Rumanía, el Pico Omu (2ª parte)

Nunca me ha gustado mucho madrugar, pero cuando tengo una montaña por delante que escalar lo hago, y además de muy buena gana. Y si encima estás en un otro país rodeado de nuevos amigos se convierte en todo un placer.

Me despierto inconscientemente a la vez que el sol y veo que mis compañeros siguen dormidos, estoy un rato atento por si se levantan y nada, me vuelvo a acostar. Mucho más tarde empieza el movimiento… ¡Qué bien, aquí también se lleva el “horario andalú”, esto parece Poqueira!

Nos vamos a desayunar y vuelvo a la realidad, en vez de comer tostadas de aceite de oliva con tomate nos dan huevos fritos con bacon que, la verdad, tampoco están nada mal. Más me vale que coma bien porque por delante nos espera un largo día y una montaña que subir, el Pico Omu.

Al grupo que formábamos Coco, su padre (Ovidiu) y un servidor, se unen Dino y Cristi, dos nuevos amigos que conocí el día anterior en el comedor del Refugio. Yo encantado, todo un placer escalar con ellos.

Dino me recuerda a Miguel Martín, se parece bastante a él, y Cristi es muy divertido y siempre está haciendo bromas. Además, sabe algo de español, exactamente tres frases: “Me duele la cabeza”, “Estoy embarazada” y “El señor Martínez, que trabaja en una gran empresa siderúrgica”. Que vale que con eso dudo que sobreviva, pero por lo menos sabe más que yo de rumano. Me he pasado todo el puente en Rumanía y sólo sé decir “da”, que es “sí”.

En el Refugio se está muy bien, pero afuera hace mucho frío y humedad, todas las montañas han amanecido cubiertas de una espesa niebla que apenas dejan ver nada que esté a a más de cinco metros. ¡Pero que me esperaba, que no estoy en la playa! Nos colocamos la mochila y tiramos p’arriba.

No tengo el mejor equipo, pero sí el suficiente para no pasar frío, sin embargo, mi cámara de vídeo no y deja de funcionar. ¡Muy bien, justo en la parte más interesante! Me tengo que conformar con grabar con el móvil que, sorprendentemente, responde bien a pesar de las duras condiciones.

Al poco tiempo nos metemos en un pequeño corredor no muy difícil (supongo que, por su inclinación, “PD: Poco Difícil”) pero con un buen ambiente alpino por la niebla y, porque a medida que íbamos ganando altura, se iba estrechando. Sin duda la parte más bonita de la ascensión.

Y, cuando lo terminamos, salimos por una pequeña cornisa a la arista cimera, muy, pero que muy venteada. ¡Ahí sí que hacía frío de verdad! El viento en montaña siempre es lo peor, hace que la sensación térmica disminuya considerablemente. Las cejas, el pelo, las pestañas… todo se me hiela. Saco el móvil apenas unos minutos del bolsillo para grabar y en seguida se convierte en un cubito de hielo.

Seguimos avanzando y el viento no aminora, si no más bien todo lo contrario, cada vez soplaba más fuerte. Se hacía desagradable andar, pero continuamos y llegamos a la cima del Pico Omu. No me lo puedía creer. Apenas se ve nada por la niebla, pero en la cima hay unas piedras enormes que, al parecer, tienen forma de persona que dan nombre a la montaña (en rumano “omu” siginifica “hombre”).

Mis compañeros, mis nuevos amigos, apenas se inmutaron por la cima. Normal, seguramente habrán estado allí decenas de veces, pero yo estaba especialmente emocionado. Entonces lo disimule, pero he de reconocer que se me escapó alguna lágrima. Por desgracia, el móvil me dejó de funcionar y no pude grabar nada.

Esa fue la primera montaña seria de Coco, la subió cuando sólo tenía 6 años, y se trata de, nada más ni nada menos, la más alta de la zona, con 2.505 metros.

Y, otra cosa curiosa, en la misma cima hay una pedazo cabaña, un buen lugar donde refugiarse de la tormenta que se nos había hechado encima. Increíble, jamás me lo hubiese imaginado.

Entramos y, gracias a las amistades de Coco y su padre, nos invitan a un té caliente. Mira que a mí no me gustan mucho, pero lo agradecí bastante después de todo el frío que había pelado. Reponemos fuerzas y nos mentalizamos de que todavía nos queda la bajada.

Cuando salimos el viento ha aumentado, ¡la tormenta que, en un principio, no iba a llegar hasta el día siguiente se ha adelantado y nos ha pillado! La ventisca era terrible y orientarse se convertía en algo bastante complicado.

Bajamos y hubo algún momento en el que dudamos si íbamos por el camino correcto, pero tengo la suerte de que mis compañeros se conocen esas montañas al dedillo y en seguida encontramos el mejor sitio para bajar. Sin embargo, según nos contaron, tres montañeros húngaros llevaban varios días desaparecidos, en teoría, muy cerca de donde estábamos.

Superamos la zona más venteada y nos metemos en mitad de un bosque que, siguiendo unos árboles marcados con pintura, llegamos de nuevo a la civilización y ya está. Esa misma noche os escribí el anterior post.

Ahora mismo estoy en mi casa de Manzanares ya descansado de los aviones, las maletas, las prisas… A pesar de todo eso, que inevitablemente conlleva cualquier viaje, estos últimos días han sido realmente increíbles.

Las montañas de Rumanía son bestiales, ya de por sí justifican el viaje, pero lo mejor, sin duda, las personas: Coco, su familia, sus amigos… Todos se han portado genial y yo, que soy muy tonto, les he cogido cariño. No sé cuándo ni cómo, pero les tengo que volver a ver. De verdad, ¡muchas gracias!

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Rumanía, conociendo el país de Coco (1ª parte)

Estoy en mi habitación del hotel donde me alojo, en Râşnov, ¡he descubierto que tengo Wi-Fi gratis! Se trata de un pueblo no muy grande, aunque tampoco es muy pequeño, rodeado de montañas increíbles y bosques preciosos. No sabéis lo bien que me lo estoy pasando.

>Llegamos el viernes muy tarde a Bucarest, el avión se retrasó un poco y, encima, aquí es una hora más. Menos mal que habíamos quedado con la madre de Coco, Gabi, en el aeropuerto y, muy amable, nos llevó en su coche hasta el hotel donde ahora mismo estoy. Llegué agotado y caí frito en cuantito rocé la cama.

Ahora mismo estoy muy calentito tumbado en la cama con dos radiadores, pero afuera, en la calle, hace bastante frío. Las temperaturas se han mantenido bastante gélidas desde que llegamos. Es más, ahora mismo está nevando.  En todas las cunetas hay hielo y nieve, en los tejados, el agua de las fuentes está como una piedra… ¡No pasa ni media!

Ayer, nada más levantarme me dí una vuelta por el pueblo, pero eso sí, con el plumas puesto. Salgo a la calle y me recibe un perro enorme moviendo el rabo, doy dos pasos y se acerca un gato, miro hacia atrás y aparece otro más… Aquí en casi todas las casas tienen alguna mascota.

Desayuno tranquilo y cuando me da por mirar la hora me doy cuenta de que es muy tarde, ¡he quedado con Coco a las doce en el local de su club de montaña! Preparo la mochila rápido y mal y con mucha suerte consigo llegar casi la vez que ella, menos mal que el club está cerca del hotel (la noche anterior su madre nos lo enseñó).

No me gusta nada como me comporte, ¡estaba muy cortado! He de reconocer que estaba bastante nervioso, nunca antes la había visto en persona, sólo había hablado con ella a través de “e-milios”.  Yo no soy así, siempre estoy bromeando y haciendo tonterías.

Hablamos un ratín sobre sus expediciones, os recuerdo que ha escalado el volcán más alto de cada continente y el mes que viene se va al Everest para completar el proyecto de las Siete Cimas, y cuando llegó su padre (Ovidiu) cogimos el coche y nos fuimos para la montaña.

Queremos llegar al Refugio Malaiesti, a 1.720 metros, para al día siguiente atacar el Pico Omu. Hacía algo de frío, pero el sol pegaba bien y, encima, iba muy bien acompañado. Empezamos a andar por un bosque realmente espectacular de, primero, unos árboles que no llegué a identificar de hoja caduca y luego, cuando cogimos altura, unas coníferas gigantes. ¡Pero qué bonitas que son estas montañas!

Mientras que vamos subiendo voy pensando en los osos, me hubiese hecho ilusión ver a alguno, aunque sea de lejos. Pero caí en la cuenta de que lo iba a tener chungo: en está época están, lógicamente, invernando. La subespecie ibérica está en serio peligro de extinción y es una pena, son unos animales increíbles. Sin embargo, aquí se han censado más de 8.000 ejemplares, una barbaridad.

El Refugio está situado en un lugar mágico, estas montañas de los Cárpatos no tienen nada que envidiar a las de España, pero me quedo todavía más flipao cuando nos enseñan nuestra habitación… ¡Sólo tiene tres literas! Al parecer, la habitación más grande de aquí sólo tiene 14 plazas, todo un lujo al que no estoy acostumbrado por esas alturas. Tenemos hasta televisión y DVD, en mi vida había visto yo esto en un refugio.

Después vamos a comer algo y aquí, en Rumanía, os aseguro que las sorpresas vienen de dos en dos: Coco y su padre conocen a casi todo el mundo. Con ellos la diversión está asegurada, nos sentamos en una mesa y enseguida estamos rodeados de buenos amigos, todos muy amables. Hablan en rumano, pero más o menos les entiendo y, lo que no, me lo traduce Coco, así que me siento como uno más.

Me dieron de probar varias cosas típicas, como un queso que habían fabricado ellos mismos que estaba bastante rico. Ovidiu lo ponía en un trozo de pan mezclado con unas setas que también se habían subido y, aunque sabía un poco raro (no sabría compararlo con nada, nunca había probado nada parecido), he de reconocer que estaba bueno.

Creía que estaba en el refugio perfecto hasta que me entró ganas de, ya sabéis, de plantar un pino. Los váter son turcos, de esos en los que sólo hay un agujero en el suelo por el que tienes que darlo todo. Que sí, puede que sea la postura más natural para evacuar, pero más te vale que seas rápido, porque echan una peste…

Conforme avanzaba la tarde y entraba la noche creía que las animosas charlas del comedor iban a terminar, pero nada más lejos de la realidad. Mientras que en España todos estaríamos en nuestras habitaciones dormidos aquí no, incluso hay uno con una guitarra cantando bonitas canciones de historias de montaña. ¡Los refugios rumanos ganan por goleada!

Mientras tanto me voy con Coco y un amigo a jugar a la cocina. A pesar de que su amigo tiene nuestra edad es casi el doble que yo, que ya sé que no es muy difícil pero impresiona porque en este país todos son muy altos. Jugamos a las cartas, a un juego que se llama “Macao” (o algo así) y quedo fatal. Era la primera vez que jugaba a eso y no terminé de enterarme.

De repente entra alguien corriendo y le dice algo a Coco en rumano que no consigo entender, le había avisado de que está saliendo en la televisión. Vamos a una de las habitaciones y, efectivamente, allí estaba. Le estuvieron haciendo una entrevista sobre su última  expedición, la de la Antártida.

Después, charlamos un poco más con su padre y sus amigos en el comedor y nos vamos a dormir, que hay que descansar porque el Pico Omu, el más alto de la zona, nos esperaba. Pero eso os lo contaré otro día, que ahora he quedado con la familia de Coco en un restaurante típico para cenar y ya llego tarde, como siempre.

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Ya está, me voy a Rumanía

Pocos son los alpinistas extranjeros que eligen como destino para escalar las montañas de Rumanía, es más, apenas he encontrado información en inglés en Internet. Lo que poca gente sabe es que, sin embargo, un tercio del territorio rumano está cubierto por montañas. Quizás no tengan la altura de los Alpes (apenas superan los 2.500 metros), pero es un buen lugar si lo que buscamos son montañas solitarias en las que el hombre apenas ha dejado su huella.

También es verdad que tienen sus inconvenientes. Aparte de las avalanchas, el mal tiempo y todas esos “peligros” que son comunes en todas las cordilleras del mundo, hay que tener muy en cuenta los osos… ¡hay muchismos, más de 8.000 ejemplares! La región donde voy posee una de las mayores concentraciones de grandes carnívoros de Europa (también hay lobos y linces) y, aunque son muy bonitos pueden ser bastante peligrosos.

Pero seguro que me las apañaré, voy bien acompañado. Además de unos cuantos ajos en la mochila por si al Conde Drácula le da por el alpinismo estaré con Coco Popescu, una escaladora local de la que ya os hablé más abajo en otro post.

Ya está todo preparado, pero eso sí, me he quedado sin un duro. ¡Es tan difícil conseguir dinero cuando eres menor de edad! Y encima, cuando lo consigues, nunca suele ser mucho. Lo peor para un culo tan inquieto como el mío.

El viernes tengo reservado unos billetes de avión que me dejarán en Bucarest al anochecer y desde allí, ya por vía terrestre, iremos a Râşnov, un pueblo de apenas 16.000 habitantes en mitad de las Bucegi Mountains. Nuestro principal objetivo: escalar el Omu Peak, de 2.505 metros, la montaña más alta de la zona y que, además, significa mucho para Coco, se trató su primer pico serio, lo subió cuando sólo tenía 6 años.

Va a ser un viaje espectacular, os lo aseguro. Si tengo cinco minutos y, sobre todo, si encuentro Wi-Fi gratis os escribiré algo desde allí.

¡Nos vemos, amigos!

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