros. Allí, según la ONU, “es frecuente que los cortadores de caña sufran abusos por parte de las autoridades de migración y las autoridades militares dominicanas”.

¡Qué pena que la mayoría de la gente no conozca todo esto! Este país recibe muchos turistas, pero casi todos vuelven con las mismas fotos de las playas de arena blanca llenas de palmeras y las extravagancias lujosas de los hoteles de Punta Cana. Es cierto que hay gente muy pobre, pero es un pueblo muy accesible y generoso. Creo que tenemos mucho que aprender de ellos. A pesar de tener una vida tan dura aquí todo el mundo sonríe, no sólo los que van vestidos con el uniforme con el logo del hotel.

P.D.: Crónica escrita el 23.05.2011, debido a problemas técnicos, nos ha sido imposible publicarla antes.

775 Palabras

República Dominicana III

Como ya os adelanté en el anterior post, anoche dormí en El Ingenito, en la casa de Vidal, quien va a ser mi guía. Aquí cuando el sol se esconde por las montañas cercanas las únicas luces que se ven son las de la luna, las estrellas y la de los trozos de corteza de pino que utilizan como velas. No hay luz eléctrica, sólo una placa solar que instalaron unos cooperantes españoles en una de las casas que sirve para que funcione el único teléfono del pueblo, utilizado nada más que para emergencias.

¡Hoy por fin he estado por las montañas! A pesar de que estuve insistiendo en que no hacía falta, Vidal ha conseguido un mulo y un caballo para hacer el camino más rápido y evitar las lluvias. Estamos en la zona con más precipitaciones del país, donde las nubes procedentes del Atlántico chocan con las montañas y descargan fuertes tormentas. Aquí cuando llueve lo hace bien.

No quería utilizar a los animales por dos motivos: soy de los que piensan que subir una montaña sólo tiene sentido si se hace con nuestros propios medios y, sobre todo, he de reconocerlo, porque hacía mucho tiempo que no montaba en caballo.

La tarde anterior había estado buscando sus mulos y no los encontró. Al parecer, los tienen sueltos y los recogen solamente cuando los necesitan. A pesar de su tesón, tras unas cuantas horas volvió sin ellos y los tuvo que alquilar a un vecino.

Así que no tenía más remedio que montarme en ellos, y ahora estoy baldado. Me duele todo el cuerpo de tanto bote. Además de mi inexperiencia, el terreno, bastante accidentado y abrupto, no ayudaba. Hubo momentos en los que tuve que ir andando porque si no veía que me reventaba “los bajos”. Sobre todo la bajada, que me la hice entera corriendo.

Nos hemos adentrado en el interior del Parque Nacional José de Carmen Ramírez, en palabras de Vidal, “una de las muchas joyas que esconde República Dominicana”. Primero pasamos por la selva y, conforme fuimos ganando altura, por unos bosques que, a pesar de que estaban compuestos de Pino Criollo (especie endémica de la zona, sólo se puede ver por aquí) me recordaban bastante a los europeos. Sin embargo, gracias a aves como los también endémicos Pericos y Cotorras de La Española, los ruidosos Caos Pinaleros (un tipo de cuervo), un Cernícalo Americano… rápidamente recordaba donde realmente estaba.

¡Qué pena que el caballo no me hiciese ni caso! Vidal no me ha dicho nada, pero creo que he hecho casi todo mal. Él quería que le diese con la “fusta” en el lomo para que caminase más rápido, pero, aunque sé que ellos apenas lo sienten, a mí me daba pena y cuando lo hacía me arreaba yo más que al caballo. Todavía tengo el antebrazo lleno de marcas.

Cuando bajamos al pueblo, aprovechando que ya me conocían todos, saco la cámara y bromeo con ellos. Cuando me autograbo le doy la vuelta a la pantalla de la cámara para que se vean ellos mismos y se quedan alucinados; me comentaron que es la primera vez que habían visto algo parecido.

Pero también hoy he conocido la parte más dura. Son bastante pobres, apenas tienen dinero para cubrir sus necesidades básicas y, sin embargo, es un pueblo muy alegre. Normalmente suelen hablarme con una sonrisa en la boca, pero hoy he conocido a un señor mayor que al saludarle con la cámara en la mano me ha pedido muy serio que con las imágenes consiga ayuda de España, que aquí se están muriendo. Nunca lo olvidaré, todavía no sé cuándo ni cómo, pero tengo que volver y hacer algo por ellos.

República Dominicana, a pesar de tener muchos recursos (petróleo, oro, turismo…) sólo un 10% de la población retiene más del 50% de los ingresos. El 25% de los habitantes sigue viviendo en condiciones de pobreza mientras que los gobiernos, forrados de dinero, hacen bien poco por ellos.

P.D.: Crónica escrita el 21.05.2011, debido a problemas técnicos, nos ha sido imposible publicarla antes.

740 Palabras

República Dominicana II

Os escribo desde un lugar increíble. Estoy en un pueblo en mitad de la selva muy, muy aislado. Está lejos de cualquier otra población y hasta aquí sólo se puede llegar a través de un tortuoso camino no asfaltado. Ni siquiera hay luz eléctrica. Se llama El Ingenito.

Aquí viven cerca de doscientas personas en no más de 50 casas —en España las llamaríamos “chabolas”― al lado de un río en mitad de la montaña. Son gente muy humilde y bastante pobre. Casi todos se dedican a la agricultura o a la ganadería, y comen lo que producen. Trabajan duro, pero para ellos no existe el estrés, es uno de esos lugares mágicos en los que todavía puedes sentarte en una silla bajo la sombra de un árbol tranquilamente, procurándote moverte sólo para evitar que el sol te de en la cara, sin que pase nada. Así se pasan horas hablando.

Cuando me doy una vuelta entre las casas me siento observado. Soy la noticia, la novedad de un pueblo donde nunca pasa nada. Los niños pequeños me miran asustados medio escondidos y cuando muevo mi cabeza hacia ellos bajan la mirada, muchos de ellos nunca han visto a ningún “blanco”.

Aquí es tradición ofrecer una silla al que viene a visitarte. No hay casa en la que no me invitan sentarme. Me siento muy bien tratado, sé que no tienen mucho más que darme. En viejas sillas de plástico llenas de polvo, a veces medio rotas, me he pasado prácticamente el día entero oyendo a los lugareños.

Esta noche voy a dormir en casa del alcalde, Vidal. Él va a ser mi guía en la montaña. Me enseña con orgullo su pequeña casa, sus plantaciones de caña, sus gallinas, un cerdo enorme y, sobre todo, su sobrina Melanie, tiene cuatro años y no para de brincar y jugar. Al principio se mostraba muy tímida, pero en unas horas ya me estaba enseñando su gato, al que por cierto no le tenía mucho cariño porque hace unos días se zampó unos peces que habían pescado en el río para comérselos.

He conseguido unas imágenes realmente bonitas, pero tengo una mala noticia: no vamos a poder subir el Pico Duarte. Vidal me comenta que ha llovido mucho y, si ya el terreno seco es complicado, con la lluvia se vuelve muy peligroso. Con estas condiciones él no me piensa acompañar, y sin alguien que se conozca bien esta cordillera no tenemos nada que hacer. Además dice que, por lo menos, tardaríamos siete u ocho días en llegar a la cima, tiempo del que no disponemos.

No he tenido más remedio que aguantarme, pero hablando con él he conseguido que mañana me de una vuelta por el Parque Nacional José de Carmen Ramírez, por lugares casi tan salvajes y complicados como la misma subida del Pico Duarte. Si puedo, mañana os contaré más cosas de este increíble lugar y sus gentes.

P.D.: Crónica escrita el 20.05.2011, debido a problemas técnicos, nos ha sido imposible publicarla antes.

555 Palabras

República Dominicana I

Ya estoy en Punta Cana. Así es como se conoce el extremo este de República Dominicana. Aquí es donde se concentran casi el cien por cien de los turistas que vienen a visitar la isla. Esto está plagado de hoteles de cinco estrellas enormes, con cientos de habitaciones, varias piscinas, acceso privado a playas paradisiacas… Y ahora mismo estoy en uno de ellos, os recuerdo que esta vez yo no he pagado el viaje, me lo han regalado.

Llegar hasta aquí es agotador. Estamos muy, muy lejos de España, a 6.700 kilómetros o, lo que es lo mismo, ocho horas metido en un avión enorme lleno de gente. Una paliza, pero nada más ver desde el aire al aterrizar el mar azul claro, las palmeras y el color blanco de la arena de la playa te das cuenta de que realmente merece la pena.

En cuanto nos bajarnos del avión recogemos las maletas y unos autobuses nos llevan directos a nuestro hotel. Nos ponen las pulseras del “todo incluido”, cenamos y nos acostamos, que estamos reventados, ya habrá tiempo para visitar las discotecas otra noche.

Al día siguiente nos despertamos a las cinco de la mañana… ¡genial, estamos de jet lag! Aquí hay seis horas menos respecto a la de la Península, y eso se nota. Doy vueltas y vueltas en la cama y como veo que no me podía dormir me pusé las zapatillas y salí a correr por la playa.

El amanecer ha sido espectacular. Fue muy emocionante ver como el sol, una gran bola naranja que se reflejaba en el agua cristalina, surgía lentamente del horizonte ilumando la playa, que parece un decorado, exactamente igual que esas que anuncian en los folletos de las agencias del viaje.

Me ducho y, aunque me apecía bastante un bañito en el Mar Caribe, lo dejo para después, tengo mucho trabajo por hacer. Vamos a hablar con la gente del hotel para ver cómo podemos ir hasta el pueblo donde empieza la ruta que seguiré para ascender el Pico Duarte, os recuerdo, el más alto del país. ¡Pero nadie la conoce!

Hablamos con varias empresas de turismo activo y, aunque algunas presumen ser expertas en el Pico, nos dicen que ni siquiera han oído hablar nunca de mi ruta. Todos me intentan convencer lo mismo, que lo suba por la vertiente norte, donde están las rutas más frecuentadas, mucho más fáciles y cómodas, pero yo me emperro con mi plan inicial.

Así nos pasamos toda la mañana y tras muchas llamadas sin ningún resultado y con el ánimo por los suelos damos con una persona de San Juan (un pueblo cercano de donde se empieza a caminar) y que encima tiene contactos que nos podrían conseguir un guía para la montaña… ¡perfecto! Su nombre es Yeisson, y trabaja para el hotel.

Ahora ya está todo solucionado, mañana a las cuatro de la mañana salimos del hotel en el coche de Yeisson. Nos esperan por lo menos seis horas de viaje, de vez en cuando por carreteras mal asfaltadas y caminos de tierra. Tenemos que ir al otro extremo del país, cruzaremos Santo Domingo, plantaciones de miles de hectáreas de caña, pueblos, selva… ¡No os lo perdáis que esto sólo acaba de empezar y tiene muy buena pinta!

P.D.: Crónica escrita el 19.05.2011, debido a problemas técnicos, nos ha sido imposible publicarla antes.

597 Palabras

Próxima parada: Santo Domingo

Hace unos meses me regalaron un viaje a República Dominicana y este miércoles sale mi avión, todavía casi ni me lo puedo creer. Aunque tengo pagado una estancia en un hotel de cinco estrellas y todo incluido, tengo muy claro que apenas voy a pasar tiempo allí, quiero aprovechar el viaje para grabar un capítulo más de “Al Otro Extremo del Desafío”.

En un principio pensé dedicar el capítulo a la ascensión del Pico Duarte, uno de los más altos de Centroamérica, pero buscando información sobre el mismo me dí cuenta de que se trata de una montaña bastante ascendida y con el entorno modificado para que sea más accesible, lo que, a mí parecer, le quita el encanto. Yo quiero mostraros algo que pocas veces se haya visto.

Así que lo vamos a escalar por la ruta menos frecuentada y sin apenas infraestructuras: 48 kilómetros y 2.575 metros de desnivel positivo hasta la cima… el Pico Duarte mide 3.087 metros (¡como los que tenemos en Sierra Nevada o en Pirineos!) y empezamos a subirlo desde un pueblecito a 600 metros. Va a ser bastante duro, y más para nosotros, que lo vamos a intentar hacer en el menor tiempo posible.

Y después de la ascensión todavía hay más. Seguí buscando información por Internet y creo que dí en el clavo: un centro de buceo que propone inmersiones en cuevas sumergidas en mitad de la selva. ¿Suena emocionante, verdad? ¡Pues ese va a ser nuestro segundo objetivo!

No todo es montaña, desde chico siempre me ha apasionado el submarinismo. Igual que ahora todo el tiempo estoy pensando en el alpinismo, antes estaba obsesionado con el mar y me pasaba horas y horas viendo los documentales en VHS de Cousteau.

Vamos a explorar varios sistemas de cuevas sumergidas que siguen la línea de la antigua costa de la República Dominicana. Hace varios millones de años, la isla se levantó lentamente del mar y el agua, al retirarse, socavó las partes menos resistentes de las rocas creando galerías y túneles inmensos en los que durante los últimos milenios estalactitas y estalagmitas se han ido formando.

La próxima vez que os escriba lo haré desde el otro lado del charco. Ahora me voy a correr un poco, los últimos entrenamientos antes de salir… ¡Qué emocionante!

406 Palabras