Un juego peligroso

Dani se había tumbado en el suelo, sobre un pasto almohadillado. La hierba, después de permanecer oculta durante varios meses bajo la nieve y el hielo, todavía tenía un color ocre. Echó un vistazo instintivo a su alrededor y cerró sus párpados durante unos segundos. Comenzó a notar cómo el sol le devolvía el calor que había perdido mientras escalaba. Los rayos recorrían las cicatrices de antiguas heridas en la mejilla y en la frente, o las arrugas que le crecían alrededor de sus ojos cuando sonreía. Suspiró profundamente y tuvo la sensación de que era la primera vez que descansaba realmente desde hacía meses. Al fin podía detenerse en detalles como las pequeñas florecillas que ya habían comenzado a crecer entre la hierba. También escuchó el leve zumbido de algunos insectos. El mundo se había reducido a la pequeña porción de tierra que sus sentidos podían abarcar.

Fue entonces cuando lo vio: Manu avanzaba a lo lejos con una pesadez inusitada. Todavía en el suelo, Dani advirtió cómo su compañero tropezó varias veces. Le sorprendieron sus movimientos torpes. Descendía con lentitud, como si cada paso le supusiese un esfuerzo terrible.

Los dos amigos no se dijeron nada hasta que estuvieron juntos. Aún en la claridad radiante del mediodía, los ojos grandes y marrones de Manu parecían terriblemente preocupados. Dani no necesitó demasiado tiempo para reconocer aquella expresión: ya la había visto en otras ocasiones, en los ojos de otras personas. De pronto regresaron algunos recuerdos que creía haber olvidado. Y en seguida comprendió que había ocurrido algo grave.

«Una avalancha. Una avalancha enorme», repetía Manu. Cayó a través de la misma canal por la que habían descendido. Trajo consigo piedras, bloques de hielo gigantescos. Si ambos amigos hubiesen tardado unos pocos minutos más, probablemente habrían quedado sepultados. Manu y Dani estuvieron a punto de picar sus billetes.

Hubo un silencio. Permanecieron inmóviles durante un tiempo hasta que, de pronto, Dani comenzó a lanzar maldiciones. Su voz sonaba quebrada. Y entonces levantó la mirada para observar de nuevo a su compañero. Manu estaba sentado sobre unas piedras. Parecía en estado de shock. No reaccionó a los gritos de Dani. Nada, ni siquiera un leve movimiento. Tenía las rodillas encogidas y miraba inmutablemente a la hierba que crecía sobre el suelo.

Aquella mañana Manu y Dani ascendieron una montaña difícil en los Pirineos aragoneses. Otra de tantas, en realidad, pues habían compartido la misma cuerda en numerosas ocasiones. A pesar de que todavía la primavera era muy fría escalaron con el mínimo material. Tenían una mochila para los dos: un poco de ropa de abrigo, algo de agua y poco más. Calzaban unas zapatillas deportivas.

Conocían las reglas, claro: sabían que aquello se trataba de un juego peligroso. A Dani le gustaba parafrasear ―en las conferencias sobre alpinismo que hacía de vez en cuando para sobrevivir, junto a hogueras en todo el mundo, durante las noches de vivacs, dentro de una fría tienda de campaña colocada en algún glaciar remoto, en los bares con sus amigos― al alpinista y escritor Simón Elías: «No nos engañemos ―solía decir mientras subía el tono de voz y miraba a su público, buscando los ojos de éstos―, en las montañas también hay normas, como en cualquier ciudad. Están impuestas por la Naturaleza: las avalanchas, las tormentas, etc. Cosas así, supongo que ya estáis al corriente. Son reglas mucho más severas porque no te amonestan o te ponen una multa, sino que te quiebran una pierna o te matan. Sin embargo, a mí me parecen mucho más cercanas y más comprensibles de lo que son las normas de la sociedad de hoy en día».

Dani se dirigió a su amigo: «Necesito largarme de aquí. Manu, venga tío, vámonos ya». Manu no respondió.

Las normas. Los peligros. Los amigos que habían dejado sus vidas en otras montañas. Los ten mucho cuidado, por favor, de sus familiares y de las personas que más querían. Dani tuvo la sensación de que conocía cuáles eran los pensamientos exactos de su compañero. Por un momento creyó conocer todos los detalles que estaban ocurriendo en su cabeza. Una mariposa con las alas blancas revoloteó muy cerca de ellos. Soplaba una brisa suave y silenciosa, que traía consigo los olores de cientos de plantas. Era un mañana luminosa, sin nubes, la atmósfera parecía cristalina. Manu y Dani sabían que practicaban un juego peligroso. Pero aquel día ninguno de los dos amigos estaba dispuesto a morir.

829 Palabras

Quién (creo que) soy

Me piden que me presente a mí mismo. En las entrevistas que hacen los periódicos, en las oficinas, incluso en algunas redes sociales. También debería poner quién soy en mi blog, me dijeron desde Desnivel hace algún tiempo. Es muy importante, al parecer, para que la gente se sitúe. Así que hoy intentaré solucionar esta tarea pendiente. Eso sí: tengo que hacerlo bien. No vale cualquier cosa. Necesito encontrar las palabras adecuadas…

Emprendo un viaje peligroso: en esta ocasión el destino no es un lugar físico, sino una certeza.

Subo montañas (y luego bajo montañas), pero no soy alpinista. Esta palabra ―alpinista― me queda demasiado grande. Si me la pongo por encima, sobresale por todas partes.

Vaya por Dios. O por quien sea.

Continúo buscando. Me ofrecen varias palabras por el camino. Sin embargo, ninguna me gusta.

Así que pienso (espero que merezca la pena el esfuerzo) que quizás lo mejor es prescindir de ayuda. Prefiero continuar solo. Alguna palabra habrá, digo yo, que me siente bien.

Decido comprobar qué tal me queda la de periodista. Pero nada, tampoco cuela.

También intento ponerme la de guía de montaña, pero entonces alguien me dice que, para eso, necesito ser primero alpinista.

Vuelvo a empezar.

Ya he probado con varias y no hay manera. Qué difícil es esto de presentarse a uno mismo. Más de lo que esperaba, desde luego. Pero tengo que conseguirlo.

Finalmente encuentro en un rincón lleno de polvo, amontonadas, las palabras que me gustan:

Apasionado de la Naturaleza. Viajero empedernido. Narrador de historias.

Objetivo conseguido, creo. Al menos ya tengo lo suficiente para poder iniciar el regreso. Pero antes necesito descansar un poco; buscar las palabras adecuadas es agotador, y uno tiene sus limitaciones. Encuentro una roca que parece un buen lugar para sentarse.

Repaso mi biografía:

Cuando apenas era un renacuajo prefería ―al contrario que los demás chavales de mi edad― buscar bichos antes que jugar al fútbol  y cosas por el estilo. Era capaz de permanecer horas dentro de un escondite, con mis cámaras y mis trípodes, completamente inmóvil y en silencio, esperando a que pasara algún animal ―mi favorito era el martín pescador―. Desde pequeño mi relación con la Naturaleza ha sido muy intensa.

Me doy cuenta de que el número de países que he visitado supera mi edad. He vivido durante un tiempo en unas remotas comunidades rurales de República Dominicana. He cruzado un par de veces la frontera árabe-israelí sin pasaporte. Una noche, en una discoteca de Beijing, terminé bailando delante de cientos de estudiantes que trataban imitarme. Esto último fue divertido…

He escalado montañas en cuatro continentes. Recorrí selvas, glaciares, desiertos. Cuando sólo tenía 16 años, ascendí por primera vez el Mont Blanc. Con 18 viajé al Himalaya.

Recuerdo haber sobornado para conseguir visados de países en guerra ―tengo en mi habitación balas de Kalashnikov, el arma que más odio, un souvenir de este tipo de viajes―. Lo último ha sido algo más de dos meses en Uganda y República Democrática del Congo.

Me pongo algo triste al recordar los compañeros que murieron. Si tuviese un vaso cerca ―de colacao, pues los lectores de este blog ya conocen que nunca bebo alcohol― brindaría por ellos. He compartido cuerda y kilómetros con gente excepcional. He entrevistado a decenas de personas que decidieron compartir un poco de sus vidas conmigo. Y sí: tengo amigos repartidos por todo el mundo.

He dejado muchos momentos en el tintero. Pero aún así no es mala mili, concluyo…

Y entonces caigo en la cuenta ―¡ahí va!― de que acabo de encontrar la respuesta. Regreso corriendo, no vaya a ser que se me olvide, para teclearlo en el ordenador:

«Mi nombre es Pablo Moraga Torres y soy… soy lo que he vivido, naturalmente.»

668 Palabras

“Sonrisas y montañas” organiza una fiesta deportiva-solidaria en Manzanares (Ciudad Real)

La Piscina Municipal de Manzanares (Ciudad Real) permanecerá abierta durante casi toda la noche del próximo 2 de agosto. Habrá una carrera popular, además de talleres infantiles y actividades como yoga, conciertos, zumba, aquagym, tiro con arco, etc. Se trata de un evento organizado por la ONG “Sonrisas y montañas” y con la colaboración del Ayuntamiento de Manzanares. Los fondos recaudados se destinarán de manera íntegra a la construcción de un hospital y un colegio en República Dominicana.

La fiesta deportiva-solidaria “Quisqueya sonríe” comenzará al atardecer (21:00 h) con una carrera a pie de una distancia aproximada de 4’3 kilómetros. Tendrá un carácter no competitivo; cualquier persona que desee participar podrá completar el recorrido de la manera que prefiera, bien corriendo o andando. La salida y la meta estarán situadas en el Polideportivo Municipal de Manzanares y se recorrerán algunas de las calles más céntricas de la localidad.

Tras la carrera comenzarán una serie de actividades en la Piscina Municipal: piraguas, aquagym, zumba, tiro con arco, yoga, body-pump, talleres para niños y adolescentes… También habrá un mercadillo solidario y música.

Se pondrán a la venta entradas de 3 euros para los adultos y de 2 euros para los menores de 12 años, con las que se podrá acceder a la carrera y al resto de las actividades. Podrán adquirirse en la misma piscina, a partir de las 21:00 horas, o de forma anticipada en la Casa de la Juventud de Manzanares. Este importe será destinado íntegramente al proyecto solidario de “Sonrisas y montañas” en República Dominicana.

El proyecto solidario

“Sonrisas y montañas” y el deportista Pablo Moraga trabajarán conjuntamente para obtener los fondos necesarios para ampliar un colegio y construir un hospital en las comunidades de la Cuenca Alta del Río San Juan (en el oeste de República Dominicana). Durante los próximos meses realizarán numerosas actividades y eventos ―exposiciones, charlas, conciertos, carreras, visitas a colegios e institutos― relacionados con este proyecto. Además, Pablo Moraga tratará de ascender la montaña más alta del país caribeño, el Pico Duarte, en un tiempo récord.

«Es una de las zonas más remotas de República Dominicana», explicó Pablo Moraga. «Más del 75% de los hogares (de una población total aproximada de 900 personas) viven en situación de pobreza. O lo que es lo mismo: al menos 7 de cada 10 viviendas tratan de subsistir con unos ingresos inferiores de 1,50 euros al día».

Pablo Moraga conoció y convivió durante semanas con los habitantes de la Cuenca Alta del Río San Juan: «Queremos ayudarles en su lucha para conseguir un futuro mejor. Nuestra prioridad es amplificar un mensaje que nunca ha tenido suficiente voz. Pretendemos que el mayor número posible de personas conozca cuál es su realidad», añadió.

Sonrisas y montañas

“Sonrisas y Montañas” trata de obtener fondos para colaborar con distintos proyectos sociales mediante pruebas deportivas realizadas por un equipo propio,. Durante el año 2013, construyó tres colegios en el sur de Nepal (trabajando conjuntamente con ONG Educanepal). Para el 2014 ha reunido a dos deportistas especializados en diferentes modalidades: José Luis Romero y Pablo Moraga.

Más información

http://www.sonrisasymontanas.com/

http://www.pablomoraga.com/

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574 Palabras

#QuisqueyaSonríe: deporte y cooperación en República Dominicana

“Sonrisas y Montañas” y el alpinista Pablo Moraga trabajarán conjuntamente para mostrar y mejorar las condiciones de vida de las personas que viven en una de las regiones más desfavorecidas de República Dominicana: las comunidades de la Cuenca Alta del Río San Juan. Su objetivo es obtener el apoyo económico suficiente (a través de donaciones de particulares y empresas) para colaborar con la construcción de un hospital y la ampliación de un colegio. Para conseguirlo, realizarán numerosas actividades y eventos durante los próximos meses. Además, Pablo intentará ascender el Pico Duarte (3.089 m), la montaña más alta del país caribeño, en un tiempo récord. (Ver vídeo)

Las comunidades rurales de República Dominicana

Las comunidades rurales de la Cuenca Alta del Río San Juan se encuentran en el oeste de República Dominicana. Están situadas entre escarpadas montañas, su carretera de acceso no está asfaltada y, hasta el año 2011, no tenían agua corriente ni luz. Se trata de una de las zonas más remotas del país caribeño. Sus habitantes se dedican a la agricultura de subsistencia y más del 75% de los hogares (de una población total aproximada de 900 personas) viven en situación de pobreza.

Pablo Moraga ha viajado a la Cuenca Alta del Río San Juan en varias ocasiones. El joven alpinista ha convivido durante semanas con sus habitantes para conocer cómo es su realidad. «Con el paso del tiempo, algunas de esas personas se han convertido en buenos amigos ―explicó―. Me abrieron las puertas de sus casas y me contaron sus historias. Me trataron como si fuese uno más y, a menudo, sus detalles conmigo conseguían emocionarme. Ahora, quiero ayudarles en su lucha por conseguir un futuro mejor».

El proyecto deportivo: la ascensión del Pico Duarte

En marzo del próximo año, Pablo Moraga intentará ascender la montaña más alta de República Dominicana, el Pico Duarte (3.087 m), en un tiempo récord. Con tan sólo unas zapatillas y una mochila ligera tratará de recorrer más de 70 kilómetros y 3.900 metros de desnivel positivo y negativo. Pretende completar en cuestión de horas un itinerario que normalmente se realiza en cinco o seis jornadas.

A través de la repercusión mediática de este desafío deportivo, “Sonrisas y Montañas” y Pablo Moraga pretenden llamar la atención sobre la situación actual de las comunidades de la Cuenca Alta del Río San Juan. De esta forma tratarán de obtener el apoyo económico suficiente para colaborar con la construcción de un hospital y la ampliación de un colegio en la zona.

El proyecto solidario: ampliación del “Centro Educativo-Vocacional Aventura”

Hasta hace unos años, en las comunidades rurales de la Cuenca Alta del Río San Juan, sólo existía un pequeño número de escuelas construidas. Contaban con espacios muy reducidos y apenas tenían materiales didácticos adecuados. Mientras que la educación básica obligatoria de República Dominicana tiene una duración de ocho años, los alumnos tan sólo tenían acceso a los tres primeros cursos. Además, algunos de los profesores asignados por el Gobierno se ausentaban durante meses. Todos estos obstáculos provocaron una deserción escolar masiva. Los chicos dejaron sus estudios y, hoy en día, el analfabetismo está presente en más del 80% de la población mayor de 14 años.

Ante esta situación, el cooperante dominicano Cristian Quezada (con la colaboración de varias oenegés: FUNDASEP, Fundación Sur Futuro…) decidió iniciar un proyecto educativo en aquellas comunidades. En el año 2011 comenzó a construir un colegio con capacidad para albergar y alimentar a los niños que tienen que caminar varias horas para llegar hasta allí. Hoy lo conocen como “Centro Educativo-Vocacional Aventura”.

Todos los lunes, Cristian Quezada y los profesores recogen a algunos de los alumnos con su vehículo; el resto, acuden al colegio montados en mulas. Los niños permanecen allí internos hasta el viernes, cuando regresan a sus casas. «Es un gran desafío ―explicó Cristian―. Apenas tenemos unas pocas aulas y dormitorios, hemos improvisado una pequeña cocina… Requiere mucho esfuerzo, pero trabajamos con entusiasmo. A pesar de todas las dificultades, nuestros alumnos pueden recibir una educación de calidad y comer tres veces al día».

“Sonrisas y Montañas” destinará todos los fondos recaudados para ampliar y mejorar las instalaciones del “Centro Educativo-Vocacional Aventura” y colaborar en la construcción de un centro de salud en la zona (en la actualidad, muchos de los habitantes de aquellas comunidades tienen que recorrer más de 70 kilómetros por caminos no asfaltados para acudir al hospital o centro de salud más cercano).

¿Cómo puedes ayudar?

Cualquier persona que lo desee podrá colaborar con la donación de un euro por cada ladrillo que quiera aportar. Las empresas y entidades privadas también podrán acompañar (de forma simbólica) al joven alpinista durante su ascensión, donando dos euros por cada kilómetro que recorra (70 kilómetros en total).

A lo largo de los próximos meses, “Sonrisas y Montañas” y Pablo Moraga realizarán numerosas actividades y eventos (exposiciones, charlas, visitas a colegios e institutos…) relacionados con este proyecto. Todos los beneficios que se obtengan serán destinados al mismo.

El primer evento tendrá lugar en Manzanares (Ciudad Real) el próximo 2 de agosto (sábado). Comenzará al atardecer (21:00 h) con una carrera a pie de una distancia aproximada de 4,3 kilómetros. La meta y la salida estarán dentro del Pabellón Polideportivo y se recorrerán algunas de las calles más céntricas de Manzanares. Después, la Piscina Municipal permanecerá abierta durante casi toda la noche y se realizarán numerosas actividades: talleres infantiles y adolescentes, piraguas, zumba, aquagym, tiro con arco, yoga, BodyPump… Las entradas ―pueden adquirirse en la Casa de la Juventud de Manzanares― para los adultos costarán 3€, y los niños hasta 12 años tan sólo tendrán que aportar 2€

«Nuestra prioridad es amplificar un mensaje que nunca ha tenido suficiente voz. Muy pocas personas conocen la difícil realidad de estas comunidades rurales», explicó María Onares, directora de “Sonrisas y Montañas”.

“Sonrisas y Montañas”

“Sonrisas y Montañas” es una asociación sin ánimo de lucro. Mediante pruebas deportivas realizadas por un equipo propio, trata de obtener fondos para colaborar con distintos proyectos sociales. Durante el año 2013, construyó tres colegios en el sur de Nepal (trabajando conjuntamente con ONG Educanepal). Para el 2014 ha reunido a dos deportistas especializados en diferentes modalidades: José Luis Romero y Pablo Moraga.

José Luis Romero Muñoz (Miguelturra, Ciudad Real) cuenta con un amplio historial deportivo en el mundo de la montaña. Además, ha realizado numerosas carreras y triatlones de larga distancia. Este año participará en el Triple-Ultra-Triathlon de Lensahn (Alemania) ―una de las pruebas más duras del mundo: 12 kilómetros de natación, 540 kilómetros pedaleando y 126 kilómetros corriendo―. Su objetivo es apoyar a la ONG Coopera en la construcción de un colegio en República Democrática del Congo.

Pablo Moraga Torres (Manzanares, Ciudad Real, 2 de agosto de 1994) es alpinista y guía de montaña. Su pasión por la Naturaleza y los viajes le han llevado a escalar montañas de todo el mundo. Actualmente continua viajando y compartiendo sus experiencias con los demás a través de su proyecto “Destino Vertical”.

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1,315 Palabras

Los sherpas del Everest (II)

Las últimas semanas han sido convulsas en el campo base del Everest. De nuevo, aquella ciudad improvisada a más de 5.300 metros de altitud ―las coloridas tiendas de campaña de cerca de mil personas contrastan con la sobriedad del glaciar― ha atraído la atención de periodistas de todo el mundo. Tras el terrible accidente en el que murieron dieciséis sherpas, los titulares sobre el Everest se han sucedido. Desde entonces se ha dicho de todo. Con rapidez, sin reflexión, a menudo sin contrastar los datos. Ya saben cómo funciona Internet. Incluso algunos medios de comunicación han publicado información contradictoria. Finalmente ha sucedido no-sé-qué, decían. Y al poco tiempo publicaban todo lo contrario. Tampoco han faltado los cantamañanas de turno: aquellos que siempre tienen muy claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos de todas las películas. Sus teclados escupían demagogia barata con una velocidad vertiginosa mientras las páginas webs sobre montaña de todo el mundo publicaban estos artículos en la portada.

Amanece en el Valle del Khumbu. Muy cerca de Namche Bazar ―el principal centro comercial y administrativo de la región―, la visión del Everest, el Lhotse y el Ama Dablam sorprende a miles de “trekkers” todos los años. (Fotografía: Alejandro Echart.)

Apenas si quedan unas pocas expediciones en la montaña. Muchos de los sherpas contratados para instalar cuerdas fijas o portear el material decidieron marchar a sus casas. Parece que algunos alpinistas extranjeros concluyeron no continuar como muestra de respeto; otros porque, sin la ayuda de los sherpas, escalar el Everest es demasiado difícil. Sin embargo, los motivos que llevaron a la mayoría a tomar esta decisión todavía son confusos. Desnivel.com ha traducido y publicado un artículo de Sumit Joshi ―responsable la agencia nepalí Himalayan Ascent― donde desmiente algunos rumores difundidos a través de las redes sociales y diversos medios de comunicación. «Los días posteriores del accidente fueron desconcertantes ―explica―. Sin embargo, nunca escuché ningún rumor de que hubiera amenazas sobre los trabajadores de montaña que quisieran escalar. Tampoco vi actos de violencia ni rumores de que hubiera influencias maoístas externas. (…) Me pregunto si los occidentales que están publicando ese tipo de rumores han entendido mal la situación. La situación era simplemente un caos de emociones».

Joshi trata de rebatir declaraciones como las del experimentado guía de montaña Tim Rippel, propietario de la agencia Peak Freaks. «La ira estaba aumentando en el campo base ―escribió―. Se habló de represalias sobre los sherpas que querían continuar. Incluso amenazaron a sus familias. La situación parecía muy peligrosa». Numerosos blogs y otros expedicionarios le respaldaron. Incluso varios periódicos afirmaron que al menos cuatro equipos occidentales fueron directamente amenazados por un grupo de sherpas con vínculos maoístas. «Dijeron que utilizarían palos, piedras y machetes para salirse con la suya», señaló un escalador estadounidense. El guía británico Tim Mosedale se mostraba muy preocupado: «Me di cuenta de que si continuábamos escalando, podríamos encontrarnos a nuestro regreso aldeas en llamas. ¿Cómo podemos exponernos a semejante riesgo?». Mosedale es muy crítico ―por este motivo ha recibido numerosas réplicas a través de su blog―. Asegura que parte de la comunidad de escaladores sherpas «se ha enredado en una telaraña de mentiras, intimidación y violencia».

 

Antes de comenzar una escalada, los sherpas realizan una ceremonia religiosa denominada “puja”. Según su tradición, las montañas son las moradas de distintas deidades. (Fotografía: Alejandro Echart.)

Varios medios de comunicación continúan publicando información confusa y tampoco existe una versión oficial de los hechos. Muchos sherpas respaldan la versión de Joshi. Según el diario The New York Times, algunos de ellos reconocieron que «existía cierta tensión, pero nunca se utilizó la violencia ni hubo amenazas». Aún se desconoce qué ha ocurrido durante las últimas semanas en el campo base de la montaña más alta del planeta. «Es un momento de crisis para el Everest y para Nepal», explicó Phil Crampton (Altitude Junkies) tras reunirse en Katmandú con las autoridades locales. «Estos hechos ―añadió― deberían tratarse como una llamada de atención para el Gobierno nepalí».

739 Palabras

Los sherpas del Everest

Ocurrió en el Everest. Durante la madrugada del 18 de abril, una avalancha gigantesca sepultó a varios escaladores. Eran hombres nepalís ―la mayoría sherpas― que trabajaban colocando cuerdas fijas o abasteciendo los campamentos de altura. A día de hoy se han confirmado al menos trece fallecidos; otras tres personas permanecen ocultas bajo toneladas de nieve y hielo. En distintas páginas webs pueden leerse los nombres de las víctimas; algunos habían escalado el Everest en varias ocasiones, había guías de montaña experimentados con certificación de la UIAGM, porteadores y cocineros. Todos, en definitiva, estaban haciendo su trabajo. Las redes sociales no han tardado en reaccionar. Incluso varios medios de comunicación no especializados han recogido el desafortunado accidente. Todos coinciden en que es la tragedia más grave que ha ocurrido en aquella montaña.

Los helicópteros y el personal de rescate han dejado de rastrear la zona. Según han informado algunos periódicos nepalís (The Kathmandu Post, The Himalayan Times…), los miembros del equipo de búsqueda decidieron descender al campo base. Las autoridades descartan toda posibilidad de hallar con vida a las tres personas desaparecidas. Además, tras las últimas nevadas, permanecer en el lugar del accidente era demasiado peligroso. Las expediciones que trataban de ascender el techo del mundo están consternadas. Dicen que es el «Black Everest Year».

El Everest (8.848 m) es la montaña más alta del planeta. En la vertiente nepalí aparece como una gigantesca y oscura pirámide, rodeada de espectaculares farallones de hielo.  (Fotografía: Alejando Echart.)

Durante estos días tristes he recordado a algunos amigos sherpas. La historia de Sonam Dorji Sherpa, por ejemplo, todavía me estremece. Vive en un antiguo lodge de Pangboche, un puñado de casas situadas a 3.900 metros de altitud. Sus pequeñas habitaciones ya no reciben a los turistas; su mujer y él mismo construyeron otro edificio más grande hace dos años. Le conocí una tarde de abril del 2013. Detrás de las ventanas del viejo comedor, las afiladas aristas del Ama Dablam jugaban con las nubes. En el centro, una estufa que se encendía con excrementos de yaks calentaba la habitación. Una de las paredes estaba plagada de fotografías. Entre ellas, en seguida reconocí a mi amigo João Garcia. También distinguí la sonrisa de Sonam, envuelta en un mono de plumas, en la cima del Everest ―lo ha escalado en cinco ocasiones―. Había otros escaladores, con rasgos sherpas, a los que no conocía; eran familiares que habían fallecido en la montaña. «Las montañas son muy peligrosas…», sentenció con un gesto amargo. Sonam ha estado en once ocasiones sobre la cima de una montaña de ochomil metros. Durante su última expedición sufrió un accidente en el Manaslu. «Desde entonces me dedico a alquilar yaks a las expediciones que van al Everest o a cualquier otra montaña. También gestiono un lodge. No gano tanto dinero como antes, pero prometí a mi mujer que no volvería a escalar», me explicó.

Desafortunadamente, las estadísticas confirman las palabras de Sonam. Según Desnivel.com 87 sherpas han fallecido en el Everest entre 1922 y 2013. No se conoce el número exacto de cuántos perecieron en las montañas de los alrededores.

João Garcia entrega nuevas fotografías a Sonam. El portugués y el sherpa se conocen desde hace años. (Fotografía: Alejandro Echart.)

Hoy, miembros del Gobierno de Nepal ―entre ellos Sushil Koirala, el Primer Ministro― se han reunido urgentemente con algunos representantes de los sherpas que trabajan en el Everest. Los sherpas exigen mejores seguros, salarios más altos y cuantiosas indemnizaciones para las familias de los fallecidos en este último accidente. Si no se llevan a cabo estos cambios, debaten la posibilidad de abandonar la montaña esta temporada. En consecuencia, más de trescientos escaladores extranjeros que pretenden ascender el Everest tendrían grandes dificultades para conseguirlo. Ang Tshering Sherpa ―presidente de la Nepal Mountaineering Association― y algunos de los empresarios más influyentes del país han ofrecido al Gobierno un ultimátum de siete días.

A estas alturas de la jugada, desengañémonos: subir el techo del mundo se ha convertido en un gran negocio. No hay marcha atrás. Los sherpas, los empresarios y los alpinistas, por lo tanto, tienen derecho a mostrar sus cartas; al menos, espero que se trate de un juego limpio y justo.

758 Palabras

Una casa de piedra

Coloqué algunos troncos en la chimenea. La madera crepitó al recibir el abrazo del fuego. Observé el paisaje a través de una de las ventanas: había dejado de llover. Las gotas de agua se deslizaban lentamente en los cristales. Las nubes paseaban por el cielo con la serenidad de quien ha terminado un trabajo difícil. Las montañas, recubiertas de nieve, reaparecieron detrás de la niebla. Los rayos del sol formaban columnas de oro. La hierba de los pastos brillaba contenta, humedecida por el rocío. La Naturaleza estallaba de alegría. Un ruido inesperado interrumpió mis reflexiones. Primero unas llaves, luego el sonido de las bisagras. Oí cómo alguien abría la puerta. Al momento, David entró en la habitación.

Mis botas de esquí estaban secándose junto a la chimenea. Las pieles de foca todavía colgaban del tendedero. David me dirigió una sonrisa cómplice, amistosa y socarrona al mismo tiempo. Es un tipo larguirucho, un buen compañero, que conocí un par de años atrás. Combate su falta de experiencia en la montaña con una motivación envidiable. Consiguió graduarse en una ingeniera de las complicadas, pero un día lo dejó todo para subir montañas. Muy metódico con su entrenamiento, ha conseguido realizar escaladas realmente difíciles en poco tiempo. Desde hacía algunas semanas compartíamos el alquiler de una casa en los Pirineos con otros tres amigos: Matías, Lorenzo-de-Huesca y Lorenzo-Logroño (o Lorenzo-Lobezno, por su patillas).

Soy un cocinero pésimo; por suerte, durante aquellos días conseguí sobrevivir con algunos espaguetis. Las botas de esquí malolientes se acumulaban rodeando el calor de la chimenea, junto a las chaquetas o los pantalones empapados. No teníamos demasiadas normas, salvo aquella que me prohibía tajantemente escuchar canciones dominicanas cerca de mis compañeros. Recuerdo de aquellos días el olor a bosque que se filtraba a través de las ventanas, o las conversaciones hasta las tantas. Desayunos rápidos en la penumbra de la madrugada. Amaneceres que, mientras avanzábamos hacia alguna montaña entumecidos por el frío, nos acariciaban con la ternura de la mano de un ser querido. La complicidad con ese amigo que estaba atado en el otro extremo de la cuerda.

Aquella tarde, los rayos del sol recorrían los sofás, las mesas con libros y el material de montaña. El cielo luminoso y azul se extendía sobre las habitaciones. Las sombras bailaban entre nuestros cachivaches mientras avanzaba el día. Lorenzo-Logroño consultaba la predicción meteorológica con el móvil y David afilaba sus crampones. Al día siguiente escalaríamos juntos. Eché otro vistazo al paisaje, en constante movimiento, que había detrás de nuestras ventanas. Subir montañas se ha convertido en un juego divertido, pensé. Si no fuese por las quejas de mis amigos, habría puesto una de esas bachatas dominicanas a todo volumen.

501 Palabras

El Aneto como alternativa a compuestos lisérgicos

Hice una escala de veinticuatro horas en los Estados Unidos. Conocí Miami Beach. Ocean Road. Chiringuitos sofisticados. Ropa cara, etiquetas, zapatos de marca. Cócteles de colores, las últimas canciones americanas. Después de vivir durante tanto tiempo con una mochila al hombro en remotas zonas rurales, observaba fascinado las amplias avenidas de aquella ciudad. Me veía reflejado en la carrocería brillante de los coches. Necesitaba reunir fuerzas para reconocer que aquel rostro tostado por el sol me pertenecía. Parecía un náufrago.

A principios de marzo comenzaba la temporada alta. Era el Spring Break y miles de estudiantes universitarios procedentes de todo el país estaban allí. A lo largo de las próximas semanas se sucederían fiestas y conciertos. Los alojamientos más baratos estaban a rebosar. Ocupé la última cama libre de un albergue donde vendían, junto a la recepción, dos botellas de cervezas por un dólar o camisetas con el eslogan «What happens in the beach, stays in the beach». Un salvadoreño ―el encargado de repartir las habitaciones― trataba de ponerme al día cuando un tipo interrumpió nuestra conversación. «Tíos, ¿dónde está la playa?», dijo un estudiante de veinte-y-pocos, mientras imaginaba kilómetros de arena blanca y chicas con bikinis. El recepcionista le contestó, con normalidad: «Chaval, ni tú ni yo somos lo suficiente cool para ir a un sitio así».

«Florida. The Sunshine State», presumían las matrículas de los vehículos. Allí, el agua del océano Atlántico era realmente transparente. Unas olas suaves rompían contra la arena blanca. Las cimas de los rascacielos flirteaban con un cielo totalmente despejado. Los socorristas vigilaban las playas desde torres de madera. Parecía un mundo hecho a medida. Por un momento imaginé a una especie de sastre ―normalmente viste camisas de colores y cosas por el estilo, es un tipo estrafalario y genial― tomando medidas con una gigantesca cinta métrica, pensando en cada detalle, colocando los edificios o las palmeras.

Otro avión. Las pantallas indicaban 7.349 kilómetros hasta el destino. El espacio desfilaba detrás de las ventanillas. Mientras el inmenso Boeing 767 giraba sobre la ciudad, reflexionaba sobre los detalles que la velocidad tecnológica nos impide conocer. Miraba el paisaje como quien trata de identificar un rostro en una multitud. Observaba cómo los grandes edificios y las calles cuadriculadas se desvanecían mansamente. Era de noche y casi todos los pasajeros que estaban sentados a mi alrededor dormían. Con el paso del tiempo, este ambiente ―todas esas personas sentadas sin hablar, el calor de sus cuerpos rellenando el escaso espacio libre, la luz de algún ordenador reflejada en una de las ventanas…― ha comenzado a parecerme extrañamente reconfortante.

Algunas horas más tarde llegué a los Pirineos. Aún soy capaz de recordar los detalles con nitidez. Eran las seis de la mañana. Los altavoces escupían la voz ronca de Extremoduro mientras el coche avanzaba en la oscuridad. El termómetro marcaba varios grados bajo cero. La luna bañaba a las montañas recubiertas de nieve con una luz espectral; al fondo del valle, las cumbres más altas se recortaban en la penumbra. A un lado de la carretera un cartel nos dio la bienvenida: entrábamos en Benasque. Nuestros esquís de montaña sobresalían por encima de los asientos traseros. «Buenos días, Pablo ―dijo finalmente mi amigo Lorenzo con tono irónico―. ¿Preparado?». Respondí con una mueca. Tenía la sensación de que los últimos días se habían sucedido demasiado rápido. Como si hubiese dado un enorme salto sin red. Detrás de la ventana aún paseaban las imágenes de mi viaje. Lorenzo cantaba fatal.

636 Palabras

Santo Domingo

Debe tener mi edad, o quizás es un poco más joven. Ha subido al escenario junto a otras tres chicas. El presentador le pregunta si tiene novio. Responde que no mientras el numeroso público parece enloquecer por momentos. Tendrá que bailar una conocida canción dominicana: un reggaetón que ya había escuchado en otras ocasiones durante este viaje. Si lo hace mejor que las demás chicas, ganará una gorra y una cerveza gratis. Parece nerviosa. Los potentes altavoces comienzan a escupir la música. La muchacha se dirige al centro del escenario y comienza bailar. De pronto, olvida su timidez. Se coloca de espaldas, se agacha, mueve el trasero hacia arriba y hacia abajo. El público enfebrece. Cuando su falda deja entrever su ropa interior algunos hombres están tan excitados que se llevan las manos a la cabeza. Aplauden y gritan. Es la favorita. Todo parece indicar que se llevará el premio. El presentador anuncia que el espectáculo se prolongará hasta la madrugada…

He cenado no demasiado lejos de este escenario, en un rincón más tranquilo. Por algo menos de dos euros compré una bandera dominicana ―un plato muy habitual en República Dominicana: habichuelas, arroz blanco y, en ocasiones, algo de carne―. Comí mientras atardecía. El Mar Caribe parecía una gigantesca plancha de color plomizo. En el horizonte unos gigantescos barcos avanzaban con lentitud. Este paisaje me recordó que estoy terriblemente lejos. Sentía vértigo. Las olas se hinchaban y rompían sonoramente contra unas rocas. Los niños aprovechaban la brisa para lanzar sus cometas. Me mostraron cómo las habían fabricado utilizando bolsas de basura y algunos palitos. Estaban unidas con largos hilos blancos que los chicos acortaban y alargaban con asombrosa habilidad. Jugué con ellos durante un largo rato.

Tengo sueño. Anoche salí por ahí y continúo cansado. Un finlandés, un noruego, un alemán, un español y dos americanas consiguieron convencerme. Les conocí en el albergue donde me alojo ―uno de esos sitios con habitaciones compartidas y baños al final del pasillo―. Cogimos un taxi hacia la Avenida Venezuela ―nos chivaron que se trata una calle muy popular entre los universitarios dominicanos; durante los fines de semana, los estudiantes acuden en masa―. Entramos en varias discotecas. Los altavoces inundaban con su música todos los locales. Bachatas y merengues. Arrastré mis zapatillas manchadas de barro por las pistas de baile durante horas. Éramos los únicos extranjeros y no pasábamos desapercibidos. Esta mañana, mis nuevos amigos me aseguraron que tienen lagunas en la memoria. No conseguían recordar algunos detalles. Demasiado alcohol. Hablaban con la voz ronca y los ojos entornados. Parecían sonámbulos. Bromeaba con ellos: «yo, sin embargo, tardaré mucho tiempo en olvidar este viaje…».

La chica ha desaparecido del escenario. Ahora, dos tipos cantan y bailan encima de la plataforma. De vez en cuando lanzan gritos excitados. Uno de ellos se ha tirado al suelo y su compañero mueve la cintura frenéticamente como si le estuviese haciendo el amor. No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Compruebo si continúa el bulto de la cartera en los bolsillos de mis pantalones. Por si las moscas. Después de acostumbrarme a la vida a marcha lenta de las comunidades de montañeses con las que he estado coexistiendo, el ritmo de una ciudad como Santo Domingo consigue anestesiarme. Decido que ha llegado la hora de regresar al albergue. Emprendo el camino de vuelta. Mañana un avión me llevará a los Estados Unidos y me asaltan sentimientos contradictorios. Miro por última vez el mar pesado y turbulento. Camino despacio. La música se disuelve entre las sucias callejuelas.

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Historias de piratas

Una pequeña cala sin nombre. Península de Samaná (República Dominicana).

Atardece. El agua de color turquesa palidece lentamente, como si no quisiera ser aspirada por la oscuridad. Una luz sesgada se arrastra lánguidamente entre los altos cocoteros ―sus troncos delimitan esta pequeña calita de arena blanca; curvos y delgados, parecen ideados por el arquitecto más excéntrico―. Cierro los ojos mientras escucho el suave oleaje y la brisa se enreda en mi pelo. No hace falta demasiado esfuerzo para imaginar a los viejos piratas rondando estas calas, playas y cabos que me rodean. Botines, asaltos, cañones disparando contra navíos y carabelas cargadas de oro. Pieles curtidas por el sol y las salpicaduras de agua salada. Nombres capaces de provocar temor a los marineros. Historias repletas de aventuras como aquellas que se abrían paso en mi imaginación de niño.

Extiendo el saco de dormir sobre la arena. Antes de acostarme escribo algunas páginas en mi cuaderno de viajes. De vez en cuando, la luz de mi linterna sorprende a pequeños cangrejos tan blancos como la arena. Caminan de lado, nerviosos y con las pinzas levantadas como si estuviesen reclamando una explicación por mi presencia. Millones de estrellas giran sobre las hojas de los cocoteros. Danzan brillantes en el cielo, acompañando a la música de las olas. Este espectáculo salvaje y bello suscita, sin embargo, una melancolía singular. Dentro de unos días tendré que abandonar República Dominicana. El visado que aquel policía selló en mi pasaporte está a punto de caducar. Ha pasado casi un mes. El barro de los caminos recorridos pesa bajo mis pies.

Aún queda mucho por hacer. El objetivo que me ha guiado hasta aquí es difícil de conseguir: ayudar a mis amigos en su lucha por conseguir un futuro mejor. Pero no puedo darles la espalda. El calor de aquellas personas ocultan el cansancio y las dificultades. Trato de amplificar un mensaje que, en realidad, nunca ha tenido suficiente voz.

Amanece. Los rayos de sol más madrugadores acarician el agua. La marea crece y borra en la arena mis huellas descalzas. Un pelícano busca su desayuno; sobrevuela las olas y se lanza en picado cuando encuentra un objetivo. Por un momento olvida su aspecto torpe y pesado. Observo sus piruetas mientras preparo la mochila. «Es hora de partir, chaval», me repito. Relleno los escasos huecos vacíos con mi material de montaña y de fotografía. Viajar solo no es fácil, pero los fantasmas que me acompañaban unas semanas atrás han desaparecido. Ya no se burlan de mí. Cuando el ruidoso avión acelere a través de la pista de despegue y su tren de aterrizaje se levante del asfalto, tan sólo me acompañará el agradable recuerdo de las personas que he conocido en este país.

Durante los próximos meses continuaré mi largo viaje por todo el mundo. Acompáñame a descubrir desiertos, selvas o las montañas más altas. Hazlo a través de las redes sociales (Facebook: “Al Otro Extremo del Desafío”; Twitter “@alotroextremo”) o mi página web (“www.pablomoraga.com”). Gracias, lectores, por permitirme compartir este camino con vosotros.

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