Pablo Moraga regresa del Himalaya

Pablo Moraga y sus compañeros regresan del Himalaya sin completar la escalada que pretendían llevar a cabo en aquella cordillera. Las pésimas condiciones meteorológicas y, en el caso del joven alpinista una infección intestinal, han impedido al equipo continuar. Su objetivo era muy ambicioso y exigente: una travesía inédita alrededor del macizo del Ama Dablam y escalar una montaña de más de seis mil metros que tan sólo había sido ascendida en tres ocasiones. “Las condiciones son imposibles, así que no nos ha quedado más remedio que marcharnos”, ha explicado Pablo Moraga. “El viento, la cantidad de nieve y avalanchas nos han obligado a tomar esta decisión. Todas las expediciones de los alrededores estaban paralizadas. Era demasiado peligroso continuar. Después de un mes entre aquellas montañas, teníamos que volver a casa”.

De izquierda a derecha, Lorenzo, Álex, Jõao y Rubén en la cima del Island Peak (fotografía: Alejandro Echart)

“Jõao García, Alejandro Echart, Rubén de la Cruz y Lorenzo J. Martínez alcanzaron la cima del Island Peak. Yo, sin embargo, tuve que descender al Campo Base, afectado por una infección intestinal. Un bichito que habitaba en mi estómago desde hacía varios días apenas me dejaba caminar. Necesitaba descansar; entonces mis piernas eran débiles y sabía que, si continuaba, ralentizaría a los chicos. Fue un día duro”. El grupo utilizó esta montaña de 6.189 metros para comprobar su estado de aclimatación a la altura. Después de esta ascensión, comenzó el mal tiempo: “Desde aquel día, no ha parado de nevar. Las veinticuatro horas, sin parar. Cada tarde caían, por lo menos, veinte centímetros nuevos de nieve”.

Sin embargo, Pablo Moraga es optimista: “No nos sentimos fracasados ni derrotados. Ninguna de estas emociones se encuentran en nuestros corazones, plenos de energía y fuerzas renovadas. Durante estas semanas nos hemos topado de bruces con nuestros sueños, que vagaban, desde hace mucho tiempo, entre aquellas esas montañas mágicas. Ha sido una experiencia inolvidable. Lo importante no es alcanzar cimas sino todo lo demás; compartir el camino con unos buenos amigos, estar lejos de las normas de las ciudades, jugar con los sonrientes niños sherpas, disfrutar de esa Naturaleza tan salvaje… La montaña sólo es la más hermosa de las excusas”.

El mal tiempo ha impedido al grupo continuar su escalada. En la imagen, Pablo Moraga descendiendo (fotografía: Alejandro Echart)

El joven alpinista ya ha retomado sus entrenamientos debido a que, durante los próximos meses, regresará a las selvas más impenetrables de República Dominicana, ascenderá el Elbrus por su vertiente más salvaje, escalará unas remotas paredes entre las dunas del Sáhara y pretenderá realizar la travesía de la isla de Tenerife, pasando por la cima del Teide, en un tiempo récord. Todos estos viajes forman parte de su proyecto “Al Otro Extremo del Desafío 2013”. Con cada una de sus aventuras realizará una serie-documental que podrá verse en televisión. De esta forma pretende mostrar, desde su particular punto de vista, algunos de los rincones más salvajes y espectaculares de nuestro planeta a un público no especializado. De momento, podéis seguir sus viajes a través de su página web (http://www.pablomoraga.com), Facebook (“Al Otro Extremo del Desafío”) y Twitter (“@alotroextremo”).

“Para continuar con este proyecto, es primordial la colaboración de nuevos patrocinadores. Sin ellos, no sería posible”, ha asegurado Pablo Moraga, quien ha querido agradecer la colaboración de “AMS Componentes y Suministros Eléctricos”, la tienda de montaña “El Rincón de la Montaña” y “Talleres Josán Motor”.

Rubén, Álex, Pablo y Lorenzo en el campo base del Island Peak (fotografía: Jõao García)

Su próximo reto será en junio: “Dentro de un mes un avión me llevará hasta República Dominicana. Quiero ayudar a unas personas que viven en una de las zonas más aisladas y recónditas de aquel país. Les conocí en un viaje anterior y ahora pretendo dar a conocer su situación y estudiar la viabilidad de un proyecto de desarrollo turístico de la zona. Quizás de este modo se podrá garantizar la supervivencia del poblado”.

Vida nómada: a la deriva

Solté mi pesado petate dejándolo caer en el suelo de la entrada y me senté en el sillón. Estaba tremendamente agotado. Permanecí así, inmóvil, durante un largo rato. Eché un vistazo a mi alrededor: los libros rodeando el televisor; mis pies de gato en el otro sofá, encima de un montón de mosquetones y cintas exprés; un mapa extendido sobre la mesa; el calendario con la fotografía de dos alpinistas progresando por una arista de nieve… “Supongo que he llegado a casa”, pensé. Aquel pequeño piso de Madrid no se parecía en nada a mi verdadero hogar, donde viven mis padres, mi hermana, mi gato y mi perro. Pero, por lo menos, lo que me rodeaba resultaba familiar. Sin moverme del sofá podía verme reflejado en la pantalla oscura del televisor y noté que había adelgazado demasiado. El vecino gritaba algo, parecía enfadado pero no lograba entender qué decía. Encendí mi ordenador portátil y repasé las imágenes que había grabado en Nepal. Al visualizar los vídeos no pude evitar una punzada de tristeza. Ni siquiera había abandonado el Himalaya hace unas pocas horas, pero ya echaba de menos aquellas montañas salvajes.

Después de un mes de viaje nada ha cambiado lo más mínimo. Mis amigos siguen demasiado ocupados estudiando los exámenes de su carrera, el abuelo que vive en el 3ºD sigue meando todos los días sobre las once y cuarto de la noche ―estas paredes son tan delgadas que dejan oírlo todo―, la vecina de arriba continúa arrojando sus colillas al patio interior… Todo sigue igual. El rocódromo del barrio también, claro. En realidad, se trata de unas cuantas presas de resina y madera pegadas en el muro de un puente. Las pinturas de los grafitis lo han estropeado y ya no se puede escalar. A los sin-techo les parecía un lugar acogedor y el ayuntamiento colocó una valla para evitar que durmieran allí, pero alguien la rompió con unas tenazas. También parece ser un buen lugar para hacer botellón los días de lluvia y ahora el suelo está lleno de botellas de cerveza vacías.

En mi cartera encontré billetes de cuatro países: los coloridos riales de Qatar, los impecables euros, algún que otro dólar y las desgastadas rupias de Nepal. En los bolsillos de mis pantalones todavía guardaba algunas entradas de los monumentos de la ciudad de Katmandú. En las últimas veinticuatro horas había recorrido más de 9.000 kilómetros. Sin embargo, tenía la sensación de haber viajado aún más lejos. Desorientado, me conecté a Internet para publicar la última crónica que he escrito y colgar en mi página web algunas fotografías. Tras treinta días sin conseguir una conexión decente, lo primero que leí en Twitter es que A. se acaba de duchar. Al parecer, le ha sentado muy bien.

Doblé y recogí con cuidado las khatas que me han regalado en el Valle del Khumbu. Se tratan de unos pañuelos de seda blanca que colocábamos alrededor de nuestros cuellos. Simbolizan la pureza y la compasión. Nos los ofrecieron varios sherpas, viejos amigos de Jõao, mientras nos deseaban buena suerte en la montaña. Finalmente no pudimos completar las escaladas que pretendíamos llevar a cabo, pero ha sido una experiencia inolvidable. Lo importante no es alcanzar cimas sino todo lo demás; compartir el camino con unos buenos amigos, estar lejos de las normas de las ciudades, jugar con los sonrientes niños sherpas, disfrutar de aquella Naturaleza tan salvaje… En realidad las montañas sólo son las más hermosas de las excusas. Una profunda sensación de melancolía volvió a sacudir mi cuerpo. Entonces comprendí que nada me retenía en aquella ciudad. Nada me hacía replantearme organizar de nuevo el petate y salir aprisa de allí. Tenía que continuar mi viaje. Algunas horas más tarde tenía otro billete de avión en mis manos…

Hasta pronto, Himalaya

El sol está a punto de desvanecerse detrás del horizonte repleto de edificaciones. Un grupo de jóvenes monjes charlan alegres. Los peregrinos encienden velas de mantequilla. Las calles circundantes están llenas de monasterios y el sonido de platillos, golpes de tambores y cuernos tibetanos se mezclan con las graves y monótonas voces de decenas de monjes recitando mantras. El viento mece suavemente las banderas de oración, esparciendo por todos los rincones las oraciones que están escritas en ellas, bendiciendo y protegiendo a todos los seres vivos de los alrededores. Éste es un lugar especial. Estamos en la estupa de Bodhnath, el centro de la comunidad tibetana y budista en Nepal, uno de los escasos escondrijos sosegados de Katmandú. Esta ciudad se mueve a un ritmo frenético, demasiado rápido para alguien que, como nosotros, ha estado durante todo un mes caminando despacio, disfrutando de cada paso, saboreando la quietud de las montañas salvajes.

Detalle de la estupa de Boudhanath (fotografía: Alejandro Echart)

Más tarde entramos en un diminuto restaurante. Ni siquiera tienen carta y, para dirigirnos al comedor, tenemos que cruzar la cocina, donde dos mujeres se afanan en aplastar la masa de los deliciosos momos. Allí sorprendemos a una pareja de adolescentes. Comían juntos en una esquina discreta, escondidos del bullicio de la calle. La chica es muy guapa; tiene una tika roja ―un pequeño punto que se unta en la frente; supone una señal de protección para los que lo reciben― y un vestido largo, de seda, azul y morado. El chico lleva un pantalón vaquero ajustado y un peinado moderno. Y ambos se han quedado, al vernos, rojos como un tomate; en Nepal existe una ley no escrita que impide que chicas y chicos puedan relacionarse antes del matrimonio.

Niños sherpas en el Valle del Khumbu (fotografía: Alejandro Echart)

Como si imitasen a los coches de la ciudad, tradición y modernidad transitan a unos escasos centímetros una de la otra. A veces parece que están a punto de chocar, pero nunca ocurre nada. En Katmandú los carteles de “wi-fi gratis” y las tiendas de marcas de deporte de montaña se mezclan entre estupas, templos hindúes y multitud de símbolos religiosos. Los rostros arrugados de los nepalís más ancianos, las largas y canosas barbas de los sadhus ―ascetas hindúes que han abandonado su trabajo y su hogar para iniciar una búsqueda espiritual― o las mujeres confeccionando bellísimos collares de caléndulas, son un eficaz imán para las cámaras de los numerosos mochileros europeos y americanos. Antiquísimas costumbres y las últimas tendencias occidentales se mezclan en las mismas calles polvorientas y abarrotadas, mientras el sonido de cientos de claxon te obligan a moverte.

La ‘ruta normal’ del Island Peak, una montaña de más de seis mil metros que utilizamos para comprobar nuestro estado de aclimatación a la altura (fotografía: Alejandro Echart)

Nuestra expedición está a punto de terminar; muy pronto un avión nos llevará a casa. Finalmente nos despedimos del Himalaya sin conseguir nuestros objetivos principales; una infección intestinal y el mal tiempo nos han impedido completar una travesía inédita a través del Macizo del Ama Dablam y alcanzar la cima de una montaña que tan sólo se ha escalado en tres ocasiones. Sin embargo, no nos sentimos fracasados ni derrotados. Ninguna de estas emociones aparecen en nuestros corazones, plenos de energía y fuerzas renovadas. Durante estas semanas nos hemos topado de bruces con nuestros sueños, que vagaban, desde hace mucho tiempo, entre esas montañas mágicas.

Nuru vuelve al Everest

Nuru marchará mañana al campo base del Everest. Durante los próximos tres meses trabajará en la montaña más alta del planeta. Una expedición comercial le ha contratado como porteador. Ha sido seleccionado para instalar cuerdas fijas y campamentos a más de ocho mil metros de altura, abrir huella, portear botellas de oxígeno… Si tiene una oportunidad, intentará alcanzar la cima; sabe que así conseguirá un sueldo mayor. Está decidido, necesita ese dinero. En apenas veinticuatro horas se unirá a los cientos de sherpas que ya se encuentran en esa montaña. Su padre está muy enfermo; los médicos le han detectado un cáncer en los riñones y permanece, desde hace varias semanas, entubado en una camilla del hospital de Katmandú. Si no acepta este trabajo, no podrá pagar el costosísimo tratamiento.

Anoche le ayudamos a desempolvar y seleccionar su vetusto material de escalada. Mientras tanto, no dejaba de pensar en su mujer y sus dos hijas. Les prometió que no volvería a escalar, que no volvería a trabajar en un ochomil. Este padre de familia de Pangboche, un pueblecito nepalí situado a más de 3.900 metros de altura, sabe que la montaña es peligrosa. El marido de su hermana mayor murió en el Ama Dablam, su segundo hermano se quedó para siempre en el Manaslu… y él mismo estuvo a punto de perder su vida en el Cho Oyu. Tan sólo tiene veintisiete años, pero ha estado once ocasiones en la cima de una montaña de más de ocho mil metros. Ha escalado el Everest (8.848 m) cinco veces, el Cho Oyu (8.201 m) cuatro y el Manaslu (8.163 m) dos. Además, ha alcanzado la cima del Baruntse (7.220 m) en diez ocasiones.

En una ocasión salvó el pellejo de un conocido ochomilillista español. Al parecer, se encontraba tan agotado que era incapaz de descender por sus propios medios. Nuru no lo dudó un instante: inmediatamente lo cargó a hombros hasta que pudo encontrar ayuda. Sus piernas y sus pulmones son fortísimos a pesar de que nunca ha entrenado para ello. Su historial es increíble, pero nunca ha salido en ninguna revista. Si buscas su nombre en Google, no encontrarás nada; es un gran alpinista anónimo. Jamás le han hecho una entrevista y le divierte que yo tenga tantas preguntas para él; me responde a cada una con su sonrisa habitual y sincera, mientras sujeta en brazos a su hija más pequeña.

Nuru se levanta todas las mañanas muy temprano para buscar a sus yaks. A veces, tiene que andar durante horas. Hoy los ha encontrado pastando en un prado a cinco mil metros de altura. Mientras cuida de los animales, su mujer se encarga de cocinar y atender a los turistas que duermen en su lodge ―muchos de ellos necesitan más cuidados que su segunda hija, de sólo cinco años―. Su hija mayor tiene once años y todos los días camina por encima de los cuatro mil metros para ir a la escuela; su clase está a una altitud superior que la mayoría de las cimas más altas de Europa. A mediodía suelen comer todos juntos copiosos platos de dhal-bat (arroz con salsa de lentejas) o patatas asadas. De noche, cuando las temperaturas se desploman por debajo de los cero grados, intentan retener el calor reuniéndose en torno a su chimenea, donde el fuego se aviva gracias a los excrementos de yak. Nuru me asegura que es muy feliz. Lleva una vida sencilla y tranquila en un lugar difícil. Durante los próximos meses echará de menos a su familia.

Aeropuertos: Doha (Qatar)

Debería estar en el aeropuerto de Dheli. Sin embargo, aquellas luces que se ven detrás del amplio ventanal, son los edificios de Doha, la capital de Qatar. Al fondo, puedo distinguir el alminar de una mezquita cargada de luces rojas, un edificio gigantesco azul, y otro verde. Millones de bombillas llenan la oscuridad de la noche. Se trata de una ciudad grande y moderna. Su población no para de crecer allá donde antes no había nada. Los edificios y hoteles de lujo se levantan encima de una tierra mermada y pobre en recursos, en mitad del desierto. La riqueza de la zona proviene, en realidad, del subsuelo, donde este país guarda una de las mayores reservas de petróleo del mundo.

Unos asientos por delante de donde nos encontramos se han sentado un grupo de ancianos con el traje tradicional beduino. Visten una túnica hasta los pies de un blanco inmaculado y un kufiya rojo y blanco enrollado en la cabeza. Uno de ellos está tumbado en el suelo. Se ha arropado totalmente debajo de una manta marrón y tan sólo puedo intuir su silueta. A su lado, también en el suelo, un bastón de madera y unas sandalias desgastadas viejas. Me fijo en el resto: todos tienen la piel arrugada, marcada por el sol y el paso de los años. Quizás durante su juventud fueron nómadas, hombres sin tierra y sin más posesiones que aquellas que confiaban a los lomos de sus camellos. Hoy, esta forma de vida itinerante ha desaparecido por completo en Qatar.

Junto a uno de los ancianos se ha quedado dormida, encima de su maleta, una chica surcoreana. Es bastante joven, tiene el pelo teñido, unas medias ajustadas y unas botas que parecen pesar el doble de su cuerpo. Está tumbada de tal manera que tememos que, en cualquier momento, puede partirse en dos. Sin embargo, sigue profundamente dormida, totalmente ajena al bullicio del aeropuerto y a su incómoda postura.

Este aeropuerto se ha convertido en los últimos años en la puerta de Asia. Lo utilizan numerosos vuelos procedentes de América y Europa para realizar escalas. La mezcolanza de culturas es apabullante: un brahmán hindú busca un enchufe para cargar su teléfono móvil, una mujer tapada detrás de un burka está comprando un caro perfume de Dior, un grupo de inmigrantes nepalíes ―la mayoría de los trabajadores de limpieza del aeropuerto proceden de Nepal o de la India― se desternillan en la puerta de los servicios…

Me acompañan Álex Echart, Rubén de La Cruz y Lorenzo J. Martínez. Jõao García, el quinto componente de la expedición, se unirá a nosotros más tarde. Compartiremos el próximo mes en las montañas del Himalaya. Queremos completar una travesía circular al Macizo del Ama Dablam a través de unos collados difíciles y solitarios. Apenas hemos encontrado información sobre ellos y, probablemente, no han sido escalados durante años.

A nuestro lado se han sentado un par de austriacos que marchan al Cho Oyu, una montaña de más de ocho mil metros. Los dos son enormes; rozan los dos metros de altura y cada uno de sus brazos es tan grande como todo mi tronco. Además, visten igual: la misma mochila, la misma camiseta azul ―impoluta, por supuesto―, los mismas pantalones… Incluso tienen el mismo modelo de reloj. Y claro, ambos son tan altos como rubios. Su aspecto deja a nuestra expedición a la altura del betún. En lo que a estética se refiere, somos un auténtico desastre: cada uno tenemos un corte de pelo distinto, vestimos totalmente diferentes, nuestras alturas también difieren… Tenemos, eso sí, “camisetas de expedición”, pero las hemos guardado en nuestro petate. Rubén tenía varias iguales en casa y decidió traerse cinco; en cada una de ellas aparece un bebé ―con pañal y chupete― boxeando y, en su trasero, escritas con letras rojas: “MAGISTERIO DE EDUCACIÓN FÍSICA, 2003-2006”.

Montañas mágicas

Camino a través de las callejuelas de un pueblecito del Pirineo aragonés. Del cielo caen pequeños copos de nieve. Hace un frío que corta. Avanzo despacio, encogido, con las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta de plumas. Aquí tan sólo viven una veintena de familias y reina una quietud abrumadora. El invierno pirenaico lo detiene todo: las exuberantes cascadas y saltos de agua se han congelado; sólo unos pocos pajarillos se atreven a cantar; los ciervos, los corzos y los rebecos han abandonado las alturas buscando otros lugares donde alimentarse… También estas casas parecen esperar a que el sol de la primavera vuelva a acariciar sus fachadas de piedra. Duermen acunadas por el susurro del cercano río Lubierre.

Sobre los tejados de pizarra de la mayoría de las casas se yerguen anchas y voluminosas chimeneas que mantienen, en lo alto, una piedra tallada de forma rectangular o una cruz: son los espantabrujas. Según la tradición, sólo de esta forma se puede evitar que aquellos terribles seres se cuelen en el interior de los hogares. Algunas antiguas leyendas populares cuentan que en las montañas del Pirineo viven escondidos multitud de seres fantásticos. A pesar de que muchas de ellas tienen más de diez siglos, aún hoy se conocen cientos de historias que hablan sobre duendes, hadas, gigantes, brujas y dragones.

Nuestros amigos J. y D. viven en este pequeño pueblo. Nos han acogido en su casa hace unos días. Su hogar se ha convertido en nuestro campamento base. Están durmiendo la siesta y abro la puerta despacio para evitar despertarles. Bruma, una perra mestiza del tamaño de una mesa, se baja rápidamente del sofá donde se había tumbado. Norte, un labrador, también me saluda con entusiasmo; tiene más de once años, pero aún conserva la vitalidad de un cachorro. Al fondo, en la chimenea, bailan las llamas del fuego, calentando la amplia habitación. Las pieles de foca de nuestros esquís se están secando colgadas de las vigas de madera. Las cuerdas están en la barandilla de la escalera y, en una esquina, un montón de tornillos de hielo, fisureros, mosquetones, cintas… Debajo de la mesa en la que se amontonan decenas de libros y revistas de escalada, guardamos la leña.

Esta mañana ha salido el sol por primera vez en varias semanas. Las cumbres parecían de algodón: relucían en lo alto blancas y atractivas, provocadoras, como si intentasen llamar nuestra atención. Los bosques amanecieron colmados de nieve. Las ramas de los árboles apenas podían soportar el peso de aquel polvo blanco. En el mismo lugar donde hace pocos días nos teníamos que detener para evitar que el viento nos tirase, hemos estado foqueando tranquilamente en camiseta. Alguien soltó un grito alegre. Sonreíamos. Incluso el monótono entrechocar de nuestras botas contra los esquís parecía sonar alegre. Dibujábamos garabatos en un inmenso lienzo blanco: primero líneas rectas, luego eses y curvas. A mi alrededor, bosques encantados y buenos amigos…

Echo un vistazo atrás recordando los últimos días. He pasado buena parte de este mes entrenando duramente en los Pirineos. Mis problemas de rodilla por fin han desaparecido. Todavía no tengo la forma física que había conseguido antes de lesionarme, pero, poco a poco, la estoy recuperando; estas montañas mágicas me llenan hasta los topes de renovadas energías. Me he rehabilitado a tiempo para hacer realidad un sueño: 23 días de expedición en uno de los rincones más salvajes de la Tierra, el Himalaya. Queremos escalar un pico muy conocido y que está lleno de gente y otro solitario y más bajito, cuyo nombre ni siquiera sé pronunciar. Ya está todo preparado. El 7 de abril saldrá nuestro avión. Dos escalas, miles de kilómetros y muchas horas después, estaremos en Nepal. ¿Nos acompañáis?

Perdido en la ciudad: un tipo con esquís en el Metro de Madrid

El suelo es blanco. El cielo, también. Podría estar deslizándome por cualquiera de los dos. Continúo el descenso sobre mis esquís despacio, mirando repetidamente hacia atrás. Allí está Víctor, inmóvil, aterido de frío. El rugido del viento es tan fuerte que, aunque apenas nos separan unos pocos metros, sería incapaz de oír sus gritos. Por eso hemos decidido comunicamos mediante un silbato. Un pitido significa que debo detenerme. Después, si oigo otros dos pitidos, me desplazo hacia la derecha, siguiendo las indicaciones de las manos de mi compañero, hasta que me piden que pare. Por el contrario, si Víctor emite tres pitidos seguidos, entonces tengo que moverme hacia la izquierda. De esta forma permanezco en todo momento dentro del campo de visión de mi compañero y su brújula. La visibilidad es tan escasa que esta es la única manera de mantener un rumbo fijo. En teoría, si continuamos descendiendo en la misma dirección, pronto estaremos a salvo en algún café. Pero ahora, moviéndonos tan despacio, es imposible entrar en calor. Ninguno de los dos decimos nada, pero ambos comprendemos la urgencia de llegar cuanto antes a la seguridad de las pistas de esquí. Si no, las consecuencias podrían ser nefastas.

Algunas horas después estoy en un vagón del Metro de Madrid. Aún tengo la ropa empapada. Por ambos lados de mi mochila sobresalen los esquís de travesía. Nada más entrar, inevitablemente llamé la atención de todos los pasajeros. Una mujer abultada, envuelta en un abrigo de piel, muy maquillada y enjoyada, miraba a un lado y a otro, observándolo todo, hasta que se topó con mi incoherente silueta. Parecía nerviosa: movía sus piernas, que le colgaban del asiento, hacia adelante y hacia atrás mientras masticaba un chicle enérgicamente; tengo que decir que ella también tenía un aspecto realmente cómico. Dos chavales que se besaban apasionadamente pararon durante un momento. Unos tipos trajeados dejaron de despotricar sobre sus jefes. Notaba cómo me miraban de reojo. Supongo que todos esperaban que hiciese alguna estupidez para un programa de televisión de cámaras ocultas, o que, de un momento a otro, entraría el resto de la excursión de una peña aficionada a los carnavales de Cádiz. Pero nada de eso ocurrió: simplemente dejé mi mochila en el suelo, entre la pared del vagón y mis piernas, y saqué de ella un libro.

Intento concentrarme en la lectura mientras las imágenes de lo que ha ocurrido esta mañana en la Sierra de Guadarrama se suceden en mi cabeza. Por suerte, el texto es trepidante y engancha. Se trata de El enamorado de la Osa Mayor. Su autor, Sergiusz Piasecki, no tenía la más mínima preparación literaria. Se trataba de un contrabandista. Cada noche, cruzaba la frontera entre Polonia y la URSS cargado con enormes portaderas. Normalmente le acompañaban personas con motes como “el Mamut”, “el Rata” o “el Sepulturero”. Pero muchos de ellos han muerto o han sido capturados por la policía. Ahora, el protagonista vaga en solitario por los bosques y ciénagas que rodean la línea fronteriza. Ha ganado suficiente dinero para abandonar el trabajo de contrabandista durante varios años, pero no puede. Días atrás visitó Vilnius, y todo lo que vio le pareció repugnante: “ahora voy conociendo la otra cara de la ciudad, una cara que antes ignoraba por completo. Y veo que la gente vive de una manera terrible. Aquí, a cada paso se libra una lucha sin cuartel que no deja muchas opciones ni a los débiles ni a los inadaptados”. Durante todo su estancia en la ciudad, echaba de menos la vida en la frontera: “[…] Salí un momento al patio. Las estrellas brillaban tan bellas como allí…, en la frontera. La Osa Mayor se desperezaba sobre el fondo negro del cielo. Todo era tan bello como allí… Sólo faltaba el murmullo del bosque, y lo que me rodea no eran campos ni árboles, sino casas de pisos oscuras, lóbregas y frías, donde vivía una gente tan oscura lóbrega y fría como ellas”.

Sergiusz se encontraba en la ciudad perdido, desorientado. Huyó de Vilnius tan rápido como pudo. Escurrirse entre las sombras de los árboles, las largas noches sin luna, hacer el amor con alguna chica en un granero, guiarse en la oscuridad a través de las estrellas o compartir un buen trago de vodka con sus compañeros para entrar en calor se han convertido en una necesidad para él. Sabe que esta vida es peligrosa. Él mismo había sido capturado por la guardia fronteriza y llevado a una horrible prisión soviética. También ha visto cómo moría en sus brazos uno de sus mejores amigos tras recibir el impacto de una bala. Pero su cabeza ya sólo puede pensar en una cosa: “la frontera…”. Está completamente solo. Las estrellas iluminan el cielo. Con su mano roza las culatas de dos armas, dos parabellum que guarda en los bolsillos. A su alrededor… silencio.

Huida de la ciudad

Las suelas de mis zapatillas dejan sus huellas en el suelo húmedo. La quietud de este bosque me conmueve. Aquí nada me inquieta, nada me incomoda. Cierro los ojos y siento cómo el aire, fresco y limpio, cargado de aromas familiares, recorre todo mi cuerpo. Cada bocanada me hace sentir más vivo que nunca. Recorro a pie el trayecto que separa el pueblo de Benasque a Cerler. De esta forma, pretendo despertar mis piernas antes de un largo entrenamiento en la estación de esquí. Camino a través de unos antiquísimos senderos, rodeados de avellanos y abedules. Ahora la mayoría de estos árboles han perdido su follaje, y, a través de un caótico entramado de ramas vacías de hojas, puedo distinguir las sombras huidizas de los carboneros, de los herrerillos, de los pinzones y de tantos otros pajarillos. Me pregunto qué pensarán cuando ven sobresalir detrás de mi espalda mis largos esquís de travesía. Este pensamiento me divierte, de igual modo que me lo hace creer que, como estas aves, aquí tengo total libertad para vagar, correr o descansar a mi voluntad.

Los últimos dos meses he estado viviendo en Madrid. La lesión de mi rodilla derecha no parecía remitir y durante todo ese tiempo estuve yendo a una clínica médica de la federación de montaña: si me quería recuperar, tenía que dejar de escalar. Echaba de menos la montaña, el canto de los pinzones en el valle, el silbido del águila real, el susurro del viento o la luz de la luna llena… ¿Dónde están en esa ciudad? ¿Se han perdido entre el asfalto, los edificios que cortan el cielo como cuchillos o toda esa marabunta que ignora los ojos del mendigo que duerme en la calle? Cuatro millones de personas se mueven diariamente entre todo aquello, y me sentía solo. Madrid es una ciudad demasiado gris. Todo era tan predecible: sabía cuáles eran las paradas de Metro donde se suben o bajan más personas, sabía las horas en las que los vagones estaban más llenos… Para la mayoría, allí la vida se sirve en idénticas dosis de veinticuatro horas. Todo está dentro de unos parámetros, de unos horarios, envuelto en una aparente exagerada seguridad y confort. ¡Hasta las escaleras se mueven solas! Me encerraba en mi piso, leía, escribía y comía fatal. Esperaba ansioso a que el médico me dejase, por fin, huir lejos de todo aquello.

Cuando me dieron el alta, no sentí alegría. Todo lo contrario: estaba tremendamente preocupado. Todavía no me podía creer que estuviese preparado para escalar. Había estado esperando durante mucho tiempo ese momento y, cuando llegó, quería evitarlo desconfiado. Aquella noche apenas pude dormir. Cuando sonó el despertador me levanté de la cama de golpe, sin remolonear. Todavía recuerdo todo con absoluta nitidez: la ropa perfectamente doblada en la silla, el material colocado en mi mochila… Después de algo más de una hora de viaje en tren, la intensa luz que reflejaba las montañas nevadas entraba en el vagón a través de las amplias ventanas. Estaba llegando al Puerto de Cotos, en Guadarrama. Una pareja de corzos paseaban tranquilos entre los árboles. Los pinos se elevaban decenas de metros sobre el suelo como en un decorado de Jurassic Park. Los pelos de las piernas se me erizaban de la emoción. Los problemas de mi rodilla se me olvidaron. ¡El simple hecho de ver las montañas me hacía tan feliz! Mi cuerpo aparentemente seguía sentado en su asiento, pero sabía que, en realidad, estaba en alguna de esas cumbres. Porque las montañas no se suben solamente con la fuerza de los brazos y las piernas.

Cómo echaba de menos la montaña, sus colores, su música… ¡su magia! Durante las semanas siguientes las salidas a la Sierra de Guadarrama o a La Pedriza se sucedieron: virajes en el manto blanco o bailando sobre la roca, guardando cada momento en el corazón o compartiéndolos con unos buenos amigos… ¡Qué más da! Todas las mañanas salía a la montaña a hacer alguna actividad. Los entrenamientos eran cada vez más intensos: mi cuerpo había perdido la forma física que había ganado a pulso durante años, y quería recuperarla. La energía que he encontrado en esas montañas ―y la que ahora busco en los Pirineos― me será de gran ayuda durante las próximas semanas. Muy pronto, un avión me llevará al Himalaya…

Una noche en el centro de Madrid

“Una ayuda para comprar un Ferrari y un chalet en Marbella”, escribe un mendigo en una caja de cartón vacía. Él y un perro pequeño se protegen del intenso frío que hace en la calle recogidos debajo de una manta. Está cerca de un concurrido Corte Inglés de Madrid. Cientos de personas entran y salen de las tiendas; la mayoría intentan esquivar su mirada… Me estoy acercando al centro de la ciudad. Allí, en la Plaza del Sol, he quedado con unos amigos. Han leído mi post Viajar en Metro y otros deportes de riesgo, y pretenden que esta noche me reconcilie con la ciudad. Pero, de momento, el contraste de la opulencia de los comercios con la barba larga y descuidada del mendigo, observándolo todo desde el suelo, me provoca unas incontenibles ganas de vomitar.

Una manifestación pide sus ahorros a una conocida entidad bancaria. Parecen realmente enojados, y son una multitud. En una de las pancartas aparece dibujado un tipo encorbatado a punto de prenderse en una hoguera: “Botín, este será tu fin”, reza. En otras escriben rimas como “Todo huele mal en este tribunal” o “Somos gente honrada, no queremos cabronadas”. Desde el famoso movimiento del 15-M, la Plaza del Sol es un lugar para las reivindicaciones. No muy lejos de allí, otro grupo de personas piden “justicia para las víctimas del franquismo”. Ya tienen la voz ronca de tanto gritar y sobresalen entre la marabunta con varias banderas republicanas enormes. La mayoría peinan canas y llevan boinas para resguardarse del frío. Uno de ellos porta una pancarta en una mano y una muleta en la otra. En ninguna de estas dos manifestaciones encuentro a alguien que tenga menos de treinta años; protestar en la calle ya no es sólo cosa de jóvenes con rastas, pendientes o crestas: el país entero está irritado.

Cuando se acerca la policía a ver qué pasa, varios vendedores ambulantes levantan su cargamento y salen apresuradamente en la dirección contraria. Su color de piel y sus marcados rasgos faciales delatan su procedencia africana. Para moverse con velocidad han diseñado una ingeniosa sábana con un cordón en cada esquina que convergen en el centro; colocan su material en el medio de forma que, cuando tiran de los cordones, la sábana se convierte rápidamente en un saco fácil de transportar. Mezclados entre la multitud, sin detenerse, miran continuamente hacia atrás. Uno de ellos, el que parece más joven, sonríe mostrando unos dientes enormes y tan blancos como los de un anuncio de dentífricos; este juego parece divertirle. Ni siquiera ha pasado un minuto, pero la pareja de policías se ha dado la vuelta y los manteros ya han vuelto a extender su material (CD’s y DVD’s piratas, exactas falsificaciones de sudaderas y bolsos de marcas muy caras…) en el suelo.

Mientras escribo todo esto en mi pequeña y maltratada libreta, que me ha acompañado desde las selvas de República Dominicana hasta lo más profundo del desierto jordano, una mujer latinoamericana me llama la atención:

― Hola joven, ¿cómo te llamas?

― ¿Yo? Pablo ―respondo mirándola confuso y divertido a la vez.

― ¡Ay, qué bien! ¡Igual que el apóstol Pablo! Vamos a rezar un poco por tu almita, ¿quieres?

― Es que así… en frío… ―apenas me da tiempo a responder.

― Tranquilo, hijo ―me dice con un tono suave―, sólo tienes que repetir lo que yo digo…

Por suerte, en ese momento llega mi amiga S. y salgo corriendo hacia ella como un niño perdido y asustado que ha encontrado a su madre.

Varias horas más tarde mis amigos me llevan a una enorme discoteca cerca de Moncloa, pero el portero no nos deja entrar. Al ver su pinganillo, M. se acercó diciéndole: ― “Oye, perdona, tú que estas escuchando la radio, ¿cómo va el Atleti?”. Cientos de universitarios acaban de terminar los exámenes de su primer cuatrimestre y han salido para celebrarlo. Ésta es una de las discotecas más famosas de la ciudad y, en apenas unos minutos, se ha formado una cola enorme a su alrededor. Lo observo todo desde una esquina, intentanto mantenerme al margen. Simón Elías asegura que “los alpinistas somos completamente inútiles por debajo de los dos mil metros”. Yo, fuera de las montañas, mi hábitat natural, soy un tipo tímido, qué le vamos a hacer. M. y J. me llaman a gritos y hacen gestos con los brazos para que me acerque. Acto seguido, me presentan a unas chicas como si fuese el protagonista del anuncio de Fanta de hace unos años (http://youtu.be/iXWZQGOOgj8):

― ¡Sí, claro! ¿Cómo no podéis a acordaros de él? ¡Es muy famoso! Es el chico de pelo rizado…

La música traspasa las paredes de la discoteca y se oye en la calle. Los chavales esperan su turno para entrar en el local hablando reagrupados en círculos. Algunos llevan vasos enormes de plástico rellenados con alguna bebida alcohólica. Unas extranjeras caminan tambaleándose sobre unos tacones demasiado altos. Soy el único que mira hacia arriba: por encima de las farolas, por encima incluso de los altos edificios, el cielo nocturno de la ciudad se extiende inmenso como una cúpula totalmente oscura, negra, sin la luz ni la magia de las estrellas.

Aventuras urbanas

Desde hace unas semanas he cambiado mi residencia de los Pirineos por Madrid. En esta ciudad intento organizar la logística para los viajes de este año, y no es nada fácil. En el primero de ellos queremos ascender varias montañas de más de seis mil metros en el Tíbet-China. Apenas han sido escaladas en una o dos ocasiones, algunas nunca han tenido un humano en su cima y, si buscas sus nombres en Google, no aparece ningún resultado. Las descubrí en un viejo mapa y conseguir algo de información sobre estas montañas fue tan difícil como lo está siendo convencer a las autoridades para que nos dejen escalar en paz. En la embajada china nos exigen pagar unos permisos excesivamente caros, uno por montaña. Este hecho nos obligará a realizar la aclimatación a la altitud en Nepal. Y, a pesar de que insisto en que somos unos buenos chicos y que nos portaremos bien, dicen que deberemos estar acompañados en todo momento por un oficial de enlace. En fin, todo son obstáculos. En esta ocasión, si logramos cruzar la frontera y alcanzar la base de la montaña, el resto nos parecerá pan comido.

Álvaro se ríe de mis problemas. Desde luego, creo que es lo más inteligente. Mejor tomárselo con humor. Para entender mejor a esos personajes de la embajada decide llevarme al barrio chino de Madrid. “Aclimatarse a la altitud es importante, pero también lo tendrás que hacer culturalmente, ¿no?”, me dice. La verdad es que tiene razón: el avión viaja a menudo demasiado rápido, a una velocidad desconcertante; el cuerpo necesita una adaptación más lenta, y pasear por estas calles es lo único legal que puede ofrecerme para ello mi amigo Álvaro.

En el barrio madrileño de Usera los edificios son bajos, de dos, tres y cuatro plantas. No hay ni dragones ni farolillos en las calles, pero, al parecer, la mitad de los comercios de esta zona pertenecen a personas con pasaporte chino. La otra mitad, suponemos, son negocios regentados por ecuatorianos, venezolanos, dominicanos… Aquí, la mezcolanza de culturas es apabullante: entre una carnicería llena de ristras de morcillas y una empresa de envío de paquetería a República Dominicana, encontramos una peluquería destacada con letras chinas. Es enorme y su amplia cristalera permite ver desde la calle numerosos clientes y trabajadores, todos con rasgos asiáticos. Comprendemos que estamos en un lugar extraño cuando ya no sólo desconocemos el significado de las grafías de los carteles de la calle, sino que tampoco entendemos aquellos escritos con letras occidentales. En una tienda cercana venden yerba campesino, yerba kurupi, algarrobina, jumbo yet… Ni Álvaro ni yo tenemos la más remota idea de qué son todos esos productos.

En este barrio tengo la impresión de estar en varios continentes al mismo tiempo. ¿Esto es China? ¿He vuelto a República Dominicana? ¿Los Andes estarán cerca? ¿Aquello no huele como la cocina de mi amigo Ahmed? En las paredes, varios anuncios impresos en letras chinas casi han tapado por completo un póster en el que aparece sonriente Francisco Mayorga (candidato a la presidencia ecuatoriana) informando no-sé-cuántas promesas electorales, algunos carteles de una discoteca en la que suenan bachatas, cumbias, merengues… Y, no muy lejos de allí, encontramos otra peluquería de caballeros tímidamente destacada con letras árabes (tuve que abrir la puerta del diminuto local y asomarme al interior para verificar que lo era). La sensación de confusión, de pérdida, aquello que buscaba sofocar, no hace sino aumentar.

De pronto empieza a nevar. Instintivamente, mi amigo y yo miramos hacia arriba, hacia el cielo gris plomizo, para ver cómo caen los copos. Son pequeños, y ni siquiera consiguen cuajar en el suelo, pero han creado una gran expectación en toda la calle. Cerca de nosotros, la dependienta de “Glamour Latino” (¡donde se pueden comprar los “auténticos vaqueros colombianos levanta colas”!) parece realmente emocionada. Es joven y guapa, como si hubiera salido de un catálogo de viajes al Caribe. Rápidamente, se da cuenta de que su reacción nos ha llamado la atención y se dirige a nosotros, algo tímida: “Es la primera vez que veo nevar… Allá, en mi República Dominicana, nunca nieva. ¡Es tan lindo!”

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