Bájame una estrella

Detrás de la ventana aún llueve. Me reconforto pensando que las rocas están mojadas, demasiado como para poder escalar, y que no es prudente ir con estas condiciones a Sierra Nevada o a Guadarrama, a las que suelo llamar mis montañas con una familiaridad que a veces creo demasiado osada.

Además, el médico me ha dicho que tengo que descansar. Tengo la rodilla chunga. Nada grave, o al menos eso espero, pero cada vez que pregunto me dan un diagnóstico distinto. El último es que una de mis piernas es más larga que la otra. Al parecer, es un problema muy común, pero normalmente no tiene mayores consecuencias si no llevas una vida demasiado activa. Los kilómetros corriendo a las espaldas y la alergia al sofá me han pasado factura, pero en seguida me recuperaré y estaré de nuevo en las montañas.

Aprovecho este fin de semana en casa para organizar los próximos viajes. Mi proyecto de “Al Otro Extremo del Desafío 2012” sigue adelante. La situación actual hace que sea muy complicado encontrar patrocinio* y muchas de las expediciones que quería hacer las he tenido que aplazar, pero todavía no he tirado la toalla. Este verano quiero ir al Himalaya, a una montaña muy alta y muy fría con la que he estado soñando mucho tiempo, y volveré a República Dominicana cumpliendo una promesa que hice. Cosas mías.

Encima de mi mesa aún sigue el libro “Bájame una estrella”, de Miriam García Pascual. Su portada tiene dos cicatrices que no sé exactamente cuándo aparecieron. Es el libro que me llevé a Marruecos. Lo compré algunas semanas antes, pero no quise empezarlo hasta que no estuviera en las montañas. Leí la primera página en Azib Tamsoult, después de haberme pasado la tarde jugando con unos niños bereberes, y lo terminé en el Refugio del Toubkal.

Al poco tiempo de escribirlo, Miriam quiso marchar al Himalaya. Supongo que no podía hacer otra cosa siendo pájaro. Se había propuesto escalar el Meru, una montaña con más de 6.000 metros de altura y de gran dificultad técnica. Pocos sospechaban entonces que nunca volvería de aquel viaje. Sin embargo, dejó uno de los libros más bellos que jamás se han escrito sobre montaña. Es realmente bueno, y a pesar de ello ha sido todo un éxito. Este pequeño diario de no más de sesenta y cinco páginas ya tiene siete ediciones. Veinte años después de su primera publicación, aún hoy sigue siendo uno de los libros más vendidos de la Editorial Desnivel.

Nada de alpinistas elevados a la categoría de héroes, súper-hombres indestructibles luchando contra una Naturaleza feroz, recias barbas, grandes gestas, congelaciones, dedos amputados o muertos. Nada de eso. Y es que Miriam prefería hablar de la mirada de un niño, de los sonidos como el crujido del crampón sobre la nieve o de un ratón que nadie supo cómo había subido hasta el largo dieciséis.

Dejo a un lado la calculadora, el ordenador con un montón de datos y cifras, el conversor de divisas… y comienzo a leerlo de nuevo:

«[…] Y a veces sueño con una casita en el campo y un príncipe azul. Pero en el fondo sé que no puedo; me falta valor para afrontar la vida cotidiana, la rutina de un trabajo o el compromiso de un amor. Nací pájaro y miro con envidia a la gente que es feliz en tierra, como el rebeco mira con nostalgia el vuelo de las águilas. […] El precio de ser pájaro es la esclavitud del viento»

* Quiero agradecer a “AMS Suministros y Componentes Eléctricos” su colaboración. Si no fuese por su inestimable apoyo, nuestra última aventura en las montañas marroquíes no podría haberse hecho realidad. Sin embargo, para futuros proyectos, necesitamos el apoyo de otras empresas.

Marrakech

Cruzar la Plaza Jamma el Fna es, cuanto menos, complicado. Miles de personas se dan cita en este lugar diariamente. Aquí se desarrolla frenéticamente la vida pública de Marrakech tanto de día como de noche. Dos cuentacuentos gritan y se maldicen en árabe rodeados de un apretado corro de hombres con chilabas oscuras que se desternillan sin poder parar. Están unidos espalda con espalda con una cuerda y no saben cómo desatarse. Uno de ellos tiene unas orejas de burro en la cabeza, que no son otra cosa que las suelas recortadas de unas gastadas chanclas.

Mientras tanto, los domadores de monos sacan de unas viejas jaulas a sus animales que salen disparados sin dudarlo hacia el hombro de algún transeúnte despistado. Después de llevarse un buen susto, algunos se hacen una foto con ellos a cambio de varios dirhams. Los hay también más sutiles, claro. Decenas de personajes intentan captar la atención de los turistas: limpiadores de zapatos, malabaristas, domadores de serpientes, músicos, curanderos, tatuadoras de henna…

La actividad es continua durante todo el día. Quizás disminuye algo durante los rezos. Como un reloj, la llamada a la oración se hace cinco veces al día por un muecín desde un balcón de la Mezquita Koutobia. El Salat Al Fayr, la “oración del alba”, se reza al amanecer. Los graves registros del muecín inundan toda la ciudad antes de que salga el sol. «Al∙lâh lo ha decretado así», y no son pocos los musulmanes que se levantan de sus camas o dejan todo lo que están haciendo para rezar. Repiten una y otra vez todos los días «la oración es mejor que el sueño», recitan fragmentos del Corán y elogian a Al∙lâh.

En las primeras tiendas del zoco puedes comprar con la misma facilidad y muy pocos euros todo lo que quieras, desde chilabas, babuchas y pañuelos tuareg, hasta viagra o unos dientes nuevos, los hay de todas las formas y tamaños. Eso sí, no es fácil caminar a un buen ritmo entre cientos de comerciantes gritando «Mira amigo, más barato que Ryanair», «Entra, sólo mirar», «Prisa mata, amigo» o «¿Español…? ¡Andreita cómete el pollo, coño!»…

Hagas lo que hagas, mira atrás antes, lo más probable es que haya uno o dos motoristas intentando adelantarte. Cristóbal y yo creemos que la federación de montaña no cubre un atropello en estas callejuelas. En realidad, está prohibido circular con motos por aquí, pero son tantos que saben que la policía no puede controlar a todos. Si quieren, que se queden con el número de la matrícula. Al parecer la mayoría ni siquiera tienen papeles.

El humo de miles de motos y coches se mezclan con el de los numerosos puestos de comida. Todavía nadie lo ha estudiado, pero estoy seguro que pasar unos días en Marrakech tiene el mismo efecto que fumar una caja de cigarrillos a la vez. Estos laberínticos callejones huelen a monóxido de carbono, especias fuertes y, según qué rincones, a meados, curiosa combinación.

Mi País de Nunca Jamás

No tengo muy claro por qué estoy aquí. Quizás todo esto del “alpinismo” sea una huida y, al mismo, una búsqueda. Huyo cobardemente de la vida en la ciudad buscando la libertad, para ser feliz. Este es mi País de Nunca Jamás. A estas alturas, lo guapo que está el nuevo i-Phone, las nuevas colecciones de moda para la temporada primavera-verano 2012, el trabajo o la hipoteca, no tiene mucho sentido. Sé que si las cosas se ponen feas puedo morir, pero no he venido a palmarla, ni mucho menos; he venido a vivir, a vivir de verdad. Si hiciese caso a mi cabeza no estaría aquí, a más de tres mil metros intentando dormir al lado de una pareja de polacos que no para de roncar. Sigo a mi corazón.

Bueno, al corazón y a los mapas. Mientras yo escribo estas líneas, Cristóbal está estudiando concienzudamente la cartografía. Mañana intentaremos subir el Ras. Os lo digo muy flojo, no vaya a ser que ese montañón de más de cuatro mil metros se ofenda, pero es nuestro “plan B”. Nuestro programa escrito en casa, bajo un techo, sentado tranquilamente delante del ordenador, lo deja bien claro. En realidad, deberíamos estar preparando el material para abrir una nueva vía en otro pico. Sin embargo, dicha ruta está orientada al Este, es decir, desde muy temprano le da el sol y la nieve está muy blanda. Hace demasiado calor. No nos parece prudente meternos en una ruta técnica y de 900 metros muy verticales hundiéndonos hasta la ingle. Tardaríamos demasiado tiempo, y en este tipo de escaladas velocidad es sinónimo de seguridad.

Esta habitación está llena de gente muy dispar, y supongo que cada uno tendrá sus diferentes motivos para estar aquí, todos igual de válidos. En las literas de arriba duermen una pareja de vascos con los que hemos estado hablando durante la cena. Sólo llevan tres días aquí, pero han aprovechado bien el tiempo. Esta mañana, por ejemplo, han hecho una vía de diez largos en roca. Se han negado rotundamente a utilizar una mula. Tienen tres petates enormes llenos de material de escalada que han porteado hasta aquí ellos solos. Puede parecer que están fuertes, pero juegan con ventaja: son de Bilbao, así cualquiera.

Las americanas todavía tienen sus sacos de dormir en la mano. Son muy simpáticas, pero no tienen ni idea de montaña. Mientras miraba los croquis de unas bonitas goulottes cercanas, me preguntaron sorprendidas si yo escalaba “esas cosas” y comenzamos a hablar. Al parecer, ésta es su primera experiencia en montaña y mañana van a intentar subir el Toubkal. Están en buena forma, van con un guía marroquí y han alquilado crampones y piolet, seguro que lo consiguen. Esta misma mañana hemos visto a unos tipos en zapatillas y vaqueros intentando subir la misma montaña, aunque no sabemos cómo han terminado.

En la habitación contigua se oyen gritos y risas. Son los tipos que han llegado esta mediodía en helicóptero, les han dejado en la cima del Toubkal y lo han bajado esquiando. Lo llaman “heliski”, últimamente se está poniendo muy de moda. Eso sí, sale caro. Azdour nos contaba alucinando que cada uno había pagado 1.000 euros por día. Notamos que algunos de ellos están un poco mosqueados, el mal tiempo no deja volar al helicóptero y tienen que bajar a la “civilización” andando. Ahora mismo hay un mulero subiéndoles unas botas desde Imlil. Está claro que, por mucho que pagues, la montaña siempre hace lo que le da la gana; qué tía.

Crónica escrita el 31 de marzo de 2012 en el Refugio del Toubal (Louis Netler). Ese día habíamos subido el Toubkal (4.167 metros) por su ruta normal. Se trata de la montaña más alta del Norte de África. A pesar de que subimos grabando un programa para la televisión y Cristóbal se encontraba mal (tenía un fuerte catarro) tardamos mucho menos de lo que dicen las guías. Llegamos los primeros a la cima y pudimos disfrutarla completamente solos.

Al día siguiente subimos el Ras, otra montaña de más de cuatro mil metros (4.083 metros). No vimos a nadie más en toda la ascensión. Casi todos los visitantes de la cordillera del Atlas se acumulan únicamente en la ruta normal del Toubkal, dejando kilómetros y kilómetros de montañas prácticamente solitarias. Debido a las malas condiciones de la nieve, decidimos no intentar subir el cercano Timesguida (4.089 metros).

Las montañas de Azdour

Ya llevo varios días perdido entre estas grandes montañas y, la verdad, no tengo muchas ganas de encontrarme, o por lo menos de momento. Me acompañan Cristóbal y Azdour. Este no es un lugar salvaje, ni mucho menos, pero ahora estamos completamente solos. A unos pocos kilómetros de aquí existen unos polvorientos caminos que nos imaginamos llenos de turistas españoles con intención de subir el Toubkal, la montaña más alta de la zona y de todo el Norte de África.

Hemos estado caminando durante horas, desde antes de que saliera el sol, por tortuosas sendas muy poco frecuentadas. Es la única manera de llegar a este pequeño poblado. Se llama Azib Tamsoult. En el mapa que llevamos sólo está representado con unos minúsculos puntos. Aquí viven una decena de familias. Son bereberes, pertenecen a una etnia que durante siglos ha sido nómada, es decir, no tenían casas, continuamente se desplazaban de un lugar para otro.

Azdour, nuestro mulero, es uno de ellos. Viste unos vaqueros, zapatillas de deporte y una chaqueta de plumas sin mangas de Tommy Hilfiger que no se quita nunca, da igual que esté caminando bajo el sol o parado en nuestro pequeño refugio a más de dos mil metros. Tiene veinte años y lleva trabajando con las mulas desde que tenía seis, quizás cinco, no lo recuerda muy bien. Estas montañas, algunas con más de cuatro mil metros, son el jardín de su casa. Ya ha perdido la cuenta de las veces que ha subido el Toubkal.

Nos comenta que no son muchos los turistas que vienen a visitar este pequeño poblado. La mayoría prefieren centrar sus esfuerzos en el cercano Toubkal. Excepto en Semana Santa y algún que otro curioso que se acerca para hacerse unas fotos en las cercanas Cascadas d’Irhoulidene, los extranjeros no son muy habituales por aquí. Así que, mientras que otros pueblos —como Imlil― han podido crecer considerablemente en los últimos años gracias al turismo, los de Azib Tamsoult siguen dependiendo de la agricultura y el pastoreo de subsistencia.

Sin luz, ni agua corriente, la vida aquí se torna sencilla. Escondiéndose de sus padres, unos niños se acercan curiosos. Como mucho, tendrán doce años, pero dos de ellos ya no van al colegio. No pueden jugar durante mucho tiempo con sus amigos porque tienen que ayudar a sus familias. Se han pasado el día cuidando de las cabras y, ahora que está anocheciendo, es hora de devolverlas a su redil.

Una vez han cumplido con su trabajo nos ofrecen un té. En unos minutos encienden una hoguera en el suelo y calientan una vieja tetera. A uno de ellos les llama la atención mis gafas de sol y se las presto. Le coloco la capucha de su roída sudadera y al mirarse en la pantalla de mi cámara comenta que se parece a Cristiano Ronaldo; por lo que se ve, en este aislado rincón del mundo también han oído hablar del Real Madrid y del Barcelona, les encanta el fútbol.

No tienen ni idea de otro idioma que no sea el suyo, y nosotros todavía no dominamos el árabe, y ni mucho menos el bereber, así que le decimos “Shokran” con una sonrisa y nos tomamos el té que nos ofrecen, a pesar de que vemos flotar en el vaso un par de pelos negros de cabra. Cristóbal lo prueba primero y al ver la cara que pone no puedo resistirme a preguntarle:

— ¿Qué tal? La suciedad que tiene el vaso y los pelos seguro que son proteínas o algo así. Vamos, de algo nos servirán para la escalada de mañana, ¿no?

Crónica escrita el 30 de marzo de 2012 durante nuestra aproximación al Toubkal. Lo hicimos por el Collado n’Tadat, pasando por el Refugio de Tazaghârt. Para ello, empleamos dos días. En el primero, apoyados por una mula que nos ayudó a portear el material de escalada y nuestro amigo Azdour, salimos de Imlil y dormimos en Azib Tamsoult. El segundo día Cristóbal y yo estuvimos completamente solos superando numerosos corredores, rapelando, sin rastro de alguna señal humana, sin huellas (¡tuvimos que abrir nuestra traza en la nieve hundiéndonos hasta la ingle!) y con una cartografía que deja bastante que desear. Resultó una jornada larguísima y agotadora, estuvimos más de doce horas prácticamente sin parar.

Soy un “gallina”

Llego a la cima jadeando. No hay nadie más. Sin querer, ahuyento a un pequeño acentor alpino que sale volando asustado, o sorprendido de lo que nos cuesta a los humanos subir sus montañas. Todavía con el pulso alterado por el esfuerzo, hago algunos estiramientos aprovechando el vértice geodésico (también conocido como el-mojón-cemento-cómo-se-llame-de-las-cimas). Tengo la respiración tan acelerada que apenas puedo contar los segundos que permanezco en cada postura. La última subida ha sido de las duras.

No muy lejos de aquí está la ciudad de Madrid. Escondida tras una capa grisácea puedo distinguir algunos de los edificios más altos. Hoy es viernes y todavía es muy temprano, seguro que están llenos de trajes, corbatas y tacones, las calles a rebosar de coches… No puedo evitar un escalofrío. Me pongo en marcha de nuevo. Mientras tanto, intento pensar en otra cosa: si hay algo más estúpido que subir una montaña, eso es subir una montaña corriendo, ¿o no?

Justo entonces recibo un SMS. ¡Vaya por Dios! ¿Aquí también hay cobertura? Lo abro solamente porque leo que me lo ha enviado uno de mis amigos. Son noticias de “allí abajo”. Al parecer ayer estuvieron en la Cervezada de Ciudad Real. Dicen que se van a acostar ahora mismo y que les ha pasado de todo. El lunes en el instituto me contarán anécdotas en las que aparecen cubos —de esos que son de plástico, azules y con el asa metálica― llenos de zumo de cebada, conducción extrema para evitar los controles de la policía por caminos polvorientos y, por lo menos bajo los efectos del alcohol, laberínticos… Si no fuese por ellos, los findes sin salir al monte serían insoportables.

Sonrío y sigo corriendo. No tengo ninguna prisa, estoy justo donde quiero estar, en la montaña, pero necesito entrenarme. Dentro de unos días me voy al Atlas marroquí. Una vez más, he usado la excusa de la escalada para poder conocer nuevos lugares, y encima ha vuelto a colar. Nos vamos a salir de los caminos habituales, por eso de llevar la contraria a los demás. Además, intentaremos abrir una nueva vía o, por lo menos, subiremos por una ruta que no tenemos noticia de que alguien la haya hecho; tampoco nos importa mucho, ¡qué más da!

Termino el día escalando en La Pedriza. El tímido sol del atardecer pinta el característico granito de naranja. Le he cogido el gustillo a esto de la escalada en adherencia. Sin prisa, evitando hacer mucho ruido y sin estrés, voy alejándome del suelo. Ahora los buitres, en vez de esperar para llenar sus buches conmigo, parece que sólo me miran perplejos, sin saber para qué sirven los cacharros metálicos que hemos taladrado en la roca o qué es esa cuerda que llevo atado a la cintura.

Desde el suelo, con las dos patas delanteras apoyadas sobre la roca, mi perro Marqués también está atento a todos los movimientos. Por mi parte, sólo intento disfrutar del momento. Los alejes entre las chapas me dan miedo, pero no tanto como la ciudad. Supongo que soy un gallina. Me anclo en el descuelgue y aviso a los de abajo que me voy a quedar aquí un rato. Los pies de gato, casi tres tallas menores que mi calzado de calle, me aprietan, pero no quiero bajar. Sé que pronto tengo que volver al asfalto, donde, como el acentor alpino o los buitres, no entiendo nada.

Esquí y otras cosas que no son esquí

— Tenemos dos opciones. La primera es alquilar los esquís de travesía y subir el Veleta, así nos ahorramos el forfait, que cuesta un pastón. Sé que no tenéis ni idea, pero yo, como futuro guía de montaña responsable, os puedo enseñar. La segunda opción es repanchingarnos en los telesillas mientras nos reímos de los guantazos que se mete la gente contra la nieve, con la barba afeitada y discutiendo sobre cuál es la mejor sinfonía de Beethoven… ¡Uffff, menudo escalofrío me acaba de entrar!

— Pues lo de afeitarse y escuchar Beethoven tampoco está tan mal. Si quieres, nosotros ponemos el after shave.

¿”After seif”? Estoy seguro que ni siquiera ellos saben qué es eso. Creo que mis amigos pisteros me han pillado: me apetece hacer esquí de montaña. Se lo intento vender lo mejor que sé, pero no cuela. Sobre todo lo de que soy “responsable”, ¿cómo se me ocurre decirles eso? El primer asalto no ha funcionado, pero yo sigo intentándolo:

— Pensarlo bien, la “opción A” no me parece tan mala. Además, vamos todo el tiempo al lado de las pistas. Casi no nos tenemos que preocupar por el mal tiempo, la orientación, no hay peligros de avalanchas…

Nada. A pesar de mis esfuerzos, ellos siguen convencidos de que quieren pasarse el fin de semana haciendo esquí alpino. Y yo, mucho más fácil de convencer, accedo. Con tal de pasar unos días en la montaña…

Un sábado nos plantamos en las pistas de esquí de Sierra Nevada. Es muy temprano. El débil sol todavía no es capaz de calentar la atmósfera. Hace mucho frío, desde luego, pero curiosamente el sabor de mi boca no tiene nada que ver con el de después de lavarme los dientes. Y eso que lo hago con el mismo dentífrico que anuncian tanto en la tele, ese que te deja “un frescor en la boca inigualable”, con un aliento capaz de dejar cualquier cascada en condiciones como para escalarla.

Extrañados, nos ponemos los esquís y empezamos a deslizarnos. La nieve está increíble. Ha caído algo esta noche y no se ha transformado. Lo justo para que nos podamos deslizar con los esquís sin problemas. Al hacer los virajes se pulveriza en el aire, dejando una estela de pequeñas partículas que brillan momentáneamente y pronto se colocan, cada una en su sitio, en el frío suelo, o en el careto del que vaya detrás, vete tú a saber. El sol del amanecer les da, además, un toque anaranjado. Es bonito esto de esquiar. Pronto me olvido de que estoy rodeado de artilugios mecánicos y cientos de personas.

Al día siguiente, el dolor de mi rodilla derecha lo interpreto como un aviso para no forzarla más. Así que le hago caso y, muy a mi pesar, busco un plan alternativo. Y como hay mucho de eso por Granada, en seguida surge uno: me voy a Güéjar-Sierra. Se trata de un pequeño pueblo de casas blancas y calles estrechas donde todavía es posible encontrar bares en los cuales los camareros utilizan como caja registradora sus propios bolsillos.

Entro en uno de ellos. Parece que hoy está animado, están echando un partido de fútbol por la tele, y encima está jugando el Granada. El camarero está sentado en un taburete, con una cerveza “Alhambra” en la mano y concentrado en los movimientos de la pelota, tanto que hasta ahora mismo ni si quiera se ha dado cuenta de mi presencia. Me acerco hasta él y le pido una Coca-Cola.

Los parroquianos habituales comentan todas las jugadas a gritos. Yo no tengo ni idea de fútbol, pero por si acaso, para intentar no llamar la atención, me uno a ellos: «¡¡Ojú, que mal lo ha hasío ese!!». Si soy sincero, prefiero centrar mis ojos en la generosa tapa que me acaban de dar. En mitad de las montañas me siento mejor que en ningún sitio, pero pienso que me podría acostumbrar a esto de visitar pueblos pequeños.

Adiós al Canal 10 TV

Durante un tiempo salir a la calle daba asco. Quiero decir, más de lo habitual. Todo estaba inundado de toneladas de basura en forma de publicidad electoral. Los caretos de los políticos de turno aparecían en los árboles, en las farolas, en gigantescos carteles… Eran los mismos que luego hablaban de austeridad delante de los micrófonos. Así pretendían conseguir nuestros votos. A mí —como “pablista” convencido― todo aquello me resbalaba, así que me fui a la montaña.

Cuando volví al asfalto hablé con los del Canal 10 TV, la televisión municipal de Manzanares, el pueblo donde vivo. Se habían interesado por mi proyecto de “Al Otro Extremo del Desafío”. Fueron los primeros en creer en mí. Lanzaron la noticia al aire y muchos otros medios de comunicación la recogieron. En los siguientes días mi teléfono no paraba de sonar. Me hicieron un montón de entrevistas, aparecía en los periódicos…

Me hice un hueco entre los políticos, en una esquina de la página y en blanco y negro, pero no estaba nada mal. Sobre todo teniendo en cuenta que yo pienso que lo que hago no tiene mucho mérito. Simplemente soy un tipo que intenta despegarse su sopor urbano siempre que puede y, de vez en cuando, se acerca a alguna cumbre por curiosidad, para saber cómo se ve el paisaje desde allí arriba.

Al poco tiempo me propusieron emitir mis documentales en el Canal 10. Fui a sus estudios con unos cuantos pendrives en el bolsillo para enseñarles el material que había grabado este verano en los Alpes. Querían ver si tenían la calidad suficiente para la televisión.

Estaba nervioso. Lo mío era la antítesis de todo lo que se había emitido antes. Nada de mostrar recios alpinistas logrando proezas al alcance de muy pocos, sino las vicisitudes de unos amigos que no paran de reírse, que se quejan del frío que hace, del olor de los refugios de montaña, que lloran cuando llegan a la cima… Sólo Jesús Calleja había hecho algo parecido, y tiene casi tantos detractores como seguidores.

Sin embargo, gustó. Se estuvieron emitiendo varias veces durante tres semanas, y con un buen número de audiencia. Gente a la que no conocía de nada me saludaba por las calles, cuando salía a correr me animaban… No estaba acostumbrado. Tampoco estaba muy seguro si aquello era bueno o malo. Pero pronto supe que, por lo menos, merecía la pena: conseguí animar a algunos amigos a conocer el mundo maravilloso de la montaña.

Además, estaba ayudando a la gente de El Ingenito, un poblado perdido en lo más recóndito de República Dominicana que conocí la pasada primavera. Me pidieron ayuda, y yo, sorprendido, les prometí que se la daría. Entonces no tenía ni idea de cómo podía hacerlo, y ahora tampoco lo tengo muy claro. Sólo sé que, si es que consigo algo de dinero con mi proyecto, lo voy a destinar a ellos.

Hoy, esa cadena de televisión ya no existe, han dejado de emitir. Esta maldita crisis económica y los recortes presupuestarios que se están haciendo, han terminado con ella. Desde aquí quiero dar todo mi apoyo a estos profesionales que tras 22 años de andadura en la radio Onda Mancha Manzanares y 12 en la televisión seguían igual de frescos y con la misma ilusión que desde el principio. ¡Muchas gracias y ánimo!

Crónicas “pedriceras”

En La Pedriza, las horas empleadas en el rocódromo y cuantas dominadas eres capaz de hacer sirven más bien de poco. Confía en los minúsculos granos de la roca, usa si quieres un microscopio para encontrarlos, y coloca allí el pie. Repite la misma maniobra unos metros más arriba, busca un sitio para tus yemas. Llénate las manos de magnesio si así lo requiere. A ser posible intenta no pensar dónde está la última chapa. Ya estas listo para seguir subiendo.

Por supuesto, no vale agarrarse al parabolt. Es tentador, pero tocarlo supone tener que pagar unas cuantas Coca-Colas al final de la jornada (o cervezas, en su versión más extendida). La barticipación es algo sagrado después de un buen día en la montaña. Todos los manuales coinciden en que es muy importante hidratarse, y los escaladores han ideado a lo largo de años decenas de maneras para beber gratis, a costa de sus compañeros. Por ejemplo, si se está atento es fácil pillar a alguien pisándote la cuerda, aprovéchalo.

No pienses en el tipo de las rastas que grita de alegría por encadenar esa vía de séptimo grado tan dura que antes habías visto en los croquis. También intenta ignorar a los buitres, aunque realmente parezca que cada vez están más cerca y que vienen a por ti. Mejor liberar un poco de tensión escuchando el cover de Iván de “Ai se eu te pego”. Lo más probable es que, si está por ahí cerca, le oigas cantar.

Cuando llegues al descuelgue avisa a tus compañeros. Enhorabuena, has encadenado la vía. Ya pueden descansar tus yemas. Míratelas y recuerda cómo son ahora tus huellas dactilares, lo más seguro es que termines sin ellas. A otros les da por ponerse guantes, pero yo, si algún día quiero robar un diamante enorme de un museo, como esos que salen en las películas americanas, antes voy a ir a escalar un poco en La Pedriza.

P.D.: Entrada escrita una tarde de domingo encima de una roca con Juan, Esteban, Miguel, Javi e Iván.

Bajas presiones en el Mulhacén

No sé qué hacer. Estoy metido en mi saco con la mirada clavada en el techo. En el Refugio-vivac de la Caldera sólo quedo yo y dos tipos que charlan animosamente con acento argentino. Hace un tiempo que había perdido el hilo de su conversación. Con el segundo porro sus reflexiones habían dejado de ser coherentes. Mientras que uno habla el otro da una calada, cierra los ojos, expulsa el humo y luego se lo pasa a su compañero, quien vuelve a repetir meticulosamente el mismo ritual.

Furiosas ráfagas de viento helado golpean constantemente en Refugio, y el ruido que provoca es terrorífico. No paro de pensar en mis compañeros. Joan y Martín están allí afuera, escalando la Cara Norte del Mulhacén. Yo les iba a acompañar, pero no me pareció lo más prudente. Habíamos consultado en casa el parte meteorológico, la tormenta no estaba prevista hasta la tarde-noche, pero las nubes estaban evolucionando demasiado rápido, la visibilidad disminuía por minutos…

Aún así de madrugada nos pusimos los crampones y empezamos a andar. Las nubes todavía nos dejaban ver la cima del Mulhacén iluminada por la casi fantasmal luz del alba. Le pedí clemencia, pero me respondió con una todavía más violenta ráfaga de viento que nos animó a aligerar el paso. «¡¡Vamos espartanos!!», grité a mis compañeros.

Apenas habían pasado diez minutos y ya había perdido la sensibilidad en los dedos, los tenía como de cartón-piedra. Respiré profundo y tomé una decisión: «Yo me voy al Refugio, no lo aguanto más. Vosotros hacer lo que queráis, pero a mí no me mola como se está poniendo la cosa. Todo esto me recuerda a mi ascensión al Mont Blanc, y ya lo pasé bastante mal entonces. Tomar todo el material que tengo en el arnés y mi mochila. Tened mucho cuidado. Nos vemos luego».

Anoche habíamos decidido subir sólo con dos mochilas que nos iríamos turnando con el mínimo de material para ir mucho más ligeros y rápidos. Una de ellas era la mía, así que se la di a Martín y me marché al Refugio.

Han pasado ya muchas horas de todo esto. Hace unos minutos había subido al Collado del Ciervo ya que desde allí creía que iba a poder ver a mis amigos. Las nubes se despejaron por unos minutos y pude observar toda la Cara Norte del Mulhacén. Achiné los ojos e inspeccioné toda la ruta. Puse especial atención a la parte alta, por donde creía que deberían estar. No vi nada. En seguida las nubes volvieron a tapar toda la pared y seguir allí, en el collado, era ridículo.

La tormenta está empeorando. No puedo quedarme aquí parado más tiempo. El camino de vuelta transcurre durante casi todo el tiempo a más de tres mil metros y es muy expuesto al viento. Quiero irme ya, pero eso supondría dejar solos a Joan y Martín. Ellos tienen GPS, abrigo suficiente y comida de sobra, pero si les pasase algo…

Me levanto de golpe y meto todo lo que encuentro en la mochila de Martín. La lleno hasta que no cabe nada más. Estoy seguro de que pesa más de quince kilos, pero en este momento me da igual. Pido a los argentinos un papel y un lápiz. En un principio no me entienden y se lo tengo que repetir. Sin decirme nada uno de ellos se levanta y me da ambas cosas. Quiero dejar una nota a mis compañeros. Me voy.

Me odio por lo egoísta de mi decisión, pero ya la he tomado. Vuelvo a subir por última vez al Collado del Ciervo, pero es inútil. No se ve nada, las nubes han tomado toda la montaña. Me pongo la brújula y el mapa debajo de mi chaqueta y me preparo para sufrir. La montaña me escupe trozos de hielo arrancados del suelo por el viento. Volví a gritar.

«¡¡Vamos espartanoooooos!!»

Un fin de semana en Londres

Hace mucho viento. Nunca había visto el cartel del pub The Eight Bells moverse tanto. Las farolas iluminan con una tenue luz amarilla los sucios y grises ladrillos de las casas, que contrastan con las alegres y cortas minifaldas de las londinenses. Todas van al pub, que parece ser el único sitio con vida en kilómetros, y lo digo casi literalmente. Entre las casas y un parque donde por la mañana juegan los niños está el cementerio.

El camarero anuncia a gritos que va a tener que cerrar muy pronto, lo obliga la ley. Sin embargo, no parece importarle a nadie. Todo el local huele desde hace horas a cerveza y estoy seguro de que algunos tienen tanto alcohol en su sangre que podrían utilizarla para curar heridas. Es viernes, y aquí es costumbre al salir del trabajo dirigirse al pub más cercano.

Londres es una ciudad extravagante, o por lo menos lo es más que mi pueblo. Un buen sitio para comprobarlo es Covent Garden. Allí los espectáculos callejeros se suceden uno detrás de otro ininterrumpidamente hasta que empieza a llover. Un tipo con el pelo azul que hacía trucos de magia fue sustituido por otro que se pasaba por todo el cuerpo una raqueta de tenis sin cuerdas mientras contaba chistes.

Mi favorito era uno que interaccionaba con los transeúntes. Le sacó brillo a la cabeza de un calvo con un trapo que tenía en el bolsillo, abrazaba a las chicas, controlaba la circulación de las personas con su silbato, se tiraba al suelo simulando un ataque al corazón delante de las parejas que paseaban tranquilamente… Cualquiera que anduviese cerca ajeno a su función pasaba a ser su víctima.

Os recomiendo pasar un rato allí. A mi me ha servido para reconciliarme con la palabra “espectáculo”, hoy en día tan desprestigiada. Y es que todavía hay algunos que la utilizan para nombrar esa basura que la gente con mucho dinero quieren que nos traguemos en la tele.

Otro sitio que no os podéis perder en Candem. Nada más salir del metro dragones, marcianos y unas zapatillas gigantes empotradas en las fachadas de las tiendas, avisan al visitante de que no se está en un mercadillo al uso. En las primeras tiendas todavía se pueden ver horteras tazas de porcelana con fotos de la monarquía británica mezclados con cachimbas y todo lo necesario para comprobar su correcto funcionamiento in situ; conforme te vas adentrando en ellas van más al grano.

Puedes encontrar desde porros empaquetados de fábrica en cajas de plástico como si fuesen un juguete, hasta lo último en estética gótica para la nueva temporada de primavera 2012. En unos pocos metros pasas de oír alguna canción en directo de Bob Marley a ruidosas guitarras y gritos guturales. Y todo ello mezclado con los intensos olores de los puestos de comida taliandesa, india, etíope…

Si, como yo, no bebéis, ni fumáis, entrenáis y, aún así, os gusta la montaña, no podéis dejar la ciudad sin castigar vuestros músculos en alguno de sus parques. Los hay por todas partes y son enormes. No todos los londinenses que se pasan las mañanas de los sábados tumbados en su cama intentando superar las inevitables resacas de las pintas, algunos también salen a correr.

Cuando las nubes dan un respiro a la ciudad y dejan salir el sol, los parques se llenan de gente. Las numerosas ardillas corren de un lado a otro en busca de comida entre elegantes gentlemans a los que sólo les falta una taza de té en la mano. Mientras tanto, señoras con el pelo canoso y recogido cual col gracias a la ayuda de varios kilos de laca, pasean con perros tan pequeños que ni siquiera les llegan a los tobillos. De vez en cuando conviene parar un rato para cerciorarse de que no estás en un decorado de la película Mary Poppins.

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